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Agroquímicos y corrupción institucional: suplicar al Dueño de los Esclavos no sirve de nada

Por Colin Todhunter, 5 de mayo de 2018

globalresearch.ca

La activista medioambiental Dra. Rosemary Mason acaba de escribir al Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, al Vicepresidente de la Comisión Europea, Frans Timmermans, y al Comisario de Sanidad, Vytenis Andruikaitis. Como se expone a continuación, les hace a estos altos funcionarios algunas preguntas muy pertinentes sobre la connivencia de la UE con las corporaciones agroquímicas:

1) Al autorizar el glifosato en nombre del Grupo de trabajo sobre el glifosato dirigido por Monsanto, ¿por qué el Presidente Juncker no ha considerado la evaluación completa de riesgos de la Agencia Europea de Sustancias y Preparados Químicos (ECHA)?

2) ¿Por qué la UE se alió con corporaciones que fabricaron gases neurotóxicos para su uso en la guerra química de la Segunda Guerra Mundial y para su uso en los campos de concentración nazis? Estas empresas continúan utilizando productos químicos similares en la agricultura para matar a los `parásitos’, insectos beneficiosos, aves y personas.

3) ¿Podría ser que se deba a que las regulaciones de biocidas en la UE están diseñadas simplemente para que las Corporaciones hagan dinero y el control esté en última instancia en manos de la industria agroquímica?

4) ¿Por qué Monsanto, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), la ECHA y el Science Media Centre del Reino Unido, financiado por la industria, no tuvieron en cuenta el estudio de dos años de duración realizado por Gilles-Eric Seralini sobre la alimentación de ratas con semillas transgénicas y Roundup, que produjo daños en órganos y tumores a los cuatro meses?

5) ¿Saben los comisarios que la organización Cancer Research del Reino Unido sufrió la apropiación por parte de la industria agroquímica en 2010 con el pleno conocimiento del gobierno británico? Michael Pragnell, ex presidente de Cancer Research UK (CRUK), fue fundador de Syngenta y ex presidente del grupo de presión de la industria CropLife International. El sitio web de CRUK dice que no hay evidencias convincentes de que los pesticidas causen cáncer. En cambio, CRUK relaciona el cáncer con las opciones de estilo de vida y el comportamiento individual y culpa al consumo de alcohol, la obesidad y el tabaquismo.

6) ¿Por qué los organismos reguladores de la UE y David Cameron, en nombre del gobierno británico, hicieron caso omiso de la Carta firmada por casi 60 milones de estadounidenses, advirtiéndoles que no autorizaran los cultivos transgénicos y Roundup debido a su toxicidad para la salud humana y el medio ambiente?

7) ¿Qué ha pasado con los insectos y aves como resultado de la agricultura química intensiva? El Reino Unido, Alemania, Francia, Dinamarca y Canadá están perdiendo rápidamente biodiversidad. Las tierras agrícolas de EE.UU. que cultivan cultivos transgénicos Roundup Ready se han convertido en un desierto biológico.

8) ¿Ocultaron Monsanto y el Presidente Juncker la clasificación de la ECHA del glifosato como «tóxico para la vida acuática con efectos duraderos» porque explicaría el deterioro acelerado del coral en la Gran Barrera de Coral?

Mason concluye su carta reiterando la condena por parte del Tribunal Internacional de Monsanto emitida en 2017. También envió a los comisarios una carta reciente firmada por 23 organizaciones destacadas en la que criticaba la decisión de la UE de renovar la licencia del glifosato y describía la influencia excesiva de Monsanto en la toma de decisiones.

Junto con su carta, Mason también envió un documento de 22 páginas con información detallada sobre:

Leer más: ¿Cuándo se llevará a los tribunales a ciertas autoridades y a los miembros de los consejos de administración de empresas como Monsanto y Bayer?

¿Cuándo se llevará a los tribunales a ciertas autoridades y a los miembros de los consejos de administración de empresas como Monsanto y Bayer?

– La renovación viciada de la licencia de glifosato por parte de la Comisión Europea

– Las causas de la disminución del coral en la Gran Barrera de Coral

– Legislación europea en beneficio de la industria agroquímica

– Contaminación por glifosato e insecticidas neonicotinoides que causa una disminución dramática en insectos y aves.

– El glifosato está presente en todas partes.

– El Tribunal Internacional de Monsanto y varios informes alarmantes sobre plaguicidas, su uso y sus impactos.

Hasta la fecha, no ha habido respuesta de los comisionados a Mason.

En 2003, el Fondo Mundial para la Naturaleza (Reino Unido) llegó a la conclusión de que todas las personas a las que realizó un análisis en el Reino Unido estaban contaminadas por un cóctel de productos químicos altamente tóxicos, cuyo uso se prohibió en la década de 1970. A lo largo de los años, Mason ha citado una serie de fuentes para demostrar el impacto perjudicial de los plaguicidas y que la cantidad y la variedad de residuos de plaguicidas en los alimentos británicos aumenta anualmente. También observa un aumento generalizado del uso del glifosato entre 2012 y 2014.

En sus numerosos y detallados documentos y cartas (que contienen sus propios puntos de vista sobre todas las cuestiones que plantea a los comisionados) que ha enviado a los responsables a lo largo de los años, Mason ofrece pruebas suficientes para demostrar que la influencia financiera y política de un grupo de poderosas corporaciones agroquímicas y agroindustriales garantizan que sus intereses se vean privilegiados por encima de la salud pública y el medio ambiente en detrimento de ambos. Mason ha hecho todo lo posible para describir los vínculos políticos entre la industria y varios departamentos gubernamentales, agencias reguladoras y comités clave que han asegurado de manera efectiva para que todo siga igual.

Las corporaciones que promueven la agricultura industrial contra los agroquímicos se han integrado profundamente en la maquinaria de elaboración de políticas tanto a nivel nacional como internacional. Desde la falsa consideración de que la agricultura industrial es necesaria para alimentar al mundo, hasta la provisión de generosas subvenciones para investigación y la captación de importantes instituciones encargadas de la formulación de políticas, la agroindustria mundial se ha asegurado una falsa `y excesiva legitimidad‘ dentro de la mentalidad y el discurso de los responsables de la formulación de políticas.

Al referirse al Tribunal de Monsanto, Mason insinúa que los gobiernos, los individuos y los grupos civiles que cooperan con las corporaciones para facilitar el ecocidio y los abusos de los derechos humanos resultantes de las acciones de las corporaciones agroindustriales, deben ser llevados a los tribunales. Tal vez sólo cuando los funcionarios y ejecutivos de la compañía reciban largas sentencias de cárcel por destruir la salud y el medio ambiente, algo es posible que cambie.

Desde Rachel Carson en adelante, el intento de menoscabar el poder de estas corporaciones y sus grupos de presión financiados a gran escala ha tenido un éxito limitado. Unos 34.000 agroquímicos permanecen en el mercado de los EE.UU, muchos de los cuales se encuentran allí debido a la debilidad de las normas regulatorias o al fraude descarado, y desde Argentina hasta Indonesia, el devastador impacto del modelo industrial de la alimentación y la agricultura dependiente de productos químicos sobre la salud y el medio ambiente ha sido documentado por varios informes y periodistas, en profundidad.

Lo que es preocupante es que estas corporaciones están siendo favorecidas por la » autorización del negocio de la agricultura » del Banco Mundial, los acuerdos comerciales como la US-India Knowledge Initiative on Agriculture, la » apertura » de la agricultura africana por parte de la Fundación Gates y la anulación de los procedimientos democráticos a nivel de estados soberanos para imponer monopolios de semillas e insumos patentados a los agricultores e incorporarlos a una cadena de suministro global dominada por estas poderosas empresas.

Por las razones expuestas en mi artículo anterior, en el que rogaba a los responsables públicos que no permitieran una influencia tan descarada de las corporaciones agroquímicas y de la agroindustria, sin embargo consideraba que eso no tendría más relevancia que suplicar al dueño de los esclavos para que los liberara.

En última instancia, la solución depende de que la gente se reúna para desafiar un sistema de capitalismo neoliberal que por diseño facilita la corrupción institucionalizada que vemos junto con la destrucción de la autosuficiencia y los sistemas alimentarios tradicionales. Al mismo tiempo, deben promoverse alternativas basadas en la localización, los principios de un modelo agroecológico (esbozado aquí, aquí y aquí) y un sistema alimentario que sirva al bien público y no a la codicia privada.

*

Colin Todhunter es un colaborador frecuente de Global Research y de Asia-Pacific Research.

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El problema de la colapsología

El colapso de la civilización industrial como una liberación

Por Nicolas Casaux, 28 de marzo de 2018

legrandsoir.info

“La civilización industrial se enfrenta a un calentamiento climático
y a una sexta extinción en masa…”.

Calificar la sociedad de termoindustrial permite asimismo desdeñar todo lo que ya sucede en materia de coerciones y reclutamientos, y que no contribuye, o no mucho, al agotamiento de los recursos energéticos. Con mucho gusto se pasa esto por alto, máxime cuando uno mismo es cómplice, en la educación pública o en otro sitio. Atribuir todos nuestros males a la naturaleza “termoindustrial” de esta sociedad es por tanto bastante cómodo, al mismo tiempo que simplista, para saciar el apetito crítico de mentecatos y cretinos arribistas, últimos residuos del ecologismo y del “movimiento asociativo”,que constituyen las bases del decrecimiento […]”.René Riesel y Jaime Semprun, “Catastrofismo, administración del desastre y sumisión sostenible”, Pepitas de Calabaza, marzo de 2011.

France Culture, Le Monde, Le Point, Les Echos, Libération, Mediapart, LCI, L’Obs, son algunos de los principales medios de comunicación que han decidido promover la tendencia relativamente reciente de la «colapsología».

«Colapsología» – un neologismo derivado del latín lapsus que significa «caída», inventado («con cierta burla de sí mismos») por los investigadores Pablo Servigne y Raphaël Stevens en su libro «Cómo puede derrumbarse todo, un pequeño manual sobre colapsología para las generaciones actuales» (Seuil) – significa, siempre según ellos ..: «El ejercicio transdisciplinario de estudiar el colapso de nuestra civilización industrial, y lo que podría seguir, basado en los dos modos cognitivos de la razón y la intuición, y en el trabajo científico reconocido. »

Detrás de esta definición un tanto nebulosa, la colapsología se caracteriza – en las publicaciones asociadas a ella, como el libro de Pablo Servigne y Raphaël Stevens, las conferencias que organizan o que otras personas proponen sobre este tema – por perspectivas y análisis a veces contradictorios, o demasiado limitados.

En conjunto, corresponde a una reflexión que admite la inevitabilidad del colapso de la civilización «termoindustrial», que la considera como un drama, como una «catástrofe» (Pablo Servigne y Raphaël Stevens en su citado libro), y que implica «lamentarse por nuestra civilización industrial» (ibid.). La constatación de que la civilización industrial no es viable, que está condenada a la autodestrucción, constituye, a sus ojos, «un enorme choque que desata pesadillas» (ibíd.), «malas noticias» (ibíd.). Incluso citan a Jean-Pierre Dupuy a este respecto: «Debido a que el desastre es un destino nefasto, debemos decir que no lo queremos y mantener los ojos fijos en él, sin perderlo nunca de vista».

Pero antes de seguir examinando este aspecto del colapso, un recordatorio: más allá del famoso Informe Meadows de 1972 sobre «los límites del crecimiento», muchas corrientes colectivas e individuales se dieron cuenta y denunciaron la insostenibilidad de la civilización industrial hace mucho tiempo, y muy a menudo sin haber necesitado, para ello, una avalancha de » gráficos «, » datos » y » estudios científicos «. El sentido común era suficiente.

