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La conquista árabe es un ‘cuento’: “La Mezquita la construyeron los cordobeses”

– Un documental incide en cómo la construcción de un Estado unitario hizo saltar por los aires siglos de convivencia en Al Ándalus.

– Con el drama de los refugiados de fondo y el referéndum catalán, la cinta aborda el rechazo al otro y a la diversidad.

Por Olivia Carballar, 29 de septiembre de 2017

Es un escritor andaluz”, dicen de García Lorca en una clase de secundaria. “Es el que escribió Platero y yo, otro escritor andaluz”, cuentan de Juan Ramón Jiménez. Aunque aún no han dado Filosofía, todos aseguran conocer a Aristóteles y a Platón. ¿Y Averroes? ¿Alguien sabe quién es Averroes? Comienzan los titubeos. Un alumno dice que le suena a africano. “Pues no, Averroes es un filósofo muy importante y nació en Córdoba”, explica el profesor de Derecho Civil Antonio Manuel.

La secuencia, grabada en un instituto de la localidad cordobesa de Palma del Río, resume la esencia de Las llaves de la memoria (Almutafilm), un documental dirigido por Jesús Armesto, andaluz residente en Cataluña, que revisa la historia que hasta ahora nos habían contado sobre Al Ándalus. La cinta –presentada este jueves en la Fundación Tres Culturas, en Sevilla– incide sobre todo en cómo la construcción de un Estado unitario hace saltar por los aires siglos de convivencia en la diversidad. “Por cierto, he visto más banderas españolas al llegar hoy a Sevilla que catalanas en Barcelona”, avisa el director.

Hablar de la conquista árabe de la Península Ibérica es una impostura, es un relato literario asumido como histórico. Sirve para justificar la caída del régimen visigodo y se convierte en necesario cuando se relaciona con un término posterior, que será la reconquista. El pivote fundamental de la esencia nacionalcatólica de España es que el mal siempre viene de fuera, que los otros son los que han venido a romper el ritmo histórico de la Península Ibérica, y ahora es completamente necesario para mantener esa impostura. Nada documenta una invasión, sino una progresiva arabización”, sostiene en el documental el historiador Emilio González Ferrín, que argumenta que el relato de la conquista se escribió 150 años después del 711, a través de fuentes no primarias. “La reconquista es una falacia, una campaña publicitaria, inventa un pasado lejano para negar el pasado reciente”, añade.

Lectura del artículo completo en:

https://www.lamarea.com/2017/09/29/conquista-arabe-cuento-mezquita-construyeron-cordobeses

 

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 Una crítica del libro de Emilio González Ferrín por A. García Sanjuán.

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No confiar en nadie: modernización, paranoia y cultura de las conspiraciones (II)

Por Stef Aupers, de la Universidad Erasmus, Holanda, 12 de junio de 2012

Revista Europea de Comunicación

Resumen

Las más populares teorías de las conspiraciones, como las de JFK, los ataques del 11 de septiembre, la muerte de la princesa Diana o la vacunación contra la gripe porcina, se presentan generalmente en las Ciencias Sociales como algo patológico e irracional, y esencialmente antimoderno. En este ensayo se presenta en cambio la cultura de las conspiraciones como una manifestación radical y generalizada de desconfianza, que está inmersa en la lógica cultural de la Modernidad y, en última instancia, producida por los procesos de modernización, y en particular sobre las dudas en torno a la validez de las afirmaciones sobre el conocimiento científico, la inseguridad ontológica de ciertos sistemas sociales como el Estado, las multinacionales y los medios de comunicación, y una implacable “voluntad de creer” en un mundo desencantado, algo ya reconocido por Adorno, Durkheim, Marx y Weber, todo lo cual ha propiciado un giro hacia la cultura de la conspiración en Occidente.

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Parte I

¿Qué es la verdad? Inseguridad epistemológica y cultura conspirativa

En los siglos XIX y XX, la mayoría de los fundadores de las Ciencias Sociales predijeron un futuro en el que la autoridad de la Religión quedaría debilitada por la Ciencia y el monopolio de la verdad. Augusto Comte, convirtiéndose en pionero, imaginó una sociedad donde la Ciencia habría descubierto las leyes universales de la naturaleza y de la sociedad y, como tal, proporcionaría estabilidad social y existencial. Hoy en día, tales perspectivas nos parecen ingenuas: las verdades religiosas tradicionales han perdido credibilidad en la mayor parte de Europa (por ejemplo, Bruce, 2002; Wilson, 1976), pero esto no ha venido acompañado de una mayor confianza en la Ciencia, el método científico y las verdades de los expertos científicos. Más bien al contrario, paradójicamente esto puede deberse al hecho de que la Ciencia tiene dos caras, ya que “depende no sólo de la acumulación inductiva de pruebas sino también del principio metodológico de la duda” (Giddens, 1992: 21). El escepticismo radical sobre la epistemología, las bases metodológicas y las reglas metodológicas, ha sido siempre una parte intrínseca del método científico desde el siglo XVI y ha buscado su legitimación desde entonces. Así apareció la “agenda oculta de la modernidad” (Toulmin, 1992 [1990]). Sobre todo a través de la Filosofía del conocimiento de Kant, Nietzsche y otros, el escepticismo encontró su expresión en el posmodernismo, hace un siglo. Los posmodernistas profetizaron el fin de los “grandes discursos” de la Ciencia (Lyotard, 1984 [1979]) y su ambición de ser un “espejo” de la naturaleza (Rorty, 1980), ya que las afirmaciones sobre la verdad eran construcciones sociales que en última instancia respondían a intereses ideológicos, de los conflictos y el poder (Bauman, 1987; Foucault, 1970 [1966]). Por lo tanto, el conocimiento científico ya no se consideraba superior a otras formas de conocimiento y fue deconstruido como un discurso entre otros muchos, como “un juego del lenguaje” o “vocabulario”, incluso una hiperrealidad autorreferencial, sin relación con la auténtica realidad (Baudrillard, 2000 [1981]).

Esta desligitimación radical del conocimiento científico no sólo se ha introducido en las torres de marfil del mundo académico, a través de la Filosofía de la Ciencia, la representación constructivista del conocimiento y la teoría posmoderna, ha penetrado cada vez más en la vida cotidiana (por ejemplo, Giddens, 1992: 21; Van Zoonen, en este número). Estudios empíricos demuestran que existe un creciente escepticismo entre los ciudadanos occidentales frente a los nuevos conocimientos y las soluciones (técnicas) que se proponen. Ronald Inglehart, por ejemplo, concluye que “hay una confianza cada vez menor en la Ciencia y la Tecnología para resolver los problemas de la humanidad… una idea que se ha extendido en las sociedades más avanzadas desde el punto de vista económico y tecnológico” (1997: 79). Esto era diferente hace medio siglo. Un ejemplo destacado de la confianza en los científicos por aquella época es el famoso experimento de Milgram (1963). Bajo la guía de expertos científicos unas personas daban descargas eléctricas a otras personas (ficticias). Y sin embargo, había esperanza. Una variación en el experimento mostró que las personas recuperaban su autonomía moral y la conciencia crítica una vez que se simuló un conflicto entre dos científicos. En la mayoría de los casos, los sujetos se negaron a dar las descargas eléctricas.

Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio.

Stanley Milgram. The Perils of Obedience (Los peligros de la obediencia. 1974)

 

Esta modificación del experimento de Milgram presenta diferentes implicaciones sociológicas: la desconfianza hacia los conocimientos científicos está presente debido a las disputas entre los especialistas, la inconsistencia de sus afirmaciones y el exceso de información (por ejemplo, Beck, 1992; Giddens, 1992). Las dudas y los debates metodológicos vienen formando parte de la Ciencia desde hace varios siglos, pero los medios de comunicación han permitido que se conozcan mejor tales disputas por parte de un público más amplio y con menos formación: periódicos, revistas, la radio y la televisión ofrecen a los ciudadanos unas teorías incompatibles entre sí y unos resultados en los campos de las Ciencias Naturales, la Sociología, la Psicología, la Pedagogía, y otros, con serias discrepancias: el aceite de pescado es saludable para el corazón; el aceite de pescado causa cáncer; se debe tratar a los niños con amor y empatía; se debe educar con unas reglas y una disciplina rígidas; la violencia aumenta en los países Occidentales: la violencia está disminuyendo en la mayoría de los países Occidentales; nos dirigimos hacia un desastre ecológico; las advertencias sobre el cambio climático son exageradas; las vacunas contra la gripe son necesarias; tales vacunas son ineficaces o peligrosas. Los medios de comunicación no sólo publican tales informaciones contradictorias: se ocupan activamente de los desacuerdos y los conflictos, más que del consenso científico. Los hechos indiscutibles no tienen un factor X. Y viceversa: nada es tan proclive para el medio televisivo como que dos especialistas sobre el clima estén en completo desacuerdo, sobre el efecto invernadero y el futuro de la vida en la tierra.

Pero este menoscabo de la confianza en el conocimiento científico no agota la “voluntad de la verdad” (Foucault, 1970 [1966]) y no puede afirmarse a la ligera que se trata de un síntoma de cinismo cultural, de desilusión o falta de poder. La Ciencia establecida puede haber perdido su monopolio de la verdad, pero se ha abierto un mercado en el que muchas veces los conocimientos se etiquetan como no científicos, irracionales o peligrosos por parte de los científicos habituales, pero que sin embargo sí son considerados por los ciudadanos de la modernidad tardía. Un buen ejemplo son las medicinas complementarias y alternativas: la homeopatía, la acupuntura, el reiki, el shiatsu y otras muchos tratamientos holísticos, prácticas que han ganado legitimidad en las últimas décadas y compiten hoy en día con las técnicas típicamente basadas en una visión dualista-materialista (Campbell, 2007; Hammer, 2001).

Otro destacado ejemplo en relación con las teorías de las conspiraciones es Internet, que juega un papel importante en su difusión. Los medios de comunicación de masas y el periodismo tradicional son considerados como un “bloque de poder” que manipula (Fiske, 2006 [1998]), y al contrario, Internet es visto como más democrático, como comenta Quandt con razón en este número de la Revista Europea de Comunicación (EJC), que da un acceso directo a la información y acerca a la “verdad”. No obstante, independiente de que la cuestión de la confianza en los nuevos medios esté subvertida y haya razones para ello, los ciudadanos ven en Internet una plataforma que deconstruye activamente las versiones oficiales de la “verdad.”, consumiendo otras versiones alternativas o produciendo las suyas propias en foros, sitios web y Youtube. Los teóricos de las conspiraciones son típicamente “prosumidores” [palabra que surge de la fusión de consumidor y productor] (Rintzer y Jergenson, 2010): leen, negocian y reescriben la historia, y al hacerlo producen a menudo una versión que es un remiendo de lo que “realmente” sucedió. Dean argumenta que “las teorías de la conspiración… se basan en la idea de que todo está o puede estar conectado” (2002: 97). Paradójicamente, en un clima de duda “todo es posible” y esto da un “vértigo en las interpretaciones” (Baudrillard, 2000 [1981]: 1). ¿Los Dioses son antiguos astronautas?, como imaginó Erich von Däniken; ¿Jesús tuvo un hijo con María Magdalena?, como sugiere Dan Brown en El Código da Vinci; ¿El mundo está controlado por una élite de humanoides reptilianos entre los cuales se encontrarían George W. Bush, Hillary Clinton y la reina Isabel II?, como sugiere el teórico de las conspiraciones David Icke. Un escéptico clásico se preguntaría; ¿por qué tales proposiciones han de ser ciertas? Ahora, el clima de duda hace que la pregunta se invierta a menudo: ¿por qué no van a ser verdad?

Irónicamente, todos estos intentos de captar la verdad mediante innumerables teorías de la conspiración lo único que hacen es crear una inseguridad epistemológica, que ha aumentado, en primer lugar, la cultura de las conspiraciones.

La aparición de versiones contradictorias que compiten entre sí y que se superponen (en parte) y que aspiran a dar a conocer la verdad, aumenta las dificultades de los ciudadanos para distinguir un hecho de la ficción, las evidencias reales de los falsos testimonios, de modo que descubrir la verdad debajo de tan cúmulo de interpretaciones y el laberinto babilónico que se forma, es casi imposible. La inseguridad epistemológica en la sociedad contemporánea es a la vez la causa y la consecuencia de la proliferación de la cultura de la conspiración.

¿Qué es real? Inseguridad ontológica y cultura conspirativa

The Matrix está en todas partes, está alrededor de nosotros, incluso en esta sala. Puedes verla al mirar por la ventana o en el televisor. Puedes verla cuando vas al trabajo, o vas a la Iglesia o pagas los impuestos. Es el mundo, que ha sido extirpado ante tus ojos para que no conozcas la verdad…

¿Cuál es la verdad?

Que eres un esclavo.

(The Matrix, dirigida por Wachowski y Wachowski, 1999).

Nada es lo que parece” es una expresión muy común en la cultura de las conspiraciones. La realidad es siempre una realidad organizada que oculta la verdad, y aquellos agentes que de facto controlan nuestras vidas no los reconocemos como tales. En la película The Matrix, un hacker llamado Neo descubre que la realidad tal y como la experimentamos es una ilusión, literalmente una realidad virtual implantada en nuestros cerebros por unos perversos e inteligentes ordenadores. Habiendo conocido esta terrible verdad, Neo se propone liberar a la humanidad de estado de alienación virtual.

