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La destrucción provocada por los cultivos de soja en la Argentina llega directamente a nuestros platos

El bosque del Gran Chaco argentino está siendo arrasado por la soja, que termina en Europa como alimento para animales, y en nuestros platos. Es la columna vertebral de la frágil economía argentina, pero ha tenido un enorme impacto en los indígenas que viven allí.

por Uki Goñi desde Salta, 26 de octubre de 2018

The Guardian

La magnitud de la destrucción es dolorosa de ver. Volando sobre el área alrededor de la comunidad indígena de El Corralito, sólo quedan finas franjas verdes entre vastos campos de tierra pálida, recién desmontada, unas líneas blancas paralelas de las cenizas de los árboles arrasados por los bulldozers.

Hace apenas unos años, esta extensión de tierra de la provincia de Salta, en el norte de Argentina, aún era bosque, hogar del pueblo wichí, y parte del gigantesco bosque del Gran Chaco que se extiende por el norte de Argentina y sus países vecinos Bolivia, Paraguay y Brasil. Segundo después de la Amazonia en Sudamérica por su tamaño y biodiversidad, el Gran Chaco cubre 250.000 millas cuadradas.

 32 permisos de deforestación han sido expedidos en Salta en los últimos años por las autoridades provinciales.

 Los científicos estiman que Salta ha perdido casi el 20% de su superficie verde en las últimas dos décadas, un total de más de 1,2 millones de hectáreas.

Desde 1996, cuando el gobierno autorizó la introducción de la soja transgénica, Argentina ha talado casi una cuarta parte de sus bosques nativos. Gran parte de esas tierras recién desmontadas ha sido destinada al cultivo de soja, que ha sido fundamental para la economía argentina, devastada por el ciclo económico. «Argentina se encuentra en una emergencia forestal», dice Natalia Machain, directora de Greenpeace Argentina.

Una vez cosechados, los pequeños granos se trituran. El aceite extraído se utiliza principalmente como combustible, mientras que la harina restante -la proteína- se utiliza para la alimentación animal. Sólo un pequeño porcentaje se convierte en productos alimenticios humanos, como la leche de soja. Alrededor de 43 millones de toneladas de harina de soja, aceite de soja y soja se inundan cada año desde Argentina hacia Rusia, Oriente Medio, Australia y Asia, y la mayor parte se destina a las explotaciones agrícolas de Europa y de Europa.

Argentina es el mayor proveedor europeo de harina de soja, con más de un tercio del total de las importaciones europeas de harina de soja, 9,8 millones de toneladas de un total de 27,1 millones en 2016.

Y el Reino Unido es particularmente dependiente de la soja argentina. Hasta agosto de 2018, según datos de la HMRC, algo más del 50% de toda la harina de soja importada procedía de Argentina; 1 millón de toneladas, por un valor de casi 300 millones de libras esterlinas. Los bosques argentinos están siendo reemplazados por los campos de soja, la cual sirve de alimento a los animales de las explotaciones europeas y llega hasta nuestros platos.

Varias de las principales empresas de alimentos, en particular la empresa de comida rápida McDonald’s, se han comprometido a eliminar aquellos alimentos que contribuyan a la deforestación de sus cadenas de suministro mundiales. La propia Unión Europea ha discutido mucho sobre el tema. Pero en lo que respecta a la gestión de la cadena de suministro, Argentina está muy por detrás de su vecino gigante, Brasil, que tiene más controles debido a su historia de deforestación en la Amazonia.

«La verdad es que actualmente la gestión de la soja en la cadena de suministro en Argentina es una caja negra, y aunque sigue siendo una caja negra, los bosques argentinos están bajo el hacha», dice Toby Gardner, experto en medio ambiente de la Iniciativa Ambiental de Estocolmo, cuyo objetivo es proporcionar un sistema de trazabilidad para las exportaciones de América del Sur. La Mesa Redonda sobre Soja Sostenible está trabajando para tratar de mejorar las cosas, pero ha tenido un éxito limitado.

Un equipo enviado a Argentina por la ONG estadounidense Mighty Earth se encontró con un muro de ladrillos recientemente tratando de determinar qué porcentaje de la soja argentina proviene de áreas deforestadas. «No existe ningún requisito legal para que las empresas documenten el origen geográfico de su soja o aporten pruebas de que ha sido producida legalmente», dice Mighty Earth en un informe sobre el viaje publicado a principios de este año. «Como tal, es actualmente imposible para las empresas europeas que se abastecen de estos comerciantes asegurarse de que la soja que están comprando no ha sido producida debido a la deforestación».

Las cadenas de supermercados europeas a menudo comercializan su carne y sus productos lácteos como sostenibles y producidos localmente, pero el alimento consumido por el ganado a menudo proviene de miles de kilómetros de distancia, dice Mighty Earth. «Como tal, el etiquetado local sólo representa la mitad de la verdad sobre el origen de esta carne.»

Mighty Earth dice que los compromisos medioambientales de las empresas alimentarias son difíciles de cumplir si el ganado criado en Europa se alimenta con harina de soja procedente de un país en el que la trazabilidad sigue siendo opaca. «Los consumidores quieren saber de dónde vienen los productos y quieren que sus alimentos sean producidos de una manera consistente con sus valores», dice Glenn Hurowitz de Mighty Earth. «Hemos hecho grandes avances en cuanto a la trazabilidad de la soja del Amazonas, pero hemos sido ciegos ante la deforestación que está ocurriendo en Argentina».

Sin futuro

Mientras tanto, el pueblo wichí se mantiene impotente mientras su tierra desaparece. «No tenemos futuro», dice Amancio Angel con desesperación. Está parado junto a un grupo de árboles, el único hogar que le queda a su clan después de que otra franja de verde fuera arrancada a principios de este año por unas excavadoras gigantes que arrastraban cadenas a través del bosque cada vez más escaso. «Utilizamos ese bosque para cazar y recolectar fruta, la gente de otras comunidades consiguió miel allí, ahora la vida se ha vuelto imposible», dice Amancio.

Ahora ya casi ha desaparecido, parte de las 9.000 hectáreas (un área de aproximadamente una vez y media el tamaño de la isla de Manhattan) destinadas a ser deforestadas por sólo uno de un total de 32 permisos de deforestación emitidos en los últimos años por las autoridades provinciales de Salta.

El problema es que con su economía en perpetuo cambio, Argentina depende de la soja para su sostenimiento financiero. La materia prima es la columna vertebral de su economía. La soja combinada, la harina de soja y el aceite de soja representan el 31% de las exportaciones del país. El auge de las exportaciones de productos básicos como la soja ayudó a la economía argentina a crecer un asombroso promedio anual del 7,7% entre 2004 y 2010, después de su catastrófico colapso económico de 2001-2002. Argentina gastó gran parte de los beneficios inesperados en el pago de la deuda, incluida la cancelación de toda su deuda con el FMI en 2006.

El problema es que con su economía en perpetuo cambio, Argentina depende de la soja para su sostenimiento financiero. La materia prima es la columna vertebral de su economía. La soja combinada, la harina de soja y el aceite de soja representan el 31% de las exportaciones del país. El auge de las exportaciones de productos básicos como la soja ayudó a la economía argentina a crecer un asombroso promedio anual del 7,7% entre 2004 y 2010, después de su catastrófico colapso económico de 2001-2002. Argentina gastó gran parte de los beneficios inesperados en el pago de la deuda, incluida la cancelación de toda su deuda con el FMI en 2006.

Pero como Argentina ha tenido que volver al FMI para obtener un rescate de 57.000 millones de dólares (43.000 millones de libras esterlinas) este año -el mayor préstamo en la historia del FMI-, es poco probable que el gobierno de centro-derecha del presidente Mauricio Macri tome ninguna medida para restringir el crecimiento de sus mayores exportaciones. Argentina cuenta con una cosecha récord en 2019 para salir de su última recesión económica después de una devaluación del 50% de su moneda en lo que va de año.

Sin embargo, en respuesta a la presión de los grupos ecologistas para detener la deforestación desenfrenada, el Congreso argentino aprobó una ley que entró en vigor en 2009 que divide la selva del país en áreas rojas (intocables), amarillas (de uso mixto) y verdes (disponibles para deforestar). Desafortunadamente para comunidades como El Corralito, la ley ha sido respetada más en su incumplimiento que en la observancia, con provincias autorizando grandes proyectos de deforestación en zonas protegidas rojas y amarillas. En Salta, por ejemplo, más de 170.000 hectáreas protegidas -un área más grande que el Gran Londres- han sido arrasadas por la excavadora desde que la ley entró en vigor.

A principios de este año, el gobierno nacional se vio obligado a intervenir y se estableció una moratoria en Salta. Pero la deforestación continúa, según Greenpeace Argentina. El gobernador local, Juan Manuel Urtubey, un político de 49 años, guapo y de voz baja, que ha gobernado Salta desde 2007, y es un probable candidato en las próximas elecciones presidenciales de Argentina en 2019, puede haber dado muchos permisos, aunque desaprueba la actitud de los terratenientes, que continuaron con el desmonte de las tierras después de que se impusiera en enero la suspensión de la moratoria.

«Las operaciones de limpieza realizadas fuera del marco de la ley son un delito y se están llevando a cabo instancias administrativas y judiciales para que quienes cometieron ese delito paguen su responsabilidad», dice.

El problema es que la ley sólo establece multas monetarias moderadas para los infractores. «Las multas no son en absoluto disuasorias, los productores simplemente las consideran como otro coste», dice Noemí Cruz, una activista indígena de Greenpeace.

Las estadísticas son preocupantes. Los científicos estiman que Salta ha perdido casi el 20% de su cobertura verde en las últimas dos décadas, un total de más de 1,2 millones de hectáreas. Las imágenes de satélite son devastadoras, con grandes manchas rojas de áreas deforestadas que se extienden como un reguero de pólvora por todo el territorio salteño.

«Lo que los productores han hecho para eludir la ley forestal es obtener declaraciones escritas de los jefes de las comunidades que aceptan la deforestación a cambio de casas y agua», dice Ana Álvarez, una abogada que defiende los derechos de los indígenas. «Estas declaraciones, a menudo firmadas con una huella dactilar por los wichis que no saben leer ni escribir en español, son utilizadas por los terratenientes para obtener permisos de deforestación de la provincia».

El gobernador Urtubey promete que se está tomando en serio el tema de la deforestación. «Estamos discutiendo una ley para duplicar el tamaño de las áreas protegidas en Salta», dijo Urtubey al diario The Guardian. «Así que tendremos 4 millones de hectáreas de áreas protegidas y 2 millones de hectáreas de agricultura. Estamos trabajando con el gobierno nacional, las organizaciones ambientales y los productores sobre cómo reducir el impacto ambiental de las actividades productivas evaluando caso por caso».

El efecto no sólo lo sienten los wichí. La soja ha provocado un éxodo rural de las zonas productoras de leche y carne de vacuno, desplazando a los agricultores locales en favor de la producción mecanizada por parte de gigantescos consorcios que ejercen una enorme influencia económica. El espectáculo del gaucho a caballo, el equivalente argentino del vaquero estadounidense, seguido por los perros, ha desaparecido del paisaje. Muchos terratenientes han derribado sus granjas para dar más espacio a la soja.

Durante un viaje de dos horas por caminos de tierra en Salta, una vez poblados por gauchos, familias campesinas, caballos y perros, el único tráfico que se encontró fue un camión con un remolque que transportaba una excavadora gigante para talar más bosque, seguido de un pequeño tractor que tiraba de una cisterna que transportaba combustible para el mata árboles.

El beneficio a corto plazo para la economía argentina tiene un alto precio. «La soja destruye los bosques nativos y disminuye la capacidad de infiltración de los suelos», dice el activista indígena Cruz. «Sus agroquímicos asociados contaminan la capa freática y los acuíferos. En el área del Gran Chaco hay poca agua para empezar, por lo que la contaminación de las fuentes naturales de agua es doblemente grave». La salinización del suelo, que lo hace inutilizable para la siembra, es otro problema asociado a la producción de soja.

John Palmer, un antropólogo británico que vive en Salta desde los años 90, dice que el mensaje para los wichí es: «Adiós a los indígenas. Este mundo no es un lugar para ti. El mundo es un lugar para nosotros, los grandes derrochadores, los que ganan mucho dinero, para eso está el mundo».

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La Era del Antropoceno: cambio climático, cambios en la ecología del planeta

Por Richard Gale y el Dr. Gary Null, 14 de marzo de 2018

globalresearch.ca

Los científicos del clima y los ecologistas se refieren a nuestra era postmoderna como la Era del Antropoceno cuando analizan el impacto de la civilización occidental en el clima y los futuros cambios y transformaciones ecológicas del planeta. De hecho, la Industria y la tecnología modernas están destruyendo el planeta. Su huella de carbono es algo evidente en cualquier lugar al que vayamos. La comida que llega a nuestra mesa ha seguido una larga trayectoria durante la cual se han emitido gran cantidad de gases de efecto invernadero. Pero también lo hacen los teléfonos móviles, los ordenadores, los pantalones y los zapatos, y otras muchas cosas. Aparte de los fenómenos meteorológicos extremos, a menudo no advertimos la inmediatez y la velocidad de esos cambios, como la llegada de ciertos escarabajos depredadores que invaden los árboles de nuestro jardín o la llegada de una planta exótica que sólo debiera crecer en otros climas. O la llegada de nuevas plagas que diezman los bosques.

Un estudio realizado durante cinco años por la Universidad de Delaware predijo que el 72% de los árboles de hoja perenne del sur de los Estados Unidos desaparecerá en el año 2050 debido al escarabajo del pino del sur que los está diezmando. Este insecto es nativo de América Central, sin embargo, desde 1990, los inviernos son más suaves, lo que ha permitido que la plaga migre hacia el norte hasta Nueva Jersey y más recientemente a Long Island. En toda América del Norte y otros continentes se están produciendo extinciones masivas de árboles.

Cuando el Laboratorio Nacional de Los Álamos, junto con científicos de otras 18 instituciones y agencias federales, llevaron a cabo múltiples simulaciones de calentamiento global para verificar y cotejar sus resultados, la conclusión fue la misma: el cambio climático es la máquina que provoca la muerte masiva de árboles y bosques. Esto incluye el gran bosque boreal que se extiende alrededor del clima más septentrional del planeta y uno de los recursos naturales más importantes y últimos que asegura que disponemos de aire oxigenado para respirar. Ya se está observando que la turba en los bosques boreales del mundo se está descomponiendo a un ritmo asombroso y liberando metano, un gas de efecto invernadero mucho más potente y peligroso que el dióxido de carbono.

En la costa del Pacífico de los EE.UU., una criatura gelatinosa conocida como pirosoma ha migrado desde sus aguas tropicales nativas más cálidas de la costa centroamericana hasta el Golfo de Alaska. Los pirosomas son una especie invasora, al igual que muchos otros organismos que se multiplican con el aumento de la temperatura mundial. Estos zooides son ahora tan abundantes que las poblaciones de bancos de peces están amenazadas. Interfieren con la industria pesquera y las pesquerías y, como consecuencia, la proliferación de pirosomas tiene un impacto negativo directo sobre las comunidades y las economías. En su libro “Stung! On Jellyfish Blooms and the Future of the Ocean”, la autora Lisa Ann Gershwin escribe:

«Estamos creando un mundo más parecido al de finales del Precámbrico que al de finales del siglo XIX, un mundo en el que las medusas dominaban los mares y los organismos con conchas no existían. Estamos creando un mundo en el que los humanos pronto seremos incapaces de sobrevivir o quisiéramos hacerlo».

Gershwin explica además cómo el aumento de las medusas contribuye al calentamiento global. Por un lado, las medusas consumen enormes cantidades de diatomeas y otros plancton, que ayudan a secuestrar el dióxido de carbono y expulsar el oxígeno. Segundo, las medusas excretan desechos ricos en carbono que son absorbidos por las bacterias del océano. A medida que el número de bacterias aumenta paralelamente a la floración de las poblaciones de medusas, se convierten en fábricas en miniatura que bombean dióxido de carbono a la atmósfera y acidifican aún más las aguas de los océanos.

O si va a un mercado, ¿nota que el pescado, incluyendo el atún y el bacalao, se está haciendo más pequeño? El calentamiento global también afecta directamente a los peces. Esta fue la conclusión de los científicos del Instituto para los Océanos y la Pesca de la Universidad de Columbia Británica basada en datos empíricos. Unos océanos más cálidos significan menos oxígeno para las funciones corporales de los peces porque «los peces están limitados por sus branquias en la cantidad de oxígeno que pueden extraer del agua». El estudio estima que se perderán 3,4 millones de toneladas métricas de peces por cada grado centígrado de calentamiento global.

Estas historias breves revelan los efectos adversos que se están produciendo en este mismo momento sólo en los EE.UU. debido al calentamiento global. Están entre muchos miles de otros que ocurren en todo el mundo. Cuando hablamos de cambio climático, las fronteras que dividen los intereses nacionales son irrelevantes. El cambio climático y el planeta que se calienta es una crisis global que nosotros mismos provocamos. Y se está haciendo muy poco, tanto a nivel político nacional como internacional, para reducir las fuentes y causas de esta emergencia.

Antes de que la orgía de la utilización y el consumo de combustibles fósiles se convirtiera en un hiperimpulso hacia 1950, había un 90% más de peces en nuestros océanos. Había 40 por ciento más de fitoplancton, uno de los más importantes fabricantes de oxígeno de nuestro planeta y un organismo esencial para contrarrestar la acidez causada por los desechos humanos y la contaminación. En menos de 70 años, los seres humanos ya han eliminado el doble de árboles de los bosques y selvas del mundo. Había tres veces más agua dulce. Y había un 30% menos de gases de efecto invernadero, especialmente dióxido de carbono en la atmósfera de la Tierra. Lo que es igualmente importante es imaginarse el sombrío escenario de que durante este mismo período de 70 años, a medida que los recursos para sostener la vida humana disminuyen, nuestra población aumenta paulatinamente. Desde 1950 (2.500 millones de personas) casi se ha triplicado hasta alcanzar los 7.600 millones en 2020. Las simples matemáticas son claras: la humanidad se dirige hacia tiempos extremadamente oscuros y aterradores en un futuro muy cercano.

Es reconfortante volverse complaciente y simplemente considerar la decadencia gradual y la muerte de los ecosistemas del planeta como coincidencias inusuales o extrañas. Rara vez pensamos en los factores causales más profundos que apuntan directamente a nuestros comportamientos individuales y sociales. Los inviernos comienzan más tarde; la primavera llega antes. Las lluvias prolongadas y los incidentes climáticos extremos se perciben como meras anomalías, al igual que los excesivos meses de calor y sequía. A los científicos les gusta decir que esta es la nueva»normalidad», al igual que los medios de comunicación nos hacen creer que la obesidad y una vida más corta también son nuevas normas. Pero la vida continúa. Aceptamos pasivamente la sutileza de los cambios adversos que afectan nuestras vidas. La asimilación y adaptación al cambio hostil es mucho más fácil y reconfortante que despertar de nuestra ignorancia o negación de problemas que amenazan la vida. La gente simplemente dice, «ese fue un año extraño» o «el clima se comporta de una forma extraña últimamente”, y asume que todo volverá a un nivel medio al año siguiente. Todo es cíclico, ¿verdad? Pero los últimos años de normalidad no reaparecen. Cada año es testigo de nuevos eventos climáticos que rompen récords en algún lugar del mundo. Y esto es parte de lo que refleja la Era del Antropoceno.

Entonces, ¿qué se quiere decir cuando decimos que la humanidad y todas las demás especies, y el mismo planeta, han entrado en la Era del Antropoceno? El Antropoceno significa que lo que la humanidad hace hoy es más de lo que ha hecho en el pasado desde los albores de la sociedad industrial moderna, hace más de doscientos años, cuando se inventó la máquina de vapor. El término no es descriptivo únicamente de nuestro siglo actual, sino que se refiere a toda una era en el tiempo geológico. La Era Cenozoica anterior comenzó hace 65 millones de años después de la extinción de los dinosaurios no voladores y la rápida aparición de los mamíferos. Las edades geológicas anteriores también experimentaron cambios catastróficos. La última y más reciente fue la del Holoceno que comenzó al final de la era glacial, hace aproximadamente 11.700 años. Pero estos cambios se originaron dentro de la geofísica natural y los fenómenos que ocurren dentro de los sistemas geológicos del planeta. O fueron accidentales, como el caso de un asteroide, de aproximadamente 6 millas de diámetro, que chocó contra la superficie de la Tierra y alteró de la noche a la mañana la atmósfera y la temperatura mundial, lo que dio lugar a la Era Cenozoica.