Un ejemplo es Aldous Huxley en un ensayo de 1928 titulado «Progress : How the Achievements of Civilization Will Eventually Bankrupt the Entire World» (Progreso: Cómo los logros de la civilización acabarán por arruinar todo el mundo), publicado en un antiguo número de la revista Vanity Fair, para el que escribía en ese momento:

«Es probable que la colosal expansión material de los últimos años sea un fenómeno temporal y transitorio. Somos ricos porque vivimos en nuestro capital. El carbón, el petróleo y los fosfatos que utilizamos tan intensamente nunca serán reemplazados. Cuando se agoten las reservas, los hombres tendrán que prescindir de ellos… Se sentirá como un desastre sin precedentes».

En Francia, anarquistas naturalistas de finales del siglo XIX, muchos ecologistas del siglo XX (podemos pensar en los del periódico La Gueule Ouverte), situacionistas, los autores de la Enciclopedia de las Nuisances, y muchos otros (Bernard Charbonneau, Jacques Ellul, Ivan Illich, etc.), muchos nos han advertido desde hace tiempo de la insostenibilidad de la civilización industrial.

Así lo escribió Pierre Fournier en el periódico Hara-Kiri Hebdo del 28 de abril de 1969:

«Mientras nos divierten con las guerras y las revoluciones que se suceden repitiendo siempre lo mismo, el hombre, mediante una explotación tecnológica incontrolada, hace inhabitable la tierra, no sólo para sí mismo, sino para todas las formas de vida superiores. El paraíso de los campos de concentración que se está gestando y que estos malditos tecnócratas nos prometen nunca verá la luz del día porque su ignorancia y desprecio por las contingencias biológicas lo cortarán de raíz».

Durante su estancia en los Estados Unidos, el historiador y sociólogo estadounidense Lewis Mumford escribió, en un artículo publicado en 1972:

«A pesar de todas sus múltiples invenciones, la economía tecnocrática actual carece de las dimensiones necesarias para una economía de la vida, y ésta es una de las razones por las que aparecen signos alarmantes de su colapso».

Y añadió que «es obvio que esta sociedad de la abundancia está condenada a perecer asfixiada bajo su despilfarro […]«.

Toda la obra literaria del ecologista estadounidense Derrick Jensen (y de los ecologistas de las corrientes antiindustriales y anticiviles de Francia, Estados Unidos y otros países), desde su primer libro publicado en 1995, se basa en la idea de que la civilización industrial es fundamentalmente destructiva y que, en última instancia, está destinada a la autodestrucción.

Todo esto para decir que este logro no es nuevo, que muchos individuos han tratado de exponerlo y han estado tratando de exponerlo durante mucho tiempo. Sólo que la forma en que lo hicieron y cómo lo hacen no es admisible desde el punto de vista mediático (políticamente correcto), contrariamente a la forma en que los colapsólogos discuten este tema, como veremos.

Repasemos la colapsología otra vez. Una de las razones por las que los principales medios de comunicación se permiten promoverla es que consideran el colapso de la civilización industrial como una «catástrofe», un drama, una noticia terrible. Desde la perspectiva de la cultura dominante, que está destruyendo biomas y especies en todo el mundo para satisfacer su frenesí de crecimiento y progreso, esta perspectiva tiene sentido. Pero para todos aquellos que han superado la alienación que impone, para los pueblos indígenas de todo el mundo, amenazados de destrucción (y no de extinción) como todas las especies vivientes, para los ríos, los salmones, los osos, el lince, los lobos, el bisonte, los bosques, los corales, etc., la catástrofe es la civilización industrial, y su colapso es el final de un desastre destructivo que ha abrumado al planeta durante demasiado tiempo.

Considerar el colapso de la civilización industrial como una catástrofe es perpetuar el paradigma destructivo que la precipita. Si la cultura dominante, la civilización industrial, se dirige hacia el colapso, si destruye los ecosistemas de todo el mundo, es porque no considera el mundo natural y sus equilibrios y dinámicas como primordiales. Por el contrario, lo que considera esencial es a sí mismo, su propio funcionamiento, su crecimiento, su desarrollo, sus industrias, etc.

Es precisamente porque la civilización industrial es profunda y fundamentalmente narcisista, por lo que sólo se preocupa de sí misma, por lo que es empujada a destruir todas las demás (otras especies y culturas), todo lo que no es ella.

Así, considerar el colapso de la civilización industrial como una catástrofe es perpetuar el paradigma destructivo que la precipita, es perpetuar el narcisismo que está en el corazón de sus impulsos destructivos.

El colapso de la civilización industrial es una solución, no un problema. La salud de la biosfera es lo más importante. Más allá del aspecto de empatía elemental que debería empujarnos a preocuparnos por los demás, es también una realidad ecológica elemental. No podemos vivir sin una biosfera sana.

Sin embargo, junto a esta gran tendencia a percibir el colapso como una catástrofe, Pablo Servigne y Raphaël Stevens nos recuerdan en su libro que:

«En un texto publicado en diciembre de 2013, el cocreador del concepto de permacultura, David Holmgren, más pesimista que nunca, se preocupó por los recientes descubrimientos sobre las consecuencias del calentamiento global. Según él, la única manera de evitar daños demasiado graves a la biosfera sería ahora provocar un rápido y radical colapso del sistema económico mundial.

La propuesta ha generado una gran controversia entre los colapsólogos de todo el mundo, que está lejos de terminar…»

David Holmgren parece tener los pies en la tierra.

El principal problema de la colapsología es, por lo tanto, el narcisismo que perpetúa (el colapso como catástrofe y no la civilización industrial como catástrofe).

Este narcisismo también se observa en las preguntas que a menudo hacen los colapsólogos sobre el colapso:

«¿Cómo vives…?» (Pablo Servigne y Raphaël Stevens)

«¿Cómo vivir con todas estas tristes noticias sin hundirse o estar deprimido?» (Clément Montfort en un post publicado en Reporterre (1)

«¿Qué nos espera concretamente? ¿Cómo prepararse para ello?» (ibíd.)

Muchas de sus preguntas giran en torno a un «nosotros» que se refiere a unas pocas personas en los países ricos que temen el fin de su modo de vida destructivo, basado en la explotación sistemática de una miríada de otros, otros seres humanos y otras especies.

Otra cita del libro de Pablo Servigne y Raphaël Stevens que resalta el narcisismo de la colapsología:

«Básicamente, la verdadera pregunta que plantea el colapso de la civilización industrial, más allá de su fecha precisa, duración o velocidad, es sobre todo si nosotros, como individuos, sufriremos o moriremos temprano. Proyectada a escala de las sociedades, es la cuestión de la perennidad de nuestros descendientes, e incluso de nuestra «cultura».

Una vez más, en lugar de preocuparse por el destino de estos otros, actualmente explotados, torturados o aniquilados por el funcionamiento normal de la civilización industrial, es el futuro de ellos mismos el que más preocupa a estos privilegiados pueblos del mundo.

Eso no es sorprendente. La mayoría de los que promueven la colapsología (y en otra medida, los que se interesan por ella) no provienen de los círculos militantes, de las luchas contra las injusticias sociales, no son de los que se rebelan contra funcionamiento normal y cotidiano -diabólicamente y fundamentalmente inicuo- de la civilización industrial. De ahí la cita introductoria de René Riesel y Jaime Semprun.

Sin embargo, en su libro, Pablo Servigne y Raphaël Stevens explican que las desigualdades son uno de los factores que se encuentra detrás de la destructividad de la civilización industrial. Desgraciadamente, en general, y sobre todo en los medios de comunicación tradicionales, de su reflexión sólo queda «la crítica ecológica de la que se elimina cualquier consideración vinculada a la crítica social» (Jaime Semprun y René Riesel).

El propósito de este artículo no es examinar todas las explotaciones, todas las coacciones, todas las enajenaciones, todas las aculturaciones, todos los reclutamientos, todos los condicionamientos, que constituyen la civilización industrial (y la civilización misma), y de la cual depende. Básicamente, recordaré simplemente que los pocos objetos que cada uno utiliza a diario lo vinculan a la explotación de una multitud de individuos y lugares del mundo (lugares formados por otros individuos no humanos, plantas, animales, etc.), de los que no sabe casi nada, y que de esta ignorancia de las consecuencias reales de su modo de vida brotan los más diversos e insospechados horrores (2). Bastaría con ver la fabricación de un teléfono móvil, un televisor, una camiseta de Nike, o un simple cepillo de dientes, o incluso un balón de fútbol, un coche, o cualquier objeto producido en masa, cualquier infraestructura industrial, para encontrar destrucción ambiental y esclavitud social.

La colapsología, al apoyarse únicamente en el «trabajo científico reconocido» (considerado como tal por la autoridad dominante de la ciencia institucional moderna), y al promoverlo, también sirve para reforzar el reinado de la pericia oficial, del «fetichismo del conocimiento cuantitativo» (Jaime Semprun y René Riesel).

[…] La catástrofe histórica más profunda y más real, la que en última instancia determina la importancia de todas las demás, reside en la persistente ceguera de la inmensa mayoría, en la dimisión de toda voluntad de actuar sobre las causas de tantos sufrimientos, en la incapacidad de considerarlas siquiera lúcidamente. Esta apatía va a resquebrajarse, en el curso de los próximos años, de manera cada vez más violenta por el hundimiento de cualquier supervivencia garantizada. Y quienes la representan y la alimentan, cultivando un precario statu quo de ilusiones tranquilizantes, serán barridos. La emergencia se impondrá a todos y la dominación tendrá que hablar por lo menos tan alto y claro como los propios hechos. Con tanta mayor facilidad adoptará el tono terrorista que le conviene cuanto que estará justificada por realidades efectivamente aterradoras. Un hombre aquejado de gangrena no está dispuesto a discutir las causas de su mal, ni a oponerse al autoritarismo de la amputación. […] Encyclopédie des Nuisances, n.0 13, julio de 1988

Este reinado de la ciencia institucional y del conocimiento cuantitativo ha sido (y es) una de las razones por las que a menudo se burlan, ignoran o denigran a quienes denuncian la insostenibilidad y la destructividad de la civilización industrial simplemente sobre la base del sentido común y la observación.

Como escriben Jaime Semprun y René Riesel en “Catastrofismo, administración del desastre y sumisión sostenible”:

«El fetichismo del conocimiento cuantitativo nos ha hecho tan necios y estrechos de miras que seremos considerados diletantes si decimos que un poco de sentido estético -pero no el adquirido en las escuelas de arte- bastó para juzgar las obras de teatro”.

Añaden, sobre la sumisión a la autoridad de los Expertos, establecida y aprobada por las instituciones científicas:

«Tal es el rigor del confinamiento industrial, el alcance de la decadencia unificada de las mentalidades que ha logrado, que aquellos que todavía tienen el aliento para no sentirse completamente arrastrados por la corriente y dicen que piensan en resistirse a ella, rara vez escapan, cualquier condena que pronuncien contra el progreso o la tecnociencia, si es necesario para justificar sus denuncias, o incluso su esperanza de una catástrofe salvífica, utilizando los datos proporcionados por la experiencia burocrática y las representaciones determinista que permiten apoyar. »

Aceptar «pensar» con las categorías y en los términos impuestos por la vida administrada» (Jaime Semprun y René Riesel, de nuevo) es someterse efectivamente a los límites, limitaciones y riesgos que ello implica. Cuyo riesgo es dar la impresión de que, puesto que las cosas se miden y se pueden medir, entonces son de alguna manera controladas y controlables.