Este ejemplo sugiere que la inseguridad ontológica está en el centro de la cultura de las conspiraciones. Presenta la tecnología digital, pero también podría ser una historia paranoica sobre el Estado, las multinacionales, la burocracia y los medios de comunicación que ponen en escena una falsa realidad.

La tradición, argumenta Anthony Giddens, proporcionaba un sentido estable de la realidad, ya que “el mundo es como es porque es como debe ser” (1992: 48). En la sociedad moderna, esta seguridad ontológica está amenazada por el surgimiento y la proliferación de sistemas sociales racionalizados. Karl Marx (1998 [1932]) ya señaló que el capitalismo moderno había alienado a los trabajadores de los productos, del proceso productivo y sus compañeros de trabajo. Emile Durkheim (2002 [1897]), a su vez, lamentó el aumento de los estados-nación, que minaban las cohesión social y provocaban sentimientos de anomia. Max Weber (1996 [1930]), que desarrolló una perspectiva amplia, histórica y sociológica: la erosión de la tradición y el aumento del dominio institucional desde el siglo XVI, argumentaba que se trataba de “un pacto fáustico”. Quizás sea la forma más eficaz de Gobierno de la historia, pero desde un punto de vista humanista, la proliferación de la burocracia, la Ciencia, las Economía y la Tecnología, se vuelve irracional. Una vez que se institucionalizan, Weber señala que estos subsistemas obedecen a sus propias leyes racionales y tienen su propia dinámica interna. Debido a esto, los individuos de las sociedades modernas experimentan estos sistemas como unas fuerzas externas autónomas sobre las cuales no tienen ninguna influencia. Básicamente, esta automatización de los sistemas sociales racionalizados es la razón por la que Weber escribió que la sociedad Occidental es una alienante “caja cerrada” (1996 [1930]). Karl Mannheim va más lejos y compara las ansiedades de la humanidad con la de las personas de la era premoderna:

Así como la naturaleza era ininteligible para el hombre primitivo, y que sus más profundos sentimientos de ansiedad surgieron de la inconmensurabilidad de las fuerzas de la naturaleza, así el hombre industrializado tampoco abarca las fuerzas que actúan en el sistema social en el que vive… Se han convertido en una fuente generalizada de temores” (Mannheim, 1946 [1935]: 59).

Las teorías de las conspiraciones son respuestas culturales a estos desarrollos: son estrategias para racionalizar la ansiedad mediante narraciones que tratan de explicar aparentemente lo que parece inexplicable.

Las teorías de las conspiraciones son respuestas culturales

a estos desarrollos: son estrategias para racionalizar

la ansiedad mediante narraciones que tratan de explicar

aparentemente lo que parece inexplicable.

El desarrollo de sistemas sociales cada vez más opacos y autónomos se ha radicalizado durante el último medio siglo. Bajo la influencia de la globalización, los sistemas sociales se han desprendido del tiempo y del espacio y cada vez se presentan como más esquivos (Giddens, 1992). Las burocracias siempre en expansión, para ofrecer un ejemplo, a veces se califican como una “racionalización enloquecida” (Melley, 2000: 49), lo que nos lleva a la pregunta: “¿quién manda realmente?” (Por ejemplo, Bauman, 1987). El funcionamiento globalizado de la economía, por dar otro ejemplo, no puede ser analizado simplemente en términos de causa y efecto, y mucho menos hacer pronósticos, ya que un acontecimiento local tiene una influencia en todo el mundo. La tecnología digital, para dar un ejemplo final, es considerada por muchos como algo “fuera de control” (Kelly, 1994), “inquietantemente viva” (Haraway, 2001 [1985]), “no transparente” y “en sentido estricto, irrepresentable” (Žižek, 2001 [1996]: 19), y a veces experimentada como una poderosa “fuerza mágica” (Aupers, 2002).

La omnipresencia de estos sistemas opacos en la vida del individuo moderno no sólo aumenta la inseguridad sobre lo que es real y lo que no lo es, sino que incluso duda sobre la autenticidad de la propia conciencia subjetiva. Los medios de comunicación juegan un papel destacado en todo esto: la televisión, el cine y la publicidad ya no se entienden en términos de representación, sino cada vez más en términos de simulación y manipulación (por ejemplo, Baudrillard, 2000 [1º981]). Sobre la “Industria de la cultura”, Horkheimer y Adorno argumentaron hace más de medio siglo que “puede hacer lo que quiera con las necesidades de los consumidores, producir, controlar, someter” (2002 [1944]: 115). Irónicamente, tales afirmaciones radicales sobre el control social, desarrolladas en el seno de las Ciencias Sociales, han sido popularizadas hoy en día por los teóricos de las conspiraciones. Melley se refiere a este introspección ontológica de la autoidentidad como “agente del pánico! (2000: 12), ya que nos enreda en preguntas tales como “¿soy yo realmente yo?, ¿o me han lavado el cerebro, adoctrinado o estoy programado por el sistema?, o incluso una desconfianza a lo percibido por los sentidos”, ya que como dice David Icke en su página web: ¿Usted cree que sus ojos ven lo que creen que están viendo? ¡Piense en ello!” (2).

Novelas cyberpunk como Neuromante de William Gibson (1984), o películas de ciencia ficción como Blade Runner (1982), Desafío total (1990), Días extraños (1995) o eXistenZ (1999), ofrecen un panorama de ansiedad similar sobre el yo y los sentidos. Como manifestaciones de la “tecnoparanoia” (Jameson, 1991), estos textos tratan de estados totalitarios que ejercen un control de la mente, implantes de chips digitales en la mente de los consumidores y “falsos recuerdos”. Otras historias que hablan sobre robots, androides y cyborgs representan la vida como un “simulacro” o “hiperrealidad” (Baudrillard, 2000 [1981]) y arguyen sobre un futuro transhumano, postbiológico o postevolutivo (por ejemplo, Dinello, 2005). En la película El show de Truman (dirigida por Peter Weir, 1999), el protagonista descubre que toda su vida, incluyendo su esposas, casa, vecinos y la zona suburbana en la que vive, forman parte de un gigantesco estudio y resulta una actuación en un popular “reality show”, y que ha sido así desde que nació. Curiosamente, la película inspiró a los psiquiatras para nombrar a un nuevo trastorno, “el complejo de Truman”, que consiste en una percepción paranoica que nos hace creer que todo lo que pensamos, vemos, oímos, sentimos y olemos está organizado por los medios de comunicación.

Las teorías sociológicas modernas han recorrido un largo camino en la representación y explicación de todos estos procesos, pero no reconocen ni predicen que los sistemas sociales estimulan la imaginación colectiva e inducen nuevas culturas emergentes. La alienación de los sistemas económicos, burocráticos y tecnológicos, que se aceleran bajo la racionalización y globalización, claramente provoca una inseguridad ontológica (Nada es lo que parece), lo que contribuye a la plausibilidad de las teorías de la conspiración, lo que sucede “realmente” tras los bastidores. Tales teorías, por tanto, operan como “mapas cognitivos” para representar sistemas que se han vuelto demasiado complejos de representar, o incluso “pensar la imposible totalidad del sistema mundial contemporáneo” (Jameson, 1991: 38). En palabras de Craig Calhoum: “La omnipresencia del “sistema” se deja sentir en nuestras vidas… Una visión paranoica del mundo en la que la comprensión sólo se logra por la creencia en una conspiración omnipresente” (1995: 112).

Parte III

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No confiar en nadie: modernización, paranoia y cultura de las conspiraciones (I)

Por Stef Aupers, de la Universidad Erasmus, Holanda, 12 de junio de 2012

Revista Europea de Comunicación

Resumen

Las más populares teorías de las conspiraciones, como las de JFK, los ataques del 11 de septiembre, la muerte de la princesa Diana o la vacunación contra la gripe porcina, se presentan generalmente en las Ciencias Sociales como algo patológico e irracional, y esencialmente antimoderno. En este ensayo se presenta en cambio la cultura de las conspiraciones como una manifestación radical y generalizada de desconfianza, que está inmersa en la lógica cultural de la Modernidad y, en última instancia, producida por los procesos de modernización, y en particular sobre las dudas en torno a la validez de las afirmaciones sobre el conocimiento científico, la inseguridad ontológica de ciertos sistemas sociales como el Estado, las multinacionales y los medios de comunicación, y una implacable “voluntad de creer” en un mundo desencantado, algo ya reconocido por Adorno, Durkheim, Marx y Weber, todo lo cual ha propiciado un giro hacia la cultura de la conspiración en Occidente.

Introducción

La paranoia prospera,

las transmisiones PR se reanudarán,

intentarán controlarnos con las drogas que nos mantienen a todos idiotizados,

esperando que nunca veamos la verdad que hay a nuestro alrededor…

( Musa, “Sublevación”, 2009)

En el año 2009, la propagación de la gripe porcina en varias partes de Europa estuvo acompañada de especulaciones sobre sus causas en los medios de comunicación y se dijo que supuestamente esta epidemia estuvo diseñada en los Estados Unidos para reducir la población mundial e instigar un Nuevo Orden Mundial mediante la administración de una vacuna que contenía sustancias tóxicas o un pequeño chips, que una vez inyectado permitiría el control de los ciudadanos por parte del Estado.

No es el único ejemplo: también son conocidas las teorías conspirativas sobre lo hay que detrás del SIDA, la muerte de la princesa Diana, el asesinato de JFK, sobre Osama Bin Laden, los ataques del 11S y muchos otros acontecimientos que se han convertido en parte de la cultura dominante en los países occidentales. Hoy en día forman parte de una verdadera “cultura de las conspiraciones” (Knight, 2000) o “ cultura de la paranoia” (Melley, 2000).

Tradicionalmente, las Ciencias Sociales han tendido a pasar por alto o condenar moralmente esta cultura de las conspiraciones, realizando una lectura freudiana de tipo “personalidad paranoica” (Hofstadter, 1965 y Pipes, 1997), rechazando de manera inequívoca el “estilo paranoico” de la política estadounidense como una distorsión y una peligrosa empresa [El estilo paranoico en la política estadounidense I, II y III) Así es, Pipes sostiene un “discurso envenenado” que “alienta un vórtice de ilusión y superstición” (1997:173). Una teoría de la conspiración, argumenta Jameson, “es la representación cognitiva de una persona pobre en la era posmoderna en su intento desesperado de representar el… Sistema” (1991:356). Todas estas historias indican un “pánico moral” (Khight, 2000:8) y resulta tentador decir que son, de hecho, teorías de la conspiración sobre teóricos de la conspiración. Sea como sea, debido a su sentido moral obstruyen un estudio empírico desinteresado de las teorías de la conspiración como una cultura por derecho propio. Determinar lo que es “racional” y lo que no lo es, lo que es sano y lo que no lo es, lo que es bueno y lo que es malo, es decir, lo que debe o no debe jugar un papel en el estudio de la cultura (por ejemplo, Weber, 1948 [1919]. En este caso particular, tales condenas de las teorías de las conspiraciones pueden explicarse desde la modernidad. Bajo el estandarte de la objetividad de la Ciencia, pero realmente sometida a la ideología de la era Moderna de la Ilustración (por ejemplo, Toulmin, 1992 [1990]), estos estudios desacreditan las teorías de la conspiración como una anomalía exótica y las describen como una amenaza para la razón y la objetividad. Este panorama que establece rígidas distinciones entre los malos “irracionales” paranoicos y las buena Ciencia “racional” es un excelente ejemplo de “límites en el trabajo profesional” (Locke, 2009:568) en las Ciencias modernas y ejemplifica lo que Bruno Latour (1993 [1991]) llama una “práctica moderna de purificación”: refuerza la “moderna división” entre Ciencia “racional” y sus supuestas contrapartes “irracionales”, minimizado las semejanzas y explotando las diferencias entre ambos discursos.

En este artículo argumento, en cambio, que la cultura de la conspiración no es el antídoto a la Modernidad. Todo lo contrario: es una manifestación radical y generalizada de desconfianza que forma parte de la lógica cultural de la modernidad y está, en última instancia, provocada por los procesos de modernización de la sociedad contemporánea. En particular, demuestro que los medios de comunicación modernos desempeñan un papel crucial en su difusión en Occidente.

Transformación de la paranoia: del exotismo a la normalización

La paranoia ya no es simplemente una etiqueta diagnóstica aplicada por psicólogos y psiquiatras, sino que se ha convertido en un verdadero fenómeno sociológico. Más de la mitad de los ciudadanos estadounidenses, por ejemplo, creen que hubo un encubrimiento oficial o una conspiración en el asesinato de JFK y en los sucesos del 11 de septiembre, y cerca del 80% cree que el Gobierno sabe más sobre los extraterrestres de lo que admite (Knight, 2000:78, 27). Además, las narrativas de las conspiraciones impregnan la cultura popular, instigando así una constante retroalimentación entre realidad y ficción (Barkun, 2003): escándalos políticos reales en los Estados Unidos, como el caso Watergate u operaciones con presupuestos reservados de la CIA, fueron el inicio de un género de thrillers en la década de 1970, como El último testigo (1974), Los tres días del cóndor (1975) o Todos los hombres del Presidente (1976), lo que a su vez incrementó una mayor sensibilidad de las teorías de la conspiración entre la población. Los libros más vendidos y los mayores éxitos de taquilla, como el Código da Vinci y The Matrix, y series populares como 24, Profiler y Expediente X, juegan con que el estado paranoide de la realidad social es una ilusión, una sala de espejos y pantallas de humo construidos para ocultar los poderes secretos que de facto determinan la Historia (por ejemplo, Bell y Bennion-Nixon, 2001; Kellner, 2002).