El Antropoceno es algo único en el tiempo geológico. No son sólo los ritmos geofísicos los que alteran el planeta de forma natural. Eso fue en épocas anteriores. Durante los últimos doscientos años ha aparecido un nuevo agente de cambio geológico: el moderno Homo sapiens y el surgimiento de una civilización industrializada distanciada de la naturaleza y sus orígenes. Y este agente se ha vuelto tan penetrante e independiente de su línea de vida natural, tan distanciado de su hogar natural que le dio origen, que al igual que el asteroide cenozoico, la humanidad se ha transformado en un poder alienígena que afecta y remodela todos los geosistemas y ecosistemas que de otro modo mantendrían a la Tierra en un estado natural de balance y equilibrio. Esta es la era de Anthropos, la palabra griega para «humano», pero también apropiadamente el nombre de un robot social diseñado para imitar el comportamiento humano por Media Lab Europe. Es una nueva era geológica creada por nosotros mismos.

En 1873, un geólogo italiano llamado Antonio Stoppani observó que los humanos estaban incrementando su influencia sobre el mundo, afectando negativamente los sistemas ecológicos de la Tierra. Propuso que el planeta estaba entrando en una nueva era en su historia geológica, a la que llamó la «era antropozoica», la séptima edad geológica desde que la Tierra se formó en el Sistema Solar como un cúmulo de gas y polvo hace 4.600 millones de años, y la octava época durante la era desde la aparición de los mamíferos que se inició hace 65 millones de años. Durante su vida, las ideas y predicciones de Stoppani no lograron arraigarse en la comunidad científica. La civilización occidental estaba todavía en medio de la euforia de la Ilustración por el repentino estallido de descubrimientos científicos y los poderes de la razón sobre el instinto. Fue durante esta Era de la Razón cuando la teoría de Darwin sobre la evolución humana se apoderó de la imaginación intelectual y gradualmente se fusionó con mitos utópicos de infinito progreso industrial y económico. Desde entonces, el mito se ha solidificado en la conciencia occidental, creando una visión del mundo que hoy en día percibe a nuestra especie como los maestros y dioses de la creación, los gobernantes supremos de su destino terrestre.

Las ciencias geológicas tendrían que esperar otros cien años antes de que un químico holandés y laureado con el Premio Nobel que observó por primera vez el agujero en la capa de ozono, Paul Crutzen (imagen a la izquierda), definiera la Era del Antropoceno como la llegada de una nueva época en la historia geológica de la Tierra. Crutzen observó que la actividad humana había pasado un umbral por el cual se había convertido en la fuerza dominante y abrumadora que moldeaba los sistemas internos y la geología del planeta. Según Crutzen y su colega Eugene Stoermer, biólogo de la Universidad de Michigan, fue a finales del siglo XVIII cuando comenzó la Era Antropocena con las primeras evidencias científicas de dos gases de efecto invernadero, el CO2 y el metano, generados por la sociedad industrial humana. Hoy en día, la definición se ha mantenido y se está convirtiendo rápidamente en un término familiar.

Pero, ¿qué significa para la Tierra haber entrado en una nueva época geológica? Para comprender mejor el significado pleno del Antropoceno como una nueva era geológica, imagínese por un momento que todos los humanos desaparecieran repentinamente de la faz de la Tierra mañana. O imagine que todos hemos sido transportados al espacio exterior por una raza alienígena para liberar a la Tierra de las acciones destructivas de la humanidad. Aun con la ausencia de la humanidad, durante los próximos diez a quince mil años, todos los eventos geológicos y climáticos subsiguientes tendrán una relación directa o indirecta con las actividades humanas del pasado. Las huellas de nuestra civilización son tan penetrantes a través de los sistemas geo- y atmosféricos de la Tierra que perdurarán por muchos milenios, mucho después de que nuestra especie se extinga. Y es con la llegada del Antropoceno que la humanidad se ha convertido como el principal artífice del ecocidio, el destructor del medio ambiente, los ecosistemas y los hábitats del planeta.

Clive Hamilton (imagen de la derecha), ex miembro de la Autoridad del Cambio Climático del gobierno australiano, escribe: «La llegada del Antropoceno contradice todas las narrativas, filosofías y teologías que predicen un ascenso preordenado y continuo de la humanidad a niveles cada vez más altos de desarrollo material, social y espiritual». En su libro de 2017, Defiant Earth: The Fate of Humans in the Anthropocene (Tierra desafiante: El destino de los humanos en el Antropoceno), Hamilton advierte de la arrogancia científica que impulsa a las naciones occidentales a imaginar que podemos aplicar técnicas de geoingeniería para modificar el clima, reducir las amenazas destructivas de los gases de efecto invernadero y asegurar un mayor crecimiento del capital humano y el desarrollo tecnológico para resolver todos los problemas de nuestra civilización y del planeta a medida que surjan. Para Hamilton, el Antropoceno exige que todo lo que hemos dado por sentado sobre nuestra civilización -desarrollo económico, globalización y comercio, política y política exterior, estructuras sociales y más- debe ser reevaluado. Más importante aún, existe una demanda urgente de una relación completamente nueva que la humanidad debe crear con la Tierra y con otras especies. Por último, es hora de que las naciones, sus gobernantes y los líderes de la industria acepten el hecho de que ya no somos capaces de dar marcha atrás en el reloj geológico.

Si limitamos nuestra definición del Antropoceno únicamente al cambio climático, no captamos el panorama general y no reconoceremos lo que realmente está en juego. Es cierto que el cambio climático ha sido la razón principal de la acuñación del término. Sin embargo, los seres humanos están alterando la geología, los ecosistemas y la biodiversidad del planeta de muchas otras maneras que están indirectamente relacionadas con el calentamiento del planeta o algo muy diferente. Estos otros impactos antropogénicos y amenazas para la supervivencia humana son más recientes y coinciden con el florecimiento de la tecnología postindustrial y el deseo de la humanidad de conquistar, dominar y manipular la Naturaleza únicamente para su propia avaricia y necesidades. La modernidad se aleja cada vez más del tejido natural de la vida del que dependen nuestras vidas para sobrevivir. Esta tendencia sigue aumentando, incluso entre las generaciones más jóvenes, que ahora pasan menos tiempo jugando al aire libre y más tiempo delante de ordenadores, televisores y juegos electrónicos.

Richard Heinberg, director del Post Carbon Institute de California, advierte que la continua expansión de la civilización moderna ha sobrepasado con mucho la capacidad de la Tierra para proporcionar los recursos necesarios de los que dependen nuestras vidas. Este problema, argumenta Heinberg, es el resultado de un grave desequilibrio en nuestros sistemas humanos. El problema quedó al descubierto por primera vez en 1972, cuando un grupo de investigadores del MIT publicó el ahora profético estudio Limits of Growth. El informe predijo con precisión muchas de las amenazas a las que se enfrentan nuestras sociedades debido al agotamiento de los recursos, la producción de alimentos, las industrias manufactureras, la sobrepoblación, el aumento de la contaminación, etc. Fue el primer estudio importante en confirmar que la cosmovisión de nuestra civilización de que puede haber un progreso económico infinito que depende de recursos naturales finitos es una receta para un colapso catastrófico. Durante más de cuarenta años, los principales ecologistas han entendido el dilema humano mediante el pensamiento sistémico. Para comprender plenamente los grandes problemas a los que nos enfrentamos, incluyendo nuestras vidas individuales, es imperativo que dejemos de lado el pensamiento lineal y racional, y miremos nuestros problemas sistémicamente. Esto incluye las muchas maneras en que entendemos nuestra propia salud y las soluciones disponibles para abordar los problemas de la enfermedad.

Nada en la naturaleza es lineal. La naturaleza opera de acuerdo a una teoría de sistemas. Es inherentemente holística, lo que significa que toda la Naturaleza es más que la simple suma de sus partes (ecologías individuales) y hay numerosas relaciones interdependientes entre esas partes. Esto es cierto para el reconocimiento de las principales consecuencias del cambio climático, así como para la comprensión de los costes ambientales de la extinción de especies, la destrucción de los ecosistemas del planeta, la agricultura de monocultivos y la industria ganadera, la deforestación, las operaciones mineras masivas y mucho más. Lamentablemente, nuestras instituciones políticas y la estrechez de miras de los intereses privados son incapaces de comprender los resultados sistémicos detrás de sus actuaciones. Si lo fueran, ya no habría negacionistas del cambio climático en los cargos públicos. Por esta razón, la tecnología no nos salvará en última instancia.

Una foto de una enorme mina de cobre a cielo abierto de Antofagasta en Chile. (Fuente: D. Gary G Kohls)

La propia tecnología, incluidas las tecnologías «verdes» como la energía solar y las turbinas eólicas, también depende de recursos que dejan una huella de carbono. Los paneles solares requieren el uso de arsénico, aluminio, cadmio, cobre, galio, telurio y otros metales. Los aerogeneradores requieren aleaciones de acero, níquel, cromo, aluminio y manganeso. La mayoría de estos metales requieren de la minería, y todas las operaciones mineras dependen de combustibles fósiles y emiten gases de efecto invernadero. La minería también contribuye al menoscabo ecológico de los árboles, la flora y la degradación de los suelos. Sin duda, las tecnologías nos harán ganar tiempo. Pero ninguna de ellas es la solución milagrosa para frenar el calentamiento acelerado. Tal vez una de las únicas soluciones prometedoras sea una enorme reducción del progreso y el desarrollo, que sigue el viejo mantra de los años 70: «reducir, reutilizar, reciclar». Pero tal política es completamente contradictoria con toda la maquinaria económica neoliberal que alimenta la globalización corporativa y la expansión de los mercados. En resumen, el cambio climático y el medio ambiente son cuestiones morales, y el capitalismo de libre mercado, según Jerry Mander y fundador del Foro Internacional sobre la Globalización, es fundamentalmente amoral y sin ningún otro valor humano que no sea el económico.

Nuestra civilización moderna también está reorganizando y transformando el ADN mismo de la vida terrestre. El árbol evolutivo de la vida, que requirió miles de millones de años de cambio, innovación, adaptación y desarrollo para hacer surgir la vitalidad natural del mundo en el que vivimos hoy en día, está siendo transformado por las alteraciones tecnológicas en un laboratorio. En un artículo publicado en la revista Anthropocene Magazine, Andrew Revkin escribió que «la revolucionaria herramienta de edición genética CRISPR está lista para imponer las ambiciones de los humanos al menos tan profundamente como los combustibles fósiles han cambiado el mundo físico«. El árbol de la vida, observa Revkin, y que Darwin imaginó, ha sido «completamente perturbado ahora que la secuenciación del ADN permite una visión más completa» de los organismos vivos.

Desafortunadamente, las naciones del mundo aún tienen que enfrentarse a las polémicas repercusiones a largo plazo de la ingeniería genética. Y menos aún, ¿reconoce la ciencia las posibles crisis que pueden surgir de la interacción de los organismos genéticamente modificados liberados y el cambio climático abrupto? Por ejemplo, la promesa de la Segunda Revolución Verde de cultivos más resistentes para sobrevivir a futuras invasiones de plagas y malezas y para producir mayores rendimientos de la ingeniería genética se está desmoronando rápidamente.

Si usted visita cualquier campo de soja transgénica en el Medio Oeste de los Estados Unidos, mezclada entre las plantas de soja de color verde más pálido, observará plantas más altas, más lustrosas y verdes más oscuras o algarrobas que dominan gradualmente su vista. Similar a la resistencia microbiana a los antibióticos debido a la excesiva prescripción, las super malezas se están volviendo cada vez más resistentes a los productos tóxicos de Monsanto y otras compañías agroquímicas. Los cultivos cultivados mediante prácticas industriales químicas, como fertilizantes nitrogenados, una variedad de pesticidas y herbicidas, arado a máquina y una mayor demanda de agua, están resultando ser nutricionalmente inferiores a sus contrapartes orgánicas. También se han vuelto más susceptibles a las invasiones de plagas, lo que a su vez requiere una mayor aplicación de productos químicos potentes y tóxicos. Los rendimientos están disminuyendo. Los episodios más frecuentes de sequía extrema y precipitaciones excesivas debido al calentamiento global agravan aún más las dificultades a las que se enfrentan los agricultores. Toda nuestra infraestructura de seguridad alimentaria está sobrecargada de impuestos, severamente estresada y es más difícil mantenerla a flote a medida que se demandan más fertilizantes, químicos tóxicos y agua. Este mecanismo de retroalimentación positiva -un modelo inicial de agricultura basado en productos químicos que requiere más de lo mismo para mantener el ritmo del cambio climático- reduce aún más los rendimientos y crea más estrés económico y de salud para las personas y las familias.

Cuando damos un paso atrás y echamos un vistazo a la huella antropogénica de nuestra civilización, también debemos tener en cuenta otras actividades además de la quema de combustibles fósiles. A nivel mundial, decenas de miles de millones de toneladas de hormigón, tal vez una de las sustancias más perjudiciales para el medio ambiente jamás inventadas, se utilizan en la construcción y el desarrollo. Las corporaciones privadas extraen grandes cantidades de aluminio anualmente, lo cual es un proceso de uso intensivo de energía. La energía gastada en la producción de aluminio es hoy más costosa que el costo real del metal. Nuestra tierra, nuestros ríos, lagos y océanos están cubiertos de plástico. El último estudio realizado en 2016 estimó que aproximadamente ocho millones de toneladas de plástico se vierten en los océanos anualmente. En todo el mundo, la dependencia de los Estados Unidos del plástico sigue aumentando y la industria del plástico se basa en el petróleo. WorldWatch estima que el 4% del petróleo consumido se destina a la fabricación de plásticos. Y EE.UU. lidera los países desarrollados en el reciclaje de la menor cantidad de plástico post-consumo. Más del 90%, aproximadamente 32 millones de toneladas, se desecha o se vierte en vertederos.

Después del agua, según el Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia, «el hormigón es la sustancia más consumida del planeta«. El ritmo de producción de hormigón en la actualidad equivale a que cada persona en el planeta consume tres toneladas al año. La fabricación de hormigón representa el 5% de las emisiones de CO2 durante el proceso de calentamiento de la piedra caliza. Y el paisaje de nuestro planeta sigue construyéndose sobre hormigón. A pesar de que la Junta del Mar del Este permanece bajo alerta por las repentinas ráfagas de subida del nivel del mar (seis veces el promedio mundial entre 2011 y 2015), las inundaciones y las olas más altas durante las tormentas tropicales, la locura de la construcción acelerada a lo largo de la costa no ha disminuido. «Es increíble ver la construcción a lo largo de la costa este», escribe Arnoldo Valle-Levinson de la Universidad de Florida en Geophysical Research Letters. «Ese es el peor lugar para construir algo.» Prevé que las ciudades del sureste de EE.UU. se conviertan en «venecianas», propensas a las inundaciones por mareas, a medida que el calentamiento global avanza.

Debido a que los cambios de la Tierra son impulsados por actividades económicas e industriales por el modelo de libre mercado, algunos investigadores, como Jason Moore de la Universidad de Binghamton, argumentan que nuestra era actual debería llamarse el Capitaloceno. Para Moore y sus seguidores, esta es una época en la que nuestra degradación ecológica está siendo alimentada por «la desigualdad, la mercantilización, el imperialismo y más». Moore tiene razón en muchos aspectos. Sin embargo, la agenda capitalista no es la única culpable de destruir el planeta y las vidas humanas. La China comunista es igualmente criminal, el líder mundial en emisiones de gases de efecto invernadero y contribuye al 30% de todas las emisiones antropogénicas de CO2 a la atmósfera. Hay tantos delincuentes responsables de nuestras catástrofes climáticas que están decididos a mantener viva la economía de los combustibles fósiles. En julio de 2017, el Climate Accountability Institute y sus socios publicaron un informe que acusa a sólo 100 empresas de ser responsables del 71% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero desde 1988. Si nuestros gobiernos fueran realmente democráticos y tuvieran integridad, estas empresas serían consideradas responsables de un daño incalculable al medio ambiente, a las ciudades, a las comunidades y a las familias.

Hoy en día existe un creciente consenso entre muchos intelectuales que han dedicado gran parte de su vida al movimiento ecologista en el sentido de que sólo un cambio sistémico generalizado evitará el colosal sufrimiento humano que se avecina en un futuro no muy lejano. Esto requiere una acción con visión de futuro en todos los niveles de nuestra sociedad moderna. Y esto comienza con nosotros mismos, cambios dramáticos en nuestras vidas personales y luego llegar a nuestros vecindarios, pueblos, comunidades. «Incluso si nuestros esfuerzos no pueden salvar la civilización industrial consumista«, señala Richard Heinberg, «todavía podrían tener éxito en plantar las semillas de una cultura humana regenerativa digna de sobrevivir«. Este enfoque sistémico, junto con un «despertar moral», cree Heinberg, es la única esperanza real de supervivencia ante nosotros.

Richard Gale es el Productor Ejecutivo de la Red de Radio Progresiva y ex Analista Senior de Investigación en las industrias de biotecnología y genómica.

El Dr. Gary Null es el presentador del programa de radio público sobre salud alternativa y nutricional más antiguo del país y un director de documentales ganador de múltiples premios, entre ellos Poverty Inc y Deadly Deception.

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La producción agrícola está contribuyendo a sobrepasar los límites seguros de los sistemas terrestres

Estudio realizado por:

Bruce M. Campbell Douglas J. Beare Elena M. Bennett Jason M. Hall-Spencer John S. I. Ingram Fernando Jaramillo Rodomiro Ortiz Navin Ramankutty Jeffrey A. Sayer  y  Drew Shindell 

Ecología y Sociedad 22(4):8. 

https://doi.org/10.5751/ES-09595-220408

Figura 1.- Los 9 aspectos de los sistemas terrestres analizados en el estudio: 1.- Modificación en los usos del suelo; 2.- Uso de agua dulce; 3.- Flujos biogeoquímicos – ciclos de nitrógeno y fósforo; 4.- Integridad de la biosfera; 5.- Cambio climático; 6.- Acidificación de los océanos; 7.- Agotamiento del ozono estratosférico; 8.- Cantidad de aerosoles en la atmósfera; y 9.- Introducción de organismos novedosos. En rojo se indican los que han sobrepasado los límites seguros.

Resumen

Exploramos el papel de la agricultura en la desestabilización de los sistemas terrestres a escala planetaria, mediante el examen de nueve límites planetarios o «límites seguros»: modificación de los suelos, uso del agua dulce, flujos biogeoquímicos, integridad de la biosfera, cambio climático, acidificación de los océanos, agotamiento de la capa de ozono estratosférico, cantidad de aerosoles atmosféricos e introducción de organismos novedosos. Se han transgredido completamente dos límites planetarios, es decir, están en alto riesgo, la integridad de la biosfera y los flujos biogeoquímicos, y la agricultura ha sido el principal motor de esta transgresión. Tres de ellos se encuentran en una zona de incertidumbre, es decir, en una situación de riesgo creciente, con la agricultura como principal factor impulsor de dos de ellos, la modificación de los suelos y el uso del agua dulce, y un importante contribuyente al tercero, el cambio climático. La agricultura también contribuyente al cambio de muchos de esos límites planetarios que aún se encuentran en la zona segura. Para reducir el papel de la agricultura en la superación de las fronteras terrestres, se necesitarán muchas intervenciones, incluidas las de los sistemas alimentarios a un nivel más amplio.

Palabras clave: cantidad de aerosoles; flujos biogeoquímicos; integridad de la biosfera; contaminación química; cambio climático; diversidad; agua dulce; modificación de los suelos; nitrógeno; acidificación de los océanos; agotamiento del ozono; agotamiento del fósforo.

Introducción

Algunos estudiosos sugieren que el mundo ha entrado en el «Antropoceno», una era en la que las actividades humanas tienen un impacto significativo en el funcionamiento de los sistemas terrestres (Crutzen y Stoermer 2000). El profundo y casi omnipresente impacto de la agricultura en el medio ambiente está bien documentado (Foley et al. 2005, Beddington et al. 2012) y se manifiesta a través de múltiples vías de interacción, por ejemplo, el cambio en la cubierta vegetal, las emisiones de gases de efecto invernadero, el uso excesivo del agua y los impactos en la biodiversidad.