A este respecto, otro extracto del excelente “Catastrofismo, Administración del Desastre y Sumisión Sostenible” de Riesel y Semprun:

«El culto a la objetividad científica impersonal, al conocimiento sin sujeto, es la religión de la burocracia. Y entre sus devociones favoritas, por supuesto, están las estadísticas, por excelencia, la ciencia del Estado, que de hecho se convirtió en tal en la Prusia militarista y absolutista del siglo XVIII, que también fue la primera, como señaló Mumford, en aplicar a gran escala a la educación la uniformidad y la impersonalidad del sistema escolar público moderno. Así como en Los Álamos el laboratorio se había convertido en cuartel, lo que el mundo-laboratorio anuncia, tal como lo representan los expertos, es un ecologismo de cuartel. El fetichismo de las medidas, el respeto infantil por todo lo que viene en forma de cálculo, todo esto no tiene nada que ver con el miedo al error sino más bien con el de la verdad, como el no experto podría arriesgarse a formularlo, sin necesidad de cifras. Por eso es necesario educarlo, informarlo, para que se someta de antemano a la autoridad científico-ecológica que promulgará las nuevas normas, necesarias para el buen funcionamiento del aparato social. En las voces de quienes repiten celosamente las estadísticas difundidas por la propaganda catastrófica, no se escucha la revuelta, sino la sumisión anticipada a los estados de excepción, la aceptación de las disciplinas venideras, la adhesión al poder burocrático que pretende, por coerción, asegurar la supervivencia colectiva”.

Finalmente, otro problema de colapsología, en parte relacionado con todo lo anterior, se refiere a la ingenuidad de su discurso.

Pero para entenderlo, recapitulemos. ¿Por qué todo esto es un problema?

Pues bien, si la colapsología está en la televisión y se promueve en los periódicos, es porque apenas perturba a la ideología dominante: al igual que ella, considera que el colapso de la sociedad industrial es un desastre. Además, la difusión de este mensaje en los medios de comunicación no hace sino reforzar el clima de inseguridad y miedo que garantiza una población cada vez más dócil y apática. Pan bendito para la hiperplasia mundial que se enriquece cada vez más en todos nosotros (sobre este tema, el último informe de Oxfam (3) es espantoso, como los anteriores).

De hecho, por poner un ejemplo, la intervención de Pablo Servigne en LCI se resumió en la predicción de un colapso de la civilización industrial por falta de recursos (principalmente). No hay indicios de que la civilización industrial constituya una catástrofe mortal que destruya, explote, torture y esclavice la vida cotidiana humana y no humana.

Entiendo que Pablo Servigne tiene tendencias anarquistas.

Paradójicamente, tal como están las cosas, el discurso extremadamente moderado y antropocéntrico (narcisista) de la colapsología corre el riesgo de apoyar tanto el narcisismo de los habitantes de los países ricos, que se preocuparán principalmente por su propio destino, su propia supervivencia, como la sumisión a las medidas gubernamentales y estatales que el discurso dominante afirma y afirmará cada vez más que permiten y que permitirán si no lo hacen.

Iniciativas como la de la Notre-Dame-des-Landes ZAD no emanan, o al menos no sólo y no principalmente, de una preocupación narcisista, sino que emanan de un deseo de poner fin a la catástrofe industrial, de defender el mundo natural y todos aquellos otros que la civilización ignora y desprecia. Forman parte de una lógica conflictiva de oposición al Estado (y a la civilización industrial en general).

Actualmente (y en los años venideros), el desarrollo de las tecnologías denominadas «renovables» (solar, eólica, presas, biomasa, etc.) es una prioridad, y las altas tecnologías en general se intensificarán (4), un aumento, unas prácticas extractivas y una explotación de los «recursos naturales» en general (en nombre del «crecimiento verde (5)» y/o del «desarrollo sostenible»), que corresponderán a un agravamiento significativo del impacto medioambiental de la civilización industrial. Entre otras cosas, porque la energía solar y eólica industrial requiere metales y minerales raros que se encuentran en cantidades limitadas y sólo en ciertas partes del mundo. La extracción, procesamiento y explotación de estas materias primas ya está generando un desastre ecológico (6).

Entre otras cosas, porque la energía solar y eólica industrial requiere metales y minerales raros que se encuentran en cantidades limitadas y sólo en ciertas partes del mundo. La extracción, procesamiento y explotación de estas materias primas ya está generando un desastre ecológico”.

Los estados del mundo y sus líderes (directores generales y políticos) conocen estos problemas ambientales y no les importa, era lo que se esperaba. Los líderes estatales saben que esto podría crear nuevos conflictos internacionales. Dicen que están preparados para hacer frente a esta eventualidad, como puede verse en un informe de oficio del Parlamento publicado en la página web del Senado (7) y titulado «Strategic issues of rare earths and strategic and critical raw materials».

A nivel mundial, la militarización del mundo está aumentando, también debido a las predicciones de las migraciones humanas masivas que el cambio climático causará, y a la futura escasez o agotamiento de varios recursos estratégicos (incluyendo la tierra misma, el agua, etc.).

Las injusticias a gran escala continuarán y empeorarán.

Más que nunca, si queremos defender el mundo natural de los asaltos que está sufriendo y sufrirá en los próximos decenios, necesitamos una resistencia organizada, que asuma un conflicto deliberado con el Estado, como nos ha demostrado Notre-Dame-des-Landes.

Las iniciativas de individuos del mundo rico que buscan aumentar la resiliencia de sus comunidades (al estilo de las Ciudades en Transición) a través de paneles solares y turbinas eólicas industriales sólo apoyarán el extractivismo de los estados y las corporaciones y la explotación de los esclavos modernos en todo el mundo y especialmente en los países pobres.

Las iniciativas de individuos del mundo rico que buscan aumentar la resiliencia de sus comunidades (al estilo de las Ciudades en Transición) a través de paneles solares y turbinas eólicas industriales sólo apoyarán el extractivismo de los estados y las corporaciones y la explotación de los esclavos modernos en todo el mundo y especialmente en los países pobres”.

No sabemos cuándo ocurrirá un colapso. Pero sabemos que las cosas van mal en estos momentos y que empeorarán durante algún tiempo.

Para quienes luchan contra el conjunto de las explotaciones e injusticias que conforman la civilización industrial, la perspectiva de su colapso es sólo una esperanza lejana. Así como para quien lucha contra la acumulación de destrucciones ecológicas que la componen. Para ellos, el colapso es un acontecimiento esperado con impaciencia.

Anteriormente, dije cómo los colapsólogos tienden a ver el colapso venidero como un desastre. Así es en la mayoría de los casos. Pero no siempre. En su libro, Pablo Servigne y Raphael Stevens, además de la tímida referencia a la posición de David Holmgren, sugieren de vez en cuando que el colapso de la sociedad industrial será una especie de liberación.

Esta ambivalencia, esta incapacidad de saber lo que constituye una catástrofe, de la civilización industrial o de su colapso, va unida a la incapacidad de mantener un discurso claro y coherente sobre lo que debe emprenderse.

En la serie del sitio web NEXT, producida por Clément Montfort sobre el tema de la colapsología está preocupada, como la mayoría de los colapsólogos, tanto por los desastres ecológicos que genera la civilización industrial (las » devastaciones biológicas de los ecosistemas «) como por el colapso de esta civilización ( » los riesgos de colapso de nuestra civilización «). El episodio en el que Yves Cochet es entrevistado, por ejemplo, sólo discute la perspectiva de colapso para los seres humanos que viven dentro de la civilización industrial; habla de «acontecimientos dramáticos», de un «cierto colapso», de «algo tan atroz como el colapso puede ocurrir», de una «realidad catastrófica que nos espera», y cosas por el estilo. Después de lo cual tenemos el privilegio de descubrir cómo el Sr. Cochet se las arregla para vivir con esta idea del colapso («¿Cómo se las arregla usted personalmente, a diario, para vivir con esta idea del colapso?»).

Esta confusión en cuanto a lo que realmente importa, esta espantosa propensión a considerar que es de alguna manera tan problemático y triste ver el mundo natural destrozado como concebir el colapso de la monocultura globalizada que lo está destruyendo, es típica de la confusión cultural e ideológica sobre la que se construyó la civilización industrial y que todavía se mantiene.

Peor aún, de hecho, esta serie se centra en gran medida en el narcisismo de la gente civilizada y se centra principalmente en la catástrofe que el colapso representará para los habitantes de los países ricos y para los miembros de la civilización industrial en general.

Además, en el episodio 4, titulado «Bercy invita a los colapsólogos», seguimos a Pablo Servigne y Raphaël Stevens, que se dirigen al Ministerio de Economía y Finanzas, en octubre de 2016, para participar en una reunión del Consejo General de Economía organizada por un tal Dominique Dron, que trabaja allí y que aparentemente aprecia mucho su libro. Y nos enteramos de que «durante esta reunión, una veintena de expertos del Estado asisten a su presentación» y que «el Consejo General del Ministerio de Economía prepara opiniones e informes de expertos para los ministros solicitantes». Si Dominique Dron ha apreciado su libro es porque su contenido «era muy interesante para nuestra actividad en materia de riesgos», para «el trabajo de la sección «seguridad-riesgo» que trata de la «ciberresistencia» (que pretende garantizar «sistemas digitales resistentes»), sino también «riesgos de suministro de energía», y otras cosas en «energía, industria, telecomunicaciones digitales, servicios financieros». Tenemos aquí, al mismo tiempo, una colaboración con los servicios del Estado, que confirma la ausencia de espíritu crítico de estos colapsólogos, su simpatía por el Estado (lo que probablemente invalida mi observación sobre las tendencias anarquistas de Pablo Servigne), y una ilustración de cómo la colapsología puede servir para fortalecer al Estado frente a los múltiples riesgos que enfrenta y en los que incurrirá en el futuro.

Y sin embargo, en el episodio 5, Yves Cochet habla de los zadistas y de los que luchan contra diversos proyectos estatales y empresariales como «precursores». ¿Ayudar al Estado o luchar contra él? Realmente no lo sabemos. Ambos, aparentemente.

El artículo del periódico Le Monde sobre la colapsología publicado a principios de este año 2018 presenta, obviamente, el colapso de la civilización industrial como una catástrofe, a la vez que promueve, a través de Jared Diamond, la mentira racista del pesimismo antropológico, que consiste en una burda afirmación según la cual «el hombre siempre se ha comportado de manera devastadora en sus relaciones con todo lo que vive». Y pasar al olvido de la historia -escrita por los vencedores- a todos aquellos pueblos que vivieron de una manera si no totalmente sostenible, al menos infinitamente más sostenible que los civilizados que los masacraron. Por no hablar de los que aún existen en la actualidad, en la India, el Amazonas, Oceanía, África y otros lugares (desde los Jarawas hasta los Penan, pasando por los pigmeos), y que la civilización industrial está destruyendo lentamente.

Una manera de justificar y racionalizar lo abominable con el pretexto de que es simplemente la naturaleza humana (esta naturaleza humana es, en realidad, sólo una invención occidental, como nos recuerda acertadamente el mariscal Sahlins).

En otras palabras, tal como están las cosas, la colapsología refuerza la identificación tóxica de la mayoría de las personas que viven dentro de la civilización industrial con esta cultura mortal, en lugar de fomentar su identificación con el mundo natural. Por lo tanto, sirve a los propósitos destructivos del estado y de los principales medios de comunicación, su propaganda, la cultura dominante, mucho más de lo que sirve al planeta y a todas las especies vivientes.

Sólo cabe esperar que sus promotores clarifiquen su perspectiva, que se liberen del hedor tóxico de la cultura dominante que les impide adoptar una postura más decidida, que integren la crítica social en su análisis, que adopten una perspectiva más integral, biocéntrica o ecocéntrica, uniéndose así inequívocamente al campo de los que luchan contra la «guerra contra el mundo viviente» que acarrea la civilización industrial, según la expresión de George Monbiot.