Esta proliferación de las teorías de la conspiración en Occidente es tanto causa como consecuencia de su normalización en la cultura contemporánea, de modo que la confianza en las autoridades y la creencia en las versiones oficiales de los Estados, los políticos y los medios de comunicación son ahora motivo de desacreditación y un signo de ingenuidad. Conspiraciones ha habido después de todo, y los sucesos de los años 1970 han reforzado la verosimilitud y credibilidad de los teorías más rebuscadas. Pensemos en particular en el Watergate de 1972, que generó una desconfianza generalizada frente a los Gobiernos y plantó las semillas de creciente visión paranoica (por ejemplo, Schudson, 1992). Desde una perspectiva cultural, la teoría de la conspiraciones no puede ser desechada simplemente como algo irracional o ilusorio, ya que está respaldadas por hechos reales y encarna una forma radical de reflexión, crítica y escepticismo (Knight, 2000; Parker, 2001). En Expediente X, que en defensa de la racionalidad de las teorías de la conspiración, se dice: “No importa lo paranoico que seamos, nunca seremos lo suficiente”.

La cultura de las conspiraciones evolucionó de este modo y de ser un fenómeno extraño y anormal pasó a ser algo cotidiano que se ha difundido a través de los medios de comunicación y normalizado, institucionalizado y comercializado (por ejemplo, Birchall, 2002; Goldberg, 2001). Desde una perspectiva histórica, sin embargo, las teorías de la conspiración han formado parte de la Cultura en todas las edades y pueden remontarse, como mínimo, a las Cruzadas Cristianas de la Edad Media y las teorías sobre los judíos y las sociedades secretas de los Templarios, los Rosacruces, los Iluminati y los Francmasones (Pipes, 1997). Lo más importante para nuestra consideración es la afirmación hecha por diferentes estudios de que el discurso de las conspiraciones se ha transformado en las últimas décadas, se ha desplazado desde una sociedad “exterior” de los “Otros” a la paranoia sobre la propia sociedad moderna (por ejemplo, Knight, 2000; Melley, 2000). Las teorías tradicionales de la conspiración, nacidas con anterioridad y en torno a los años 1950, demonizaron a los judíos, musulmanes y comunistas como conspiradores, grupos que amenazaban la sociedad o perturbaban las fronteras entre “nosotros” y “ellos”. Esta forma de paranoia sobre un “Otro” extraño, paradójicamente, reforzó la identidad y proporcionó alguna forma de catarsis cultural. La cultura contemporánea de la conspiración es algo diferente: se trata menos de un chivo expiatorio de un “Otro” real o imaginario y más de una paranoia sobre las instituciones humanas de la sociedad moderna. Ideal y típicamente, esta forma moderna es diametralmente opuesta al tipo tradicional, ya que las teorías hacen referencia a un “enemigo interior” (Golberg, 2001), lo desconocido y las fuerzas malévolas operan dentro de los laboratorios científicos, las Corporaciones, la Política y los Estados. Knight (2000) escribe a este respecto y dice que se ha pasado de una “paranoia segura” a una “paranoia insegura”: “Para la generación posterior a 1960, [la paranoia] se ha convertido más en una expresión de sospecha e incertidumbre inagotables que en una forma dogmática de alarmismo” (2000: 75) y la consideración popular de las conspiraciones se ha transformado de una obsesión por un enemigo inamovible a una sospecha generalizada de fuerzas que conspiran… una versión mucho más insegura de la ansiedad conspiratoria, que se traduce en un retroceso infinito de la sospecha” (2000: 4). Puesto que la verdad resulta reticente en la moderna cultura de las conspiraciones, no es de extrañar que los teóricos que tejen implacablemente nuevas teorías, siempre aparecen historias sobre las posibles conexiones para descubrir esta verdad. Por ejemplo, como nos ofrece Devon Jackson en su Conspiranoia (2000): “Descubre la verdadera historia detrás de la IRS, los Nazis, JFK, Bill Gates, el LSD, el KKK, el complejo militar-industrial, el FBI… los Teletubbies, la NASA, la enfermedad de las vacas locas, Jerry García, y cómo todo ello está relacionado”.

La cultura contemporánea de la conspiración

es algo diferente: se trata menos de un chivo expiatorio

de un “Otro” real o imaginario y más de una paranoia

sobre las instituciones humanas de la sociedad moderna.

La cuestión sigue siendo cómo puede explicarse la proliferación de este tipo inestable de teorías de la conspiración. En general, se argumenta que estas ideas y conceptos aparentemente antimodernos están provocados particularmente por el descontento cultural de la modernidad, algo que ha sido tratado por los científicos sociales desde la aparición de esta disciplina y que se ha generalizado durante el último medio siglo.

Parte II

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“Niégate a ti mismo”. La impía piedad de Simone Weil

Prólogo a “La persona y lo sagrado

Por Isabel Escudero

Revista Archipiélago, nº43/2000

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Simone Weil participó activamente en la Guerra Civil española, formando parte de la Columna Durruti en el frente de Aragón. “El único icono de la Historia en que un místico lleva un arma”, diría José Jiménez Lozano de una fotografía en la que Weil aparece con el mono y el gorro de los anarquistas y el fusil en bandole­ra.

Cualquier cosa que podamos decir acerca de la obra de Simone Weil nunca podrá acercarse ni a rozar tan siquiera algo de la verdad que su voz singular acertó a formular con tanta piedad como dureza. Es más, corremos el serio peligro de atentar contra la claridad de su palabra. De desactivarla y enmarañar con literatura o con filosofía o con mística lo que de ella brotó como razonamiento desmandado, como una herida nunca cerrada, transida por una suerte de lógica de amor. Como si en ello le fuera la vida.

Bástenos, pues, estas pocas líneas, para hacer notar lo que de verdad aquí y ahora nos importa y que es, en primer lugar, defender su voz desnuda, librarla de interpretaciones, de domesticaciones de toda laña, de una integración en el corpus filosófico y menos aún en el religioso. Desde su desaparición temprana de este mundo esta operación se ha intentado repetidas veces, no tanto por sus detractores como por sus adoradores, y hasta ella misma, con su apasionada erudición, caía también con frecuencia en tributos escolásticos y rendiciones platónicas, la mayoría de las veces movidos por el agradecimiento a los pocos muertos vivos que a través de sus lecturas le habían tocado el corazón. Pero también ella misma, al punto, se desprendía de lo sabido y se alzaba solitaria entre las voces. Su palabra se nos presenta como una voz que predica en el desierto, pero no sólo en el desierto de la realidad histórica e inmediata (compromiso que nunca desatendió) sino en otro desierto más extenso, más inmenso, más seco todavía, el que llega hasta nosotros, hasta nuestra realidad de hoy, de aquí, de ahora mismo, que estamos sufriendo y que se remonta hacia atrás hasta tocar la primera desdicha del mundo.

La táctica primordial para dejarse hablar es, sin duda, el desprendimiento de sí, la renuncia a mi persona siempre sumisa y miedosa. Pero llevar hasta hacer modo de vida las palabras del Verbo, “Niégate a ti mismo”, implica dolor por la constante pérdida, ya que el alma necesita agarrarse a las cosas, la propiedad la tranquiliza. Y sin embargo ese abandono es el gozo de amor donde pérdida es ganancia: “El que quiera ganar su vida la perderá”. La permanente renuncia de Simone a todo lo que le habría procurado de comodidad su constitucional personal abarcaba todas las facetas y las removía sin contemplaciones: renuncia a su condición burguesa, a sus propios orígenes, a su brillante figura intelectual, a la confesionalidad practicante de sus propias creencias o a la de sus antepasados (ni judía ni católica), renuncia al reconfortante amparo de los sacramentos para ir más desnuda hacia el Dios escondido en la verdad de su ausencia… Porque toda verdad que estuviera enmarcada o sometida al carácter de institución o de organización jerárquica le era sospechosa. Se prendía de los misterios que no estuvieran sometidos a mandato ni comercio y sufría de privación de lo que más ansiaba sólo por defenderlo contra los negocios y temores de los hombres.

Pero no era una santa, no se le quiera achacar que fue por ganar su alma o por salvarse por lo que se dejó morir. Su amor por los desdichados, por los que no saben, era un amor físico y palpable, una donación de presencia carnal a su lado, su rezo era acción y su acción era plegaria. Su impía piedad exigía de sí misma y de los otros lo más bueno y hermoso, lo más honrado, y así su ira podía arrojar del templo a los mercaderes. Era notorio el desprecio que sentía hacia la casta intelectual, a la que denominaba traidora, su aversión por los genios protegidos por la fama, por los autores amurallados en sus libros, por los políticos y los jueces envalentonados con sus jergas. Hasta la enfermedad la llevaba su horror por la mentira en cualquiera de sus formas y hasta la muerte su sentido del deber. Si todavía se daban entonces en el estamento intelectual algunos hombres libres, de honrada acción y razón, como Camus (que tanto la estimaba) y otros que también descendieron al campo de batalla, y aun Simone Weil resplandecía entre ellos como una candelita de inteligencia y valor… imaginémosla hoy aquí sola en este páramo de idiotez creciente donde hasta los más espabilados de nuestros filosofantes no dejan de ser más que un coro de listillos agarrados a su Nombre Propio y los dictados del Régimen.

Pero basta de rodeos. Al grano. Hemos seleccionado el texto de Simone Weil, La persona y lo sagrado, que viene a continuación, porque en él quedan planteadas con precisión, y bien prematuramente, algunas de las cuestiones que atañen directamente a términos tan prestigiosos hoy día como Persona, Derecho, Justicia, Democracia, etc. Que ella acertara a denunciar sus trampas ya a principios de los años 40, cuando muchos de estos conceptos aún eran incipientes y por lo tanto todavía esperanzadores y perfectibles, nos pareció un caso insólito de claridad y una advertencia profética que se ha visto desgraciadamente confirmada en la experiencia política personal y social de las tecnodemocracias desarrolladas. Aún no es tarde para aprender algo de la puntal actualidad de estas palabras. Oigámoslas.

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La persona y lo sagrado (fragmento)

Colectividad-Persona-Impersonal- Derecho-Justicia

de Simone Weil

[…]

La ciencia, el arte, la literatura, la filosofía, que tan solo son formas de realización de la persona, constituyen un dominio en el que se llevan a cabo logros espectaculares, gloriosos, que hacen vivir algunos nombres durante miles de años. Pero por encima de ese dominio, separado de él como por un abismo, existe otro en el que están situadas las cosas de primer orden. Esas son esencialmente anónimas.

No sólo la colectividad

es ajena a lo sagrado

sino que desorienta proporcionando

una falsa imitación de ello”

Es puro azar que el nombre de los que allí han penetrado se conserve o se haya perdido; incluso cuando se ha conservado, han entrado en el anonimato. Su persona ha desaparecido.

La verdad y la belleza habitan ese dominio de las cosas impersonales y anónimas. Es él el que es sagrado. El otro no lo es, o si lo es, es solo como podría serlo una mancha de color que, en un cuadro, representara una hostia.

Lo que es sagrado en la ciencia es la verdad. Lo que es sagrado en el arte es la belleza. La verdad y la belleza son impersonales. Todo esto es demasiado evidente.

Si un niño hace una suma, y si se equivoca, el error lleva la marca de su persona. Si procede de manera perfectamente correcta está ausente de toda la operación.

La perfección es impersonal. La persona en nosotros es la parte del error y del pecado en nosotros. Todo el esfuerzo de los místicos se ha dirigido siempre a obtener que deje de existir en su alma alguna parte que diga “yo”.

Pero la parte del alma que dice “nosotros” es aún más peligrosa.

El tránsito a lo impersonal sólo se opera mediante una atención de una cualidad rara y que solo es posible en la soledad. No solo la soledad de hecho, sin la soledad moral. No se lleva a cabo jamás en quien se piensa a sí mismo como miembro de una colectividad, como parte de un “nosotros”.

El hombre precisa

un silencio

cálido, y se le da

un tumulto glacial”

Los hombres en colectividad no tienen acceso a lo impersonal, ni siquiera en sus formas inferiores. Un grupo de seres humanos ni siquiera puede hacer una suma. Una suma se opera en un espíritu que olvida momentáneamente que existe algún otro espíritu.

Lo personal se opone a lo impersonal, pero existe un tránsito de lo uno a lo otro. No hay tránsito de lo colectivo a lo impersonal. Es preciso que primero se disuelva una colectividad en personas separadas para que la entrada a lo impersonal sea posible.

Solamente en este sentido la persona participa algo más de lo sagrado que la colectividad.

No solo la colectividad es ajena a lo sagrado, sino que desorienta proporcionando una falsa imitación.

El error que atribuye a una colectividad un carácter sagrado es idolatría; en cualquier tiempo, en cualquier país, es el crimen más extendido. Aquel a cuyos ojos tan solo cuenta la realización de la persona ha perdido completamente el sentido mismo de lo sagrado. Es difícil saber cuál de los dos errores es el peor. A menudo se combinan en el mismo espíritu en dosis diversas. Peor el segundo error tiene bastante menos energía y duración que el primero.

Desde un punto de vista espiritual, la lucha entre la Alemania de 1940 y la Francia de 1940 era principalmente una lucha no entre la barbarie y la civilización, no entre el mal y el bien, sino entre el primer y segundo error. La victoria del primero no sorprende; el primero es en sí mismo más fuerte.