En 2009 Rockström et al. (2009a, b) introdujeron los conceptos de «límites planetarios» (PB, por sus siglas en inglés) y «espacio operativo seguro para la humanidad», que han sido revisados recientemente por Steffen et al. Los PBs están destinados a representar los procesos de los sistemas terrestres que, de superarse, podrían provocar cambios ambientales inadmisibles que podrían poner en peligro la existencia humana. Los nueve PB actualmente reconocidos (Steffen et al. 2015) son los siguientes:

1.- Modificación de uso del suelo;

2.- Uso de agua dulce;

3.- Flujos biogeoquímicos – ciclos de nitrógeno y fósforo;

4.- Integridad de la biosfera;

5.- Cambio climático;

6.- Acidificación de los océanos;

7.- Agotamiento del ozono estratosférico;

8.- Cantidad de aerosoles en la atmósfera; y

9.- Introducción de organismos novedosos.

Hay muchas maneras en que la producción agrícola, que es esencial para la supervivencia humana, está impulsando a los sistemas terrestres, o regiones dentro de ellos, más allá de los límites seguros. Examinamos hasta qué punto la producción agrícola mundial es responsable de modificar los sistemas terrestres más allá de los límites de un espacio operativo seguro para la humanidad (Rockström et al. 2009a, b).

La cuantificación de los PB es el tema de investigación y debate de este estudio. Steffen et al. (2015) sugieren que por lo menos cuatro PB ya se han superado o se encuentran en una zona de incertidumbre, es decir, con un riesgo alto o creciente: cambio climático, modificación de los suelos, flujos biogeoquímicos e integridad de la biosfera. También existe un importante debate sobre si el uso de agua dulce ha excedido los límites seguros o no (Gerten et al. 2015). Aunque muchos de los valores numéricos establecidos para los PB serán revisados, creemos que el concepto proporciona una base útil para evaluar los efectos de la agricultura en los sistemas terrestres, y puede ser utilizado para estimular una transformación urgente del sector de la alimentación y de la agricultura.

Modificaciones en los usos del suelo

El vínculo entre la modificaciones en los usos del suelo y la agricultura es claro y consistente. Según Foley et al. (2005), las tierras de cultivo y pastizales son uno de los biomas terrestres más grandes del planeta, ocupando aproximadamente el 40% de la superficie terrestre. Es decir, la agricultura es la que emplea la mayor parte del suelo de la Tierra. En los trópicos, nuevas tierras agrícolas han sido arrancadas a los bosques tropicales, la sabana y otros ecosistemas, y la expansión futura será aún mayor (Gibbs et al. 2010). También hay una retroalimentación entre las emisiones de metano y de óxido nitroso de la agricultura y las reducciones en el rendimiento de los cultivos, de manera que la expansión agrícola puede requerir una mayor expansión (Shindell 2016).

La bioenergía con captura y almacenamiento de carbono (BECCS) se ha propuesto como un componente clave para alcanzar los objetivos relacionados con el clima. Pero tiene el potencial de modificar la capacidad de producción de alimentos e introducir cambios a gran escala en el uso de la tierra. Por lo tanto, estudios recientes sugieren que la BECCS sólo puede ser factible a escala más modesta como «actor de apoyo» para otras acciones que lo mitiguen en mayor cantidad (Boysen et al. 2017, Smith et al. 2016). Incluso con aumentos sustanciales del rendimiento e intensificación, si la humanidad quiere satisfacer la futura demanda de alimentos y biocombustibles, el área neta dedicada a la agricultura tendrá que expandirse, presionando aún más a importantes biomas.

Rockström et al. (2009a) sugirieron que no más del 15% de la superficie libre de hielo de la Tierra debería convertirse en tierras de cultivo. Steffen et al. (2015) establecieron la variable de control de la cantidad de tierras de cultivo en función de la cantidad de cubierta forestal restante, debido a que los principales biomas forestales juegan un papel muy importante en el acoplamiento entre el suelo y el clima que otros biomas. Fijaron el límite en un 75% (una media ponderada de los límites para los bosques tropicales, templados y boreales) con una zona de incertidumbre de 54-75% (el bosque restante como porcentaje del área original), y calcularon el valor actual en un 62%.

En el año 2000, había aproximadamente 15 millones de km² de tierras de cultivo y 28 millones de km² de pastos en la Tierra, lo que corresponde en torno a un 12% y un 28% de su superficie libre de hielo, respectivamente (Ramankutty et al. 2008). Las tendencias en el pasado indican que para el año 2050 se desmontarán otros 10 millones de km² de tierra para satisfacer la demanda. Esto supondrá otro 8% de la superficie terrestre libre de hielo de la Tierra dedicada a la agricultura, cruzando el PB establecido por Rockström et al. (2009a).

Hemos seguido el planteamiento de Steffen y otros (2015) sobre los límites. Aunque sin duda la agricultura ha contribuido sustancialmente a la pérdida de bosques, no es fácil calcular su contribución exacta. La expansión de las tierras de cultivo ha causado una pérdida neta de entre 7 a 11 millones de km² de bosques en los últimos 300 años (Foley et al. 2005). Entre 1980 y 2000, más del 55% de las nuevas tierras agrícolas reemplazaron a los antiguos bosques, mientras que el 28% procedía de bosques degradados (Gibbs et al. 2010). A escala mundial, aproximadamente el 30% de los bosques caducifolios templados se han convertido en tierras de cultivo. Como nota positiva, se está produciendo un aumento de los bosques en latitudes más altas en los países más ricos, aunque la pérdida continúa en los países pobres de los trópicos (Sloan y Sayer 2015). Uno de los pocos estudios para estimar el papel de diferentes factores en la pérdida de bosques es el de Blaser y Robledo (2007). Utilizando sus cifras se estima que la agricultura ha sido responsable del 75% de la deforestación en las áreas que han sido deforestadas en el período 1990-2005. Kissinger et al. (2012) y Hosonuma et al. (2012), utilizando los datos de la FAO, estiman que la agricultura es el motor de alrededor del 80% de la deforestación mundial en el período 2000-2010. Por lo tanto, reflejamos el 80% en la Figura 1.

Rockström et al. (2009a) recomiendan, incluyendo la reserva del espacio más adecuado para la agricultura, el mantenimiento de bosques de alto valor ecológico, y el mantenimiento de suelos y ecosistemas ricos en carbono en condiciones intactas o al menos cuidadosamente administradas. La intensificación sostenible de la agricultura para limitar la superficie cultivada es algo crucial.

Uso del agua dulce

De todas las actividades humanas, la agricultura, y específicamente la producción de cultivos, consume la mayor cantidad de agua, principalmente a través de la transpiración de las plantas de cultivo y la evaporación de los suelos y las estructuras de riego. La agricultura representa aproximadamente el 70% de las extracciones mundiales de agua dulce. La cantidad varía según las regiones: ~44% de la extracción total de agua en los países de la OCDE, ~87% en los países africanos, ~80% en Asia y más del 90% en algunos países árabes (World Water Assessment Programme 2012a, b, c). Se puede hacer una distinción entre el consumo de «agua azul» (recogida de aguas de ríos, embalses, lagos y acuíferos) y el consumo de «agua verde» (uso directo del agua de lluvia).

A fin de determinar el «espacio seguro» para la humanidad en relación con el uso de agua dulce, Rockström et al. (2009a) sugirieron inicialmente un PB de agua dulce de 4000 km3/año con una zona de incertidumbre de 4000-6000 km3/año, y el uso global del agua azul para ser utilizado como variable de control. El control, y la cuantificación del PB del agua dulce, es cada vez más polémico. Aunque se sugirió que el PB original debería ser comparado con el consumo de agua azul, Jaramillo y Destouni (2015a) afirman que debido a la complementariedad del agua azul y verde sugerida por Rockström et al. (2009a), el consumo total de agua azul y verde debería ser usado para controlar el PB de agua dulce en lugar de solamente el agua azul. Desde esta perspectiva, el aumento del consumo humano mundial de agua dulce durante el siglo XX y principios del siglo XXI puede que ya haya transgredido el PB de 4000 km3/año (Destouni et al. 2013, Jaramillo y Destouni 2015a, b,).

Además de estos últimos estudios basados en observaciones hidroclimáticas, otros han utilizado modelos hidrológicos globales para estimar el consumo humano de agua. Por ejemplo, Siebert y Döll (2010) utilizaron un modelo de cultivo para estimar que los cultivos regados por el agua de la lluvia consumen 4586 km3/año de agua verde en todo el mundo, y los cultivos regados 2099 km3/año (1180 km3/año de agua azul y alrededor de 919 km3/año de agua verde). Sin embargo, todavía no existe un consenso real sobre la cantidad de agua azul y verde que consume la agricultura.

Molden (2009:117) argumenta que el límite del agua sugerido por Rockström et al. (2009a) puede ser demasiado elevado porque «el concepto de límite global pasa por alto la importancia de las condiciones locales y el papel de la gestión del agua en la intensificación o mejora de los problemas». Por esta razón, Steffen et al. (2015) introdujeron límites subglobales de agua dulce que son específicos para cada cuenca con el fin de controlar la sostenibilidad del consumo de agua dulce a escalas local y regional. Una nueva reevaluación del PB de agua dulce realizada por Gerten et al. (2013) ha reducido el valor global del PB de agua dulce a aproximadamente 2800 km3/año, con un rango de incertidumbre correspondiente de 1100-4500 km3/año, lo que significa que el estado actual del uso de agua dulce ya se encuentra en la zona de incertidumbre (riesgo creciente).

Para simplificar, seguimos a Steffen et al. (2015) en su establecimiento del límite planetario global de agua dulce a 4000 km3/año y el consumo de agua azul como variable de control, pero modificamos el límite, siguiendo a Gerten et al. (2013) y Jaramillo y Destouni (2015b). Consideramos el papel de la agricultura en el estado de este PB al nivel del 84% (Fig. 1), siguiendo a Shiklomanov y Rodda (2003) quienes estimaron que el consumo de agua azul por la agricultura de regadío representa el 84% del consumo humano de agua azul.

La cantidad de agua necesaria para producir alimentos depende de lo que se cultiva y del método de producción. Con una población humana creciente y un cambio en las preferencias alimenticias hacia el consumo de una mayor cantidad de carne, se requerirá cada vez de más agua. El crecimiento de la producción pecuaria, en particular, aumenta el consumo de agua debido a la demanda adicional de agua para los cultivos destinados a la alimentación del ganado. El aumento de la producción de biocombustibles aumentará aún más las presiones sobre los recursos hídricos. Además, de acuerdo con Jaramillo y Destouni (2015b), muchos embalses construidos en todo el mundo para almacenar agua para riego de cultivos pueden estar consumiendo cantidades considerables de agua azul y verde que actualmente no se han tenido en cuenta en las estimaciones de los modelos de cultivo.

La agricultura es, y seguirá siendo, el mayor consumidor mundial de agua dulce. Además de la cantidad absoluta, el agotamiento de las aguas subterráneas en algunas regiones también es motivo de gran preocupación, con niveles que caen por encima de los 300 mm/año en la llanura del Indo-Ganges (Wada et al. 2010). Por lo tanto, debería ser una prioridad reducir el nivel de incertidumbre del consumo de agua dulce de la agricultura y las actividades humanas relacionadas a fin de estimar la próxima escasez de agua y su gestión (Jaramillo y Destouni 2015b). Aunque se proyecta que la disponibilidad de agua disminuirá en muchas regiones, «se estima que el consumo mundial futuro de agua para la agricultura (incluida la agricultura de secano y de regadío) aumentará en un 19% para 2050» (Programa Mundial de Evaluación de los Recursos Hídricos 2012a, b, c: 269). Aunque la cantidad de agua utilizada por unidad de alimento producido se ha reducido casi a la mitad desde 1961 (Programa Mundial de Evaluación de los Recursos Hídricos 2012a), el potencial para aumentar la eficiencia del uso del agua en la agricultura sigue siendo considerable. La gestión del agua, las reformas políticas y las inversiones en infraestructura pueden contribuir a aumentar la eficiencia y reducir el consumo. El uso de agua para el riego puede ser reducido aumentando la eficiencia del transporte (tomando agua del origen a la finca), la eficiencia de la distribución (granja a campo), y la eficiencia de la aplicación (aplicación a los cultivos; Rosegrant et al. 2009).

Flujos biogeoquímicos

Aunque Steffen et al. (2015) sugieren que los PB debieran ser calculados para múltiples elementos, seguimos un enfoque pragmático y nos limitamos a hacer un análisis del nitrógeno (N) y el fósforo (P). El nitrógeno (N) es un macronutriente esencial y el elemento que limita el crecimiento de las plantas en muchos ecosistemas terrestres y acuáticos. Las actividades humanas han transformado profundamente el ciclo global del N (Swaney et al. 2012), siendo los principales impulsores el aumento del uso de combustibles fósiles, la agricultura y la creciente demanda de N por parte de la industria, y la baja eficiencia de su uso. Las fuentes antropogénicas de N contribuyen ahora con más cantidad de N que todos los procesos terrestres naturales combinados (Rockström et al. 2009a, Canfield et al. 2010). La excesiva cantidad de N conduce a la contaminación del suelo y el aire, conduce a la pérdida de biodiversidad, contamina las aguas marinas costeras y las cuencas hidrográficas (Howarth et al. 2011, Swaney et al. 2012), y aumenta el nivel de N2O y los gases de nitrógeno reactivos en la troposfera (Robertson y Vitousek 2009, Canfield et al. 2010, Bodirsky et al. 2012). Se ha estimado que los costes ambientales de las pérdidas de N en Europa superan los beneficios económicos directos totales conjuntos del uso del N en la agricultura (Sutton et al. 2011).

El límite global de Steffen et al. (2015) para el N se ha tomado del análisis de Vries et al. (2013), que propusieron un PB de 62 Tg N/año [teragramos: 1 billón de gramos/año] a partir de la fijación de N industrial y biológico de manera intencionada, para evitar la eutrofización de los ecosistemas acuáticos. Steffen et al. (2015) introducen límites regionales para el N, y en regiones específicas donde se ha producido la transgresión, particularmente Norteamérica, Europa, el sur de Asia y China.

Las grandes cantidades de N que se requieren para la producción vegetal y ganadera dan como resultado que las actividades agrícolas sean los principales impulsores del ciclo del N (Galloway et al. 2008, Liu et al. 2010, Bodirsky et al. 2012). Según Fixen y West (2002), el uso de fertilizantes nitrogenados en la agricultura aumentó aproximadamente un 800% entre 1960 y 2000, aunque las estimaciones varían. Liu et al. (2010), por ejemplo, encontraron que el aporte total de N a las tierras de cultivo en 2000 fue de 137 Mt/año, mientras que Bouwman et al. (2009) estimaron el aporte total de N a la agricultura en 249 Mt/año. La participación de las granjas en el uso total de N antropogénico a nivel mundial (187 Mt/año) se ha estimado en el 86.1% (Galloway et al. 2008), por lo que usamos ~85% como el nivel en la Figura 1. El uso de N antropogénico global se estima en un 86.1% (Galloway et al. 2008).

Varios estudios también revelan una baja eficiencia del uso de N en los cultivos; sólo aproximadamente la mitad del N aplicado a las tierras de cultivo se incorpora a la biomasa vegetal, mientras que el resto se pierde por lixiviación (16%), erosión del suelo (15%) y emisión de gases (14%) ( Liu et al. 2010, Bodirsky et al. 2012). Según Robertson y Vitousek (2009), la rotación de cultivos, la mejora de la predicción de las necesidades de fertilizantes nitrogenados por los cultivos, el tiempo y la ubicación, junto con estrategias para recuperar las pérdidas de N, son todas ellas prácticas disponibles actualmente que pueden reducir sustancialmente la pérdida de N.

La mayor parte de la producción agrícola depende del fósforo (P) en forma de fosfato (PO43-) que se añade en fertilizantes o abonos, que reponen al suelo lo que se ha eliminado cuando se cosechan los cultivos (Cordell y White 2013). Las actividades humanas han cambiado profundamente el ciclo global del P, principalmente a través de la extracción de fosfato de roca para producir fertilizantes fosfatados para uso agrícola. El ciclo del P se acelera dos o tres veces más que las tasas de referencia (Smil 2000), lo que lleva a la eutrofización de los sistemas de agua dulce y estuarios (Diaz y Rosenberg 2008) además del aumento previsto de la producción agrícola.

Steffen et al. (2015) también proponen un enfoque de dos niveles en los límites de P en los flujos biogeoquímicos, basándose en el análisis de Carpenter y Bennett (2011). El límite se establece en 11 Tg /año en los sistemas de agua dulce que van a parar a los océanos para evitar grandes desastres anóxicos en los océanos, lo que podría explicar las extinciones de la vida marina (Handoh y Lenton 2003). Se establecen límites regionales para prevenir la eutrofización del agua dulce, y en cuanto al componente N, las regiones particulares donde se transgreden estos límites.

Smil (2000) indica que el 90% de la producción mundial de fosfato (alrededor de 148 Mt de roca de fosfato por año) se utiliza para fabricar fertilizantes para la agricultura. Investigaciones más recientes sugieren que hasta el 96% del P extraído se utiliza para la producción de fertilizantes (22,6 Mt/año de una producción total de 23,5 Mt/año), y casi todo este P se añade al suelo (Carpenter y Bennett 2011). Con el aumento de la demanda mundial de alimentos debido al aumento de la población y a los cambios en las dietas, la demanda de P podría aumentar en un 50-100% para 2050 (Cordell y White 2013), lo que llevaría a un impacto aún mayor de la agricultura en este límite ya superado. En este sentido, estimamos que el papel de la agricultura en el PB es mayor al 90% (Fig. 1).

Existen varias opciones para reducir la contribución de los agricultores a la actual transgresión de este PB (Elser y Bennett 2011, Cordell y White 2013). Las opciones más sistémicas giran en torno al uso de menos P. Para esto, una opción es equilibrar los balances de P en los suelos agrícolas y otra es aumentar el uso de P reciclado a partir del estiércol, excrementos humanos y residuos de alimentos para reducir la dependencia de P. Una solución menos sistémica, pero importante, es reducir las pérdidas de P de los explotaciones agrícolas a los sistemas acuáticos. Este tipo de escorrentía de P podría minimizarse mediante: (i) el uso de mejores prácticas de labranza; (ii) el establecimiento y mantenimiento de zonas de amortiguación en las riberas; o (iii) la restauración de humedales. Por último, la reducción de los residuos de alimentos, ya sea en el almacenamiento o en los residuos que se producen después de la comercialización, de modo que se tenga que producir menos en primer lugar, es una consideración urgente.

Cambios en la integridad de la biosfera

En su documento inicial Rockström et al. (2009a) incluyeron la «tasa de pérdida de biodiversidad» como uno de los nueve PB, pero Steffen et al. (2015) la modificaron para «considerar la integridad de la biosfera» con la intención de reflejar mejor el impacto más general de las actividades humanas en la biosfera, abarcando la diversidad genética y funcional. Los autores sugieren que la diversidad genética puede ser medida por las tasas de extinción y la diversidad funcional por el índice de biodiversidad intacta (BII).

Steffen et al. (2015) mantienen el número promedio de extinciones por millón de especies-año (E/MSY) como un indicador para medir la pérdida de diversidad genética, aunque es criticado por ser difícil de medir e inevitablemente tiene un desfase temporal. Estimaciones recientes sugieren que es probable que haya aproximadamente 5±3 millones de especies en la Tierra y algunos modelos actuales predicen tasas de extinción inferiores al 5% por década, aunque el impacto del cambio climático en las extinciones es particularmente incierto (Costello et al. 2013). Aunque el 5% por década no suene catastrófico, Steffen et al. (2015) sugieren un PB de 1 E/MSY y uno más realista de 10 E/MSY. Como punto de referencia, las tasas medias de extinción de organismos marinos en el pasado según el registro fósil son comparativamente bien conocidas, y se estima que están en el orden de 0,1 a 1 E/MSY. Sin embargo, se cree que la tasa actual es superior a 100 E/MSY, con proyecciones futuras de pérdidas del orden de 1000-10.000 E/MSY.