Nicolas Casaux

Referencias:

1. https://reporterre.net/La-web-serie-qui-raconte-l-effondrement-de-notr…

2. http://partage-le.com/2017/12/8414/

3. https://reporterre.net/Le-nombre-de-milliardaires-a-connu-en-2017-sa-p…

4. Voir cet article que j’ai récemment publié, « La transition anti-écologique : comment l’écologie capitaliste aggrave la situation » : http://partage-le.com/2017/09/7654/

5. Pour en savoir plus sur la nuisance de la croissance verte, vous pouvez lire ce texte de Philippe Bihouix, « Du mythe de la croissance verte à un monde post-croissance » : http://partage-le.com/2017/09/du-mythe-de-la-croissance-verte-a-un-mon…

6. Voir le nouveau livre de Guillaume Pitron du Monde Diplomatique dont parle ici le magazine les Inrockuptibles : https://www.lesinrocks.com/2018/01/06/livres/un-livre-revele-la-plus-f…

7. http://www.senat.fr/rap/r15–617–1/r15–617–1.htm

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La Era del Antropoceno: cambio climático, cambios en la ecología del planeta

Por Richard Gale y el Dr. Gary Null, 14 de marzo de 2018

globalresearch.ca

Los científicos del clima y los ecologistas se refieren a nuestra era postmoderna como la Era del Antropoceno cuando analizan el impacto de la civilización occidental en el clima y los futuros cambios y transformaciones ecológicas del planeta. De hecho, la Industria y la tecnología modernas están destruyendo el planeta. Su huella de carbono es algo evidente en cualquier lugar al que vayamos. La comida que llega a nuestra mesa ha seguido una larga trayectoria durante la cual se han emitido gran cantidad de gases de efecto invernadero. Pero también lo hacen los teléfonos móviles, los ordenadores, los pantalones y los zapatos, y otras muchas cosas. Aparte de los fenómenos meteorológicos extremos, a menudo no advertimos la inmediatez y la velocidad de esos cambios, como la llegada de ciertos escarabajos depredadores que invaden los árboles de nuestro jardín o la llegada de una planta exótica que sólo debiera crecer en otros climas. O la llegada de nuevas plagas que diezman los bosques.

Un estudio realizado durante cinco años por la Universidad de Delaware predijo que el 72% de los árboles de hoja perenne del sur de los Estados Unidos desaparecerá en el año 2050 debido al escarabajo del pino del sur que los está diezmando. Este insecto es nativo de América Central, sin embargo, desde 1990, los inviernos son más suaves, lo que ha permitido que la plaga migre hacia el norte hasta Nueva Jersey y más recientemente a Long Island. En toda América del Norte y otros continentes se están produciendo extinciones masivas de árboles.

Cuando el Laboratorio Nacional de Los Álamos, junto con científicos de otras 18 instituciones y agencias federales, llevaron a cabo múltiples simulaciones de calentamiento global para verificar y cotejar sus resultados, la conclusión fue la misma: el cambio climático es la máquina que provoca la muerte masiva de árboles y bosques. Esto incluye el gran bosque boreal que se extiende alrededor del clima más septentrional del planeta y uno de los recursos naturales más importantes y últimos que asegura que disponemos de aire oxigenado para respirar. Ya se está observando que la turba en los bosques boreales del mundo se está descomponiendo a un ritmo asombroso y liberando metano, un gas de efecto invernadero mucho más potente y peligroso que el dióxido de carbono.

En la costa del Pacífico de los EE.UU., una criatura gelatinosa conocida como pirosoma ha migrado desde sus aguas tropicales nativas más cálidas de la costa centroamericana hasta el Golfo de Alaska. Los pirosomas son una especie invasora, al igual que muchos otros organismos que se multiplican con el aumento de la temperatura mundial. Estos zooides son ahora tan abundantes que las poblaciones de bancos de peces están amenazadas. Interfieren con la industria pesquera y las pesquerías y, como consecuencia, la proliferación de pirosomas tiene un impacto negativo directo sobre las comunidades y las economías. En su libro “Stung! On Jellyfish Blooms and the Future of the Ocean”, la autora Lisa Ann Gershwin escribe:

«Estamos creando un mundo más parecido al de finales del Precámbrico que al de finales del siglo XIX, un mundo en el que las medusas dominaban los mares y los organismos con conchas no existían. Estamos creando un mundo en el que los humanos pronto seremos incapaces de sobrevivir o quisiéramos hacerlo».

Gershwin explica además cómo el aumento de las medusas contribuye al calentamiento global. Por un lado, las medusas consumen enormes cantidades de diatomeas y otros plancton, que ayudan a secuestrar el dióxido de carbono y expulsar el oxígeno. Segundo, las medusas excretan desechos ricos en carbono que son absorbidos por las bacterias del océano. A medida que el número de bacterias aumenta paralelamente a la floración de las poblaciones de medusas, se convierten en fábricas en miniatura que bombean dióxido de carbono a la atmósfera y acidifican aún más las aguas de los océanos.

O si va a un mercado, ¿nota que el pescado, incluyendo el atún y el bacalao, se está haciendo más pequeño? El calentamiento global también afecta directamente a los peces. Esta fue la conclusión de los científicos del Instituto para los Océanos y la Pesca de la Universidad de Columbia Británica basada en datos empíricos. Unos océanos más cálidos significan menos oxígeno para las funciones corporales de los peces porque «los peces están limitados por sus branquias en la cantidad de oxígeno que pueden extraer del agua». El estudio estima que se perderán 3,4 millones de toneladas métricas de peces por cada grado centígrado de calentamiento global.

Estas historias breves revelan los efectos adversos que se están produciendo en este mismo momento sólo en los EE.UU. debido al calentamiento global. Están entre muchos miles de otros que ocurren en todo el mundo. Cuando hablamos de cambio climático, las fronteras que dividen los intereses nacionales son irrelevantes. El cambio climático y el planeta que se calienta es una crisis global que nosotros mismos provocamos. Y se está haciendo muy poco, tanto a nivel político nacional como internacional, para reducir las fuentes y causas de esta emergencia.

Antes de que la orgía de la utilización y el consumo de combustibles fósiles se convirtiera en un hiperimpulso hacia 1950, había un 90% más de peces en nuestros océanos. Había 40 por ciento más de fitoplancton, uno de los más importantes fabricantes de oxígeno de nuestro planeta y un organismo esencial para contrarrestar la acidez causada por los desechos humanos y la contaminación. En menos de 70 años, los seres humanos ya han eliminado el doble de árboles de los bosques y selvas del mundo. Había tres veces más agua dulce. Y había un 30% menos de gases de efecto invernadero, especialmente dióxido de carbono en la atmósfera de la Tierra. Lo que es igualmente importante es imaginarse el sombrío escenario de que durante este mismo período de 70 años, a medida que los recursos para sostener la vida humana disminuyen, nuestra población aumenta paulatinamente. Desde 1950 (2.500 millones de personas) casi se ha triplicado hasta alcanzar los 7.600 millones en 2020. Las simples matemáticas son claras: la humanidad se dirige hacia tiempos extremadamente oscuros y aterradores en un futuro muy cercano.

Es reconfortante volverse complaciente y simplemente considerar la decadencia gradual y la muerte de los ecosistemas del planeta como coincidencias inusuales o extrañas. Rara vez pensamos en los factores causales más profundos que apuntan directamente a nuestros comportamientos individuales y sociales. Los inviernos comienzan más tarde; la primavera llega antes. Las lluvias prolongadas y los incidentes climáticos extremos se perciben como meras anomalías, al igual que los excesivos meses de calor y sequía. A los científicos les gusta decir que esta es la nueva»normalidad», al igual que los medios de comunicación nos hacen creer que la obesidad y una vida más corta también son nuevas normas. Pero la vida continúa. Aceptamos pasivamente la sutileza de los cambios adversos que afectan nuestras vidas. La asimilación y adaptación al cambio hostil es mucho más fácil y reconfortante que despertar de nuestra ignorancia o negación de problemas que amenazan la vida. La gente simplemente dice, «ese fue un año extraño» o «el clima se comporta de una forma extraña últimamente”, y asume que todo volverá a un nivel medio al año siguiente. Todo es cíclico, ¿verdad? Pero los últimos años de normalidad no reaparecen. Cada año es testigo de nuevos eventos climáticos que rompen récords en algún lugar del mundo. Y esto es parte de lo que refleja la Era del Antropoceno.

Entonces, ¿qué se quiere decir cuando decimos que la humanidad y todas las demás especies, y el mismo planeta, han entrado en la Era del Antropoceno? El Antropoceno significa que lo que la humanidad hace hoy es más de lo que ha hecho en el pasado desde los albores de la sociedad industrial moderna, hace más de doscientos años, cuando se inventó la máquina de vapor. El término no es descriptivo únicamente de nuestro siglo actual, sino que se refiere a toda una era en el tiempo geológico. La Era Cenozoica anterior comenzó hace 65 millones de años después de la extinción de los dinosaurios no voladores y la rápida aparición de los mamíferos. Las edades geológicas anteriores también experimentaron cambios catastróficos. La última y más reciente fue la del Holoceno que comenzó al final de la era glacial, hace aproximadamente 11.700 años. Pero estos cambios se originaron dentro de la geofísica natural y los fenómenos que ocurren dentro de los sistemas geológicos del planeta. O fueron accidentales, como el caso de un asteroide, de aproximadamente 6 millas de diámetro, que chocó contra la superficie de la Tierra y alteró de la noche a la mañana la atmósfera y la temperatura mundial, lo que dio lugar a la Era Cenozoica.

El Antropoceno es algo único en el tiempo geológico. No son sólo los ritmos geofísicos los que alteran el planeta de forma natural. Eso fue en épocas anteriores. Durante los últimos doscientos años ha aparecido un nuevo agente de cambio geológico: el moderno Homo sapiens y el surgimiento de una civilización industrializada distanciada de la naturaleza y sus orígenes. Y este agente se ha vuelto tan penetrante e independiente de su línea de vida natural, tan distanciado de su hogar natural que le dio origen, que al igual que el asteroide cenozoico, la humanidad se ha transformado en un poder alienígena que afecta y remodela todos los geosistemas y ecosistemas que de otro modo mantendrían a la Tierra en un estado natural de balance y equilibrio. Esta es la era de Anthropos, la palabra griega para «humano», pero también apropiadamente el nombre de un robot social diseñado para imitar el comportamiento humano por Media Lab Europe. Es una nueva era geológica creada por nosotros mismos.

En 1873, un geólogo italiano llamado Antonio Stoppani observó que los humanos estaban incrementando su influencia sobre el mundo, afectando negativamente los sistemas ecológicos de la Tierra. Propuso que el planeta estaba entrando en una nueva era en su historia geológica, a la que llamó la «era antropozoica», la séptima edad geológica desde que la Tierra se formó en el Sistema Solar como un cúmulo de gas y polvo hace 4.600 millones de años, y la octava época durante la era desde la aparición de los mamíferos que se inició hace 65 millones de años. Durante su vida, las ideas y predicciones de Stoppani no lograron arraigarse en la comunidad científica. La civilización occidental estaba todavía en medio de la euforia de la Ilustración por el repentino estallido de descubrimientos científicos y los poderes de la razón sobre el instinto. Fue durante esta Era de la Razón cuando la teoría de Darwin sobre la evolución humana se apoderó de la imaginación intelectual y gradualmente se fusionó con mitos utópicos de infinito progreso industrial y económico. Desde entonces, el mito se ha solidificado en la conciencia occidental, creando una visión del mundo que hoy en día percibe a nuestra especie como los maestros y dioses de la creación, los gobernantes supremos de su destino terrestre.