La subordinación de la persona a la colectividad no es un escándalo; es un hecho del orden de los hechos mecánicos, como la del gramo al kilogramo sobre una balanza. La persona es de hecho mucho más sumisa con la colectividad, incluso en cuanto a lo que se llama su realización.

Por ejemplo, son precisamente los artistas y escritores que están más inclinados a mirar su arte como realización de su persona los que de hecho están más sometidos a los gustos del público. Hugo no encontraba ninguna dificultad en conciliar el culto de sí y el papel de “eco sonoro”. Ejemplos como Wilde, Gide o los surrealistas todavía son más claros. Los científicos situados en ese mismo nivel son asimismo serviles con la moda, es más poderosa sobre la ciencia que sobre la forma de los sombreros. La opinión colectiva de los especialistas es casi soberana sobre cada uno de ellos.

Siendo como es la persona, sumisa de hecho y por la naturaleza de las cosas a lo colectivo, no existe derecho natural con respecto a ella.

Se dice con razón que la antigüedad no tenía noción del respeto debido a la persona. Pensaba con demasiada claridad como para adoptar una concepción tan confusa.

El ser humano no escapa a lo colectivo más que elevándose por encima de lo personal para penetrar en lo impersonal. En ese momento hay algo en él, una parcela de su alma, sobre la que nada de lo colectivo puede ejercer su influencia. Si puede enraizarse en el bien impersonal, es decir, si puede llegar a ser capaz de extraer de ello una energía, entonces todas las veces que piense que es su obligación, podrá dirigir contra cualquier colectividad una fuerza ciertamente pequeña pero real, sin apoyarse en ninguna otra cosa.

Hay ocasiones en las que una fuerza casi infinitesimal es decisiva. Una colectividad es mucho más fuerte que un hombre solo; pero para existir, toda colectividad necesita operaciones, entre las cuales la suma es el ejemplo elemental, que solo se llevan a cabo en un espíritu en estado de soledad.

Esta necesidad hace posible una influencia de lo impersonal sobre lo colectivo, si tan solo se supiera estudiar un método para usarla.

Cada uno de los que han penetrado en el dominio de lo impersonal encuentra allí una responsabilidad respecto a todos los seres humanos. La de proteger en ellos no la persona, sino todo lo que de frágiles posibilidades de tránsito a lo impersonal encierra la persona.

Es a esos, en primer lugar, a los que debe dirigirse la llamada al respeto hacia el carácter sagrado de los seres humanos. Pues para que una llamada tal exista, es preciso que se dirija a seres susceptibles de oírla.

Resulta inútil explicarle a una colectividad que en cada una de las unidades que la componen hay algo que no debe violar. En primer lugar una colectividad no es alguien a no ser por ficción; no tiene existencia a no ser abstracta; hablarle es una operación ficticia. Y después, si fuera alguien, sería alguien que solo estaría dispuesto a respetarse a sí mismo.

Además, el peligro más grande no es la tendencia de lo colectivo a comprimir a la persona, sino la tendencia de la persona a precipitarse, a ahogarse en lo colectivo. O quizá el primer peligro no es sino el aspecto aparente y engañoso del segundo.

Si es inútil decirle a la colectividad que la persona es sagrada, igualmente es inútil decirle a la persona que ella misma es sagrada. No puede creerlo. No se siente sagrada. La causa que impide que la persona se sienta sagrada es que, efectivamente, no lo es.

Si hay seres cuya conciencia ofrece otro testimonio, a quienes su propia persona les da un cierto sentimiento de lo sagrado que creen poder, por generalización, atribuir a cualquier persona, son víctimas de una ilusión doble.

Lo que experimentan no es el sentimiento de lo sagrado auténtico sino esa falsa imitación que produce lo colectivo. Si lo experimentan en cuanto a su propia persona es porque su persona forma parte del prestigio colectivo de la consideración social en la que ella se asienta.

De esta manera, por error, creen poder generalizar. Aun cuando esta generalización errónea proceda de un movimiento generoso, no puede tener bastante virtud como para que a sus ojos la materia humana anónima cese realmente de ser materia humana anónima. Pero es difícil que tengan la ocasión de darse cuenta, pues no mantiene ningún contacto con ella.

En el hombre, la persona es algo desamparado, que tiene frío, que corre buscando refugio y calor.

Eso lo ignoran aquellos para quienes está—o espera estar—cálidamente envuelta de consideración social.

Esa es la razón de que la filosofía personalista haya nacido y se haya extendido no en medios populares sino entre los escritores que, debido a su profesión,  poseen o esperan adquirir un nombre y una reputación.

Las relaciones entre la colectividad y la persona deben ser establecidas con el único objetivo de apartar lo que es susceptible de impedir el crecimiento y la germinación misteriosa de la parte impersonal del alma.

Para ello, es preciso que alrededor de cada persona haya espacio, un grado libre de disposición del tiempo, posibilidades para el tránsito hacia grados de atención cada vez más elevados, soledad, silencio. Igualmente, es preciso que esté en ambiente cálido, para que el desamparo no la constriña a ahogarse en lo colectivo.

Si tal es el bien, parece difícil ir mucho más lejos, en el sentido del mal, de lo que ya ha ido la sociedad moderna, democrática. Sobre todo, una fábrica moderna no está quizá tan lejos del límite del horror. Allí a todo ser humano se le hostiga continuamente, voluntades ajenas lo molestan, y al mismo tiempo el alma está en el frío, el desamparo y el abandono. El hombre precisa un silencio cálido, y se le da un tumulto glacial.

El trabajo físico, aun siendo un esfuerzo, no es por sí mismo una degradación. No es arte; no es ciencia; pero es algo que posee un valor absolutamente igual al del arte y la ciencia. Pues procura una posibilidad igual para acceder a una forma impersonal de la atención.

Sacarle los ojos a Watteau adolescente y obligarle a empujar una rueda de molino no habría sido un crimen más grande que poner a trabajar en cadena o pagarle a destajo a un muchachito que tuviera vocación para este tipo de trabajo. Lo único que sucede es que esta vocación, en contra de la del pintor, no es discernible.

Exactamente en la misma medida que el arte y la ciencia, aunque de manera diferente, el trabajo físico es un cierto contacto con la realidad, con la verdad, la belleza de este universo, y con la sabiduría eterna de su disposición.

Por ello envilecer el trabajo es un sacrilegio, exactamente en el sentido en que pisotear una hostia es un sacrilegio.

Si los que trabajan lo sintieran, si sintieran que, por el hecho de ser víctima, en cierto sentido también son los cómplices, su resistencia tomaría un impulso diferente del que les proporciona el pensamiento de su persona y de su derecho. No sería una reivindicación; sería un alzamiento de todo el ser por completo, feroz y desesperado, como el de una chica a quien se quisiera forzar a entrar en la prostitución; y al mismo tiempo sería un grito de esperanza surgido del fondo del corazón.

Ese sentimiento sí que habita en ellos, pero tan inarticulado que es indiscernible para ellos mismos. Los profesionales de la palabra son bastante incapaces de darle expresión.

Cuando se les habla de su propia suerte, generalmente se elige hablarles de salarios. Ellos, bajo la fatiga que los abruma y que convierte en dolor cualquier esfuerzo de atención, acogen con alivio la fácil claridad de las cifras.

De esta manera olvidan que el objeto con el que se comercia, del que se quejan que se les fuerce a venderlo a la baja, del que se les niega un precio justo, no es sino su alma.

Imaginemos que el diablo está comprando el alma de un desgraciado y que alguien, apiadándose del desgraciado, interviniera en el debate y le dijera al diablo: “Es vergonzoso que usted le ofrezca ese precio; el objeto vale por lo menos el doble”.

Esa farsa siniestra es la que ha representado el movimiento obrero, con sus sindicatos, sus partidos, sus intelectuales de izquierda.

Ese espíritu comercial ya estaba implícito en la noción de derecho que las gentes de 1789 tuvieron la imprudencia de poner en el centro de la llamada que quisieron gritar a la cara del mundo. Era, por adelantado, destruir su virtud.

[…]

Traducción del francés de Maite Larrauri

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El texto completo de La persona y lo sagrado se puede leer aquí

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Entrevista a Rafael Sánchez Ferlosio

«La cultura es un instrumento de control social, el fútbol y las novelas son las más eficaces que tiene ahora mismo el sistema»

Por Juan Fernández

El Periódico

ferlosio

En las últimas cuatro décadas, su nombre se dejó ver poco en los escaparates de ficción de las librerías, pero Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) no paró de escribir en este tiempo. Fundamentalmente, de su pluma salieron opúsculos y artículos en los que sometió a su implacable juicio asuntos tan dispares como la lingüística, la actualidad española o la geopolítica mundial. La editorial Debate lleva ahora a cabo la ímproba misión de reunir todos esos ensayos en una colección cuyo tercer volumen, dedicado a la guerra y los conflictos internacionales, acaba de ver la luz. En ‘Babel contra babel’, el látigo del polemista vuelve a mostrar su nervio, aunque él confiesa sentirse tan alejado de esas cuitas como el habitante de otro planeta. Le entrevistó para El Periódico de Cataluña, Juan Fernández.

***

En 1980, fecha del artículo más antiguo de este libro, en el mundo había una cosa que se llamaba ‘guerra fría’. Hoy esa amenaza no existe, ¿pero diría que vivimos en paz?

Seguimos viviendo en un estado de guerra, ¿es que no lo ve? ¡Los caínes y los abeles están por todos lados! Lo llamativo es que hoy es más difícil que nunca decir quién es Caín y quién es Abel, del lado de quién debemos estar. Pero, además, toda unilateralidad es una regresión al punto cero de la moral: el de buenos y malos.

¿Entonces no hemos avanzado nada?

Ni lo haremos mientras el negocio del armamento siga siendo uno de los más rentables del mundo. Si uno saca un cohete, otro inventa un escudo contra ese cohete, y a continuación aquél saca otro invento contra ese escudo. Y así vamos. La guerra es un motor económico imparable. Aunque prohíban el negocio de las armas, siempre habrá quien las venda a escondidas a alguien, y ese las venderá a otro.

En sus escritos de aquellos años, usted retrataba la guerra casi como un rasgo humano. ¿Sigue pensando que somos presos del instinto de la victoria?

Es que forma parte de nosotros. Los griegos ya lo vieron hace 2.500 años. Ellos hablaban del agón y contaban cómo el Antagonismo conducía irremediablemente a la contienda. Le diría más: la guerra engendró el concepto de la mujer objeto que hoy seguimos arrastrando. Lo puede ver en el rapto de las sabinas, que es un mito originario. Los vencedores se quedaban con las propiedades de los vencidos, que incluían sus riquezas, sus posesiones y sus mujeres, como un objeto más.

Tantos siglos de civilización deberían haber servido para algo.

Deberían, sí, ¿pero quién sabe dónde reside el alma de los humanos, en su humanidad, en su animalidad? No sabemos nada. En la ‘Dialéctica negativa’, de Theodor W. Adorno, hay, sobre esto, una página decisiva, titulada, tal como conviene, entre signos de interrogación: ‘¿Es contingente el antagonismo?’

Me pregunto cómo verá desde aquí algunos conflictos bélicos de los que hablaba en esos artículos. Por ejemplo, la guerra de Irak.

Aquello fue una gran mentira inventada para atacar a un país. Sigo pensando lo mismo.

¿Y Oriente Próximo? ¿Tiene solución?

No, mientras Israel siga siendo el estado número 51 de Estados Unidos.

Usted dedicó muchos ensayos a hablar del Vaticano. ¿Cómo recuerda la figura de Juan Pablo II?

Wojtyla era un caso de vanidad escandalosa. Lo suyo clamaba al cielo, nunca he visto nada igual. Recuerdo el día que reunió a 20.000 mexicanos en Puebla, todos de clase obrera, y les gritó: ‘¡El trabajo no es una maldición, es una bendición!’. ¡Y la gente lo ovacionaba! Ese día le hizo un gran regalo al liberalismo. ¿Cómo qué el trabajo es una bendición? ¿Y en qué quedó la maldición bíblica de: ganarás el pan con el sudor de su frente?

¿Cómo ve al Papa de ahora?

No estoy seguro de que esté a gusto donde está o que acabe dimitiendo. Ratzinger, el anterior, era el más inteligente de los tres. Por algo se fue.

En Estados Unidos va a gobernar Donald Trump. ¿Qué le parece este personaje?

Dice que va a crear trabajo y a poner en marcha la productividad de su país. Fíjese, es un keynesiano. Bueno, también se decía que Keynes se había inspirado en Miguel Primo de Rivera, quien lanzó a la calle un millón de sueldos para recuperar la economía durante su dictadura.

Muchos ven a Trump como una amenaza. ¿Usted qué opina?

Me da miedo que acabe iniciando una guerra contra China. Temo más lo que pueda liar en el Pacífico que en el Atlántico.

¿Le preocupa el futuro que van a encontrar las próximas generaciones?

El mundo camina hacia la destrucción, así que imagínese. El capitalismo es un sistema que lleva la autodestrucción inscrita en su interior. Solo ha de ver cómo está la atmósfera, el aire que respiramos. En la Teoría de Juegos, los de resultado cero son aquéllos en los que todo lo que se gana por un lado se pierde por el otro. El capitalismo pertenece a este tipo, es un ejemplo de juego de resultado cero. Si sigue extendiéndose, su final es la autodestrucción, volver al cero.

¿Es evitable ese destino?

Me hace usted preguntas que no sé responder, lo siento

¿Sigue al día la actualidad?