La diversidad funcional describe el papel general de la biosfera en el funcionamiento de los sistemas terrestres. Steffen y otros (2015) sugirieron un BII del 90% como PB con un gran intervalo de incertidumbre (90-30%). Newbold et al. (2016) estiman que el uso del suelo y las presiones relacionadas ya han reducido la integridad de la biodiversidad local más allá del PB en el 58% de la superficie terrestre mundial. El BII está probablemente en la zona de incertidumbre, y aquí es donde lo ubicamos en la Fig. 1.

A falta de una nueva información, sugerimos un 80% como el papel de la agricultura en la integridad de la biosfera PB (Fig. 1), es decir, el mismo valor que los considerados por los cambios en el uso del suelo, dado que las pérdidas de diversidad genética y funcional son causadas por esos cambios en los usos del suelo. Por lo tanto, la agricultura ha superado la integridad de la biosfera más allá del PB, al menos para uno de sus componentes. La pérdida de biodiversidad no es sólo una función del hábitat, y la integridad de la biosfera puede tener más que ver con la diversidad funcional que con la diversidad genética (Steffen et al. 2015). Los bosques del mundo se están fragmentando rápidamente debido a una enorme expansión de las inversiones en infraestructura, y la agricultura es un componente clave de los nuevos paisajes (Sloan y Sayer 2015). Se considera que los ejes de desarrollo son una forma de transformar la agricultura de los países en desarrollo para obtener una mayor productividad. Estos ejes de desarrollo corren el riesgo de fragmentar y ocupar los bosques existentes, especialmente en los trópicos, con consecuencias potencialmente desastrosas para la integridad de la biosfera (Laurance et al. 2015). El cambio climático y la fragmentación del hábitat están facilitando la propagación de especies exóticas invasoras en hábitats naturales a un nivel sin precedentes, con consecuencias alarmantes para la biodiversidad y la función de los ecosistemas.

Cambio climático

Las actividades agrícolas emiten grandes cantidades de gases de efecto invernadero, no solamente CO2, mientras que la deforestación, para aumentar el espacio destinado a la agricultura, libera cantidades significativas de CO2. Toda la cadena alimentaria y sus actividades conexas, desde la producción de fertilizantes hasta la distribución de productos alimenticios básicos, también emiten cantidades significativas de CO2. En conjunto, esto sitúa a la agricultura como una de las actividades antropogénicas más importantes que contribuyen al cambio climático. Además, el cambio climático en sí mismo influirá en las condiciones de la agricultura y tendrá importantes ramificaciones para todo el sistema agrícola.

Rockström et al. (2009a) propusieron un enfoque dual para el cambio climático utilizando tanto la concentración atmosférica de CO2 como el fenómeno del forzamiento radiativo de la parte superior de la atmósfera como variables de control a escala global, sugiriendo 350 ppm de CO2 y 1 W/ m² por encima del nivel preindustrial como los dos límites (US EPA 2011). Esto se basó en (i) un análisis del equilibrio del sistema climático por forzamiento de los gases de efecto invernadero; (ii) el comportamiento de las grandes capas de hielo polar bajo climas más cálidos que los del Holoceno; y (iii) el comportamiento observado del sistema climático a una concentración actual de CO2 de aproximadamente 387 ppm y +1.6 W/m² (+0.8/-1.0 W/m²) de forzamiento radiativo neto. Rockström et al. (2009a) señalaron que la sensibilidad climática a la llamada «retroalimentación lenta», por ejemplo, la disminución del volumen de la capa de hielo y la desaparición del efecto de enfriamiento de los aerosoles deben tenerse en cuenta al establecer el límite. Existe otra interacción importante entre los límites de aerosoles y el límite máximo de cambio climático (Mahowald et al. 2017). Se calcula que el aumento de los suplementos de nutrientes procedentes de la deposición atmosférica está provocando un aumento de la absorción de dióxido de carbono. Como las emisiones de aerosoles de fuentes industriales se reducen para mejorar la calidad del aire, estas mejoras en la absorción de carbono pueden reducirse.

La agricultura contribuye aproximadamente entre 5.0 a 5.8 Gt CO2/año, basándose en el potencial de calentamiento global de 100 años, o ~11% del total de las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero, sin incluir el cambio en el uso de la tierra impulsado por la agricultura (Smith et al. 2014). Los países en desarrollo producen en su conjunto la mayoría de las emisiones relacionadas con la agricultura a nivel mundial y se espera que las emisiones aumenten más rápidamente, dado el potencial de aumentar la producción agrícola en los países en desarrollo (Smith et al. 2014). Las emisiones agrícolas también son significativas a nivel nacional, contribuyendo con un promedio del 35% de las emisiones en los países en desarrollo y del 12% en los países desarrollados (Richards et al. 2015). La inclusión de las emisiones de todo el sistema alimentario, desde la producción hasta el consumo, aumenta la contribución del 14-24% (incluido el cambio de uso de la tierra impulsado por la agricultura) al 19-29% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero (Vermeulen et al. 2012). Esta cifra incluye toda la cadena de suministro, la fabricación de fertilizantes, la producción agrícola propiamente dicha, el procesamiento, el transporte, la venta al por menor, la gestión de los alimentos domésticos y la eliminación de desechos. Hemos utilizado el 25% como el papel que desempeña la agricultura (incluido el cambio de la cubierta vegetal impulsado por la agricultura) en el estado de este límite planetario (PB) (Fig. 1).

Wollenberg et al. (2016) estiman que la agricultura debe reducir sus emisiones en 1 Gt CO2/año para 2030 si se quiere que el mundo permanezca dentro del objetivo de los 2 °C, mientras que al mismo tiempo se debe alimentar a una población humana creciente y más próspera. Usando dos enfoques diferentes y con precios de hasta 20 dólares por tonelada de CO2, estiman que sólo se puede lograr entre el 21 y el 40% de la mitigación necesaria; esto incluye el uso generalizado de prácticas y agronómicas y de cría de ganado que aumenten la eficiencia. La gran diferencia entre los resultados de mitigación deseados y los resultados plausibles indica que se necesitarán opciones técnicas y normativas más innovadoras, por ejemplo, soluciones de alta tecnología como razas ganaderas que produzcan menos metano y una mayor retención de materia orgánica en los suelos. Al mismo tiempo, también será necesario reducir los cambios en el uso de la tierra debido a la tala para la agricultura, disminuir la pérdida de alimentos y desechos y cambiar los patrones alimenticios.

Acidificación de los océanos

La acidificación de los océanos está provocada por las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera, de las cuales cerca del 25% han sido absorbidas por el agua de mar, donde se forma ácido carbónico. Esto ya ha causado un aumento del 34% en la acidez del agua de mar desde 1800, y a menos que reduzcamos las emisiones de CO2, esto causará un incremento del 150% en la acidez de los océanos superficiales para 2100 (Hönisch et al. 2012). Esta es la tasa más rápida de cambio químico en los océanos durante millones de años.

Muchos grupos taxonómicos marinos, por ejemplo, corales y ostras, utilizan aragonita o calcita para construir conchas protectoras o esqueletos que se deterioran fácilmente cuando se acumulan altos niveles de CO2 (Rodolfo-Metalpa et al. 2011). Los arrecifes de coral están formados por aragonita y cuando el «estado de saturación de aragonita» (Ω arag) está por debajo de 1, entonces los arrecifes se disuelven. Los arrecifes de coral se forman en aguas que están sobresaturadas con aragonita (Ω arag > 3); por debajo de estos niveles los arrecifes se debilitan y son fácilmente erosionables por los perforadores, por ejemplo, algas y esponjas, y los herbívoros, por ejemplo, erizos de mar y peces loro.

Rockström et al. (2009b) propusieron un límite de acidificación oceánica donde, «el estado de saturación de aragonita oceánica se mantenga en el 80%, o por encima, del promedio mundial de las aguas marinas superficiales de la época preindustrial, es decir Ω arag con un valor de 3.44.” Actualmente Ω arag es aproximadamente un 84% de los valores preindustriales y desciende rápidamente (Gattuso et al. 2015).

El sector agrícola contribuye directamente a la acidificación oceánica porque es una fuente importante de emisiones de CO2. También hay efectos indirectos, por ejemplo, mediante la acidificación de las cuencas hidrográficas donde están situadas las tierras cultivables, así como mediante la aportación de nutrientes procedentes de los fertilizantes a los mares y océanos. La producción de nitrógeno reactivo para fertilizantes destinados a la agricultura es una de las características principales del Antropoceno; los aportes de nitratos a las aguas costeras estimulan el crecimiento de algas, lo que reduce los niveles de oxígeno disuelto a medida que se pudre. El CO2 producido durante la respiración microbiana aumenta la acidez y se suma a los efectos regionales de la acidificación oceánica (Ekstrom et al. 2015). A falta de información adicional, utilizamos el 25% como el papel desempeñado por la agricultura para impulsar el cambio en este límite planetario (Fig. 1), siendo esta la proporción de las emisiones de CO2 generadas por el cambio de la cubierta vegetal impulsado por la agricultura en relación con las emisiones totales de CO2 durante la era industrial (Ciais et al. 2013).

Las soluciones locales al problema mundial de la acidificación oceánica pasa por cambios en las prácticas agrícolas. La iniciativa Carbono Azul de la UICN reconoce la capacidad de la vegetación costera (algas, pastos marinos, manglares) para prevenir la escorrentía del agua ácida, capturar y almacenar carbono, así como elevar el pH de las aguas costeras. El cultivo de algas marinas y la restauración gradual de los manglares en áreas que han sido convertidas en criaderos de camarones son formas en que la agricultura puede operar de manera más segura dentro de nuestros PB (Siikamäki et al. 2013).

Reducción de ozono estratosférico

Rockström et al. (2009a) consideran que el PB para los niveles de ozono es una disminución como máximo del 5% en los niveles de ozono para cualquier latitud con respecto a los valores de 1964-1980. Hasta la fecha, el agotamiento del ozono está dominado por los halógenos liberados por las emisiones de clorofluorocarbonos, y el N2O desempeña un papel relativamente menor. Sin embargo, se prevé que la reducción de la capa de ozono atribuible al N2O seguirá aumentando, ya que «el N2O es actualmente la emisión más importante que reduce la capa de ozono y se espera que siga siendo la más importante a lo largo del siglo XXI» (Ravishankara et al. 2009:123).

El N2O de los suelos es la principal fuente de N2O antropogénico, y se asocia principalmente con los fertilizantes nitrogenados y el estiércol aplicado a los suelos. Se prevé que el aumento del uso de fertilizantes nitrogenados y la mayor producción de estiércol animal incrementarán las emisiones agrícolas de N2O en un 35-60% hasta 2030 (Smith et al. 2008). Crutzen et al. (2008) calculan una fuente antropogénica de N2O de 5,6-6,5 Mt/año con una contribución de la agricultura de 4,3-5,8 Mt/año. De ello se deduce que entre el 66 y el 90% de las emisiones antropogénicas de N2O pueden atribuirse a actividades agrícolas. Montzka et al. (2011) calculan cifras que sugieren que el 49-83% de las emisiones antropogénicas globales de N2O provienen de actividades agrícolas. Dadas las emisiones históricas de clorofluorocarburos, la influencia actual de la agricultura es bastante baja; hemos utilizado un valor del 5% en la Figura 1, reconociendo que la participación de la agricultura aumentará en el futuro.

Actualmente existen numerosas opciones para mitigar las emisiones antropogénicas de N2O, y para la agricultura las más efectivas incluyen un uso más eficiente de fertilizantes en las tierras de cultivo (Ravishankara et al. 2009). Limitar las futuras emisiones de N2O mejoraría la recuperación de la capa de ozono de su actual estado de progresiva reducción. Esto también reduciría la presión antropogénica sobre el sistema climático.

Presencia de aerosoles en la atmósfera

Las partículas de aerosol en la atmósfera son perjudiciales para la salud humana y se sabe que afectan al clima (Ramanathan et al. 2007). De hecho, las emisiones de aerosoles»carbono negro» pueden ser el segundo contribuyente más importante al calentamiento global después de las emisiones de dióxido de carbono (Bond et al. 2013). Se sabe que la quema de residuos de cultivos es una importante fuente de aerosoles atmosféricos (van der Werf et al. 2010) aunque hay poco consenso sobre las cifras exactas. La evaluación de la literatura establece que la proporción de las emisiones antropogénicas de carbono negro y orgánico se sitúa en torno al 3-14% (Bond et al. 2013).

El PB para la carga de aerosoles atmosféricos utiliza como variable de control la «profundidad óptica de aerosoles» (AOD). No se ha establecido ningún límite global, ya que la AOD es muy variable en la superficie de la tierra. En cambio, Steffen y otros (2015) establecieron una frontera regional sobre el subcontinente indio debido a su influencia potencial en la revitalización de los monzones. El fondo AOD sobre el subcontinente indio sería de ~0,15 (Chin et al. 2014) y el límite se fijó en 0,3 (Steffen et al. 2015). La AOD está, sin embargo, muy ligada a las estaciones y espacialmente no homogéneo, con valores sobre la planicie del Indo-Ganges cercanos a 1,0 en la estación seca.

La AOD está influenciada por la totalidad de los aerosoles presentes en la atmósfera, pero debido a que casi todas las emisiones se originan en la superficie, también está correlacionada con pequeñas partículas de materia de la superficie (PM). La exposición anual promedio ponderada de PM de la población es de ~38% de carbono orgánico y negro y ~11% de amoniaco (Shindell 2015), lo que indica que las emisiones relacionadas con la quema agrícola contribuyen alrededor del 3% y las relacionadas con la producción y uso de fertilizantes alrededor del 11% del PM global, aunque las emisiones relacionadas con la agricultura son la fuente dominante de PM en algunas áreas densamente pobladas (Bauer et al. 2016). Debido a que la Carga Global de Enfermedades se estima que cerca de 3.2 millones de muertes prematuras al año se pueden atribuir a pequeñas partículas de materia (Lim et al. 2012), esto sugiere que la contribución de la agricultura a la carga de aerosoles atmosféricos podría ser responsable de aproximadamente 450.000-660.000 muertes prematuras anualmente, basándose en este análisis y otro estudio (Lelieveld et al. 2015). En conclusión, la agricultura contribuye sustancialmente a la acumulación de aerosoles atmosféricos y este PB es probablemente transgredido regularmente (estacionalmente) en zonas contaminadas y tiene efectos extremadamente perjudiciales para la salud humana. Prohibir la quema a cielo abierto de residuos agrícolas y utilizar los fertilizantes de manera más eficiente redundaría en beneficios sustanciales.

Introducción de organismos novedosos

Este PB fue ampliado por Steffen et al. (2015) a partir de la «contaminación química» descrita originalmente por Rockström et al. (2009a) para incluir otros nuevos tipos de materiales u organismos producidos mediante ingeniería, por ejemplo, organismos transgénicos, aunque gran parte de la discusión todavía está relacionada con los productos químicos. Steffen et al. (2015:1259855-8) afirman que «todavía no existe un análisis acumulado a nivel mundial de la contaminación química en el que se pueda basar una variable de control o un valor del límite [planetario]». Esto se debe a que la miríada de productos químicos que se producen y se movilizan durante el Antropoceno desafía cualquier intento de cuantificación (Conway y Pretty 2013). Sin embargo, el impacto de los productos químicos antropogénicos en el funcionamiento de los ecosistemas ha sido descrito en muchos estudios de casos (Milton et al. 2011, Pease 2011) y la agricultura está implicada en ello. Muchos plaguicidas, por ejemplo, se utilizan ampliamente tanto en la agricultura como en la acuicultura y suelen ser biológicamente activos. En una revisión del papel del impacto global de los insecticidas agrícolas en las aguas dulces, Stehle y Schulz (2015) informan que las concentraciones del 50% de los insecticidas detectados superaron los umbrales reglamentarios.

No está claro que sea apropiado ampliar este PB para incluir los organismos modificados genéticamente (OMG). Hay preocupaciones ambientales (y otras) relacionadas con el uso de transgénicos en la agricultura, aunque el campo está repleto de controversias (Trumbo y Powell 2016). Las preocupaciones no comprobadas incluyen aquellas relacionadas con la supuesta alergia, la inseguridad alimentaria, el flujo transgénico que amenaza la integridad de la biodiversidad y la diseminación de rasgos indeseables a las malezas. También hay preocupaciones acerca de los derechos de propiedad intelectual (DPI) sobre las semillas, aunque los DPI no están asociados al concepto de PB. Abberton et al. (2016) ofrecen un resumen sobre cómo utilizar y adaptar las herramientas genómicas para acelerar la reproducción de cultivos mayores y menores con el objetivo de impulsar la producción, diversificar el suministro de alimentos y mejorar la adaptación al cambio climático o mitigar sus efectos. Un meta-análisis del maíz y la soja transgénicos indica que producen más que sus contrapartes convencionales al tiempo que reducen los costes de producción y aumentan los márgenes brutos (Areal et al. 2013). Las investigaciones también muestran que los cultivos transgénicos redujeron el uso de plaguicidas químicos en un 37%, mientras que aumentaron ambos rendimientos en un 22% y las ganancias de los agricultores en un 68% (Klümper y Qaim 2014). Una revisión reciente sugiere que el proyecto de cultivos transgénicos parece ser muy prometedor para desarrollar cultivos más nutritivos y eficientes en el uso de insumos para los sistemas agrícolas mundiales bajo un clima cambiante (Ortiz et al. 2014). Los organismos de ingeniería pueden ayudar a la sociedad a transformar la agricultura en una dirección positiva, por ejemplo, reduciendo el uso de otras «entidades novedosas» como los productos químicos en los plaguicidas. Se trata, sin duda, de un límite planetario muy complejo que requiere una reflexión profunda para definir adecuadamente sus componentes.

Conclusiones

Al tiempo que se adapta al cambio climático y reduce el impacto de la agricultura, la humanidad tendrá que abordar el hecho de que por lo menos mil millones de personas no tienen acceso a suficientes calorías (FAO 2014), y más de dos mil millones de personas carecen de suficientes nutrientes (OMS y FAO 2014), mientras que, paradójicamente, al mismo tiempo más de dos mil millones de personas consumen demasiadas calorías (Ng et al. 2014). Este subconsumo y el exceso de consumo han llevado a una creciente «triple carga» de desnutrición (IFPRI 2015) y abordar este problema es un reto social importante. En este contexto está el hecho de que se prevé que la población humana mundial llegará a unos 9.000 millones de personas para 2050, y que los patrones de consumo de alimentos están cambiando rápidamente a medida que la prosperidad media aumenta, lo que lleva a un mayor consumo de alimentos en general y, en particular, de carne (Kearney 2010). Una preocupación particular con respecto a los PBs es el cambio en la dieta que lleva al sobreconsumo porque esto tiene un impacto desproporcionado por persona. Por lo tanto, existe una necesidad urgente de gestionar la demanda en lugar de satisfacerla (Ingram 2017).

De los nueve PB, cinco se encuentran en las zonas de alto riesgo o de riesgo creciente, siendo la agricultura el principal impulsor de cuatro de ellos y un impulsor significativo del restante (Fig. 1). También es un factor importante de muchos de los PB que todavía se encuentran en la zona segura. Existen numerosos posibles puntos de intervención para reducir el impacto de la agricultura en los PBs (Sayer y Cassman 2013). Sin embargo, se requerirá nada menos que un sistema radicalmente transformado, con numerosos cambios en todos los aspectos de la producción, con mayor atención a la gestión a nivel de paisaje y con cambios en todos los aspectos más amplios del sistema alimentario (Beddington et al. 2012, Ingram y Porter 2015). Esto se debe a que todas las actividades del sistema alimentario, desde la agricultura, pasando por el procesamiento, la logística y el comercio minorista, hasta el consumo, afectan en cierta medida a los PB (Ingram 2011) y, por lo tanto, ofrecen una amplia gama de posibilidades de mitigación.

Aunque la gestión de la demanda es fundamental para mitigar los impactos sobre los PB, no cabe duda de que habrá que cultivar más tierras, pero será necesario seleccionar cuidadosamente y gestionarlas para reducir el impacto sobre los PB. También deberían aplicarse mejores estrategias de ordenación de la tierra, orientadas a los beneficios ambientales, sociales y económicos. Los siguientes ejemplos son proporcionados por Foley et al. (2005):

– i) el aumento de la producción agrícola por unidad de superficie terrestre, por unidad de aportación de fertilizantes y por unidad de agua consumida;

– (ii) mantener y aumentar la materia orgánica del suelo en las tierras de cultivo, que es un factor clave para la capacidad de retención de agua, la disponibilidad de nutrientes y el secuestro de carbono;

– (iii) emplear prácticas agroforestales que proporcionen alimentos y fibras pero que mantengan los hábitats de las especies amenazadas; y

– (iv) mantener la biodiversidad local y los servicios ecosistémicos asociados, tales como la polinización y el control de plagas.