Las ciencias geológicas tendrían que esperar otros cien años antes de que un químico holandés y laureado con el Premio Nobel que observó por primera vez el agujero en la capa de ozono, Paul Crutzen (imagen a la izquierda), definiera la Era del Antropoceno como la llegada de una nueva época en la historia geológica de la Tierra. Crutzen observó que la actividad humana había pasado un umbral por el cual se había convertido en la fuerza dominante y abrumadora que moldeaba los sistemas internos y la geología del planeta. Según Crutzen y su colega Eugene Stoermer, biólogo de la Universidad de Michigan, fue a finales del siglo XVIII cuando comenzó la Era Antropocena con las primeras evidencias científicas de dos gases de efecto invernadero, el CO2 y el metano, generados por la sociedad industrial humana. Hoy en día, la definición se ha mantenido y se está convirtiendo rápidamente en un término familiar.

Pero, ¿qué significa para la Tierra haber entrado en una nueva época geológica? Para comprender mejor el significado pleno del Antropoceno como una nueva era geológica, imagínese por un momento que todos los humanos desaparecieran repentinamente de la faz de la Tierra mañana. O imagine que todos hemos sido transportados al espacio exterior por una raza alienígena para liberar a la Tierra de las acciones destructivas de la humanidad. Aun con la ausencia de la humanidad, durante los próximos diez a quince mil años, todos los eventos geológicos y climáticos subsiguientes tendrán una relación directa o indirecta con las actividades humanas del pasado. Las huellas de nuestra civilización son tan penetrantes a través de los sistemas geo- y atmosféricos de la Tierra que perdurarán por muchos milenios, mucho después de que nuestra especie se extinga. Y es con la llegada del Antropoceno que la humanidad se ha convertido como el principal artífice del ecocidio, el destructor del medio ambiente, los ecosistemas y los hábitats del planeta.

Clive Hamilton (imagen de la derecha), ex miembro de la Autoridad del Cambio Climático del gobierno australiano, escribe: «La llegada del Antropoceno contradice todas las narrativas, filosofías y teologías que predicen un ascenso preordenado y continuo de la humanidad a niveles cada vez más altos de desarrollo material, social y espiritual». En su libro de 2017, Defiant Earth: The Fate of Humans in the Anthropocene (Tierra desafiante: El destino de los humanos en el Antropoceno), Hamilton advierte de la arrogancia científica que impulsa a las naciones occidentales a imaginar que podemos aplicar técnicas de geoingeniería para modificar el clima, reducir las amenazas destructivas de los gases de efecto invernadero y asegurar un mayor crecimiento del capital humano y el desarrollo tecnológico para resolver todos los problemas de nuestra civilización y del planeta a medida que surjan. Para Hamilton, el Antropoceno exige que todo lo que hemos dado por sentado sobre nuestra civilización -desarrollo económico, globalización y comercio, política y política exterior, estructuras sociales y más- debe ser reevaluado. Más importante aún, existe una demanda urgente de una relación completamente nueva que la humanidad debe crear con la Tierra y con otras especies. Por último, es hora de que las naciones, sus gobernantes y los líderes de la industria acepten el hecho de que ya no somos capaces de dar marcha atrás en el reloj geológico.

Si limitamos nuestra definición del Antropoceno únicamente al cambio climático, no captamos el panorama general y no reconoceremos lo que realmente está en juego. Es cierto que el cambio climático ha sido la razón principal de la acuñación del término. Sin embargo, los seres humanos están alterando la geología, los ecosistemas y la biodiversidad del planeta de muchas otras maneras que están indirectamente relacionadas con el calentamiento del planeta o algo muy diferente. Estos otros impactos antropogénicos y amenazas para la supervivencia humana son más recientes y coinciden con el florecimiento de la tecnología postindustrial y el deseo de la humanidad de conquistar, dominar y manipular la Naturaleza únicamente para su propia avaricia y necesidades. La modernidad se aleja cada vez más del tejido natural de la vida del que dependen nuestras vidas para sobrevivir. Esta tendencia sigue aumentando, incluso entre las generaciones más jóvenes, que ahora pasan menos tiempo jugando al aire libre y más tiempo delante de ordenadores, televisores y juegos electrónicos.

Richard Heinberg, director del Post Carbon Institute de California, advierte que la continua expansión de la civilización moderna ha sobrepasado con mucho la capacidad de la Tierra para proporcionar los recursos necesarios de los que dependen nuestras vidas. Este problema, argumenta Heinberg, es el resultado de un grave desequilibrio en nuestros sistemas humanos. El problema quedó al descubierto por primera vez en 1972, cuando un grupo de investigadores del MIT publicó el ahora profético estudio Limits of Growth. El informe predijo con precisión muchas de las amenazas a las que se enfrentan nuestras sociedades debido al agotamiento de los recursos, la producción de alimentos, las industrias manufactureras, la sobrepoblación, el aumento de la contaminación, etc. Fue el primer estudio importante en confirmar que la cosmovisión de nuestra civilización de que puede haber un progreso económico infinito que depende de recursos naturales finitos es una receta para un colapso catastrófico. Durante más de cuarenta años, los principales ecologistas han entendido el dilema humano mediante el pensamiento sistémico. Para comprender plenamente los grandes problemas a los que nos enfrentamos, incluyendo nuestras vidas individuales, es imperativo que dejemos de lado el pensamiento lineal y racional, y miremos nuestros problemas sistémicamente. Esto incluye las muchas maneras en que entendemos nuestra propia salud y las soluciones disponibles para abordar los problemas de la enfermedad.

Nada en la naturaleza es lineal. La naturaleza opera de acuerdo a una teoría de sistemas. Es inherentemente holística, lo que significa que toda la Naturaleza es más que la simple suma de sus partes (ecologías individuales) y hay numerosas relaciones interdependientes entre esas partes. Esto es cierto para el reconocimiento de las principales consecuencias del cambio climático, así como para la comprensión de los costes ambientales de la extinción de especies, la destrucción de los ecosistemas del planeta, la agricultura de monocultivos y la industria ganadera, la deforestación, las operaciones mineras masivas y mucho más. Lamentablemente, nuestras instituciones políticas y la estrechez de miras de los intereses privados son incapaces de comprender los resultados sistémicos detrás de sus actuaciones. Si lo fueran, ya no habría negacionistas del cambio climático en los cargos públicos. Por esta razón, la tecnología no nos salvará en última instancia.

Una foto de una enorme mina de cobre a cielo abierto de Antofagasta en Chile. (Fuente: D. Gary G Kohls)

La propia tecnología, incluidas las tecnologías «verdes» como la energía solar y las turbinas eólicas, también depende de recursos que dejan una huella de carbono. Los paneles solares requieren el uso de arsénico, aluminio, cadmio, cobre, galio, telurio y otros metales. Los aerogeneradores requieren aleaciones de acero, níquel, cromo, aluminio y manganeso. La mayoría de estos metales requieren de la minería, y todas las operaciones mineras dependen de combustibles fósiles y emiten gases de efecto invernadero. La minería también contribuye al menoscabo ecológico de los árboles, la flora y la degradación de los suelos. Sin duda, las tecnologías nos harán ganar tiempo. Pero ninguna de ellas es la solución milagrosa para frenar el calentamiento acelerado. Tal vez una de las únicas soluciones prometedoras sea una enorme reducción del progreso y el desarrollo, que sigue el viejo mantra de los años 70: «reducir, reutilizar, reciclar». Pero tal política es completamente contradictoria con toda la maquinaria económica neoliberal que alimenta la globalización corporativa y la expansión de los mercados. En resumen, el cambio climático y el medio ambiente son cuestiones morales, y el capitalismo de libre mercado, según Jerry Mander y fundador del Foro Internacional sobre la Globalización, es fundamentalmente amoral y sin ningún otro valor humano que no sea el económico.

Nuestra civilización moderna también está reorganizando y transformando el ADN mismo de la vida terrestre. El árbol evolutivo de la vida, que requirió miles de millones de años de cambio, innovación, adaptación y desarrollo para hacer surgir la vitalidad natural del mundo en el que vivimos hoy en día, está siendo transformado por las alteraciones tecnológicas en un laboratorio. En un artículo publicado en la revista Anthropocene Magazine, Andrew Revkin escribió que «la revolucionaria herramienta de edición genética CRISPR está lista para imponer las ambiciones de los humanos al menos tan profundamente como los combustibles fósiles han cambiado el mundo físico«. El árbol de la vida, observa Revkin, y que Darwin imaginó, ha sido «completamente perturbado ahora que la secuenciación del ADN permite una visión más completa» de los organismos vivos.

Desafortunadamente, las naciones del mundo aún tienen que enfrentarse a las polémicas repercusiones a largo plazo de la ingeniería genética. Y menos aún, ¿reconoce la ciencia las posibles crisis que pueden surgir de la interacción de los organismos genéticamente modificados liberados y el cambio climático abrupto? Por ejemplo, la promesa de la Segunda Revolución Verde de cultivos más resistentes para sobrevivir a futuras invasiones de plagas y malezas y para producir mayores rendimientos de la ingeniería genética se está desmoronando rápidamente.

Si usted visita cualquier campo de soja transgénica en el Medio Oeste de los Estados Unidos, mezclada entre las plantas de soja de color verde más pálido, observará plantas más altas, más lustrosas y verdes más oscuras o algarrobas que dominan gradualmente su vista. Similar a la resistencia microbiana a los antibióticos debido a la excesiva prescripción, las super malezas se están volviendo cada vez más resistentes a los productos tóxicos de Monsanto y otras compañías agroquímicas. Los cultivos cultivados mediante prácticas industriales químicas, como fertilizantes nitrogenados, una variedad de pesticidas y herbicidas, arado a máquina y una mayor demanda de agua, están resultando ser nutricionalmente inferiores a sus contrapartes orgánicas. También se han vuelto más susceptibles a las invasiones de plagas, lo que a su vez requiere una mayor aplicación de productos químicos potentes y tóxicos. Los rendimientos están disminuyendo. Los episodios más frecuentes de sequía extrema y precipitaciones excesivas debido al calentamiento global agravan aún más las dificultades a las que se enfrentan los agricultores. Toda nuestra infraestructura de seguridad alimentaria está sobrecargada de impuestos, severamente estresada y es más difícil mantenerla a flote a medida que se demandan más fertilizantes, químicos tóxicos y agua. Este mecanismo de retroalimentación positiva -un modelo inicial de agricultura basado en productos químicos que requiere más de lo mismo para mantener el ritmo del cambio climático- reduce aún más los rendimientos y crea más estrés económico y de salud para las personas y las familias.

Cuando damos un paso atrás y echamos un vistazo a la huella antropogénica de nuestra civilización, también debemos tener en cuenta otras actividades además de la quema de combustibles fósiles. A nivel mundial, decenas de miles de millones de toneladas de hormigón, tal vez una de las sustancias más perjudiciales para el medio ambiente jamás inventadas, se utilizan en la construcción y el desarrollo. Las corporaciones privadas extraen grandes cantidades de aluminio anualmente, lo cual es un proceso de uso intensivo de energía. La energía gastada en la producción de aluminio es hoy más costosa que el costo real del metal. Nuestra tierra, nuestros ríos, lagos y océanos están cubiertos de plástico. El último estudio realizado en 2016 estimó que aproximadamente ocho millones de toneladas de plástico se vierten en los océanos anualmente. En todo el mundo, la dependencia de los Estados Unidos del plástico sigue aumentando y la industria del plástico se basa en el petróleo. WorldWatch estima que el 4% del petróleo consumido se destina a la fabricación de plásticos. Y EE.UU. lidera los países desarrollados en el reciclaje de la menor cantidad de plástico post-consumo. Más del 90%, aproximadamente 32 millones de toneladas, se desecha o se vierte en vertederos.