Lo justo. Continúo leyendo periódicos, pero no como antes. Ahora me veo obligado a leer con una lupa de 80 dioptrías y tardo mucho, así que solo miro los titulares y algunas noticas. Antes leía seis periódicos al día. Ahora, en casa entran dos o tres, como mucho.

¿Se maneja en internet?

No, yo aparatos tecnológicos no uso. Llevo siempre un teléfono móvil colgado de mi cuello por si me llama la familia, pero nada más.

¿Y la literatura, la frecuenta?

La cultura es un instrumento de control social. Hoy, sus máximas expresiones son el deporte, el cine y la novela. El fútbol y las novelas son las formas de control social más eficaces que tiene ahora mismo el sistema. Hace mucho que no leo novelas. No me interesan, no veo calidad en ellas, es imposible volver a encontrar a un Kafka.

Entiendo que tampoco va mucho al cine.

Hace más de 30 años que no piso una sala. El cine dio todo lo que podía dar de sí en el pasado y ahora es imposible ver una película de calidad. Desde ‘Tiempos Modernos’ de Charlot, creo que no se ha vuelto a hacer una película igual. A veces intento ver alguna en la tele, pero no aguanto, sus argumentos son insoportables, pura ponzoña.

¿Son síntomas de los tiempos que corren?

No sé si son síntomas de los tiempos, o son los tiempos los que responden a estos ‘síntomas’. Más bien, creo que son los síntomas son los que mandan, los que definen el tiempo.

En diciembre cumplirá 90 años. ¿Cómo afronta esa cifra?

Con normalidad, es solo una cifra, a ver si llego a ella, aunque a veces dudo si no convendría irse uno antes.

¿Qué le ilusiona ahora mismo?

¿Ilusionarme? Nada en absoluto. Todo es aburrimiento y vergüenza.

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No se puede escribir en Estados Unidos

Por Andre Vltchek, 19 de junio de 2015

Dissident Voice

MOCA_bandera

Imagen: Feel The Flag: Bennett Simpson on William Pope.L: Trinket

En el Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles (MOCA), ondea una gigantesca bandera con los bordes rasgados bajo el viento creado por unas enormes hélices.

No vi ningún visitante en la exposición. Durante un tiempo pensé que todo este enorme espacio estaba vacío, sin nadie. Pero pronto me di cuenta de la presencia de dos figuras con sus vestidos negros deshilachados, que se movían lentamente, pasaron por los estantes de la derecha, cerca del lugar donde alguien había puesto un pequeño cartel en la pared que decía “No puedo respirar”.

Pensé que se trataba de una actuación, una acción desesperada de protesta de un hombre y una mujer contra esa gigantesca bandera carnívora que todo lo devora.

No puedo respirar”, gritó el hombre antes de morir, antes de ser asesinado por el Régimen.

No puedo escribir”, pensé yo, que para mí es casi lo mismo que no poder respirar.

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Ha sido la primera vez en muchos años que durante varias semanas no he podido escribir mis columnas, ni avanzar en mis ensayos.

Cuando fui arrestado en la República Democrática del Congo, en Kenia o en Senegal, pude seguir escribiendo, a pesar de todo.

También me las arreglé para escribir después de que un predicador desquiciado y fascista tratase de envenenarme en un hotel de la ciudad indonesia de Surabaya.

He escrito en los lugares más inverosímiles, en zonas de guerra o en ruinosos tugurios, desde Irak a Mindanao, desde Haití a las Islas Marshall.

Pero no podía escribir en Estados Unidos de América. Ni una sola línea, ni una sola palabra. Esta vez, no.

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Hablé. Me invitaron a hablar y di algunas conferencias en el sur de California, y participé en reuniones de la oposición en Monterey, San José y Fresno.

Me pidieron que hablara de mi libro de 1.000 páginas, Destapando las mentiras del Imperio, que está teniendo un enorme éxito de ventas, en el que defino mi postura contra el Imperio, mostrando los horrores que ha estado cometiendo en todo el mundo.

Mostré documentales, y extractos de otros, rodados en África: en Ruanda y el Congo, en los campos de refugiados de somalíes, y de los terribles barrios bajos de Nairobi.

Me pidieron que mostrase todo esto y mucho más, pero al final un hombre se puso de pie y me preguntó: ¿Por qué nos enseñas a nosotros todo esto?

Porque nuestro país está asesinando a millones de personas, en este mismo momento”, le contesté.

¿Qué quieres que hagamos?, me preguntó de nuevo con aquella voz fría.

Al decir esto,  todavía me estaba recuperando del fatigoso vuelo de 48 horas desde Sudáfrica, y  acababa de llegar a California el día anterior a la presentación. En Sudáfrica me encontraba  entre compañeros. Allí todo es diferente: hay una lucha por conseguir un mundo mejor, la gente pobre se enfrenta y presiona a su Gobierno, en la UNISA ( la Universidad de Sudáfrica) los estudiantes están profundamente involucrados. Allí hablé en el 14º Simposio Internacional de las Aportaciones de la Psicología a la Paz. Allí hablé y hablé, luché y luché, me involucré en las negociaciones y ayudé en dar forma a los conceptos: de cómo se podría avanzarse hacia la paz y la justicia y de cómo no puede haber progreso en ninguna parte del planeta si no se hace frente al Imperialismo occidental y al fascismo.

Aquí, en California, todo es distinto. En California me he quedado solo, frente a las caras impasibles de una multitud autosuficiente, una multitud convencida de su superioridad, incluso cuando son benévolos y medianamente críticos con diversas acciones criminales cometidas por su país en innumerables partes del mundo.

No nos están diciendo la verdad”, oí que la gente repetía en varias ocasiones.

Los ciudadanos del Imperio están deseosos de describirse a sí mismos como víctimas. ¿No es el mismo espectáculo que en la Alemania nazi en la década de 1930? ¡Lo más probable es que sí! “Derrotada Alemania, se vio sometida a la hiperinflación, tuvo que ser rescatada, por lo tanto era una víctima!” Se sintió víctima de los bolcheviques, de los judíos y de los franceses, y de los gitanos… Estados Unidos no ha sido derrotado en el exterior, sino dentro de su propio país. Son dos configuraciones diferentes. Sin embargo, existen similitudes, sobre todo cómo dos imperios han tratado a las “no-personas”.

¿Cree usted que es la culpa es colectiva, que la responsabilidad es de todos?”, alguien me retó desde el público.

Por supuesto”, grité en contestación. “La responsabilidad y la culpabilidad es de Occidente, de la raza blanca, del Cristianismo, del Imperio. Una responsabilidad colectiva, y suya es la culpa por los cientos de millones de víctimas definidas como no-personas. Víctimas gaseadas, bombardeadas, muertas de hambre, mutiladas… una culpa colectiva y responsabilidad por las violaciones de la voluntad de miles de millones de personas en África, América Latina, Oriente Medio, Asia y Oceanía. ¡Una culpa colectiva y responsabilidad del actual apartheid mundial en curso!”.

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No sentí ningún apremio en las personas del sur de California, ni en la de Fresno, Monterey o San José. La vida pasa. Su vida… sobre otras vidas, de las que nada saben. En realidad, no saben nada.

Algunas veces protestan, para sentirse bien consigo mismos.

Yo estaba dando discursos, haciendo presentaciones, dando charlas sobre lo que vi en África y Oriente Medio: guerras perpetuas, destrucción de naciones enteras, millones de cadáveres acumulados unos encima de otros. Les ofrecí ejemplos y les mostré imágenes. Hice un análisis en profundidad sobre cómo Occidente se está convirtiendo en antagonista de China y Rusia.

En un momento dado comencé a hablar, con pasión, de las revoluciones en América Latina: de la poesía y la música, de la quijotesca belleza de una rebelión. Hablé de poetas como Neruda, Octavio Paz, Cardenal y Parra. Traté de encender a la multitud. Pero entonces, de repente, sentí que algo iba mal… un silencio de muerte. Miré delante de mí: la mayor parte de las personas que formaban parte de la multitud eran mujeres de más de 80 años de edad, algunas en sillas de ruedas, varias de ellas dormidas.

Los jóvenes de por aquí están ensimismados. No es fácil que se muevan…”, me dijeron.

Día tras día me cuestiono lo que estoy haciendo aquí, en el centro de un país que es responsable de terribles asesinatos en todo el mundo. Esto se está convirtiendo en una locura, con editores de una pseudoizquierda, publicaciones eurocéntricas, tanto de América del Norte como de Europa, que predican que la gente en España, en Grecia y en Estados Unidos sufre tanto como millones de no-personas en todo el mundo. Como si todos ellos no hubieran disfrutado de enormes privilegios a costa de la vida y la sangre de los africanos, los asiáticos y las gentes de Oriente Medio. ¡No, todavía sabía lo que estaba pasando! Todavía sabía quiénes han sido las verdaderas víctimas. ¡Tengo ganas de irme, lo más pronto que pueda!

Aquí, todo se convierte en algo insípido, el sentirse bien como algo anodino. Movimientos por la paz… ¡Ni negros, ni asiáticos, ni hispanos! No les preocupa nada de esto. Esto no es para ellos.

La gente que acudía a estas charlas realmente no quiere cambios, eso estaba claro. Tampoco querían saber. La información se ha podido consultar en muchos sitios, en RT, en CounterPunch, en otros muchos lugares, en realidad no había lugar donde no se pudiera ver. Pero saber significa que uno ya no puede esconderse tras la ignorancia; sabe lo que significaría estar obligado a actuar.

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Casi no quedan revolucionarios en Estados Unidos o en Europa, sólo masas moralmente difuntas, individuos sin emociones, falsos, egoístas asustados de perder sus privilegios. ¡ Al menos, los de derechas, son honestos en esto!

El Régimen saca partido al máximo de esta situación. Se alimenta y así mantiene el estado de cosas. Los Gobernantes y las masas hipócritas y egoístas son interdependientes: empujan en la misma dirección. Esta es la razón por la que no se rechazan con energía los partidos fascistas: casi todo el mundo en Estados Unidos y Europa quiere que continúe la explotación y la violación del resto del mundo.

¿Alguien cree realmente que esos manifestantes en España o Grecia están luchando en una batalla internacionalista, una batalla por la humanidad entera? ¿O no quieren simplemente que les devuelvan los privilegios sociales y económicos que les quitaron? Estos privilegios se mantuvieron hasta hace una década o dos, privilegios en forma de subvenciones y subsidios, mientras que millones de no-personas de todo el mundo estaban siendo saqueadas y ofreciéndose en sacrificio, gracias a lo cual sus compañeros perezosos de Europa o Estados Unidos podían mantener sus altos estándares de vida, porque nacieron blancos y en el lugar adecuado.

La Izquierda ha sido derrotada tanto en América del Norte como en Europa. Ha perdido vergonzosamente. Pero sigue siendo arrogante y se atreve a dar consejos a países como China o Rusia, con ese aire occidental de cristiana superioridad, se atreven a decir si China y Sudáfrica son o no socialistas o comunistas, o usan esa estúpida consigna de propaganda occidental: “más capitalistas que el propio Occidente”.

Durante mi estancia de dos semanas en California no vi ningún tipo de remordimiento. Cuando expliqué y dije que millones de personas están siendo asesinadas por el Imperialismo occidental, sabía que la gente diría “¡Qué terrible!”, porque sé a lo que hemos sido entrenados para decir. Pero no hay ninguna voluntad de cambiar las cosas, no hay un sentimiento verdadero.

Dondequiera que fuera, me sentí siempre fuera de lugar, sin encajar. Me dijeron que no mostrase imágenes demasiado impactantes, ya que la gente estaba “muy sensible”. Con el tiempo he decidido no mostrar ninguna imagen. Se entiende que debo ser educado. Todo lo que quería era lanzar a los rostros de aquellos hombres y mujeres autosuficientes las consecuencias de una tradición cristiana atroz, de que hicieran algo positivo, aunque ignoren todo el mal, con la finalidad de que obtengan algo de crédito de cara a la supuesta eternidad.

No dejaba de oír clichés sobre la Paz y la Democracia. Algunos querían justicia y el fin de las guerras, pero aferrándose desesperadamente a los símbolos del Imperio, el legado de sus antiguos colaboradores, como Vaclav Havel, Juan Pablo II, el Dalai Lama y la Madre Teresa…

No podía respirar. He perdido la capacidad de escribir. Sentí una enorme rabia dentro de mí. El enojo era tal que casi me estrangulaba. Una ira malsana, mezclada con frustración. No era una ira sagrada, la que uno siente en una batalla contra un gran mal. Todo aquella era algo indescriptible y patético. Me estaba rompiendo, literalmente, me sentía humillado.

Odio las peleas, y tuvo que participar en una de ellas.

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Traté de ver la realidad con otros ojos, pero siempre que miré me vi solo, en un país y una cultura tristes y disfuncionales, que se derrumban.

Conduje por autopistas llenas de parches y baches. Un sistema ferroviario primitivo. Me encontré con personas que en absoluto estaban interesadas en trabajar o mejorar su país. Sólo vi individualismo y egoísmo. Vi gente disgustada, pero fingen que están preocupados, por cortesía.

Pero esta falsa situación y el odio continuarán.

He visto un país donde los instintos humanos básicos y los valores positivos ya han sido arramblados.