Será necesario buscar soluciones a nivel del paisaje, incluyendo, por ejemplo, el uso de vegetación costera para prevenir la escorrentía del agua ácida, la restauración de los manglares y el establecimiento y mantenimiento de amortiguadores en las riberas. Las opciones para usar menos P podrían incluir aumentar el uso de P reciclado presente en el estiércol, excrementos humanos y residuos alimenticios. Reducir los desperdicios de alimentos, ya sea en el almacenamiento o en los desperdicios que se producen después del mercado, de manera que se tenga que producir menos, es una necesidad urgente. Es probable que la reducción del consumo de carne y productos lácteos sea crucial. Las soluciones de alta tecnología pueden consistir en criar ganado vacuno para reducir las emisiones de metano y modificar la calidad de los cultivos para mejorar la eficiencia de las actividades de la cadena alimentaria después de la explotación agrícola, como la elaboración y el almacenamiento de alimentos.

En resumen, es necesario un enfoque más equilibrado del consumo y la producción, en general, en el que la agricultura desempeña un papel clave en un sistema alimentario global complejo y altamente integrador. Un enfoque holístico también debería crear oportunidades que ayuden a facilitar la transición hacia un sistema alimentario más sostenible (Ingram et al. 2016). La «mejora» de la agricultura y del sistema alimentario en general se percibe con razón como un paso significativo hacia el desarrollo sostenible de nuestro planeta.

Agradecimientos

Este trabajo se realizó como parte del Programa de Investigación del CGIAR sobre Cambio Climático, Agricultura y Seguridad Alimentaria (CCAFS), que se lleva a cabo con el apoyo de los donantes del Fondo CGIAR y a través de acuerdos bilaterales de financiamiento. Para más detalles visite https://ccafs.cgiar.org/donors#.WcVFTcZryUk. Las opiniones expresadas en este documento no pueden ser tomadas para reflejar las opiniones oficiales de estas organizaciones.

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Dirección de contacto:
Bruce M. Campbell
CCAFS, University of Copenhagen, Faculty of Science
Department of Plant and Environmental Sciences
Thorvaldsensvej 40, 1871 Frederiksberg C
Copenhagen, Denmark
b.campbell@cgiar.org

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De la jara y otras yerbas

Ferlosio y Delibes de Castro conversan sobre los incendios rurales

La conversación se publicó, con el mismo título que aquí damos –»De la jara y otras yerbas»–, en el diario ABC, en tres entregas sucesivas, los días 4, 5 y 6 de diciembre de ese mismo año (2005). Años después, sería recogida como anexo de Gastos, disgustos y tiempo perdido, título del volumen 2 de la edición de los Ensayos completos de Ferlosio recién culminada por Debate.

Miguel Delibes de Castro, a la izquierda, junto a Rafael Sánchez Ferlosio, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Imagen: Corina Arranz

De la jara y otras yerbas

Una conversación entre Miguel Delibes de Castro y Rafael Sánchez Ferlosio en torno a los fuegos rurales

Ferlosio. La primera idea fue la relación con el fuego entre el monte alto y el monte bajo, en particular por un incendio el año pasado, en las cercanías de Riotinto, en un gran coto de caza mayor. En los cotos de caza mayor el jaral es la protección del jabalí, no tanto para el ciervo, pero para gran parte de la caza el jaral es el gran defensor. El jaral es el único que puede atacar a la encina, porque la encina en general está más repartida, puede tener sólo pasto, y el fuego pasa debajo de ella únicamente chamuscando un poco las hojas. El jaral es el único que con la encina hace mancha, porque otros arbustos no tupen lo suficiente.

Delibes. ¿Sabía usted que los forestales llaman monte alto al bosque que nace de semilla y monte bajo al que procede de rebrote, independientemente de la altura que tengan? Pero yendo a lo nuestro, hay escobonales muy tupidos y también coscojares y madroñeras.

Ferlosio. ¿Madroñeras?

Delibes. Las madroñeras, con los brezos, los durillos y los labiérnagos, hacen manchas muy cerradas donde casi no se puede entrar.

Ferlosio. Las madroñeras estarán más bien en la sierra.

Delibes. Sí, y en Doñana mismo hay madroñeras también, pero yo donde las he visto más grandes es en la zona de Sierra de Gata y en Las Hurdes. El monte más denso en Doñana, donde hay más abrigo, lo forman los brezales en el sur y los lentiscares con mirtos en el norte. Hay muchos tipos de monte denso, pero es cierto que uno de los más característicos del Mediterráneo es el que forma la jara, que es un monte que se quema a menudo, quema muy bien. Cuanto más se quema más crece la jara, porque es especie a la que gusta el fuego (se ha llamado al jaral «hijo del fuego»). Al monte mediterráneo en general no le disgusta el fuego, se quema a menudo, y por ejemplo el ládano, la resina pegajosa de la jara, es inflamable, favorece la combustión. El pringue de la jara es el ládano, que se usa en perfumería para fijar los perfumes, prende muy bien y ayuda a la jara a arder, pues a ella le viene bien para desembarazarse de competidores. Si transcurre mucho tiempo entre un incendio y otro se produce una mayor variedad de vegetación, pero si los incendios son reiterados las jaras terminan siendo la especie dominante. Si la jara se quema, sus semillas depositadas en el suelo germinan enseguida, necesitan el calor para germinar, y cuando ha habido un incendio, de lo primero que nace es la jara. A ciento cincuenta grados de temperatura se estimula la germinación de las semillas de la jara. Si se calientan a ciento cincuenta grados durante poco tiempo germinan todas, pero si están varios minutos a ciento cincuenta grados se queman y no germinan. Para la germinación y el rebrote no es malo que pase un fuego rápido, pero si es intenso y arden encinas centenarias o pinos muy grandes, con temperaturas muy altas, ni siquiera pueden germinar ya las semillas de las jaras.

Ferlosio. Pero cuando se dice «limpiar el monte», ¿quiere decirse limpiar de jara?

Delibes. Con frecuencia sí, pero no sólo de jara, también de zarzales, de sotobosque, si puede llamarse así, o de hierba, de paja seca, y también de ramas y árboles muertos. Limpiar el monte es quitar material combustible, como puede ser la jara, que muchas veces es la especie dominante, pero también el jaguarzo, las aulagas, los piornos o las escobas, por ejemplo.

Ferlosio. Pero los piornos no nacen en cotas bajas.

Delibes. Las escobas, retamas, genistas y piornos son «leguminosas», producen legumbres que suelen estar encerradas en una vaina, como los guisantes, y se incluyen en distintos géneros pero con nombres comunes a menudo intercambiados: lo que para unos es una escoba para otros es un piorno y para los terceros una retama. Hay hasta diez o quince especies distintas a las que se llama piornos.

Ferlosio. No me ha pasado a mí nunca eso, aunque tal vez la confusión a la que usted se refiere sea entre regiones diferentes. De las cuatro que cita, no he oído nunca «genista» en castellano, aunque le reconozco el mismo étimo que a ginestra, que es el nombre de la retama en italiano. El nombre castellano retama es, curiosamente, de procedencia hebraica: algo así como rétem, si no recuerdo mal. De las tres que me son familiares, la retama es la alta (puede llegar a los tres metros), muy pálida, abierta, casi como despeinada; se distribuye espaciadamente, sin tocarse una planta con otra, no suele compartir el territorio con otra especie de arbusto, su flor es amarilla, aunque muy pocas veces nos hace ese regalo. La escoba es más baja (rara vez subirá más de un metro), más oscura y más cerrada radialmente sobre un imaginario eje central; la he visto de flor blanca y de flor amarilla, sin haberme fijado en si esta dualidad se veía acompañada por otras diferencias. El piorno se cría en la montaña, es aún más bajo que la escoba (como de unos sesenta centímetros) y tan oscuro como ella, pero es espectacular lo densamente que se cierra y se aprieta sobre sí mismo, que parece que no se va a poder meter la mano y sin que sobresalga una rama más que las otras, como si estuviese recortado a tijera por un jardinero, formando una especie de bolas aplastadas, como las gotas de mercurio cuando se ha roto el termómetro; nunca le he visto la flor. Me he detenido sobre estos tres arbustos porque desde siempre se me ha antojado imaginarlos agrupados como en una escalera, digamos «darwinianamente evolutiva», en la que el factor de la adaptación era el clima: la retama, que disfrutaba holgadamente en su cálida llanura, al esparcir sus semillas hacia laderas más desabrigadas vio privilegiarse selectivamente las que tenían una talla y una configuración más apropiada; y esa fue la escoba; ni qué decir tiene cual fue la selección cuando les tocó a las nieves decidir qué semillas de escoba podrían sobrevivir en la montaña. Así en el piorno he visto siempre como una retama aterida y encogida de frío pero denodadamente empecinada en aguantar el invierno y ver la primavera.

Delibes. La retama que usted menciona es la Retama sphaerocarpa, que es la más común en gran parte de España; pero en la costa arenosa de Huelva, por ejemplo, hay una retama alta con flores blancas que forma manchas casi impenetrables. Las retamas y escobas son también, en general, pioneras, salen donde hay mucha luz y después de los incendios. También están muy adaptadas para sobrevivir al fuego. Se las cortaba a menudo del monte y se ataban como en haces, dejándolas secar, para su utilización, ya fuese para barrer —de ahí su nombre—, ya fuese como combustible a manera de tarama, para iniciar la lumbre. Eso mantenía el monte limpio, pero limpiar el monte tiene muchos matices. Cuando los ganaderos limpian el monte, quitan el pasto del verano una vez que se ha secado y no ha sido comido. Entonces, al quemar ese pasto seco, sale con más fuerza el verde el otoño o la primavera siguientes. La idea de limpiar de los ganaderos se refiere al pasto viejo y es distinta del concepto de limpiar un monte o un bosque de su matorral.

Ferlosio. La jara, según me ha comentado un amigo italiano, llega a Córcega y Cerdeña, y entra un poco en la península, en la costa de La Spezia. Según me ha dicho, hay un pequeño entrante en el que ha saltado de Córcega a Italia.

Delibes. Es probable. Las jaras son de la familia de las cistáceas. En particular, nuestra jara es Cistus ladaniferus.

Ferlosio. Cisto lo llaman en Italia.

Delibes. En latín son Cistus y es una familia muy mediterránea o circummediterránea, también del norte de África. Pero la jara pringosa, la de aquí, la que huele, no sé yo exactamente adónde llega. Lo que pasa es que la familia incluye unas trescientas especies, la mayoría con flores muy bonitas de distintos colores, algunas especies con flores rosa, otras amarillas o blancas, hay muchos tipos de jaras. El jaguarzo de Doñana, sin ir más lejos, es una cistácea. Los Cistusy sus parientes, como buenas plantas mediterráneas, también están muy adaptadas al fuego. A ninguna de ellas le disgusta mucho quemarse, por eso donde hay muchas es más fácil que haya incendios, y éstos son más difíciles de parar.

Ferlosio. Para el fuego debe de tener importancia el que los arbustos formen monte tupido, como la jara, o monte ralo. Por ejemplo, el tomillo no se aproxima nunca tanto.

Delibes. No, por su naturaleza el tomillo siempre es mucho más bajo, de apenas un palmo.

Ferlosio. Le advierto que el que aquí en Extremadura llaman tomillo creo que es el que en Castilla conocen por cantueso. ¡Menudas broncas he tenido yo por ese asunto!

Delibes. Ah, no lo sabía.

Ferlosio. El que aquí llaman tomillo puede tener sobre sesenta centímetros de alto.

Delibes. Debe de ser el cantueso u otra Lavandula. No se parece al tomillo castellano, aunque también huele muy bien. El tomillo castellano es pequeño, con hojas muy chicas, de milímetros, no llegan a centímetros, al contrario que el cantueso, y tiene unas florecitas poco aparentes, apenas coloreadas, más bien blanquecinas o de color verdoso claro, no llaman la atención, son del color de la mata. No se notan mucho. Este tomillo es del género Thymus.

Ferlosio. El cantueso, el que aquí llamamos «tomillo», ¿también es Thymus?

Delibes. No, el cantueso, como el espliego, son del género Lavandula. De ellos se obtiene la esencia de lavanda.

Ferlosio. Pero yo creo que el olor es muy parecido, además es evidente que el étimo de tomillo es la voz latina thymus.

Delibes. El olor es parecido. Pero los tomillos son bajitos y crecen en sitios un poco más secos y soleados. Son plantas diferentes, aunque también hay un buen número de tomillos.

Ferlosio. ¿Por qué se llama «bosque mediterráneo» si se da también al oeste del Sistema Ibérico, donde las aguas corren ya hacia el Atlántico, quiero decir en la Meseta y hasta en Portugal?

Delibes. Porque corresponde a un tipo de clima y vegetación caracterizado por los veranos cálidos y secos y los inviernos lluviosos y no demasiado fríos, que se ha quedado con el nombre del mar Mediterráneo, la región en donde nos es más familiar y más antiguamente conocido. Yo en este papel que le traigo llego a decir que el fuego mismo tiene algo de «mediterráneo», porque aquí se asocia —y aun colabora— con la vegetación. De las plantas cultivadas son paradigmáticas del clima mediterráneo el olivo y la vid; allí donde se hace aceite de oliva y buen vino tinto, puede usted decir que el clima y la vegetación son mediterráneos. En California hay una franja de clima mediterráneo, y lo mismo en Chile, en Australia y en Sudáfrica. Aunque haya sido bautizado con un nombre de individuo, con un nombre propio como es el topónimo geográfico «Mar Mediterráneo», el «clima mediterráneo» designa hoy una especie. Una especie del género «clima», que tiene como nota definitoria, no común a ninguna otra especie de clima del mundo, la de que llueva en invierno, sin un frío excesivo, y no llueva y haga mucho calor en verano; y por supuesto, tanto si ello se refiere al hemisferio austral, como Chile o África del Sur, o al boreal, como Grecia o California, sin que afecte el que tengan entre sí, dentro del año, la recurrencia de las estaciones contrapeada; es decir que la lluvia coincide siempre con las temperaturas bajas. En otra especie de clima, como es, por ejemplo, la de los regímenes monzónicos, tú ves que está lloviendo y al mismo tiempo está haciendo calor. En otra, como la del desierto, no llueve ni en invierno ni en verano. En el desierto de Baja California, al sur del clima mediterráneo, las escasas lluvias son de verano, que es cuando se forman las tormentas, con todo su aparato.

Ferlosio. En eso, entonces, igual que entre nosotros, pues las que llamamos «tormentas» (una palabra a la que podría aplicársele un dicho análogo a aquél de la madrastra: «Madrastra, el nombre la basta») son muy distintas de las buenas lluvias que nos traen las borrascas atlánticas de otoño y primavera; las tormentas, que nacen precisamente del calor acumulado, formando una columna ascendente que dibuja en el cielo esos altísimos «yunques» de nubes de ominosa figura y color malevolente, son repentinas, violentas, destructivas, aunque afortunadamente de muy poco diámetro y escasa duración. Bien es verdad que hoy en día, con lo del cambio climático y el empecinamiento de algunos americanos en negarse a discutirle algún remedio, ya no podemos siquiera imaginar qué novísimo desastre no llegaría a desencadenar una atmósfera cada vez más emponzoñada y un cielo en estado de demolición.

Delibes. Las regiones que pasan seis o más meses al año de época seca, sin lluvias y con calor, se llaman, como vengo diciendo, de «clima mediterráneo», y todas tienen una vegetación característica, particularmente adaptada a la sequía estival y también al fuego. Esa vegetación incluye árboles, matas y hierbas de aspecto parecido y comportamiento similar ante la sequía y ante el fuego, aunque desde el punto de vista evolutivo sean plantas que no tienen nada que ver entre sí, no están emparentadas. Los biólogos le llamamos a eso «convergencia adaptativa»: plantas o animales muy distintos, pero sometidos a presiones selectivas similares, acaban teniendo el mismo aspecto y parecidas respuestas en su fisiología y ecología. En otras palabras, en todas las zonas mediterráneas hay plantas que recuerdan a las jaras y un monte parecido al de aquí y que se comporta como él. Así que cuando hablo de «países mediterráneos» no estoy mentando solamente los que rodean el llamado Mare Nostrum, sino también los del suroeste de Australia o los de Sudáfrica, que no dejan de ser «mediterráneos» en cuanto al clima y la vegetación. La encina, por ejemplo, es un árbol mediterráneo típico, aunque suba hasta la mitad de Francia, donde, no obstante, aguanta muy bien, pues soporta las heladas. Los árboles mediterráneos, salvo si están en sitios húmedos, como los álamos, tienden a tener la hoja pequeña, dura y perenne. La diferencia se aprecia muy bien, por ejemplo, entre la encina y el alcornoque, más mediterráneos y con hojas coriáceas y perennes, y los rebollos y otros robles del norte de España, con las hojas blandas y caducas; en medio se quedaría el quejigo, al que algunos llaman «roble enciniego», que es el que tiene hojas marcescentes, que no llegan a caer pero se ponen tostadas en el invierno. La hoja dura tiene que ver con mecanismos para retener el agua, hace la función de un impermeable del revés, impidiendo, o al menos disminuyendo, la pérdida de agua por transpiración; de ahí que la flora de hojas duras, a la que llaman «esclerófila», sea muy propia de zonas mediterráneas, porque la sequedad de los veranos característica de este clima privilegia a las plantas con rasgos que ahorren agua. Esa escasez del agua hace que plantar eucaliptos en sitios mediterráneos, donde el verano es seco, sea una mala acción. El eucalipto chupa mucha agua, seca las fuentes, porque tiene la hoja blanda y ancha (piense más bien en las hojas recientes, de color verde claro, no en las ya crecidas) y evapora probablemente más agua de la que le cae del cielo. Decididamente, no tiene nada de bueno para un clima mediterráneo.

Ferlosio. En los regadíos recientes he podido observar cómo el agua superficial, incluso, digamos, a unos veinte metros de la orilla y tal vez a un metro o más de la cota subterránea que puede uno calcularle, por así decirlo, a ojímetro, hace que se sequen bastante pronto las encinas de todo en derredor. Esto me hace pensar que esos árboles de los que el poeta quiso hacer manar lágrima miel («Et durae quercus sudabunt roscidamella») se han criado hasta tal punto al amor de la sequedad estival mediterránea que cualquier humedad extemporánea puede hacerlos morir. (Por una vez habría tenido cierta parte de razón aquel famoso capitán de la hueste de Cabrera, que al asomar desde lo alto de un cerro del Maestrazgo, viendo allá abajo un tropel de campesinos que se afanaba por acomodar unas parcelas para que las bañase el menguado caudal de un riachuelo que por allí corría, se irguió sobre el caballo, levantó el sable al cielo y gritó a los suyos: «¡A por ellos, que son de regadío!».)

Delibes. Claro, muchas plantas adaptadas al verano seco soportan mal el agua permanente. Se ahogan. Incluso subterránea, el agua de los acuíferos llega por las raíces, porque los árboles en verano, cuando hace mucho calor, son una bomba de captar agua por las raíces y transpirarla por las hojas; por eso puede ser mucho peor tener eucaliptos que tener matorral, tener retamas o jaras, porque aquéllos secan el terreno. En cambio, el eucalipto en sitios donde llueve bastante y el clima es suave, como en Santander y en la Cornisa Cantábrica, crece bastante bien y puede ser un cultivo más, un cultivo arbóreo. Pero por aquí [la entrevista se estaba haciendo en Coria: latitud 39° 59′ Norte, longitud 6° 32′ Oeste, ciudad de clima y vegetación mediterráneos en sentido riguroso] no hace sino incrementar la sequedad.

Ferlosio. Y han plantado eucaliptos incluso en Monfragüe.

Delibes. Sí, recuerdo bien lo de Monfragüe, cuando peleábamos para que fuera parque natural y querían plantarlo de eucaliptos. Y lo mismo en Huelva, muchísimo también, hasta en Doñana.