Después del agua, según el Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia, «el hormigón es la sustancia más consumida del planeta«. El ritmo de producción de hormigón en la actualidad equivale a que cada persona en el planeta consume tres toneladas al año. La fabricación de hormigón representa el 5% de las emisiones de CO2 durante el proceso de calentamiento de la piedra caliza. Y el paisaje de nuestro planeta sigue construyéndose sobre hormigón. A pesar de que la Junta del Mar del Este permanece bajo alerta por las repentinas ráfagas de subida del nivel del mar (seis veces el promedio mundial entre 2011 y 2015), las inundaciones y las olas más altas durante las tormentas tropicales, la locura de la construcción acelerada a lo largo de la costa no ha disminuido. «Es increíble ver la construcción a lo largo de la costa este», escribe Arnoldo Valle-Levinson de la Universidad de Florida en Geophysical Research Letters. «Ese es el peor lugar para construir algo.» Prevé que las ciudades del sureste de EE.UU. se conviertan en «venecianas», propensas a las inundaciones por mareas, a medida que el calentamiento global avanza.

Debido a que los cambios de la Tierra son impulsados por actividades económicas e industriales por el modelo de libre mercado, algunos investigadores, como Jason Moore de la Universidad de Binghamton, argumentan que nuestra era actual debería llamarse el Capitaloceno. Para Moore y sus seguidores, esta es una época en la que nuestra degradación ecológica está siendo alimentada por «la desigualdad, la mercantilización, el imperialismo y más». Moore tiene razón en muchos aspectos. Sin embargo, la agenda capitalista no es la única culpable de destruir el planeta y las vidas humanas. La China comunista es igualmente criminal, el líder mundial en emisiones de gases de efecto invernadero y contribuye al 30% de todas las emisiones antropogénicas de CO2 a la atmósfera. Hay tantos delincuentes responsables de nuestras catástrofes climáticas que están decididos a mantener viva la economía de los combustibles fósiles. En julio de 2017, el Climate Accountability Institute y sus socios publicaron un informe que acusa a sólo 100 empresas de ser responsables del 71% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero desde 1988. Si nuestros gobiernos fueran realmente democráticos y tuvieran integridad, estas empresas serían consideradas responsables de un daño incalculable al medio ambiente, a las ciudades, a las comunidades y a las familias.

Hoy en día existe un creciente consenso entre muchos intelectuales que han dedicado gran parte de su vida al movimiento ecologista en el sentido de que sólo un cambio sistémico generalizado evitará el colosal sufrimiento humano que se avecina en un futuro no muy lejano. Esto requiere una acción con visión de futuro en todos los niveles de nuestra sociedad moderna. Y esto comienza con nosotros mismos, cambios dramáticos en nuestras vidas personales y luego llegar a nuestros vecindarios, pueblos, comunidades. «Incluso si nuestros esfuerzos no pueden salvar la civilización industrial consumista«, señala Richard Heinberg, «todavía podrían tener éxito en plantar las semillas de una cultura humana regenerativa digna de sobrevivir«. Este enfoque sistémico, junto con un «despertar moral», cree Heinberg, es la única esperanza real de supervivencia ante nosotros.

Richard Gale es el Productor Ejecutivo de la Red de Radio Progresiva y ex Analista Senior de Investigación en las industrias de biotecnología y genómica.

El Dr. Gary Null es el presentador del programa de radio público sobre salud alternativa y nutricional más antiguo del país y un director de documentales ganador de múltiples premios, entre ellos Poverty Inc y Deadly Deception.

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La Policía del Pensamiento del siglo XXI

Por Chris Hedges, 23 de enero de 2017

truthdig.com

La eliminación de la neutralidad en la red y el uso de algoritmos por parte de Facebook, Google, YouTube y Tw¡ter para disuadir a los posibles lectores y espectadores de los sitios críticos, de izquierdas y en contra de la guerra, al mismo tiempo que se demoniza como agentes extranjeros a los periodistas que exponen los crímenes del Capitalismo y del Imperialismo, ha dado a las Corporaciones el poder de anular la libertad de expresión. Por esta razón viajé la semana pasada a Detroit para reunirme con David North, el Presidente del Consejo Editorial del sitio web World Socialist, en un seminario transmitido en directo en el que se pedía la formación de un amplio frente para luchar contra la creciente censura, mientras todavía se disponga de voz. 

El futuro de la Humanidad es una lucha entre los humanos que controlan las máquinas y las máquinas que controlan a los seres humanos”, dijo Julian Assange, fundador de Wikileaks, en un comunicado emitido en apoyo de este evento. “Entre la democratización de la comunicación y la usurpación de la comunicación por la Inteligencia Artificial. Si bien Internet ha provocado una revolución en la capacidad de las personas para aprender, este fenómeno ha acabado por sacudir los bases mismas del establishment existente. Google, Facebook y sus equivalentes en China, integrados desde el punto de vista logístico y financiero con las élites, se han movido y tomado el control para que las aguas vuelvan a su cauce. No se trata de una simple corrección. La masiva influencia social impulsada por la Inteligencia Artificial supone una amenaza para la Humanidad. A pesar de que está en sus inicios, las tendencias se muestran claramente y avanzan geométricamente. El fenómeno difiere de los intentos tradicionales de dar forma a los fenómenos culturales y políticos, ya que ahora se opera a gran escala, con suma rapidez y con una sutileza que eclipsa las capacidades humanas”.

A finales de abril y principios de mayo, el sitio web World Socialist, que se identifica como un grupo Trotskista que se ocupa de los crímenes del Capitalismo, de la difícil situación de la clase obrera y del Imperialismo, comenzó a experimentar un pronunciado descenso en el número de lectores. La disminución continuó en el mes de junio. El tráfico en la página web de World Socialist se ha reducido por término medio en un 75%. Consortium News ha descendido en un 72%, Global Research y Truthdig, también han visto disminuir el número de visitas. Y la situación parece ir cada vez peor.

Estos descensos coincidieron con el cambio de los algoritmos impuestos por Google para combatir las “noticias falsas”. Google dijo que los algoritmos están diseñados para “dar mayor relevancia a los contenidos autorizados” y “marginar aquella información descaradamente falsa, de baja calidad, ofensiva o francamente fraudulenta”. Sin embargo, parece evidente que esa lucha contra la “noticias falsas” por parte de Google, Facebook, YouTube y Twiter están censurando a los sitios críticos, progresistas y pacifistas. Los 150 términos más populares de búsqueda que dirigían a los lectores del sitio web World Socialist, incluidos “socialismo”, “revolución rusa” y “desigualdad”, hoy en día generan ninguno o muy escaso tráfico.

Monika Bickert, Directora de Gestión de las políticas de Facebook, dijo al Comité de Comercio, Ciencia y Transporte del Senado de los Estados Unidos, en una audiencia el pasado miércoles, que Facebook emplea a un equipo de seguridad formado por entre 7500 a 10.000 personas, las cuales “evalúan la potencial violación de los contenidos” y por eso “a finales de 2018 se duplicará esa cantidad, en torno a las 20.000 personas”. Las empresas de las redes sociales se entrelazan con las agencias de inteligencia, y a menudo trabajan para ellas. Ese ejército de censores es nuestra Policía del Pensamiento.

El grupo, dijo Bockert, incluye “un equipo dedicado al contraterrorismo” formado por “ex agentes de inteligencia y agentes de orden público y fiscales que trabajaron en el área de contraterrorismo”. Dijo que la Inteligencia Artificial señala los contenidos cuestionables. Facebook, dijo, no “espera a que estos… malos actores inserten el contenido en Facebook antes de que pase por nuestros sistemas de detección”. La “propaganda” que Facebook bloquea, dijo, “es un contenido que identificamos antes de que nadie pueda verlo”. Facebook, dijo, junto con más de un docena de empresas de redes sociales, ha creado una lista negra con más de 50.000 “huellas digitales únicas” que pueden evitar la publicación de ciertos contenidos.

Creemos que una parte importante de la lucha contra el extremismo es evitar el reclutamiento de personas por parte de aquellas ideologías que las puede llevar a cometer actos de violencia”, dijo ante el Comité. “Esta es la razón por la que apoyamos los esfuerzos de contraespionaje”.

Eric Smith, que este mes renuncia como Presidente Ejecutivo de la empresa matriz de Google, Alphabet, reconoció que Google está desarrollando algoritmos para “descalificar” los sitios web de noticias como RT y Sputnik de sus servicios de Google News, bloqueándolos de manera efectiva. El Departamento de Justicia de los Estados Unidos obligó a RT América, donde ofrece un programa, “En contacto”, que da voz a las voces antiimperialistas y anticapitalistas, a registrase como un “agente extranjero”. Google eliminó el canal de Youtube de RT. Twiter ha bloqueado la publicidad de las agencias de noticias rusas RT y Sputnik.

Es una censura mundial. La Ley de Aplicación de la Red del Gobierno alemán penaliza a las empresas de redes sociales que publiquen contenidos supuestamente cuestionables. El Presidente francés Emmanuel Macron, ha prometido eliminar las “noticias falsas” de Internet. Facebook e Instagram borraron las cuentas de Ramzan Kadyrov, el dictador de la República Chechena, porque está en una lista de sancionados por los Estados Unidos. Kadyrov es desde luego una persona odiosa, pero esta prohibición, como lo señala la Unión de Libertades Civiles de los Estados Unidos, faculta al Gobierno de los Estados Unidos a censurar los contenidos de una manera efectiva. Facebook, que trabaja con el Gobierno israelí, ha eliminado más de 100 cuentas de activistas palestinos. Se trata de una ominosa marcha hacia un mundo orwelliano controlado por una policía del pensamiento, en Neolengua” “crimen mental”, o como le gusta decir a Facebook, “descalificación” y “contraespionaje”.

La censura, justificada en nombre de la lucha contra el terrorismo mediante el bloqueo del contenido de los grupos extremistas, también está diseñada para evitar que las gentes accedan a aquellos contenidos que hablan de la opresión de las Corporaciones, del Imperialismo o del Socialismo.

¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente?”, escribió Orwell en 1984. “En efecto, ¿cómo puede haber crimental si cada concepto se expresa claramente con una sola palabra, una palabra cuyo significado esté decidido rigurosamente y con todos sus significados secundarios eliminados y olvidados para siempre? Cada año habrá menos palabras y el radio de acción de la conciencia será cada vez más pequeño…”.

El capitalismo corporativo y la ideología que lo justifica -el neoliberalismo, el libre mercado, la globalización- ya no tienen credibilidad. Todas las promesas utópicas de la globalización han sido desenmascaradas como mentiras. Permitir que los bancos y las corporaciones determinen cómo debemos ordenar la sociedad humana y gobernarnos no expandió la riqueza global, ni elevó el nivel de vida de los trabajadores o implantó la democracia en todo el mundo. La ideología, predicada en las escuelas de negocios y por hábiles políticos, era una fina tapadera para la avaricia depredadora de las élites, élites que ahora controlan la mayor parte de las riquezas del mundo.

Las élites gobernantes saben que están en problemas. La sumisión de los partidos Republicano y Demócrata al poder corporativo es transparente. Las insurrecciones en los dos partidos que vieron a Bernie Sanders casi derrotar al candidato demócrata aparentemente preordenado, Hillary Clinton, y la elección de Donald Trump aterrorizan a las élites. Las élites, al atacar a los críticos y disidentes como agentes extranjeros de Rusia, intentan desviar la atención de la causa de estas insurgencias: la enorme desigualdad social. Los críticos del estado corporativo y el imperialismo, ya marginados, son ahora peligrosos porque las élites ya no tienen un contraargumento viable. Y por eso hay que silenciar a estos disidentes.