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Vivir en una sociedad así es humillante. Fui a enviar un paquete. En la oficina de correos de Clermont me hicieron embalarlo tres veces, porque decía que yo no llevaba la caja adecuada, y tampoco se molestó en decirme cuál era. En la estación de tren, una mujer que golpeaba su teléfono inteligente, me dijo que allí no se vendían billetes. Así que tuve que salir, pese al enorme calor, y tratar de comprar uno en la máquina expendedora. Apenas se veía, el sol era implacable. Así que volví y le pregunté de nuevo. “Llame usted a la compañía ferroviaria y quéjese”, me dijo. “¿Puedo comprar el billete a bordo?” “No”, me contestó. “Y si usted va sin billete tenga en cuenta que puede ser arrestado”.

Todo empezó cuando llegué. Después de mi viaje de 48 horas desde Sudáfrica hasta el sur de California, las películas y los libros que llevaba para la conferencia no aparecían en el aeropuerto. Después tomé un taxi, pero nadie sabia con certeza a qué lugar tenía que ir. Estuve esperando en la calle durante más de una hora. Unos días más tarde, en otro lugar, la persona que supuestamente me tenía que acompañar apareció con dos horas de retraso. Cuando se lo comenté me empezó a gritar: “¡No querrá ir andando!

No espero mucho de las personas que viven en un país que asesinan a millones de otras personas, pero la arrogancia que encontré me pareció alucinante. No sólo era la arrogancia del personal de seguridad del aeropuerto, sino la misma arrogancia de los ciudadanos de a pie.

También aprecié una increíble falta de disciplina. En China, en la India, en Vietnam, muchos serían despedidos si adoptasen esa actitud de los empleados estadounidenses. He oído muchas veces eso de “no quiero acabar trabajando como un asiático”. “Genial”, le diría. “Muy bien. Entonces querrá que otros hagan el trabajo por usted, o morir de tedio por su ineficiencia”. ¡Vaya disposición!

Luego emprendí viaje hacia Ecuador, y antes indiqué cuidadosamente cuál era el equipaje y su destino final. La empleada de Delta no tenía ni idea de dónde estaba Quito, y a las 5:20 horas de la mañana no estaba dispuesta a aprenderlo. Facturó mi equipaje sólo hasta México, y cuando protesté ( pues si no tendría que arrastrar mi maleta por la aduana mexicana y tendría que volver a empezar), me empezó a recitar una serie de reglas que se inventó en ese mismo momento. Insistí. Llamó al supervisor. Le dije que el equipaje tenía que viajar hasta Quito. Pero no tenía ni idea de cómo hacerlo. ¿Se disculparon? De ninguna manera. En absoluto, cuanto más insistí, más empecinada se mostraba ella.

Es evidente que el Imperio ha aprendido a asesinar a personas a larga distancia y cómo controlarlas desde lugares remotos.

Los ciudadanos del Imperio se quejan de que han perdido sus privilegios. Bueno, la mayoría los están perdiendo, pero ni siquiera se han enterado todavía. Ningún país fuera de la esfera occidental podría sobrevivir con semejante ética del trabajo, un trabajo tan mal hecho.

En Occidente, ser de Izquierdas significa exigir mayores privilegios y beneficios para los occidentales, por lo tanto, mayor explotación para los trabajadores esclavos del extranjero.

Para nosotros, la izquierda significa internacionalismo.

Son dos visiones antagónicas, una cuestión nada baladí. Los objetivos de la Izquierda en Ecuador o Venezuela se resentirán si la Izquierda gana en Occidente.

¡El colonialismo no ha muerto!

El Apartheid todavía no ha sido desmantelado; se ha extendido por todo el mundo.

La esclavitud ha sido rebautizada, pero continúa.

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Durante esas dos semanas conocí a algunos de los más destacados pensadores estadounidenses: Michael Parenti y John Cobb. Hace algún tiempo trabajo en dos libros con Michael, pero éste es nuestro primer encuentro cara a cara. Discutí sobre el Cristianismo con John Cobb, tratando de definir las atrocidades que se cometen en nombre de la Cruz. Fue una discusión profunda, filosófica, y vamos a reflejarla en un libro, pronto.

También pasé una noche maravillosa en Los Ángeles con el editor de CounterPunch Joshua Frank y su esposa Chelsea, ambos muy brillantes y de buen corazón. Fue divertido hablar con ellos.

He trabajado con el activista Dan Yaseen y su compañera Camille.

Sí, hay personas brillantes y buenas que viven en Estados Unidos. Pero incluso ellos admiten que se trata de un muy pequeño número de personas para el tamaño del país, demasiado pocos como para detener los crímenes que el Imperio está cometiendo.

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Me quedé muy sorprendido por el estado en el que he encontrado a Estados Unidos.

Me fui de este país hace muchos años. Salí de Nueva York hace más de una década, del que fue mi hogar. Nunca he vuelto, excepto para presentar mis libros y documentales, y ver a mis amigos. Nunca he permanecido mucho tiempo. Dos semanas en esta ocasión ha sido el período más largo de estancia en estos años.

Esta visita me ha destrozado por completo. Me ha agotado y me ha deprimido.

He visto una grotesca pseudomoralidad, repugnantes conceptos religiosos, hipocresía, naciones enteras arruinadas, Estados cliente, por todo el mundo, sobre todo en Asia y África.

Sí, creo que la culpa es colectiva. Teniendo la nacionalidad estadounidense, también comparto ese sentimiento de culpa. Y por ese motivo trabajo sin parar, no para lavar mis manos, sino para detener esta locura.

Estoy convencido de que Occidente, la raza blanca y sus lacayos del extranjero, no tienen derecho a gobernar el mundo. He visto lo suficiente como respaldar esta convicción mía.

Occidente está muerto. Lo que queda es poco atrayente, incluso aterrador. No hay corazón, ni compasión, ni creatividad. Millones de personas de más allá de las fronteras de Occidente no debieran estar muriendo, mientras que se les obliga a apoyar el agresivo individualismo de la era post-Cristiana, el colonialismo de la post-Cruzada y el fascismo de Europa y Estados Unidos.

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Durante estas dos terribles semanas mi capacidad de escribir se desmoronó, pero sólo hasta el momento en el que el tren de aterrizaje del avión, que se dirigía hacia el sur, hacia América Latina, se separó de la pista de aterrizaje del aeropuerto de Salt Lake City.

Después de todo esto, todo se tornó más normal. Los motores rugieron, abrí mi ordenador, y comencé a escribir de nuevo. Cuando aterricé en la Ciudad de México, la mitad de este artículo ya estaba escrito. Y en Quito, rodeado de calidez, de la amabilidad de la gente de allí, sobre todo de los indígenas, me sentí feliz, fuerte y vivo una vez más. Empecé a escribir, tuve la oportunidad de escribir. Por tanto, sobrevivo. Mi pesadilla había terminado.

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André Vltchek es novelista, cineasta y periodista investigador. Ha cubierto varias guerras y conflictos en varios países. Su Point of No Return se ha reeditado recientemente. Oceanía es un libro sobre el Imperialismo Occidental en el Pacífico Sur. También ha escrito un polémico libro sobre la era post-Suharto y el fundamentalismo de mercado: Indonesia: The Archipelago of Fear. También ha rodado documentales sobre Rwanda y el Congo. Ha vivido varios años en América Latina y en Oceanía; Vltchek reside actualmente en Asia Oriental y en África. Puede visitar su sitio web

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Procedencia del artículo:

http://dissidentvoice.org/2015/06/what-cannot-be-written-in-the-usa/#more-58833

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¿Son las adolescentes una especie en extinción?

por Rachel Gardiner, 8 de mayo de 2015

Dissident Voice

Barbie

Imagínese esta situación: su hija hojea la última revista para adolescentes y observa las fotos de las celebridades, Victoria Beckham, Lindsay Lohan, etc, que por lo general tienen un índice de masa corporal que rivalizaría con la de un niño que sufre desnutrición. Entonces se para, mira más detenidamente y dice: “Por dios, me gustaría tener una figura como esta”.

Recuerdo cuando mi hija de siete años (a la que llamábamos Willow the Wisp) intentaba agarrarse su pequeña barriga mientras se miraba en el espejo y decía que estaba demasiado gorda. Le dije entonces que no fuese tan tonta y cambiamos de tema. Ustedes pueden pensar que quizás debería haber tenido una charla más en profundidad con ella, pero era mucho más feliz si le sugería que pintásemos un cuadro que si le soltaba un sermón sobre los peligros del adelgazamiento.

¿Cuál es mi punto de vista? Los niños deben ser niños, y crecer hacia lo alto y hacia lo ancho. Sus cuerpos deben encontrar su forma natural sin preocuparse por los excesos de carne aquí o allá.

Un amigo me decía hace poco que su hija, que también tiene siete años, ya se preocupa por las grasas y los azúcares presentes en todo lo que consume y tiene una obsesión enfermiza por la limpieza de los dientes. ¿De dónde le viene semejante paranoia? Seguramente los niños tienen mejores cosas de que discutir en el patio del recreo que de las calorías que consumen o no. ¿Qué ha pasado para que se produzca este cambio?

Estoy pensando que algo va muy mal en nuestra sociedad. Si tales signos de obsesión, que antes sólo se mostraban en una minoría, ahora se está convirtiendo en la norma y cada vez esta enfermedad prolifera más entre los jóvenes.

Cuando más delgado mejor, es lo que está a la orden del día, y por desgracia hay muchas chicas jóvenes que están dispuestas a hacer lo que sea para conseguirlo, incluso morir de hambre para emular a sus estrellas favoritas. No se dan cuenta de que todo es falso: las retocadas caras sonrientes de las portadas de las revistas mostrando lo felices que son. Pero esto está lejos de la verdad, y por muy blancos que tengan los dientes no pueden ocultar sus infelicidades.

Sin duda, los editores de las revistas para adolescentes y de chismes en general, debieran tener un especial cuidado sobre lo que muestran en sus páginas, pues va dirigido a jóvenes que son muy influenciables. Usted incluso puede encontrar estas imágenes en las revistas de la salta de espera de la consulta del médico. Resulta irónico cuando se piensa que la mayoría de las estrellas, que tienen menos carne que el hueso de un perro, probablemente terminarán estando expuesta por lo mismo por lo que ahora están siendo ensalzadas.

Los trastornos alimenticios no son, como muchos piensan, algo que sólo tenga que ver con la comida y no con nuestros sentimientos. Si esta enfermedad deriva de las emociones en lugar de la propia condición física, entonces las glamurosas modelos superdelgadas son simplemente la gota que colma el vaso, y toda la crítica de los medios de comunicación ante la brigada de la talla cero no sería más que el catalizador para conseguir una persona infeliz, más que la causa directa de un trastorno alimentario.

Algunas quizás digan que somos una sociedad que echa la culpa a otros y no asume las responsabilidades propias o las de nuestros hijos.

Sin embargo, existe un amplio mercado muy rentable de famosos y mentiras. Otra cosa sería si las publicaciones y los medios de comunicación reconociesen de los daños que a la larga se pueden hacer en nuestros jóvenes por presentarles estas imágenes pocos realistas, insalubres e inalcanzables. ¿Pero quizás el dinero anule estos principios morales y también haya una necesidad de la gente para girar en torno a estas imágenes como lo hacen los buitres?

Una cosa queda por ver: si las futuras generaciones de mujeres siguen esta moda y pasan la mayor parte de sus años fértiles destruyendo sus cuerpos, quizás las niñas de hoy no puedan tener los niños del mañana.

Un titular impactante: “¿Una raza en extinción?”.

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Rachel Gardiner tiene cuatro hijos. Escribe de forma prolífica desde hace un par de años y ya trabaja en su primera novela. Tiene su propio sitio web Blossom Poetry.

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Procedencia del artículo:

http://dissidentvoice.org/2015/05/are-the-teens-of-today-a-dying-breed/

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Don Quijote, Charlie Hebdo y política de la risa

De la sátira a regodearse de las desgracias de los demás

por Paul Michael Johnson, 29 de abril de 2015

Dissident Voice

Quijote

Este año 2015 se celebra el 400 aniversario de la publicación de la segunda parte de la primera novela humorística del mundo Occidental, Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. La primera parte de esta irreverente obra se publicó en Madrid en 1605, dándonos a conocer a los personajes Don Quijote y Sancho Panza, y su secuela definitiva de 1615 amplió la andanzas del caballero andante, cayendo en las chanzas y desgracias sufridas a manos de unos paisanos españoles ávidos de bromas. Sin duda la calidad humorística de estas bromas y desgracias son las responsables de su gran éxito y reconocimiento mundial. Siglos más tarde, Vladimir Nabokov diría que la historia de Don Quijote es de una indecible crueldad. Estas reacciones opuestas marcan una separación que a menudo divide a los estudiosos de Cervantes, estableciendo dos enfoques distintos de la novela: por un lado se interpreta en consonancia con un propósito de entretenimiento y sacar una risa al lector; por el otro, más romántico, sostiene una visión más ardua, que va de lo trágico a lo político, cultural, e incluso ético.

Si bien estos dos puntos de vista se han exagerado a menudo, esto nos pone sobre aviso de las distintas tendencias de los géneros de la comedia, como la parodia, lo burlesco y la sátira, y las reacciones diametralmente opuestas en los lectores. Recuerdo este hecho por el anuncio de principios de esta semana de que la revista satírica francesa Charlie Hebdo recibirá el preciado premio PEN/Toni y James C. Goodale el Premio Coraje a la Libertad de Expresión. Desde entonces, varios escritores se han manifestado a favor del ganador del premio, en particular Salman Rushdie, un admirador declarado de la novela de Cervantes, mientras que otros han expresado su consternación por la decisión tomada por la organización literaria y de derechos humanos, algunos de los cuales han prometido que no asistirán a la entrega de los premios la próxima semana en la gala del PEN American Center, en señal de protesta. Esta polémica ha vuelto a abrir el debate que surgió a raíz de la trágica muerte de doce personas en la sede de Charlie Hebdo a principios de este año, incluyendo temas como el terrorismo, la seguridad, la inmigración, los límites de la libertad de expresión, y la delgada línea entre civismo y censura, que a menudo es desafiada por la sátira.