Ferlosio. El eucalipto he oído yo que lo trajo a Galicia un ilustrado en el siglo XVIII, y que viene de Australia.

Delibes. De Australia y Tasmania, sí; en la segunda mitad del siglo XIX ya estaba aclimatado en Barcelona y en el Jardín Botánico de Madrid, pero no sé si fue exactamente a Galicia adonde lo trajeron a gran escala, aunque si no fue a Galicia fue a Santander u otro lugar del norte. En Doñana, tiene un punto de cómico el que algunos hablen de «los milenarios eucaliptos de Doñana», siendo así que ninguno debe tener más de cien años.

Ferlosio. El más grande de los que había aquí, en la carretera (los talaron todos, pero no por lo dañinos sino por estorbar al tráfico rodado), que se plantarían hacia 1900, cuando hicieron el puente de hierro (hoy también en desuso), tendría tal vez un diámetro como el largo de esta mesa (1,40 metros más o menos).

Delibes. Efectivamente, en Doñana los hay así de grandes y son, también, aproximadamente centenarios. Pero, qué quiere usted que le diga, algunos visitantes salen hablando de «los eucaliptos milenarios del Coto de Doñana», tan sólo porque han visto unos árboles muy gordos.

Ferlosio. Son sin duda personas ignorantes, pero no dejan de ser agradecidas. Por cierto, y antes de que se me olvide, su para mi inesperada mención de Chile como lugar de clima y vegetación mediterráneos me ha recordado inmediatamente su libro La naturaleza en peligro, porque allí, en la página 157, me había saltado de pronto a la vista la palabra arcabuco, que yo no he oído jamás en el castellano hablado en España y sólo la conocía, hasta serme incluso familiar, por haberla leído, en cambio, muchas veces en los relatos de los cronistas clásicos de Indias, dándole, por el contexto, el significado de espesura de monte bajo tupido, con o sin monte alto. Si alguna vez se ha dicho en el castellano de España o subsiste en algún rincón (bien sea en el caso de haber sido importada de las Indias y caída en desuso, bien sea el muchísimo más improbable de haber sido originaria de Castilla, exportada a Ultramar, conservada allí y olvidada aquí), yo lo dudo mucho; aquí no hemos dicho y oído nunca más que mancha, que tiene el mismo significado, compartido con el francés y el italiano, que lo sacan de la misma raíz latina: el francés maquis y el italiano macchia, con la particularidad de que para el sentido de sustraerse al alcance de la ley los italianos dicen darsi alla macchia, mientras que los castellanos han optado por la variante echarse al monte.

Delibes. En Europa los fuegos forestales son un problema de la zona mediterránea, del sur de Francia, de Italia, Grecia, España, Portugal. Fuera de ahí nunca han sido objeto de gran preocupación. Es mucho más difícil que se dé un gran incendio forestal en Suecia o en Finlandia; allí hay más humedad, hace menos calor y la vegetación es menos inflamable y arde peor. El otro día quería yo saber la diferencia entre inflamable y combustible En los incendios se habla a veces de alta combustibilidad y parece querer decirse que la vegetación se quema bien, pero inflamable sugiere en cambio que prende y genera llamas rápidamente. Lo inflamable empieza a arder a menor temperatura, como es el caso de la gasolina, que necesita poca temperatura para arder. Entonces la existencia de un material inflamable facilita el comienzo y el avance del fuego, que se extiende mucho más deprisa. La trementina o resina de los pinos y el ládano pegajoso de las jaras son inflamables, si esas plantas no tuviesen esos materiales necesitarían una mayor temperatura para empezar a quemarse. La vegetación de zonas más húmedas, que no tiene el estrés hídrico del verano, arde peor. El estrés hídrico se produce cuando la temperatura es tan alta que el potencial de evaporación supera la capacidad de la planta para captar agua; entonces se protege adoptando formas de resistencia, por ejemplo reduciendo la cantidad de agua en los tejidos y también cerrando los estomas, que son las aberturas en las hojas por las que intercambian gases con el exterior. Un árbol en esas condiciones de estrés está muy seco, tiene poca agua en las ramas y hojas, y arde con más facilidad. El problema no está sólo, por tanto, en la sequía en el aire y en las altas temperaturas, sino también en las plantas que están bajo estrés, con falta de agua, más secas. Son, por tanto, unos combustibles más inflamables.

Ferlosio. No creo que sean muy inflamables, pero sí combustibles, pues tardan en arder.

Delibes. Pero al tener aceites o resinas se prenden antes, a menos temperatura. Las plantas ligeras, las hierbas, son más inflamables que la madera, pues tienen mucha más superficie de contacto con el aire, ese aire las rodea y es más fácil que prendan. Eso se observa bien al hacer una hoguera, pues no todos los materiales combustibles se prenden con la misma rapidez. La leña es buen combustible pero tarda en prender, no es muy inflamable. Pero si tiene resina lo es algo más.

Ferlosio. Yo creía que en los montes de caza que tenían jara ésta no se quitaba intencionadamente, porque es, por así decirlo, la madre de la caza, pero me han dicho que en los grandes cotos de Sierra Morena los ayuntamientos obligan a los propietarios a hacer cortafuegos.

Delibes. En Doñana, que ha sido coto de caza hasta hace treinta años, se quemaba intencionadamente por trozos, de forma que cada año ardía aproximadamente el cinco por ciento. En veinte años se quemaba todo. Y este es un sistema antiguo, tradicional, que en Doñana es llamado de rozas y quemas. Se rozaba y más tarde se quemaba y luego se hacían pequeños huertos, y esto mantenía un mosaico de zonas con un monte que en ningún lugar era mayor de veinte años. Las zonas húmedas, con álamos y piruétanos, no llegaban a prender, y muchos alcornoques sobreviven al fuego. Cuando el monte es escaso, como decía usted, hay pasto, hay jaras bajas. Pero cuando el monte no es muy viejo y se prende, sobre todo si se hace en épocas favorables, cuando va a llover, o cuando el viento ayuda porque se tiene a favor, o no hay viento, el fuego pasa muy deprisa por los materiales ligeros y no quema los árboles. Los alcornoques de Doñana resisten muy bien el fuego.

Ferlosio. ¿Hay bastante arbolado en Doñana?

Delibes. En Doñana hay poco. Y ahora ya no se quema, y esta situación supone un problema, pues si pasa mucho tiempo sin arder se acumula mucha leña y antes o después prende, es casi inevitable, así que hay que desbrozar a mano. Cuando las condiciones meteorológicas son desfavorables, el fuego puede ser muy difícil de controlar, a pesar de que en Doñana haya mucha gente entendida en la materia y dedicada a ello. En el mosaico de sitios abiertos y cerrados de Doñana siempre había defensa para la gran fauna forestal y siempre había también pasto para los ciervos, no tanto para los jabalíes. El sitio quemado es muy bueno para pastar durante los dos o tres años siguientes al incendio, porque sale mucha vegetación verde y fresca, y las vacas y los ciervos van a comer ahí. Por eso los ciervos van también a los cortafuegos, porque la vegetación es más tierna. En cambio, el sitio que no se ha quemado es bueno para proporcionar a las reses protección. Los incendios muy extensos, en cambio, son completamente perjudiciales, también para la caza. Los ecólogos hablan mucho de los problemas de escala: si en cinco mil hectáreas hay quinientas quemadas en diez manchas separadas de cincuenta hectáreas cada una, el efecto puede ser incluso positivo para la caza, porque hay zonas abiertas y otras cerradas, es una situación similar a la de las rozas tradicionales o los desbroces; pero si las quinientas hectáreas se queman en una sola mancha el efecto es negativo, porque a ese gran claro no va a ir ningún ciervo a comer, ya que la protección le queda muy lejos.

Ferlosio. ¿Y cómo se habrá quemado tantísimo en Guadalajara?

Delibes. Yo estaba fuera de España cuando ocurrió, pero parece que el fuego creció muy deprisa y alcanzó a las copas. Una vez que el incendio se hace grande y llega a las copas de los árboles y va de copa en copa ya es muy difícil de parar. Yo eso no lo sabía, lo he tenido que aprender leyendo un poco antes de venir a hablar con usted. La gradación de las intensidades de los incendios es así: primero, si sólo se quema el pasto, después si afecta a las ramas intermedias de arbustos, después si alcanza a quemar ramitas finas de los árboles, después si afecta a ramas grandes, y finalmente si prenden los árboles completos. En este último caso tenemos la intensidad máxima y el incendio ya es muy difícil de apagar. Cuando hay condiciones adversas, si hay ya fuego muy intenso y se queman árboles enteros, con muy poca humedad ambiental, viento y temperatura alta, da igual tener ocho aviones que ochenta, el incendio no hay quien lo pare hasta que no cambie el viento o el fuego se tope con un cortafuegos natural al borde del pinar, o con un río, o con un cortafuegos artificial. Y esto enlaza con una cuestión que me interesa mucho como naturalista: la polémica sobre si se debe usar el fuego para controlar el fuego o no. Algunos viejos agricultores y ganaderos sostienen que quemando en invierno o en otoño, cuando el monte está húmedo, se pueden limpiar el pasto o el matorral sin quemar los árboles, como antiguamente se hacía en Doñana, y que eso evitaría los incendios grandes del verano. Pero incluso en esta cuestión del manejo del fuego para «limpiar el monte» hay un «conflicto de percepciones» que ni mucho menos es exclusivo de la península ibérica. En el Parque Nacional Canaima de Venezuela, por ejemplo, los indígenas entienden que los incendios son parte integral del ambiente, mantienen limpia la sabana (haciendo que sea verde y bonita), previenen otros incendios, se controlan con más fuego y deben apagarse solos, pues hay que quemar exclusivamente antes de que llueva; por el contrario, los técnicos consideran que los incendios son destructivos y ajenos al ambiente (cuyo valor y belleza disminuyen), por lo que deben ser erradicados por todos los medios. De igual modo, en un seminario celebrado en Jalisco (Guadalajara, México) en 2003 se afirmaba que «la supresión de los incendios forestales en ciertos tipos de bosque puede considerarse como una alteración de procesos naturales que ha tenido consecuencias graves en la acumulación de combustibles forestales, el aumento de la severidad de los efectos del fuego y el deterioro del estado sanitario de los bosques», concluyéndose que «tanto la falta como el exceso de fuego en los ecosistemas forestales pueden ser factores de alteración de los patrones y procesos ecológicos», de manera que «es indispensable transitar de un enfoque centrado en el combate de incendios forestales y la reforestación de áreas quemadas a estrategias de manejo del fuego y restauración ecológica». Si se acumula combustible indefinidamente en condiciones de alta inflamabilidad (menos del treinta por ciento de humedad ambiental, más de treinta grados centígrados de temperatura y vientos superiores a treinta kilómetros por hora, suelen decir los técnicos), los incendios son casi inevitables, e imparables. Esa acumulación de combustible explica también que los rayos, que eran una causa menor de incendios forestales, tengan hoy mucha más relevancia. Hay que eliminar material combustible, y como he dicho el fuego controlado podría ser una herramienta útil. Y esta idea, que reconozco arriesgada (me han contado que en Nuevo México casi se quema la ciudad de Los Álamos a consecuencia de un incendio controlado que se les fue de las manos), no es exclusivamente española o ibérica, esto se hace en muchos sitios del mundo, sobre todo en los de clima mediterráneo. En Sudáfrica, por ejemplo.

Ferlosio. ¿Y en sitios como Canadá?

Delibes. No, en sitios más húmedos no se hace, porque también los incendios son menos importantes, pero en sitios secos, o que propenden a secos, los incendios han formado parte de la historia del paisaje, por eso hay alcornoques. El alcornoque es un árbol adaptado a los incendios que ha desarrollado una corteza, el corcho, que lo hace casi invulnerable, una corteza ignífuga. El incendio tiene que ser muy grande para que el alcornoque se vea afectado.

Ferlosio. Y llegar a las copas.

Delibes. Si pasa deprisa, incluso llegando a las copas se queman todas las hojas, pero echa nuevas ramas de las ramas, porque el corcho es como el traje de bombero, es impermeable a las llamas, a menos que el árbol esté podrido y tenga huecos por los que penetre el fuego. El alcornoque es un árbol adaptado a vivir con fuego.

Ferlosio. ¿Y cuando está recién descorchado?

Delibes. Si está recién descorchado, pasan unos años en los que si hay fuego se quema. Otras plantas como el tamarindo, el taraje, que crece en suelos húmedos pero dentro del mediterráneo, tienen mucha materia mineral en la madera y también se queman muy mal, son poco combustibles. Si pasa sobre ellas el fuego y no es muy grande, parecen quemados, pero de los troncos empiezan a salir ramas otra vez. Y hay muchas especies, como los madroños, que rebrotan con fuerza de las raíces después de quemarse. La vegetación mediterránea está muy adaptada a soportar el fuego, hasta el punto de que si no se quema nunca, si pasan muchos años sin quemarse, algunos sostienen que antes o después se quemará. En relación con los incendios, los pinares plantados y los eucaliptos han sido muy perniciosos, como se ha visto en Portugal. Los pinos y eucaliptos arden muy deprisa y no rebrotan, a diferencia de las plantas mediterráneas.

Ferlosio. Yo creo que los portugueses han imitado a España, porque han plantado muchas coníferas.

Delibes. Muchísimas coníferas y muchos eucaliptos. La monotonía de especies propicia la rápida expansión del fuego, porque coge carrerilla, mientras que, en cambio, cuando se interpone un roble o un chopo, el fuego se encuentra con una sorpresa, como si dijéramos, y frena; entonces un monte con mayor mezcla de especies tiene zonas que se queman más y otras que se queman menos, y lugares desde los cuales el fuego puede ser atajado mejor; pero un monte monótono, por ejemplo de coníferas o eucaliptos, se quema muy deprisa.

Ferlosio. Por cierto, que ayer he visto en el periódico que en Portugal han usado en pleno incendio el fuego como cortafuegos, han hecho barreras quemando franjas anticipadamente, han tenido que hacerlo muy deprisa.

Delibes. Sí, claro, hay que calcular bien la velocidad del incendio, y medir el tiempo y las distancias. Como ya he dicho, sonará un poco herético pero no es disparatado pensar en usar el fuego contra el fuego en invierno, en época de lluvias, cuando la vegetación arde mal. En esas circunstancias, si el viento ayuda o simplemente no hay viento, se puede hacer un cortafuegos antes y quemar después, reduciendo el riesgo de incendios en verano. Siempre que no pase lo de Los Álamos, claro. Es una cuestión que se discute mucho por parte de investigadores y técnicos.

Ferlosio. Aquí en la Sierra de Gata, el río de los Ángeles es el primer valle jurdano y tiene un convento franciscano, Nuestra Señora de los Ángeles. El río se llama Río de los Ángeles por el convento, y ahí hicieron una plantación de coníferas, convirtiendo la ladera en una escalera de bancales. No quedó ni un animal, no se veía volar ni un pajarito. Una gran parte de Las Hurdes —no sabría yo dar medidas— la plantaron de coníferas. A los pocos años no se sabía si era más grande lo incendiado o lo por incendiar. Decían que muchas veces los incendios eran provocados por los madereros.

Delibes. De Galicia lo decían también estos días, con acusaciones muy generalizadas e injustas, supongo. Antes decían que los culpables eran los madereros con objeto de vender esa madera, ahora ya no debería ser por eso, porque está prohibido vender la madera de los incendios, y se dice que lo hacen para subir el precio de la madera. Me acordaba yo, leyendo su cuento del lobo, de que uno de los asuntos que se relacionó con los incendios en los años setenta y ochenta en Zamora y León fue el miedo o la aversión a los lobos. La gente de los pueblos culpaba a las repoblaciones de coníferas del rebrote de los ataques de los lobos, porque los lobos se refugiaban allí, lo cual era verdad, y entonces quemaban los montes de pinos para que los lobos se fueran. Las razones de los incendios pueden ser muy variadas y hay que estudiarlas bien.

Ferlosio. ¿Por qué al lobo le gusta el pinar?

Delibes. No es tanto que le guste como que le ofrece mucha cobertura. El lobo no encuentra mucha comida en el pinar, pero un pinar muy denso, de los que tienen quince o veinte años, con los pinos muy apretados, donde no entra nadie, no hay pastores, no hay gente, no hay cazadores, es un buen sitio para criar y luego ir a buscar comida fuera. Por eso, decían, le prendían fuego. Pero las razones son complicadas. Ayer oía yo en la radio, viniendo para acá en el coche, que entre un veinte y un treinta por ciento de los incendios estaba motivado por venganzas, por enfados entre los vecinos de los pueblos.

Ferlosio. ¿Y qué me dice usted de meter cabras en el monte? A mí me parece que es una fantasía sacada del refrán.

Delibes. Esa es otra polémica. Desde luego, el ganado en el monte reduce la cantidad de vegetación susceptible de quemarse. Todo el mundo admite que ahora las condiciones meteorológicas han cambiado. La tendencia, con el cambio climático, es a que cada vez haya más incendios. Todas las predicciones indican que cada verano va a haber más días secos con altas temperaturas, con sequía y con vientos fuertes. Y eso hace que aumente el peligro de incendios. Por otro lado, cada vez hay más combustible en el monte, porque nadie usa leña. Desde que hay butano la leña está en desuso. Lo leía en un periódico portugués: decía un campesino de Coimbra que «hace veinte años los vecinos nos matábamos por la leña y ahora nadie la quiere y se acumula en el monte». Lo tradicional, aparte de quemar de vez en cuando, era cortar la leña y meter ganado. Antaño se arrendaban los montes para las cortas. Todo eso ha desaparecido, con lo cual hay más riesgo de incendios porque la meteorología es desfavorable y existe más combustible. Habría que quitar combustible. ¿Cómo se hace? Es la polémica: hay quien dice que hay que volver a meter cabras, pero no parece una solución muy realista: ¿cuántas hay que meter?, ¿de dónde sacamos los pastores para las cabras? Lo que sociológicamente ha desaparecido es muy difícil imponerlo, como no sea profesionalizando el oficio de pastor como el de bombero. Otros proponen utilizar medios mecánicos, pero aun así eso es complicado y hace mucho daño. Y los hay que proponen limpiar el monte a mano, pero la mano de obra que se necesita es mucha y actualmente no hay gente en el campo que lo sepa hacer, con lo cual las perspectivas no son muy buenas. Por cierto que, en este aspecto, debe mencionarse el posible papel de la escasez de conejos en el exceso de combustible forestal. Creo que no se ha dicho antes, pero podría estar ocurriendo. Densidades por encima de cuarenta conejos por hectárea, que no eran muy raras en el pasado, probablemente mantenían el monte moderadamente abierto, pues consumían grandes cantidades de vegetación emergente (en épocas buenas) e incluso llegaban a secar arbustos y árboles (comiendo corteza en época mala). La densidad de conejos tras la mixomatosis y la enfermedad hemorrágica se ha reducido prácticamente a cero en muchas zonas de Iberia, facilitando la formación de espesuras más fáciles de quemar. Todo el mundo está de acuerdo en que hay que quitar combustible del monte, quitar leña de alguna forma, también ramas caídas, matorral, pero no se sabe muy bien cómo hacerlo. A quienes nos dedicamos a temas de ecología nos suele parecer que los mosaicos, la mezcla de cosas, es algo bueno, la heterogeneidad es positiva. En general, las especies de plantas adaptadas a las perturbaciones (incluido el fuego) forman un elevado porcentaje de diversidad florística en ecosistemas mediterráneos (un lugar moderadamente pastado tiene más diversidad que otro no pastado; también uno quemado hace pocos años que otro sin quemar desde hace mucho tiempo). Todo ello apunta a que en ecosistemas mediterráneos un régimen de perturbaciones moderadas (también el pastoreo por cabras lo es) produce diversidades más elevadas que perturbaciones extremas o falta de perturbaciones. Los sistemas mediterráneos expuestos a fuegos frecuentes, relativamente pequeños y periódicos, se caracterizan por la presencia de cuatro tipos de paisaje que se sustituyen entre ellos en el espacio y en el tiempo, como un «mosaico dinámico»: herbazales, monte bajo, monte medio y bosque (con muchas variantes locales dependiendo del sustrato, la humedad, la periodicidad del fuego, las especies dominantes, etcétera). Mosaicos similares han sido creados tradicionalmente por las actividades humanas en el campo. Con un mosaico así siempre deberían existir hábitats adecuados para las distintas especies, desde alondras (herbazales) a arrendajos (bosques). Si los pequeños fuegos son generadores de heterogeneidad ecológica, los grandes incendios son homogeneizadores. Y la tendencia socioeconómica globalizadora es precisamente ir hacia grandes extensiones homogéneas. Un pinar sólo es rentable si es muy grande; un campo de frutales tiene que tener decenas o cientos de hectáreas, porque en caso contrario la comercialización no es rentable; los campos de girasoles tienen que ser muy grandes para que compense tener un tractor. Esta tendencia a la concentración, sea en agricultura, ganadería, paisaje, industria, no favorece el control de los incendios. Precisamente los incendios de gran magnitud están relacionados con la creciente «forestalización» del sur de Europa, que pierde terreno agrícola y ganadero y lo gana en bosques (a veces plantados, y de especies que queman muy bien) y baldíos muy inflamables. Cuando se habla de limpiar el monte, refiriéndose a meter bulldozers y eliminar el matorral en cientos o miles de hectáreas, los ecólogos no solemos estar de acuerdo; queremos manchas, franjas, mosaicos; es una expresión que utilizamos mucho, «mosaicos de vegetación». Es bueno que haya mosaicos con zonas de monte alto, monte bajo, otras que se han quemado o que se han pastoreado, otras que son praderas, y dentro de treinta años lo que era pradera será monte, pero habrá a su lado otra pradera donde se haya limpiado o se haya quemado. Y así siempre hay sitio para las alondras en los claros y para el arrendajo o el jabalí en el monte, y es ésta una característica del paisaje mediterráneo. El paisaje mediterráneo ha sido desde hace miles de años un paisaje en mosaico, probablemente porque ha habido muchos incendios naturales, al estar formado por una vegetación que se quema con facilidad, y también porque hay una larga historia de intervención humana de quemas, desbroces, cabras y ovejas, cultivos, abandonos del cultivo y desplazamientos a otras zonas.