Lo que sí es importante es que en un período de creciente radicalización política entre los jóvenes, entre los trabajadores, comienzan a buscar información crítica, se interesan por el socialismo, la revolución, términos como’ igualdad’, esos términos que antes llevarían a miles de lectores al World Socialist Web Site, ahora no llevaban a ningún lector al World Socialist Web Site «, dijo North. «En otras palabras, han establecido una cuarentena entre aquellos que podrían estar interesados en nuestro sitio y WSWS. Lo que antes era un puente, ahora Google ha establecido una barrera, un guardia que impide el acceso a nuestro sitio «.

Internet, con su capacidad para llegar más allá de las fronteras internacionales, es una potente herramienta para conectar a los trabajadores de todo el mundo que están luchando contra el mismo capitalismo corporativo enemigo. Y el control de Internet, saben las élites, es vital para restringir la información y la toma de conciencia.

» No hay una solución nacional a los problemas del capitalismo estadounidense «, dijo North. «El esfuerzo de Estados Unidos es superar esto a través de una política de guerra. Porque, en última instancia, ¿qué es el imperialismo? La incapacidad de resolver los problemas del estado-nación dentro de las fronteras nacionales impulsa una política de guerra y conquista. Eso es lo que está ocurriendo. En situaciones de guerra, amenaza de guerra, condiciones de creciente e inconmensurable desigualdad, la democracia no puede sobrevivir. La tendencia actual es la represión de la democracia. Y así como no hay una solución nacional para el capitalismo, tampoco hay una solución nacional para la clase obrera «.

«La guerra no es una expresión de la fuerza del sistema «, dijo North. «Es una expresión de una larga y profunda crisis. Trotsky dijo en el Programa de Transición:»Las élites gobernantes se lanzan con los ojos cerrados hacia la catástrofe. En 1939, fueron a la guerra, como en 1914, conscientes de las consecuencias potencialmente desastrosas. Ciertamente, en 1939, sabían cuáles eran las consecuencias de la guerra: la guerra trae la revolución. Pero no podían ver una salida. Los problemas globales que existen sólo pueden ser resueltos de dos maneras: la solución capitalista e imperialista es la guerra y el fascismo. La solución de la clase obrera es la revolución socialista. Esta es, creo, la alternativa a la que nos enfrentamos. Así pues, la pregunta que ha surgido, en el sentido más amplio, es: ¿cuál es la respuesta a los problemas a los que nos enfrentamos? Construyendo un partido revolucionario «.

«Va a haber, y ya se están desarrollando, enormes luchas sociales «, dijo North. «La cuestión de la revolución social no es utópica. Es un proceso que surge objetivamente de las contradicciones del capitalismo. Creo que se puede argumentar -y creo que hemos hecho este razonamiento- que realmente, desde 2008, hemos sido testigos de una aceleración de la crisis. Nunca se ha resuelto y, de hecho, los enormes niveles de desigualdad social no son en sí mismos la expresión de un orden socioeconómico saludable, sino más bien profundamente enfermo. Está alimentando, a todos los niveles, la oposición social. Por supuesto, el gran problema, entonces, es vencer el legado de confusión política, producido, de hecho, por las derrotas y las traiciones del siglo XX: la traición de la Revolución Rusa por el estalinismo; las traiciones de la clase obrera por la socialdemocracia; la subordinación de la clase obrera de los Estados Unidos al Partido Demócrata. Estos son los temas críticos y las lecciones que hay que aprender. La educación de la clase obrera en estos temas, y el desarrollo de la perspectiva, es el punto más crítico… el problema básico no es la falta de coraje. No es una ausencia del deseo de luchar. Es una falta de comprensión.»

«La conciencia socialista debe ser incorporada a la clase obrera», dijo North. «Hay una clase trabajadora. Esa clase obrera está abierta y receptiva a las ideas revolucionarias. Nuestro reto es crear las condiciones. Los trabajadores no aprenderán esto en las universidades. El movimiento marxista, el movimiento trotskista, debe proveer a la clase obrera con las herramientas intelectuales y culturales que requiere, para que entienda lo que debe hacerse. Proporcionará la fuerza, proporcionará la determinación, el combustible emocional y apasionado de cada movimiento revolucionario está presente. Pero lo que requiere es comprensión. Y lo haremos, y estamos intentando defender la libertad de Internet porque queremos hacer uso de este medio, junto con otros, para crear las condiciones para que esta educación y revitalización de la conciencia revolucionaria tenga lugar «.

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Monsanto, Bayer y el Neoliberalismo: hacia un modelo Corporativo de Agricultura Industrial

Por Colin Todhunter, 11 de enero de 2017

Global Research

Un profesional de Marketing que trabaja en Bayer dijo recientemente en Twiter que los críticos de los transgénicos restringían las opciones de los agricultores. Es una acusación bastante corriente entre el lobby protransgénicos. Ya en el artículo anterior hice notar la idea de que los cultivos transgénicos ofrecen más posibilidades a los agricultores es errónea, ya que las corporaciones como Bayer o Monsanto restringen esas posibilidades. Hay numerosas pruebas de que los cultivos transgénicos llevan al agricultor a un callejón sin salida.

Sin embargo, frente a los interminables debates sobre el cómo y los porqués de los transgénicos, se pasa por alto el hecho de que los cultivos transgénicos se inscriben dentro de un modelo particular que cada vez está más cuestionado. Para citar un reciente artículo de Charles Eisenstein, que de lo que deberíamos hablar es de “la elección entre dos sistemas muy diferentes de producción de alimentos, dos visiones de la sociedad y dos formas fundamentalmente diferentes de relacionarse con las plantas, los animales y el suelo” (en la tabla que se ofrece aquí se proporciona una visión concisa de estas dos posturas).

El hecho de que alguien elija comerciar con una gigantesca empresa multinacional dice mucho sobre su lealtad y fe en el poder de las Corporaciones, y mucho menos sobre un sistema económico en el que predomina el beneficio de la empresa y el modelo agrícola que promueve. Aquellas visiones del mundo inspiradas en el modelo de las Corporaciones tienden a definir el tipo de elección: un modelo del mundo dentro de unos parámetros muy estrictos.

Elección, desarrollo y futuro de la agricultura en la India

Si las tendencias actuales continúan en la India, podría significar que la mayor parte la población viviría en megaciudades de hasta 40 millones de habitantes, de modo que sólo del 15-20% de la población (en comparación con el actual 60% o más) viviría en núcleos rurales, un campo vacío. También podría significar que cientos de millones de antiguos residentes en las zonas rurales se quedarían sin trabajo.

Gracias a un modelo de agricultura basado en el lema del “crecimiento”, la trayectoria de este país puede implicar un futuro con vastas extensiones de monocultivos, en las que se desarrollarían cultivos modificados genéticamente tratados con cóctel de plaguicidas patentados, suciedad y polvo.

Monsanto, Bayer , Cargill y otras grandes Corporaciones decidirán qué se debe comer y cómo se deben producir y procesar los alimentos. Desde las semillas hasta el plato, las Corporaciones están tomando el control de la cadena alimentaria, de modo que todo el proceso puede acabar en sus manos.

Eisenstein aprecia las consecuencias de este modelo agrícola que están implantando las Corporaciones:

“… una sucesión interminable de nuevos productos químicos y transgénicos para compensar las consecuencias de una agricultura química mecanizada, que lleva a un agotamiento del suelo, mayor cantidad de hierbas resistentes a los herbicidas y de insectos resistentes a los insecticidas”.

En otras palabras, a medida que los agricultores quedan atrapados en una cadena de alta tecnología impregnada de productos químicos para la agricultura, las opciones cada vez se van restringiendo más en un flujo interminable de insumos patentados, que bajo la bandera de la “innovación” tratarán de abordar los problemas y las fallas resultantes de la aplicación de la tecnología “de vanguardia “ de las Corporaciones.

En la India, el sistema productivo existente basado en un modelo de agricultura a pequeña escala y el procesamiento de los alimentos a pequeña escala, será todo menos un recuerdo, mientras los que resistan se verán exprimidos, trabajando para la proveedores mundiales de semillas y productos agroquímicos, que dominan el mercado.

Los agricultores independientes y los procesadores que trabajan a nivel de las aldeas se habrán visto forzados a abandonar el sistema: la Agricultura Industrial será la norma, a pesar de toda la devastación social, ambiental y sanitaria, con los elevados costes externos que conlleva este modelo.

El modelo de agricultura que se promueve en la actualidad sirve para integrar aún más a la India en un sistema político mundial dominado por los Estados Unidos, que ha desempeñado un papel muy importante en la creación de regiones ricas en alimentos y otras con déficit de alimentos. En gran parte del mundo, el sistema globalizado impuesto por el Capitalismo, con la ayuda de la OMC, el FMI y el Banco Mundial, ha llevado a una desigualdad estructural y a la pobreza: la privatización de las semillas, del conocimiento, de la tierra y el agua; unas políticas desleales de comercio internacional que ha devastado la agricultura indígena; la marginación de los pequeños agricultores, que son la columna vertebral de la producción mundial de alimentos; la especulación con los productos básicos, lo que resulta en una escasez de alimentos; y una agricultura orientada a la exportación y la deuda, que ha minada las economías rurales.

Desafiando la Agenda Neoliberal

No ha ayudado el hecho de que desde la década de 1990 la India se haya atado cada vez más a un sistema de globalización Neoliberal, un sistema insostenible y plagado de crisis que alimenta la deuda nacional y se basa en la transferencia (desmonetización) hacia los Bancos y las Corporaciones. Un sistema basado en una economía de consumo basado en el crédito/deuda, la especulación financiera, los derivados, con países que ya no pueden llevar a cabo sus propias políticas, atados por unos acuerdos comerciales antidemocráticos, comprometidos con las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y siguiendo el camino prescrito por el Banco Mundial, independientemente de cualquier otra voluntad de la gente. Un sistema por el cual los gobiernos se paralizan, ya que sus ojos están puestos en la “confianza de los mercados” y temerosos de la fuga de capitales.

Surge la pregunta sobre qué se podría hacer para evitar que esta futura distopía neoliberal arraigue en la India.

Los autores de este artículo argumentan que las medidas que a largo plazo se pueden llevar a cabo serían: una reforma agraria y la corrección de un mercado manipulado que está en contra de los agricultores:

Se requieren iniciativas políticas perspicaces y sostenidas para proporcionar a los agricultores medios dignos de vida. En una economía impulsada por el crecimiento sin que se cree empleo, la migración de ingentes cantidades de personas a las ciudades se debe a menudo a una migración provocada por una situación angustiosa. Estos migrantes se convierten en los nuevos “siervos” de los servicios informales y del sector de la construcción, mientras que los problemas rurales y agrarios siguen sin resolverse”.

Dichas iniciativas de políticas bien podrían basarse en soluciones agroecológicas que podrían desarrollarse y ampliarse para ir más allá de la dinámica de una pequeña explotación agrícola y formar parte de una agenda más amplia que aborde los problemas políticos y económicos más amplios que afectan a los agricultores y la agricultura.

Varios informes oficiales han argumentado que para alimentar a los hambrientos y asegurar la seguridad alimentaria en las regiones de bajos ingresos se necesita apoyar a las pequeñas explotaciones agrícolas y a los métodos agroecológicos sostenibles, fortaleciendo las economías alimentarias locales [ver este informe del Relator Especial de la ONU sobre el derecho a la alimentación y este informe (IAASTD)].