Menos exploradas has sido las motivaciones subyacentes de la risa, motivadas o no por esta sátira, especialmente en la variedad en la que está especializada la revista Charlie Hebdo. Pues bien, aquí es donde la novela de Cervantes nos puede echar una mano. Algunos de los episodios más emblemáticos, y en gran medida satíricos, de la segunda parte del Quijote tienen lugar en compañía de los duques, personajes de la alta nobleza que con impaciencia llevan a cabo una serie de elaboradas bromas para proporcionar risas y distracción al séquito de cortesanos. Una de estas bromas recae sobre Sancho, que es nombrado gobernador de una ínsula con el fin de que respondiese con ingenio a las preguntas que le hicieran los campesinos y resto de gentes.

Para sorpresa de los duques, Sancho destaca por su prudencia, discreción y equidad, quitándoles a los burladores la oportunidad de reírse del mal ajeno, mientras se realiza sutilmente una crítica a la hipocresía, la crueldad y la ineptitud de la clase aristocrática española del siglo XVII, que estaba dispuesta a reírse en cualquier momento, sobre todo de los más débiles. El placer humorístico que buscan tanto el duque como la duquesa ejemplifica lo que se conoce como Teoría de la superioridad de la risa, un paradigma filosófico predominante desde la Antigua Grecia hasta la Ilustración. Como describe Thomas Hobbes: “la pasión de reír no es otra cosa que un sentimiento repentino de triunfo que nace de la concepción súbita de cierta superioridad en nosotros, por comparación con la inferioridad de otros”.

Pero no es el único tipo de risa representada en el Quijote. Poco después de renunciar a su cargo de Gobernador, Sancho se encuentra con Ricote, un morisco de su pueblo natal que ha regresado a España en busca del patrimonio familiar que se vio obligado a dejar atrás cuando fue expulsado del país debido a su raza y religión. El contexto histórico de su encuentro no puede ser más conmovedor, ya que todos los moriscos, es decir, aquellos españoles de herencia islámica que habían sido obligados a convertirse al catolicismo, fueron expulsados de la Península Ibérica entre 1609 y 1614 por decreto del rey Felipe III. La tensión política de la expulsión impregna el relato de este episodio. Y sin embargo, Cervantes, evitando cualquier crítica abierta a la política real, algo que habría supuesto un conflicto con los censores de la Inquisición, retrata el encuentro entre Sancho y Ricote como un reencuentro entre viejos amigos, marcado por la nostalgia y la melancolía, recuerdos de los tiempos anteriores a la diáspora morisca y las comunidades enteras que fueron cercenadas. Después de compartir comida, vino y la conversación con Ricote, Sancho se ve vencido por un ataque de risa bonachona, que según lo que dice el texto, le dura más de una hora.

Estos ejemplos de formas de reír que aparecen en la novela, de los que hemos visto dos pero hay muchos más, nos invitan a considerar no sólo el poder de la risa, sino la risa de los que detentan el poder. Porque en el caso del gobierno de Sancho, al duque y la duquesa se les niega la posibilidad de un mayor jolgorio por la elección que hace Cervantes, cuando Sancho se enorgullece de sus raíces humildes, o en palabras de Hobbes, que acepta sus debilidades y prevalece en su gobierno. Para Ricote, un personaje de origen musulmán, que ocupa un estrato social aún más bajo que el de Sancho en la estructura muy jerarquizada de la sociedad española, la risa se convierte en un medio de intercambio, de compasión y de solidaridad. Reírse con Ricote es negarse a demonizar al otro. Este es uno de los mejores momentos y más sutilmente subversivos de la sátira cervantina.

Un examen más detenido de las motivaciones que hay detrás de la risa también puede revelar la manera que ésta es cooptada por las formas constitutivas del poder. Por ejemplo, ¿por qué encontramos cómico una representación en forma de cómic de Muhammad? ¿Es porque es un chiste ingenioso, quizás un juego de palabras, o quizás por los propios dibujos que son inherentemente graciosos? ¿O simplemente nos reímos porque sabemos que esto ofende a otros? Fuera de la comodidad de nuestras sensibilidades occidentales, ¿nos cargamos de indignación, dolor y malestar y no vemos el ultraje que para muchos musulmanes suponen tales bromas? Si lo hacemos por obtener un placer por las diferentes reacciones de la comunidad islámica, entonces la provocación de la que Charlie Hebdo se enorgullece se parece menos a una sátira y más a regodearse en el mal ajeno.

Si esto fuera así, entonces no resulta fortuito que la comunidad a la que se ofende sea la misma que ha sufrido una larga historia de violencia colonial, persecución religiosa y discriminación racial. O quizás sus miembros han sido satanizados por los movimientos populistas, o contra los inmigrantes, que se han dado en varias partes de Europa, la última en Alemania, a donde por cierto ese personaje de Cervantes, Ricote, huye tras su expulsión debido a que ese país tiene libertad de conciencia. En otras palabras, los privilegios raciales y socieconómicos de la clase dominante suelen ir aparejados con el privilegio de reír, como se demuestra por el duque y la duquesa de Don Quijote. La teoría premoderna de la superioridad en base a la risa ofrece también una comprensión del momento actual.

Si bien todas las repercusiones de los últimos acontecimientos en Francia están por verse, hay llamamientos a que se refuercen las leyes de seguridad nacional, aumenten los controles de inmigración, se restrinjan las libertades civiles, algo que ya se ha presentado, mientras persiste la amenaza de una prolongada acción militar en Oriente Medio, que se perfila como potencial respuesta al ataque a Charlie Hebdo. Mientras tanto, las fuerzas políticas con un interés en exagerar la islamización de Europa son las mismas fuerzas que se han envalentonado, y quizás sean parecidas fuerzas a las que sucumbió la España de la época de Cervantes para expulsar a los últimos moriscos de sus costas. Al mismo tiempo, la creciente popularidad de Charlie Hebdo y su próximo premio PEN, se haya convertido en un símbolo de la defensa de la libertad de expresión, tal vez avivado por temores a más ataques.

Pero estos comentarios sobre cuestiones complejas de ninguna manera pretenden sugerir que abandonemos nuestro compromiso con el principio de la libertad de expresión, incluso cuando ese discurso alberga el potencial de ofender las creencias más profundas de diferentes sectores de la población. Este ha sido un efecto secundario, desde hace tiempo, y con frecuencia el principal objetivo de la sátira. De hecho, Cervantes estaba muy familiarizado con el fantasma de la censura y tuvo que establecer un delicado equilibrio en su prosa satírica para evadir la censura inquisitorial. Pero el más noble objetivo de la sátira, uno con el que seguramente Don Quijote estaría de acuerdo, es reivindicar la impotencia frente al poder, para dejar al descubierto la hipocresía de la clase gobernante como un impulso hacia un cambio político. Podemos vislumbrar tal hipocresía cuando actúa la sátira no como un medio de crítica política, sino con un vehículo para alegrarse del mal ajeno, y por tanto una herramienta del poder impecablemente disfrazada bajo el estandarte de la libertad de expresión.

Una de las mayores cualidades de Don Quijote cuatrocientos años después, es su capacidad no sólo de provocar la risa en el lector, sino también tristeza, parodia y patetismo, una simpatía unida a la alegría por el mal ajeno. Esta complejidad, junto con la resistencia de la obra a ser encasillada en un solo paradigma crítico, nos recuerda una empresa cargada de intención, al tiempo que subraya la necesidad de examinar nuestras propias reacciones a la sátira, ya sea en la forma de una novela del siglo XVII o una tira cómica del siglo XXI. En el caso de Charlie Hebdo, también resulta complejo y merece un examen similar. No se debe descartar la valiosa labor anticlerical, y otras que realiza, que nos invita a resistir frente a la canonización incuestionable de la revista en su conjunto, simultáneamente para reducirla o elevarla como un estandarte del todo o de la nada de las libertades seculares. De hecho, desde que apareció la sátira nada ha sido inmune a la crítica, incluso cuando el objeto de la crítica era la sátira en sí misma.

Por tanto, debemos impugnar la acusación, realizada de forma explícita o implícita, de que un examen crítico de nuestra postura ante el humor satírico, los motivos más profundos y su posible complicidad con los intereses políticos y económicos, equivale a una traición a los principios democráticos o una conciliadora cobardía ante la amenaza de la violencia. Tal violencia indiscriminada, como la ocurrida en Francia, nunca está justificada, y sin embargo, una sociedad con libertad de pensamiento actuaría de forma negligente si dijéramos que al interrogarnos por los motivos de esa violencia, de alguna manera la perdonase. Aunque la resolución de las diferencias entre el Islam y Occidente parece una tarea quijotesca, haríamos bien reflexionar sobre cómo la risa puede ser explotada como un medio de exacerbar estas diferencias, cuando debiera ser una oportunidad para establecer puentes entre ambos.

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Paul Michael Johnson es Profesor asistente en Lenguas Modernas (español) en la Universidad de DePauw. Puede visitar su sitio web.

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Relatividad cuántica

Para establecer un puente de unión entre la Física Cuántica y la Relatividad General se requiere de un cambio de paradigma

stormcloudgathering, 3 de febrero de 2015

Imagen del documental Relatividad Cuántica: https://www.youtube.com/watch?v=zVSe8JZ_eag

Imagen del documental Relatividad Cuántica: https://www.youtube.com/watch?v=zVSe8JZ_eag

Los seres humanos estamos condicionados desde un principio a ver un espacio tridimensional para definir el espacio absoluto, el tiempo como una progresión lineal, y nuestras experiencias como la realidad misma. Este condicionamiento tiene un propósito práctico para desempeñarnos en nuestra vida diaria, pero cuando se trata de comprender la naturaleza de la realidad y de nuestra posición en ella, todos estos supuestos se nos vuelven obstáculos.

Esta es una de las razones por la que a los científicos modernos les resulta tan difícil desarrollar una teoría unificada de la Física Cuántica y la Relatividad General. En realidad, ya disponen de los datos suficientes como para establecer las conexiones entre una y otra, pero para ello se requiere de un cambio de paradigma, con el cual muchos se sienten incómodos.

El problema no es lo que no sabemos, sino lo que creemos saber y resulta que no es así.

La confusión comienza con el concepto mismo de cuanto. Si preguntásemos a un Universitario medio qué es un electrón, probablemente contestaría que es una partícula, y evocaría la imagen de un pequeño objeto flotante en el espacio. Esto ya supone un error: los Quanta no son objetos.

Los Quanta dicen los científicos que tienen la dualidad de onda/partícula, lo que significa que pueden comportarse como una partícula o como una onda, en función de cómo nos relacionemos con ellos. Sin embargo, el término onda y partícula también lleva a engaño. Una forma más precisa de conceptualizar los Quanta sería pensar en su estado de onda como un campo de probabilidad, que puede ser registrado como un patrón de interferencia; y su estado de partícula como la probabilidad de que colapse en un único punto de interacción. Es el caso del experimento de la doble rendija.

Incluso aquellos que son conscientes de las extrañas propiedades de los quanta, como su dualidad onda/partícula, la teleportación cuántica, la superposición cuántica y el entrelazamiento cuántico, todavía tienden a conceptualizar este fenómeno en un marco mental basado en el tiempo y el espacio.

Pero, una vez más, todo esto resulta del condicionamiento a que estamos sometidos.

Los Quanta no existen dentro del espacio y el tiempo, ni ocupan tres dimensiones en el espacio. El espacio en realidad surge por las interacciones de los Quanta, lo que específicamente se denomina entrelazamiento cuántico. Este fenómeno se describe en la ecuación de Wheeler DeWitt y se ha confirmado experimentalmente.

Curiosamente, tanto los teóricos de la Relatividad General como los Cosmólogos, se dirigen hacia los mismos supuestos subyacentes: reconocen que el origen del universo (la singularidad) es un estado sin espacio ( no local) y sin tiempo. Pero la mayoría no reconoce las consecuencias de asegurar esto. Por ejemplo, no se puede decir que existía la singularidad antes del Big Bang, ya que eso supone colocar lo atemporal dentro del tiempo. Si algo es atemporal, entonces quiere decir que no tiene relaciones temporales, que no hay un antes o un después de cierto hecho o acontecimiento.

La Relatividad General nos dice que el tiempo y el espacio es un tejido. Esto no es una mera suposición teórica: los satélites GPS tienen que tener en cuenta las distorsiones en el tiempo provocadas por su velocidad, de lo contrario sus lecturas resultarían erróneas en varios kilómetros.

Dado que el tiempo y el espacio es un tejido, sin espacio no es posible que  haya tiempo, y sin tiempo tampoco puede haber espacio.

Si relacionamos estas cuestiones, veremos que en realidad los Quanta comparten varias características clave con la singularidad: una energía sin espacio y sin tiempo. Ahora bien, si los Quanta y la singularidad no existen dentro del espacio y el tiempo, entonces no pueden estar separados. La separación sólo puede existir dentro de un continuum del espacio y el tiempo. Si los Quanta y la singularidad no están separados, entonces es que son la misma cosa, uno sólo.