Ferlosio. ¿El sistema de tala y quema también?

Delibes. En el libro que escribimos mi padre y yo lo contábamos, hablando de mi hermano Germán, que es arqueólogo. Germán dice que en los páramos de Burgos han encontrado cenizas excavando yacimientos de hace cinco mil años. Los textos clásicos (incluida la Biblia) mencionan a menudo el uso del fuego para mejorar los pastos o «limpiar» el monte. Esa práctica ha perdurado hasta nuestros días y está detrás de algunos incendios forestales; para algunos ancianos el paisaje meses después del fuego es más bonito: entre otras cosas, al llegar más luz al suelo suelen aparecer muchas flores.

Ferlosio. Me chocó que eso se hiciese en España, porque yo lo había oído de Mesoamérica.

Ferlosio. Pues aquí lo hay. Aparece en Castilla; hace cinco mil años, la gente quemaba y sembraba cereal, y luego se iba a quemar a otro sitio; en los yacimientos aparecen muy asociadas las cenizas con los cultivos, y durante unos años debían de explotar aquello y luego trasladarse, generando mosaicos. Esa combinación de ecosistemas que llamamos maduros, que han acumulado mucha biomasa porque llevan mucho tiempo creciendo sin perturbaciones, con zonas perturbadas, debe de ser muy característica del Mediterráneo. Y tender a hacer paisajes monótonos, repetidos, sean de coníferas, de eucaliptos o de montes, supone un aumento del riesgo de incendio que antes era escaso. Por otro lado, hay mucha gente urbana, no de campo, que no está acostumbrada a tratar con el fuego y cuando lo usa se le escapa. Con la extensión de las urbanizaciones, la práctica de las barbacoas y el llevar la carretera a todas partes, se incrementa el riesgo de incendios forestales. Pero en el lado contrario, también se ve incrementado el riesgo porque la gente de campo que tenía la costumbre de quemar para limpiar cunetas, por ejemplo, es ahora gente mayor, más torpe. El señor de mi edad o de la suya dice: «Yo he quemado toda la vida y no ha pasado nada». Pero ahora está más torpe y no es capaz de controlar el fuego.

Ferlosio. La cuneta la quemaba el peón caminero.

Delibes. Pero antes era gente joven en plena actividad, y ahora esa gente ya no existe fuera de las ciudades. También se quejan los expertos en incendios porque los que apagan los fuegos antes eran gente de campo, se contrataban entre los peones en el campo, y conocían el monte, y ahora son estudiantes. Con cierto retintín decía un ingeniero: «Son todos extranjeros, estudiantes y ecologistas», una mezcla que no le gustaba demasiado. Es la escasez de mano de obra para trabajar el campo a la que aludía usted antes.

Ferlosio. Otra cosa que se hacía hasta hace no sé cuánto, pero metidos ya en este siglo, era obligar a los vecinos hábiles a acudir a la extinción cuando tocaban a fuego.

Delibes. Sí, yo recuerdo haber ido en Burgos a los fuegos, y salíamos todo el pueblo: tocaba la campana y teníamos que salir todos.

Ferlosio. Era obligatorio, entonces.

Delibes. Ahora ya no existe tal cosa.

Ferlosio. Ahora las llamadas autoridades tienen terror a que se produzcan accidentes de «civiles», porque los votantes se les echarían encima; los «civiles» son considerados y protegidos como niños pequeños.

Delibes. Es verdad, yo estos días he estado en Galicia y al lado de nuestra casa había un incendio, a unos cientos de metros. No se sabía quién lo estaba apagando pero a cualquier voluntario espontáneo le decían que no fuera. Se hace un cordón y se impide el paso, no se puede ayudar. Yo creo que eso es parte del conflicto, que ahora el que se queme una casa o se vea afectada una persona es tan grave que se pone más énfasis en eso que en controlar el incendio del bosque.

Ferlosio. Antes se suponía experiencia porque la había, pero la agricultura extensiva hace ya no sé cuánto tiempo que es deficitaria.

Delibes. Efectivamente.

Ferlosio. El regadío es otra cosa.

Delibes. Sí, pero también el regadío ahora es extensivo, es completamente diferente del sistema tradicional de agricultura. El sistema tradicional es el de tener huertos pequeños, que puede mantener la gente en el campo. Pero hoy lo que requiere más mano de obra no es rentable por la comercialización, la recogida, etcétera. Cuesta más recoger las ciruelas o las peras de los árboles que lo que te pagan por ellas, y entonces se hace necesario tener una gran extensión y una máquina. Y al monte no se le saca provecho, no crea empleo. Eso hace que el campo esté vacío.

Ferlosio. En los pueblos las máquinas o eran de uno y las alquilaba, o eran de muchos.

Delibes. Ahora han tendido a abandonar las pequeñas explotaciones y quedan grandes fincas con poca mano de obra, aunque más especializada. La gente se ha ido.

Ferlosio. A raíz del incendio de Guadalajara, cuando las autoridades decidieron «tomar medidas», me extrañó que apenas hablasen de instrumentos para apagar el fuego (terrestres o aéreos) o para prevenirlo, sino que se centrasen en los procedimientos para buscar «culpables», que se daban sistemáticamente por supuestos, e incrementar la gravedad de los castigos que se les infligirían.

Delibes. A mí me parece que en gran medida eso es —no sé si la palabra será peyorativa— política. Ayer en la radio vine oyendo todas las noticias cada hora, y siempre se habla de pirómanos, de culpables y de delincuentes como la causa principal, sin atender, por ejemplo, a causas ecológicas o climáticas en sentido más accidental (como la tormenta seca —rayos sin lluvia— que ha quemado seis mil hectáreas en Cazorla), y tampoco a remedios. Lo de buscar culpables me parece que es un poco por desviar la atención. Un editorial de El País, a raíz del incendio de Guadalajara, incidía mucho en los culpables, se titulaba algo así como Hay mucho incendiario suelto, y a mí me pareció que, si bien es cierto que hay que detener al que prende un fuego, con eso andaba lejos de la raíz del problema y no me resultó muy bien orientado.

Ferlosio. Esto de los “culpables” es una obsesión, o afición, que va en aumento.

Delibes. Sí, parece que tiende a aumentar.

Ferlosio. Una vez, en el campo, llamé a la puerta de una casa, ya no me acuerdo para qué. Salieron a abrirme dos mujeres, una madre y una hija, con las caras terriblemente disgustadas, medio llorando. Pese a ello, para justificarme de haber llamado, les pedí o pregunté lo que fuera. Que no podían atenderme, que si no veía cómo se les había quemado y derrumbado el tinado con todo el pienso que tenían. Yo no lo había visto, porque estaba como a unos treinta metros por detrás de la casa: era un tinado bastante grande, y todavía humeaban las vigas de la techumbre, que habían caído sobre el heno ardiendo. Empecé a balbucir unas palabras como de circunstancias, tan sólo por salvar de alguna forma lo violento de la situación. ¡Jamás lo hubiera hecho! La sola insinuación de que el fuego podía haber sido fortuito —unos muchachos, tal vez una pareja, que hubiesen apagado mal una colilla…— hizo que ambas se pusieran rojas de furor y casi me traspasaran con los ojos llenos de odio, literalmente como si yo fuese cómplice del enemigo que les había causado el daño. Nunca he creído percibir tan vivamente la necesidad de un culpable.

Delibes. Ayer lo dijo también la ministra en la radio, que estaba contenta porque se había detenido a más gente por los incendios, pero descontenta porque todavía eran muy pocos y había que detener a más. Yo no me opongo a esa declaración, pero me parece que se desvía de atacar la raíz del problema. Un amigo mío dice que para montar un fuego hace falta oxígeno, combustible y una mecha; los pirómanos son sólo la mecha, y lo son sólo algunas veces. Hay que atender a todo.

Ferlosio. ¿Y cuántos de ésos saldrán absueltos?

Delibes. Ayer lo dijeron; no sé si vendrá en el periódico de hoy; unas estadísticas… era algo así como el ochenta por ciento. Si ha habido cinco mil incendios, se ha detenido a trescientas personas y se ha sancionado a noventa.

Ferlosio. Se sanciona por un descuido.

Delibes. Sí, claro, no se utilizaba la vía penal, efectivamente. Pero creo que la “caza del pirómano”, sugerida por las autoridades, aun teniendo alguna justificación puntual, ha sido utilizada más bien como cortina de humo.

Ferlosio. Eso es porque las autoridades saben que “el culpable”, “el malo”, es popular. Creo que, tanto individual como socialmente, la demanda de un culpable apunta a cumplir una función psicológicamente compensatoria y remuneratoria. Si lo consideramos individualmente —como en el caso de las mujeres del incendio—, un daño involuntario no es para la víctima moralmente rentable, como lo es, en cambio, un daño intencionado y dirigido expresamente a la persona. Si, como antaño decían las gitanas que te echaban la buenaventura, “hay una persona que te quiere mal”, entonces ya estás en juego, ya eres término de un antagonismo, ya eres algo, ya no eres “cero”, porque has tomado un signo de vigencia cuántica en la polaridad: un más o un menos; cuál de los dos es totalmente indiferente, porque ambos son especularmente reversibles sobre idéntico valor; la pérdida es automáticamente convalidada como crédito. Así, el culpable es, moralmente, “creador de riqueza”, por cuanto es generador del valor de “víctima”. Los hombres prefieren que sus males procedan de alguna culpable intencionalidad humana (en algunos casos se obstinan incluso en buscarla contra todas las apariencias, tan siquiera en la forma atenuada de irresponsabilidad profesional), porque lo accidental, lo azaroso, es moralmente improductivo. La estructura es, a fin de cuentas, la de la venganza: sólo el daño recibido de otros hombres crea valor, porque la víctima se hace acreedora de retribución y se convalida, por tanto, como «de los buenos». Sólo la culpa humana produce lo que podríamos llamar «víctimas morales», porque son acreedoras de venganza. La «naturaleza» o la «fortuna» son, en cambio, moralmente improductivas; producen, ciertamente, víctimas, como los muertos de la carretera, pero no, en modo alguno, lo que podríamos llamar «víctimas morales». A raíz del incendio de Guadalajara se produjo un fuerte intento de busca de esta clase de víctimas, mediante la determinación de culpables, aunque no lo fuesen más que por irresponsabilidad, por descuido o hasta por simple incompetencia; hubo una repelente apelación populista políticamente orientada. Salió incluso a relucir aquella lóbrega expresión de «depuración de responsabilidades».

Delibes. La mayor parte de los incendios provocados parece seguir teniendo su origen en razones agroganaderas (quema de rastrojos, limpieza de campos, desbroce de cunetas y ribazos, generación o rejuvenecimiento de pastos…). También, en ocasiones, se ha relacionado, como ya he mencionado, con la protección de la fauna (privar de refugio al lobo, por ejemplo) o con la mejora (o todo lo contrario) de cotos de caza.

Ferlosio. El incendio que usted ha mencionado antes, ¿ocurrió en la sierra de Segura?

Delibes. Más cerca de Segura que de Cazorla. El parque se llama Parque Natural de Cazorla, Segura y Las Villas. Y ha sido entre Segura y Las Villas. Y ahí, como no ha habido culpables, se habla menos de él, como si no hubieran ardido seis mil hectáreas y no hubiera habido que evacuar gente. Pero ha sido un incendio muy grave. También hay que hablar de eso, aunque sólo los rayos estén detrás. En otras ocasiones, afortunadamente poco frecuentes, los fuegos se originan por contacto entre cables eléctricos (de tendidos o, quizás más a menudo, de catenarias de ferrocarril) y los árboles, e incluso por chispas que saltan de los tractores u otras maquinarias agrícolas; en esos casos hay humanos detrás, no ocurre como con los rayos, pero hay que reconocer que su responsabilidad es muy indirecta. Y la otra cuestión es que los expertos dicen que en hidroaviones y otros medios ya hemos llegado al límite de lo que es posible tener. O sea, que España tiene una de las mejores flotas para las tareas de extinción de incendios.

Ferlosio. ¿Pero quién la tiene, el Gobierno o las empresas privadas?

Delibes. La tiene el Ministerio de Medio Ambiente; estos días veíamos su nombre en los aviones de Galicia. También han comprado muchos las comunidades autónomas, aprovechando el deshielo de la guerra fría, procedentes de ejércitos del bloque del Este, pero dicen que el límite de lo que es posible tener se ha saturado ya. No se podrían tener muchísimos más, y económicamente tampoco. Ahora las exigencias de seguridad son mayores, se trata de evitar accidentes dramáticos como los del Yak-42 y eso implica mayores costes de mantenimiento, y con respecto a eso ya hemos alcanzado el límite. Muchos días del año están parados, incluso durante gran parte del verano, si hay suerte y hay pocos fuegos. Mi amigo Juan Clavero lo ha contado muy bien: no es un problema de medios; en los años setenta se dedicaban a la campaña contra incendios en Andalucía cien millones de pesetas al año, y en la actualidad también cien millones, pero de euros, y aún así el número de fuegos se ha multiplicado por cuatro (aunque no la superficie media quemada por año, que ha pasado de 17.000 a 14.000 hectáreas). Ante la saturación de los medios de extinción y su coste, los expertos consideran que las posibilidades más evidentes para mejorar el sistema sólo pueden encontrarse en una «conjunción de acciones preventivas que reduzcan la frecuencia de los incendios y limiten la intensidad de los fuegos mediante selvicultura que actúe sobre las acumulaciones de biomasa». Otra necesidad, a mi modo de ver, es la profesionalización de los bomberos forestales, que dependen de las comunidades autónomas. En varias de ellas se les contrata tres o cuatro meses al año, en verano. No es un trabajo atractivo y no aprenden mucho. Tendría que convertirse en una profesión, como la de los bomberos urbanos, y habría que pagarles todo el año, y que en invierno practicaran con fuegos controlados, fuegos de matorral en días de lluvia para evitar el fuego de verano, pero tendrían que cobrar. Si queremos evitar fuegos grandes necesitamos gente más profesional. Creo que en Andalucía ya intentan hacerlo así. Y ello enlaza también con otra cuestión a la que suelen aludir los forestales: el hecho de que la tendencia política sea atender más a lo urgente (la extinción) que a lo importante (la prevención). A mí me dio mucha pena, pero me sorprendió, que los muertos de Guadalajara fueran jóvenes, estudiantes que en vacaciones se han apuntado a las tareas de extinción porque les pagan mil euros, supongo. Reciben mil euros durante dos meses o tres, es una forma de ganar un poco de dinero, pero su inquietud y su preocupación no es el monte, y aunque intentan aprender, no es lo mismo un trabajo de temporada que el aprendizaje de una profesión. Hoy apagan el fuego los estudiantes y otros «eventuales» con poca experiencia de campo: entre 1980 y 1989 el noventa por ciento de los componentes de retenes de incendios eran trabajadores del medio rural; entre 2000 y 2004 sólo eran trabajadores de ese medio el dos por ciento. La reclamación de profesionalizar al bombero del bosque es razonable. O al menos que sean trabajos más duraderos, de seis u ocho meses cada año.

Ferlosio. Con su entrenamiento.

Delibes. Claro, dedicarse durante tres meses o más al entrenamiento, limpiando el monte. Cuentan algunos ingenieros que hay muchachos y muchachas de estas cuadrillas que nunca han visto un fuego real, y cuando llegan al incendio se espeluznan, porque ante una situación como ésa nadie sabe muy bien cómo va a reaccionar. Y hay gente muy valiente, con mucho ánimo y mucha fuerza de espíritu, que se enfrenta al fuego, pero también hay gente que ha estado un mes contratado como retén de incendios y cuando ve de cerca las llamas no puede resistirlo y se va. Es tremendo que esto llegue a pasar, pero parece que ocurre.

Ferlosio. La inexperiencia la demostró uno de los testigos del incendio de Guadalajara, que se llevó la misma sorpresa que me llevé yo cuando vi por primera vez un fuego, cuando tenía quince años. Era pasto seco de finales de agosto, de un rubio casi blanco, y muy crecido, porque el ganado no debía de haber comido nada. Los autores involuntarios no podíamos haber sido más que nosotros mismos, mi hermano, yo y otro amigo, que era medio pariente. Lo que me sorprendió fue lo que la razón natural podía haber previsto, pero ante los ojos de la experiencia resultaba, con todo, muy espectacular: en un campo como la palma de la mano, con un pastizal agostado, totalmente homogéneo, sin que soplase ni una brizna de aire, el fuego, teniendo como tenía un único punto de ignición, no podía desarrollarse más que formando un círculo perfecto, un redondel negro rodeado por una circunferencia de fuego que avanzaba radialmente a toda velocidad; cuando lo vimos tendría unos cinco metros de diámetro; cuando llegamos a él tendría ya siete u ocho y ya no pudimos hacer otra cosa que pedir auxilio. La cosa se acabó hacia las seis de la tarde con unas cien hectáreas quemadas, y quedamos en quinientas pesetas de indemnización, porque aunque el fuego había abarcado gran parte de encinar, cuando es sólo pasto lo que quema, pasa rápidamente por debajo de la encina sin dañarla, como usted sabe mejor que yo. Bueno, todo esto era a cuento de que, según han dicho los periódicos, uno de los de Guadalajara exclamó con gran sorpresa: «¡El fuego es redondo!». Y otra cosa que se ve que no saben, como yo tampoco lo sabía, es que un barranco, incluso sin tener paredes verticales o semiverticales, puede formar tiro. Lo han descrito como una especie de explosión, o sea, que se ahoga el fuego y de pronto estalla.

Delibes. Es como una chimenea. El fuego está muy condicionado por la cantidad de oxígeno, de aire que llega. El corazón de una madera muy densa al que llega poco aire no arde bien. Pero una madera finita, como está rodeada de aire, arde muy bien. En un barranco, al que llega poco oxígeno si se ha quemado mucho, el monte arde poco, pero si de pronto entra una bocanada de aire, hace tiro, el fuego sale disparado hacia arriba. Como una explosión. También ocurren explosiones, me cuentan, cuando se queman bosques de coníferas, tal vez porque se acumulan vapores de trementina, muy inflamables, y prenden de golpe. Yo lo conozco mal, pero los expertos saben de eso.

Ferlosio. Los del incendio de Guadalajara, tanto uno de los excursionistas, que fue el que descubrió que el fuego era redondo, como al menos algunos de los que murieron, en la medida en que se dejaron sorprender por la «explosión» del barranco (recuerde cómo en las fotos de la prensa los vehículos siniestrados aparecían en un lugar alto y abierto) son muestras de la falta de experiencia que se tiene hoy con el fuego. Y si los incendios rurales van a ser inexorablemente cada día más frecuentes, como usted pronostica, el quehacer que van a dar los fuegos y el empecinamiento a ultranza en apagarlos amenaza cada vez más con ser fuente de amarguras y de controversias —teniendo en cuenta, además, la indefectible mala fe del electoralismo democrático—; añadirles a los que se encuentran en el trance de apagar un fuego el temor a las sistemáticas y siempre gratuitas iras de los políticos contrarios, como si no tuvieran bastante con las llamas…

Delibes. Yo me imagino que es una situación dramática. Yo viví sólo un fuego grande en Doñana, hace ya muchos años, creo que en 1984, y realmente uno no sabe lo que tiene que hacer, no tiene experiencia. Hay profesionales del control del fuego que son los que deberían mandar, pero en esos momentos es como si todos supiéramos, y entonces uno dice: «¡Hay que atajarlo por ahí!», y otro «¡eso es una tontería, yo me voy a meter por ahí!». La situación se presta mucho a los arranques irracionales de heroísmo personal. Yo me imagino que a gente muy entusiasta no le gusta oír a su jefe: «Ahí no se puede entrar y es mejor dejar que se queme», porque al mismo tiempo está notando por detrás la presión social de que el fuego tiene que apagarse. Este es un tema muy debatido. En España la doctrina es que todo incendio hay que apagarlo y que todo intento por evitar el incendio está justificado, de modo que los partidos políticos se echan en cara no haber hecho lo suficiente. Pero en otros lugares los riesgos se miden más. En Estados Unidos, en Australia, miden más la relación de los costes con los posibles daños. En vez de arriesgar la vida de gente por impedir que un lugar se queme, en ocasiones es preferible no entrar y dejar que arda. Y eso tiene, como digo, un componente político, pues si los partidos políticos se acusan y exigen «hacer más», la reacción puede consistir en aumentar el retén de once a cien personas, pero meter a cien personas en un lugar con riesgo de hacer tiro puede provocar una tragedia todavía mayor que el propio incendio. Hay decisiones que deberían tomar los expertos, y es necesario encontrar a la persona con el temple y la autoridad para ello, y también pedir a los políticos que no lo hagan todavía más difícil de lo que es.

Ferlosio. Y el conocimiento, porque un experto en determinado fuego puede no serlo en otro.

Delibes. Otra cuestión es que cada vez es más difícil distinguir lo urbano de lo forestal, porque se está mezclando. En las ciudades tiende a haber más parques, en los bordes de las ciudades más chalés y arbolado. Y en el campo hay más casas dispersas. Eso lo llaman los ingenieros dedicados al fuego, con un término muy cursi, la «interfase urbano- forestal» y es motivo de preocupación para ellos.

Ferlosio. ¿Dónde hay bosque es donde más residencias se hacen?

Delibes. Sí, el hecho de que los terrenos estén precisamente en medio del bosque es un reclamo para vender más caro el terreno, y son sitios buenos para hacer fogatas culinarias, y eso puede provocar un fuego. La urbanización del campo ha complicado las cosas, pues la seguridad de las personas y sus bienes directos (casas, piscinas, jardines) prima sobre otros criterios a la hora de manejar el fuego o diseñar estrategias para apagarlo (los servicios contra incendios se concentran en las viviendas y descuidan la vegetación). También la presencia en el campo de mucha gente (excursionistas, por ejemplo) sin práctica del manejo del fuego, genera riesgos en esa «interfase». ¿Por qué hay una normativa urbanística de obligado cumplimiento en la construcción —para prevenir incendios u otros desastres urbanos— y sin embargo ningún experto en fuegos forestales asesora al diseñar y construir urbanizaciones, embalses o carreteras? Otro tanto podríamos decir de los planes preventivos, por ejemplo.

Ferlosio. Otra cuestión es la de las autovías. Si las autovías son muy anchas son buenos cortafuegos. Pero la destrucción del medio que acarrea la construcción de las autovías es abominable. Yo pienso en alguien que viva a quinientos metros de distancia de su primo, le meten una autovía y la distancia ha aumentado veinticinco kilómetros.

Delibes. Cierto, pero suele haber muchas servidumbres de paso.

Ferlosio. Hay muy pocas.

Delibes. Yo conozco el caso del AVE, porque nos encargaron un estudio relativo al impacto sobre la fauna, y ahí hay bastantes servidumbres de paso; en la línea Madrid- Sevilla, por los montes de Toledo, había en promedio unas cuatro por quilómetro. ¡Pero calle, que tiene usted razón! Se me ha ido la cabeza y le estoy hablando de pasos útiles para los animales, no para las personas. De éstos hay pocos y en las autovías seguramente menos aún. De hecho, en las autovías, si pasas de una salida ya no puedes salir en unos quince quilómetros o veinte, te encuentras prisionero y no puedes retroceder ni escaparte, sólo puedes huir hacia delante. Pero yo asumo mi cuota de responsabilidad; me he venido en seis horas desde Galicia porque hay autovías, y las usamos. Cuando me fui a vivir a Doñana tardaba once horas en ir de Valladolid a Doñana, hace treinta años. Ahora se tarda siete horas. Los conductores, aún sin darnos cuenta, reclamamos autovías.

Ferlosio. El programa de disposiciones convenido en Kyoto contra el cambio climático y el efecto invernadero me parece que responde a un criterio conservador, cuando no retrógrado, porque va en contra del signo de los tiempos y el sentido de la Historia. Es, en cambio, el actual gobierno americano, con el presidente Bush a la cabeza, el que, al negarse a suscribir la ratificación del protocolo convenido en Kyoto, da toda la impresión de estar movido por un pensamiento auténticamente progresista. Para ilustrarlo, tomemos el ejemplo de la enorme afición actual, especialmente femenina, de broncearse la piel al sol, singularmente en las playas. Últimamente, sin embargo, parece que ha podido observarse cómo, por efecto de otro cambio climático o atmosférico, llamado adelgazamiento de la capa de ozono, la exposición del cuerpo humano al sol ha empezado a ser, sin menoscabo de los restantes beneficios salutíferos, cada vez más peligrosa por un punto preciso: la posibilidad de producir cáncer de piel. La reacción más espontánea y por lo tanto más conservadora para sustraerse a tan temible riesgo habría sido, simplemente, la de renunciar a tomar el sol. Pero con esta pusilánime operación de retirada el hombre desmentiría o hasta traicionaría vergonzosamente su más noble y valiente condición de animal de progreso Por fortuna, el espíritu progresista, encarnado hoy en día sobre todo por el actual Gobierno americano y representado por la empresa liberal —singularmente, en este caso, por la del ramo de la industria de cosméticos— ha reaccionado vigorosamente con la doctrina correcta: «No seríamos nosotros quienes somos y queremos seguir siendo, si permitiésemos que nuestras mujeres, nuestras hijas y nuestras hermanas tuviesen que renunciar un solo día a su deseo o capricho de tomar el sol de sol a sol», y ello con la añadidura de la inmensa catástrofe que una mayor o menor deserción de las playas comportaría para una difícilmente enumerable multitud de empresas de bienes y servicios anejos a esta tan generalizada comezón del bronceado, capítulo sumamente relevante en la creación de riqueza y desarrollo, no digo ya para el estilo de vida americano sino para el de Occidente en general, y en mayor grado para países turísticos como España. Efecto inmediato de una tan vigorosa reacción del espíritu progresista y emprendedor fue inventar, producir, promocionar y poner en el mercado —y con un grado de celeridad realmente sorprendente— toda suerte de cremas (a base, como siempre, de manteca de cabrito), lociones, ungüentos, pulverizadores, para antes, durante y hasta después del sol, capaces de proteger de todo mal —algunos dicen que incluso del pecado— la piel de sus mujeres, hijas, hermanas y hasta algún primo sesentón y algo playboy que se ve más irresistiblemente seductor con un buen bronceado. El agujero de ozono, con su amenaza de cáncer de piel, ha acabado por hacerse un accidente atmosférico sumamente rentable, siempre que se esté del lado correcto, que es el progresista: no retroceder ante los males, sino aprovecharse de ellos, contraatacando con nuevas inversiones creadoras de riqueza. Bien es verdad que tal vez este tipo de rentabilidades, dicho sea de paso, pueden —no sé si suelen— aprovecharse de las dificultades de comprobación o conmensurabilidad de sus resultados, para exagerar las recomendaciones de su empleo más allá de los límites sobradamente suficientes de efectividad. Otro ejemplo de controversia entre criterios conservadores y criterios progresistas es el que se refiere a las opciones para el remedio de la mortalidad en las carreteras. En este caso, América queda exceptuada de una posible solución progresista, porque ha acabado imponiendo, creo que desde la propia legislación federal, rigurosas limitaciones a la velocidad en las carreteras. En países como el nuestro, a reserva de anunciados proyectos legislativos, frente a la solución conservadora equivalente al anterior no ponerse al sol que sería no correr, o sea, limitar la velocidad mediante leyes, mediante impedimentos materiales en las propias carreteras, mediante la construcción de vehículos incapaces de rebasar una velocidad determinada, nos hallamos en pleno furor de las soluciones progresistas: un delirante y dispendiosísimo despliegue de cuanto pueda favorecer —o hacer menos sanguinario— el ejercicio de la velocidad, con construcción de destructivas y gigantescas autovías, de señales electrónicas, instrumentos de control televisivos y, finalmente, invención e imposición obligatoria de cada vez más sofisticados y opresivos coseletes salvavidas para niños, monstruoso paradigma de a qué pueden llegar a acostumbrarse con el paso de los años, y sin darse cuenta, los hombres. Con ocasión de los huracanes, se ha reiterado el punto de vista progresista de los americanos en relación con el cambio climático: no reducir las emisiones de gases, porque iría en detrimento de la creación de riqueza y del crecimiento de la economía, sino hacer de la protección contra los huracanes una ocasión de nuevas inversiones (hablan de nuevos sistemas de muros como los de Nueva Orleans, que, por ejemplo, ligarían la cadena de los cayos del sur de Florida, formando una barrera —eso creo haber entendido, pero no me haga mucho caso—), siempre con el consabido corolario de la prometedora «creación de nuevos puestos de trabajo». Todo esto, en fin, viene a abundar en la sorprendida perplejidad que, en su libro La naturaleza en peligro, manifiesta usted ante el fenómeno de la rentabilidad de los males, los peligros y las catástrofes: «Se ha puesto en alguna ocasión el ejemplo del tabaco y los fumadores. Un país donde mucha gente fuma produce y vende, probablemente, muchos cigarrillos. Eso suma al PNB, naturalmente. Pero al mismo tiempo, por mor de los cigarrillos, ese país produce también muchos enfermos de pulmón, que deben ser tratados en los hospitales. ¿Creen que el gasto del hospital debería restar? ¡En absoluto! También suma, también se considera riqueza, puesto que es una inversión, es un servicio». Por cierto que este ejemplo del tabaco serviría perfectamente para ilustrar la distinción aristotélica entre «economía» (derivado de oikós = ’casa’, y por tanto ‘administración doméstica’) y «crematística»: si en una casa hubiese un fumador y se cogiese una bronquitis, el dinero que la familia tuviese que pagar al médico no podría dejar de restarse del presupuesto familiar. Unos párrafos más abajo añade usted: «Por ejemplo, cuando una balsa minera de residuos tóxicos se rompe y envenena miles de hectáreas cerca de Doñana, ustedes qué creen, que el PNB español aumenta (se supondría que somos más ricos) o que disminuye (que somos más pobres). Por raro que parezca, seguramente aumenta, pues se invierten grandes cantidades de dinero en bienes y servicios, incluida la mano de obra, que son necesarios para la limpieza de suelos contaminados; no estoy seguro de que se haya contabilizado así en este caso concreto, pero es célebre lo ocurrido con ocasión del derrame de petróleo del Exxon Valdez en Alaska, en 1989; fue la mayor catástrofe medioambiental en la historia reciente de Estados Unidos, pero produjo un sustancial incremento en el PNB, que incorporó gran parte de los 2.200 millones de dólares destinados a mitigar el daño».

Fuente: http://ctxt.es/es/20170621/Politica/13562/ctxt-delibes-ferlosio-incendios-forestales-guadalajara-do%C3%B1ana.htm

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El incendio de Portugal cuestiona la política forestal de plantación de eucaliptos

Por Paul Ames, 19 de junio de 2017

politico.eu

Una mujer observa la devastación provocada por el incendio, en Pampilhosa da Serra. Paulo Novais/EPA

Antes de conocerse como la “carretera de la muerte”, la Carretera Nacional 236-1 era un lugar tranquilo, una serie de curvas que serpentean por entre las densas colinas del centro de Portugal.

Sin embargo, la vegetación que medra en estos parajes no es del gusto de los ecologistas, que durante mucho tiempo han advertido que se podía producir un desastre en Portugal, ya que durante décadas se vienen plantando eucaliptos, que cubren buena parte del país.

El pasado sábado, se cree que un rayo fue la causa de un incendio, un rayó que cayó sobre la vegetación seca y en plena ola de calor, con temperaturas por encima de los 40ºC. Los vientos racheados avivaron las llamas y se extendieron por estas plantaciones, provocando la muerte de 63 personas, muchas de ellas quedando atrapadas en la Carretera Nacional EN236-1.

Mientras que el país podría enfrentarse a una “tragedia sin precedentes”, 3000 bomberos luchan en varios frentes para contener el incendio, el Presidente Marcelo de Sousa dijo el pasado lunes que era demasiado pronto para analizar las causas del incendio.

Pero para muchos, sin embargo, está claro que los eucaliptos jugaron un importante papel en su propagación.

Plantaciones de eucaliptos en llamas durante el incendio, en la aldea de Mega Fundeira. Miguel Riopa/ AFP, vía Getty Images.

El eucalipto es un árbol más peligroso que otros”, dijo João Branco, presidente de Quercus, un grupo ecologista portugués.

Las hojas y la corteza son muy inflamables. Tiras de la corteza cuelgan de los troncos y son llevadas por el viento, propagando las llamas”, agregó Branco, un ingeniero forestal. “Extensas zonas del centro y norte del país están casi completamente cubiertas de eucaliptos y contribuyen a este tipo de incendios”.

Número de incendios anuales registrado en cinco países del sur de Europa. En rojo, Portugal. La línea en gris que sigue, más o menos, paralela a los incendios de Portugal, corresponde a España.

Árbol originario de Australia, el eucaliptos fue introducido por primera vez en Europa como planta ornamental en el siglo XVIII. Se desarrolló en Portugal, donde esta especie de rápido crecimiento se utilizó más tarde para la reforestación y prevenir la erosión. Aunque realmente, fue a mediados del siglo XX cuando se expande con mayor rapidez para proporcionar materia prima a la industria del papel y de la celulosa.

Miles de empleos

Ahora el árbol más común de Portugal es este árbol traído de Australia.

Cubre unas 900.000 hectáreas, una cuarta parte de la superficie forestal total, desplazando a los robles nativos, los laureles y los castaños. Estos árboles altos y delgados cubren vastas extensiones del país, desde las colinas donde se ha producido el desastre hasta las plantaciones de las tierras bajas que se extienden al sureste de Oporto.

Un policía camina entre los coches quemados después del incendio forestal en Portugal. Patricia De Melo Moreira / AFP, vía Getty Images.

Además de los peligros de incendio, los ecologistas dicen que el eucalipto absorbe la escasa agua presente en el subsuelo, elimina las especies nativas por competencia y destruye el hábitat de la vida silvestre nativa.

Durante décadas, los esfuerzos para contener el crecimiento de las plantaciones de eucalipto se han encontrado con la oposición de fuertes grupos de presión de la Industria papelera de Portugal.

Restringir la materia prima más importante de la Industria papelera afectaría dramáticamente a la competitividad y la balanza comercial del país”, advirtió la CELPA en respuesta a las propuestas del Gobierno de prohibir nuevas plantaciones de eucalipto. “La prohibición acabaría con miles de empleos forestales en regiones muy deprimidas”.

Las preocupaciones de la Industria no carecen de peso. Desde la hojas de impresión de alta calidad, hasta los rollos de papel higiénico de color negro, que ahora está de moda, las exportaciones de papel son muy importantes para Portugal.

El año pasado, la pulpa y el papel representaron el 4,9% de todas las exportaciones de Portugal, con un valor de alrededor de 3.000 millones de euros. La Industria emplea a unas 3.000 personas, a menudo de las zonas rurales.

Debido al aumento de la sensibilidad provocado por el avance del incendio, la CELPA se negó a responder a nuestras preguntas sobre los riesgos de incendio provocados por los eucaliptos, pero uno de los responsables nos dijo en privado que parte de las críticas se basan en “mitos”.

En su declaración del mes de abril, la asociación de la Industria rechazó las afirmaciones de que al reducirse las plantaciones de eucalipto se reduciría el riesgo de incendio forestal en Portugal, señalando que era algo “erróneo y lleno de prejuicios”.

La prohibición de nuevas plantaciones de eucalipto llevaría al abandono de más zonas rurales, lo que aumentaría el riesgo de incendio, dijeron, afirmando que las tierras no cultivadas representan el 49% del territorio quemado en los últimos 15 años.

Sin embargo, en su sitio web, la Industria reconoce que gran parte de las plantaciones de eucalipto, la mayoría de las cuales se encuentran en terrenos privados que pertenecen a pequeños productores, sufre de “una insuficiente atención, una densidad mal establecida, envejecimiento y mala salud”, lo cual puede ser causa de riesgo de incendios, plagas y enfermedades.

Casa y tierra quemada en Nodeirinho, donde 11 personas, un tercio de la población, murieron durante el incendio forestal. Antonio Cotrim/EPA.

Es vital promover, en general, unas buenas prácticas de manejo forestal, y particularmente en el caso del eucalipto”, dijo la CELPA cuando inició una campaña de sensibilización”, denominada “Mejorar el eucalipto” en el año 2015.

Árboles que hacen de bomberos”

Los ecologistas están de acuerdo en la importancia de revertir la despoblación rural y mejorar las prácticas forestales para ayudar a reducir el riesgo de incendios forestales.

Sin embargo, dicen, medidas como la limpieza obligatoria de los restos secos de vegetación, unos cortafuegos más amplios o zonas de seguridad a lo largo de las carreteras y de las poblaciones, deben combinarse con restricciones en la plantación de eucaliptos.

Hablan también de una “sustitución de especies” y la plantación de barreras de especies nativas que sirvan como “árboles que hagan de bomberos”, es decir, resistentes al fuego, como el roble y el castaño, que son reconocidos como muy eficaces. Lo que quieren es que el Gobierno socialista tenga en cuenta su propuesta de limitar la expansión de las plantaciones de eucaliptos.

El fuego se inició en los alrededores de la localidad de Pedrógão Grande, y ha provocado la muerte de al menos 62 personas y más de 50 heridos. Miguel Riopa/ AFP, vía Getty Images.

El Gobierno envió el proyecto de ley al Parlamento en el mes de abril, pero la asociación ecologista Quercus y otros grupos se quejan de la fuerte presión ejercida por la Industria papelera.

Luís Capoulas Santos, Ministro de Agricultura, Silvicultura y Desarrollo Rural de Portugal, dice que el Gobierno quiere prohibir la expansión del eucalipto, pero su prioridad es mejorar la gestión forestal.

El riesgo de incendio se plantea sobre todo por la falta de limpieza de los bosques, lo que resulta en un exceso de material inflamable, que además puede obstaculizar el acceso de los bomberos”, dijo su oficina en respuesta a las preguntas de POLITICO. “Es objetivo del Gobierno detener la expansión de la superficie plantada de eucaliptos. Esta área ha alcanzado su límite máximo”.

Después del desastre de esta semana, la presión aumentará.

Hemos permitido plantaciones incontroladas de eucaliptos. Incluso en las tierras altas más inaccesibles, grandes áreas están ocupadas por un monocultivo de eucaliptos, que es un combustible ideal para los incendios forestales”, escribió Vital Moreira, un veterano político socialista.

No basta con llorar a los muertos… Tenemos de una vez por todas que lidiar con este barril de pólvora que representa el bosque que elegimos tener. Tenemos que reconocer que hemos creados un bosque asesino”.

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