Llegamos de esta forma al quid de la cuestión: la singularidad no dejó de existir con una explosión que ocurrió hace millones de años. Los Quanta es la singularidad interactuando consigo mismo. Todo es uno, literalmente. Esta es la Relatividad Cuántica.

(No hay nada fuera de esta singularidad cuántica; no hay un antes y un después de ella. La singularidad cuántica sólo puede existir en el estado de aquí y ahora)

Ahora, algunos de los más avezados se preguntarán: ¿Pero qué es entonces la gravedad?

Bueno, la Relatividad General nos dice que la gravedad es una propiedad geométrica del espacio y el tiempo, pero las recientes evidencias experimentales muestran que el espacio tiempo son subproductos del entrelazamiento cuántico. Los científicos han descubierto recientemente que ciertos modelos geométricos se pueden utilizar para simplificar de forma drástica los cálculos de las interacciones cuánticas y el entrelazamiento cuántico (Geometría de los Estados Cuánticos), por lo que no es un salto en el vacío considerar que la geometría que crea la gravedad es en realidad una característica de los campos de probabilidad cuántica. De hecho, algunos investigadores están explorando de forma activa esta posibilidad.

Entonces, ¿cómo se relaciona todo esto con las experiencias humanas que tenemos? Todavía tenemos que lidiar con el mundo real, con los relojes de tiempo, con las facturas, con las guerras y los tiranos, ¿verdad?

Este agujero de conejo en realidad es mucho más profundo, pero si quiere considerar algunas cosas, empiece por aquí: las reglas del juego no son rígidas como nos han dicho que eran.

Pero si usted empieza con nuestra naturaleza cuántica como punto de referencia, entonces todo cambia. La sola idea de que debemos obedecer a estos lamentables fantasmas que llamamos El Gobierno, o que debemos seguir girando estas ruedas de hámster que nos hemos construido para nosotros mismos, entonces todo suena a risa.

No tiene por qué ser así; podemos elegir algo diferente. Debemos buscar ese milímetro de libertad interior y expandirlo. Mientras lo hace, se dará cuenta de que la realidad es un proceso creativo, no una progresión mecánica y lineal.

Usted es una singularidad cuántica que interactúa consigo misma. Cuanto más despertemos, las posibilidad serán mucho más amplias.

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Procedencia del artículo:

http://stormcloudsgathering.com/quantum-relativity

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Entrelazamiento cuántico:

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Arqueología e Ideología: sobre la historicidad de los relatos bíblicos

Por Uri Avnery, 2 de enero de 2015

Dissident Voice

(Discurso de apertura de la Conferencia El aliento de nuestra existencia en el Colegio Kinneret, sobre la conexión entre Arqueología e Ideología)

Biblia_desenterrada

Para una crítica de este libro: http://www.scielo.org.ve/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0798-11712006000200009&lng=es&nrm=iso

En primer lugar, permítanme darles las gracias por haberme invitado a participar en esta importante conferencia. No soy ni profesor ni doctor. De hecho el único título académico que tengo es el SEC (séptimo grado de estudios primarios). Pero, del mismo modo que otros muchos de mi generación, tuve un gran interés por la Arqueología desde mi juventud. Voy a tratar de explicarles por qué.

Cuando me preguntan sobre mi relación con la Arqueología, siempre piensan en Moshe Dayan.

Después de la guerra de junio de 1967, Moshe Dayan era un ídolo nacional, incluso internacional. También era conocido por su obsesión por la Arqueología. En mi revista, Haolam Hazeh, investigamos sus actividades y pudimos comprobar que eran devastadoras. Empezó a excavar solo, recogiendo piezas por todo el país. Dado que el objetivo principal de la Arqueología no es simplemente el descubrimiento de restos materiales, sino también intentar armar con ellos la historia de un determinado lugar, las excavaciones de Moshe Dayan eran incontroladas y sumidas en el caos. Cuando utilizó los recursos del ejército, las cosas empeoraron aún más.

Entonces descubrimos que Moshe Dayan no sólo expoliaba los objetos que encontraba ( que por ley eran del Estado), sino que también se había convertido en un traficante internacional, haciéndose rico con la venta de esos objetos de la “colección personal de Moshe Dayan”.

La publicación de estos hechos y su exposición en la Knéset (Parlamento de Israel), supuso para mí una distinción muy singular. Un instituto de opinión pública identificaba cada año a la persona más odiada de Israel. Ese año yo alcancé esa distinción.

Sin embargo, la pregunta más importante no hace referencia a la conducta moral de Moshe Dayan, sino a una cuestión más profunda. ¿Por qué Dayan y muchos de nosotros nos dedicamos a la Arqueología, una ciencia considerada por muchas personas como una actividad bastante lúgubre?

Sentíamos una verdadera fascinación.

Esa generación sionista era la primera que había nacido en el país (aunque yo había nacido en Alemania). Para sus padres, Palestina era un territorio abstracto, una tierra con la que habían soñado en las sinagogas de Polonia y Ucrania. Para sus hijos nacidos en el país era su patria natural.

Anhelaban descubrir sus raíces, de modo que recorrieron cada uno de sus rincones, pasaron noches alrededor del fuego y llegaron a conocer cada colina y cada valle. Para ellos, el Talmud y todos los textos religiosos eran tediosos. El Talmud y otras escrituras sagradas habían sido mantenidas por los judíos en la diáspora durante siglos, pero ahora no tenían ningún interés por ellos. La nueva generación se abrazaba a la Biblia hebrea, con un entusiasmo desmedido, no como un libro religioso ( casi todos nosotros éramos ateos), sino como una obra maestra sin parangón en la literatura hebrea. Como se trataba también de la primera generación que veía renacer el hebreo como lengua materna, les atrajo el lenguaje más vivo y concreto del hebreo bíblico. El lenguaje muchas más abstracto del Talmud y de otros libros les repelía.

Los acontecimientos bíblicos habían sucedido en el país que conocían. Las batallas bíblicas se habían desarrollado en los valles que habían visto, los reyes habían sido coronados y enterrados en localidades que conocían muy de cerca.

Habían visto durante la noche las estrellas desde Megiddo, donde los egipcios se enfrentaron en la primera batalla registrada de la historia ( y donde, según el Nuevo Testamento cristiano, se dará la última batalla, la batalla de Armagedón). Subieron al monte Carmelo, donde el profeta Elías mató a los sacerdotes de Baal. Visitaron Hebrón, donde Abraham fue enterrado por sus dos hijos, Ismael e Isaac, padres de los árabes y los judíos.

Esta pasión hacia el país no fue algo previsto de antemano. De hecho, Palestina no jugó ningún papel en el nacimiento del sionismo político moderno.

El fundador del sionismo, Teodor Herzl, no pensó en Palestina cuando desarrolló su nueva visión de la cuestión judía. Odiaba Palestina y su clima. Y odiaba sobre todo Jerusalén, una ciudad sucia y degradada. En el primer borrador de su idea, que dirige a la familia Rothschild, su tierra de promisión era la Patagonia, en Argentina. En la Patagonia se había producido un genocidio, y aquellas tierras estaban prácticamente vacías. Fue el sentimiento de la mayoría de los judíos de Europa Oriental lo que obligó a Herzl a redirigir sus esfuerzos hacia Palestina. En su libro fundacional, Der Judenstaat (El Estado Judío), hay un corto capítulo titulado Palestina o Argentina. La población árabe no se menciona en absoluto.

Una vez que el movimiento sionista dirigió su mirada hacia Palestina, la historia antigua de este país se convirtió en un tema candente. Las pretensiones sionistas de ocupar Palestina se basaban únicamente en la historia bíblica del Éxodo, la conquista de Canaán, los reinos de Saúl, David y Salomón y el resto de acontecimientos de aquellos tiempos. Dado que casi todos los fundadores eran ateos declarados, difícilmente podrían haberse basado en el hecho de que Dios les había prometido personalmente aquella tierra para la descendencia de Abraham.

Con la llegada de los sionistas a Palestina, empezó una búsqueda frenética de vestigios arqueológicos. El país fue peinado de arriba abajo buscando las pruebas científicas de que las historias bíblicas no eran sólo un montón de mitos, sino algo real. Los sionistas cristianos habían llegado incluso antes.

Fue el comienzo de verdaderas tropelías a los sitios arqueológicos. Las capas superiores del Imperio Otomano, los mamelucos, árabes y cruzados, los bizantinos, romanos, griegos y persas fueron arrasadas con el fin de poner al descubierto las capas más antiguas de los Hijos de Israel y para demostrar la razón de la Biblia.

Se hicieron esfuerzos enormes. David Ben-Gurion, un autoproclamado erudito bíblico, dirigía aquellos esfuerzos. El Jefe del Estado Mayor del Ejército, Yigael Yadin, el hijo de un arqueólogo, y él mismo arqueólogo profesional, realizaron búsquedas en los lugares más antiguos para demostrar que la conquista de Canaán realmente sucedió. Pero por desgracia, no encontraron ninguna evidencia.

Cuando se descubrieron los restos óseos de los combatientes de Bar Kojba en cuevas del desierto de Judea, fueron enterrados bajo las órdenes de Ben-Gurion en una gran ceremonia militar. El hecho indiscutible de que Bar Kojba había supuesto una de las mayores catástrofes en la historia judía se pasó por alto.

¿Y los resultados?

Por increíble que parezca y a pesar de la dedicación de cuatro generaciones de arqueólogos, empleando una enorme cantidad de recursos, se obtuvo: nada.

Desde el inicio de las excavaciones hasta hoy en día, no se han encontrado evidencias y ni un solo vestigio de esa historia antigua. Ni un solo indicio del éxodo de Egipto, la base de la historia judía, algo que nunca sucedió. Tampoco esos 40 años de peregrinación por el desierto. No hay pruebas de la conquista de Canaán, como se describe con detalle en el libro de Josué. El poderoso rey David, cuyo reino se extendía, de acuerdo con la Biblia, desde la Península del Sinaí hasta el norte de Siria, no dejó ningún rastro. (Hace poco se descubrió una inscripción con el nombre de David, pero sin indicio de que fuera el rey David).

Israel aparece por primera vez en los hallazgos arqueológicos de inscripciones asirias, que describen una coalición de reinos locales que intentó detener el avance asirio en Siria. Entre otros, se menciona al rey Ahab de Israel como jefe de un considerable contingente militar. Ahab, que gobernó Samaria ( en el norte de la Cisjordania ocupada) desde el año 871 a. de C. hasta el 852 a. de C., no era muy querido por Dios, aunque la Biblia lo describe como un héroe de guerra. Marca el comienzo de la entrada de Israel en la historia, como hecho probado.

La falta de evidencias sugiere que la historia bíblica más temprana es algo inventado. Como no se ha encontrado rastro alguna de esa historia bíblica, ¿quiere decir eso que todo es ficción?

Tal vez no, pero no hay pruebas de que fuera así.

La Egiptología es una disciplina científica separada de la arqueología de Palestina. Pero la Egiptología demuestra de manera concluyente que la historia bíblica hasta el rey Ahab es ficción.

Hasta ahora se han descifrado decenas de miles de documentos egipcios, y se sigue haciendo. Después de los hicsos que invadieron Egipto en el año 1730 a. de C., los faraones de Egipto siempre estuvieron al tanto de los acontecimientos en Palestina y Siria. Los espías egipcios, comerciantes y soldados informaron con detalle sobre los acontecimientos en cada pueblo de Canaán. Ni en un solo documento se ha visto que se hable de algo remotamente parecido a los relatos bíblicos. (Se cree que hay una mención a Israel en una estela egipcia para referirse a un pequeño territorio situado al sur de Palestina).

Incluso si pensamos que la Biblia exagera hechos reales, lo cierto es que no hay ni una mínima mención al Éxodo, ni a la conquista de Canaán, ni al rey David.

Así que, esos hechos no han ocurrido.

¿Esto es algo importante? Sí y no.

La biblia no es una historia real, sino un documento religioso y literario de gran importancia, que ha inspirado a millones de personas a lo largo de los siglos. Ha formado las mentes de muchas generaciones de judíos, cristianos y musulmanes.

Pero la Historia es otra cosa. La Historia nos dice lo que sucedió. La Arqueología es una herramienta que utiliza la historia, una valiosa herramienta para comprender qué ocurrió.

Son dos disciplinas diferentes, y nunca las dos serán la misma cosa. Para los religiosos, la Biblia es una cuestión de creencias. Para los no creyentes, la Biblia hebrea es una gran obra de arte, quizás la más grande de todas. La Arqueología es algo completamente diferente: una cuestión de hechos probados.

En las escuelas israelíes se enseña la Biblia como una historia real. Esto significa que los niños israelíes aprenden sus capítulos, sean verdaderos o ficticios. Cuando indiqué esto es un discurso ante la Knéset, exigiendo que se enseñase la historia completa del país a lo largo de los siglos, incluyendo los capítulos de las Cruzadas y los mamelucos, el por entonces Ministro de Educación empezó a llamarme mameluco.

Sigo creyendo que todos los niños de este país, sean israelíes o palestinos, deben aprender su historia, desde el principio hasta hoy, con todas sus etapas. Es la base de la paz, el verdadero aliciente de nuestra existencia.

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Uri Avnery es un activista por la paz, periodista y escritor. Lea otros artículos de Uri Avnery, o visite su página web.

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Procedencia del artículo:

http://dissidentvoice.org/2015/01/the-rock-of-our-existence/

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