Olivier De Schutter, es Relator Especial de las Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación, dijo:

Las evidencias científicas muestran que los métodos agroecológicos superan al uso de fertilizantes químicos, aumentando la producción de alimentos allí donde viven personas que pasan hambre, especialmente en los entornos más desfavorables”.

El éxito de la agroecología indica lo que podría lograr cuando el desarrollo se pone en manos de los propios agricultores: un sistema descentralizado de producción nacional de alimentos con acceso a los mercados rurales locales, respaldado por accesos, almacenamiento y otras infraestructuras adecuadas, todo ello con prioridad y por delante de los explotadores de los mercados internacionales y las cadenas de suministro dominadas y diseñadas para satisfacer las necesidades de los negocios agrícolas mundiales.

Si los encargados de diseñar las políticas priorizaran y promovieran la agroecología en la misma medida que han apoyado e impulsado las prácticas y las tecnologías de la “Revolución Verde”, podrían resolverse muchos de los problemas que rodean a la pobreza, el desempleo, el aumento de la población y la migración urbana. Con esto en mente, los lectores pueden leer algunas de las cosas importantes que el agricultor y activista Bhaskar Save ha dicho al respecto.

Sin embargo, mientras la agroecología y el compromiso con lo local y la autosuficiencia local/regional continúen marginados, no necesitamos mirar más allá de México para saber lo que puede pasar en la India. Además de destruir la salud del país y la cadena de suministro de alimentos de producción propia, el “libre comercio” establecido en virtud del TLCAN permitió que el maíz estadounidense fuertemente subvencionado se importase al país, alimentando del desempleo y transformando al antiguo campesinado en un grupo problemático.

En lugar de arrastrarse hacia una sentencia de muerte para muchos agricultores provocada por el modelo Neoliberal, la India debe tratar de desvincularse de la globalización capitalista, gestionar el comercio exterior para satisfacer sus propios intereses y expandir la producción nacional, lo cual puede lograrse protegiendo y alentando a los pequeños productores indígenas, y no menos importantes, los pequeños agricultores.

Al fomentar lo local, la autosuficiencia y el apoyo a este tipo de agricultores, se puede generar un trabajo que tenga significado para la mayoría. Lo opuesto a la agenda de la globalización (decenas de millones de personas están en peligro de ver cómo desaparecen sus medios de subsistencia a media que las Corporaciones toman el control).

Una mejor elección

Charles Eisenstein argumenta que si creemos que las principales instituciones de la sociedad están establecidas sólidamente, entonces es irracional oponerse al modelo agrícola de alta tecnología (transgénicos) y el uso intensivo de productos químicos. De manera implícita, también es irracional cuestionar las nociones de “progreso” y “desarrollo” que actualmente impulsan la agenda de globalización neoliberal. Y si damos por hecho la justificación de la continua despoblación del campo, en lugares como en la India, hay pocas alternativas al actual sistema insostenible de destrucción de los medios de subsistencia.

Una vez que se haya prometido lealtad al poder de las Corporaciones y al Capitalismo Neoliberal, y todo lo que eso conlleva, todo encajará en su lugar: cualquier opción ofrecida discurrirá dentro de los estrechos parámetros establecidos por los conglomerados mundiales de alimentos y agronegocios. Mientras lanza la retórica sobre la posibilidad de elegir entre diferentes opciones, cualquier otra alternativa estará siendo marginada.

Sin embargo, una vez que se reconoce la falta de solidez de las instituciones sociales, que las instituciones científicas y los organismos gubernamentales han sido corrompidos constantemente por el dinero, y que la Agenda Neoliberal ha sido poco más que un receta para el saqueo por parte de las Corporaciones, entonces se está en posición de apreciar otras opciones frente a ese futuro distópico de capital desregulado y conglomerados corporativos que no rinden cuentas, y una forma totalmente diferente de ver el mundo y el papel de la agricultura y el papel que ésta debe desempeñar.

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Los Partidos Socialistas

Dos  breves textos extraídos del libro de Carlos Taibo “Libertari@s: Antología de anarquistas y afines para uso de las generaciones más jóvenes y de las que no lo son tanto”, Editado por Los Libros de la Catarata, 2017. Ambos textos son de Alexander Berkman (1870-1936)

Este proceso se ha verificado durante años en todos los países de Europa. Los partidos socialistas han logrado que muchos de sus miembros fueran elegidos para ocupar diversos puestos en parlamentos y gobiernos. Al respirar durante años en esa atmósfera, disfrutando de buenas comisiones y pagas, los socialistas electos se han convertido en una parte de la maquinaría política y han concluido que no merece pa pena aguardar hasta la revolución socialista para abolir el capitalismo. Se antoja más práctico trabajar para conseguir algunas “mejoras” y alcanzar una mayoría de gobierno socialista. Y es que cuando obtengan esa mayoría -nos dicen ahora- no necesitarán de ninguna revolución.

El giro socialista se ha abierto camino de manera gradual. Cuanto mayor es el éxito electoral y más firme el poder político correspondiente, más conservadores se vuelven y más aceptan las condiciones existentes. Alejados de la vida y de los sufrimientos de la clase trabajadora, viviendo en un ambiente burgués de opulencia, se convierten en lo que ellos llaman “gente práctica”. Al observar en primera fila cómo funciona la máquina política y su corrupción, por lógica han deducido que en esa charca de engaños, sobornos y corrupción no hay esperanza para el socialismo. Pero son pocos, muy pocos, los socialistas que encuentran el coraje preciso para alentar a los trabajadores de que no hay esperanza en la política. Una confesión de esa naturaleza acarrearía el final de su carrera, con la pérdida paralela de emolumentos y ventajas. Así la cosa, la mayoría de ellos se contentan con reservarse su opinión y seguir acumulando beneficios. Como quiera que el poder y la posición que ocupan ha ahogado gradualmente las conciencias, carecen de firmeza y honradez para nada contra corriente.


Lograr votos se convirtió en su principal objetivo. Para conseguirlos tuvieron que renunciar a muchas cosas. Hubieron de suprimir, poco a poco, las partes del programa socialista que podían suscitar la persecución de las autoridades, el rechazo de la Iglesia […].

Lo hicieron. Por encima de todo, dejaron de hablar de revolución. Aunque sabían que no era posible derribar el capitalismo sin una lucha encarnizada, optaron por decirle al pueblo que implantarían el socialismo por medio de la ley, de la legislación, de tal suerte que bastaría con poner en el gobierno a un número suficiente de socialistas.

Dejaron de describir el gobierno como un mal, dejaron de explicar a los obreros cuál es la verdadera naturaleza de aquél como agente de esclavitud. Además, empezaron a aseverar que ellos, los socialistas, eran los servidores más leales del “Estado” y sus mejores defensores. Afirmaron que, lejos de contestar “la ley y el orden”, eran sus mejores amigos, que se trataba de los únicos que creían sinceramente en el gobierno, en el buen entendido de que éste había de ser socialista […].

De esa manera, lejos de debilitar la falsa y esclavizadora fe en la ley y el gobierno, de debilitarla para que las instituciones correspondientes puedan ser abolidas en su condición de medios opresivos, los socialistas ponen hoy todo su empeño en fortalecer la fe de las gentes en la eficacia de la autoridad y el gobierno. De resultas, los integrantes de los partidos socialistas de todo el mundo creen hoy firmemente en el Estado.



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https://www.lamarea.com/2017/11/23/entrevista-susan-george

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Cómo la alimentación y la agricultura regenerativas pueden invertir la despoblación y la pobreza de las zonas rurales

La alimentación y la agricultura regenerativas son la nueva referencia de lucha contra el cambio climático y para una agricultura respetuosa con el medio ambiente y el uso de la tierra en todo el mundo”

Por Ronnie Cummins, 5 de noviembre de 2017

commondreams.org

“Las prácticas regeneradoras apoyan los métodos de producción ecológica y la permacultura, que excluyen el uso de pesticidas, semillas transgénicas y técnicas de agricultura industrial”, escribe Cummins (Foto: Jason Johnson/Flickr/cc)

Uno de los debates con mayor carga política hoy en día, sobre todo en los Estados Unidos y Europa, es la llamada «crisis de inmigración»: 250 millones, el 3 % de los 7600 millones de personas que hay en el mundo hoy en día, son inmigrantes. Aproximadamente el 20 %, lo que representa 47 millones de personas, viven en los EE. UU. Otros 35 millones viven en Europa.

Un informe de Inter Press News Service dice:

Las recientes elecciones en todo el mundo han mostrado claramente un creciente apoyo público a los candidatos y partidos políticos que abogan por la deportación de los migrantes y por restricciones más duras contra la inmigración, incluyendo paralizarla por completo. Al mismo tiempo, la oposición, los desafíos y la resistencia a las deportaciones y las restricciones de inmigración se han extendido, y se han hecho más visibles”.

En los EE. UU., Donald Trump ha consolidado su apoyo a los racistas blancos y los conservadores al desacreditar repetidamente a los 10 millones de inmigrantes indocumentados mexicanos y centroamericanos, al calificarlos como «criminales y violadores» y ha prometido construir un muro a lo largo de la frontera mexicana y deportar a todos los «extranjeros ilegales», incluyendo a 800.000 «soñadores» -inmigrantes latinoamericanos que llegaron a los EE. UU. cuando eran niños y niñas- y a los inmigrantes latinos que habían sido deportados.

«Un número creciente de dirigentes de

organizaciones agrícolas y de la alimentación

han descrito la agricultura regenerativa como la’ próxima etapa’

de la agricultura y la alimentación ecológicas.»

Trump y los partidarios de las deportaciones masivas no reconocen que la política exterior de los Estados Unidos -específicamente la fallida Guerra contra las Drogas; el apoyo desde hace mucho tiempo a los regímenes corruptos, la policía y las fuerzas militares en México y Centroamérica; y los llamados Tratados de Libre Comercio (TLCAN y CAFTA)- han provocado el empobrecimiento sistemático de los pequeños agricultores y habitantes rurales al sur de la frontera, provocando la violencia de las pandillas y los cárteles de las drogas, forzando a millones a cruzar a los Estados Unidos.

Mientras tanto, los trabajadores inmigrantes que carecen de documentos de ciudadanía o de trabajo en los Estados Unidos pagan miles de millones de dólares en impuestos, fortalecen a las comunidades inmigrantes y de bajos ingresos, envían miles de millones de dólares en remesas a sus familias y comunidades de origen cada año. A menudo trabajan en varios puestos de trabajo, proporcionando un gran impulso para la economía estadounidense, especialmente en los sectores agrícola, procesamiento de alimentos, restaurantes, salud y construcción, donde el trabajo es duro y los salarios bajos.

En la reciente Cumbre Regional sobre Migrantes y Retornados celebrada en Quetzaltenango (Xela), Guatemala, del 20 al 21 de octubre, surgió una nueva y prometedora solución a la «crisis migratoria» global: la creación de proyectos locales de desarrollo económico impulsados por las bases y basados en prácticas de alimentación, agricultura y uso de la tierra regenerativas.

La alimentación y la agricultura regenerativas son la nueva referencia de una agricultura y uso del suelo respetuosos con el clima y el medio ambiente en todo el mundo. Un número cada vez mayor de dirigentes de organizaciones agrícolas y de alimentación han descrito la agricultura regenerativa como la «próxima etapa» de la agricultura y la alimentación ecológicas.

Las prácticas regenerativas son esencialmente métodos mejorados de producción ecológica y de permacultura que excluyen el uso de pesticidas, semillas transgénicas y técnicas agrícolas industriales. Las prácticas regenerativas se centran en mejorar la salud del suelo, la retención de agua y la conservación del agua de lluvia, así como en el uso de la rotación de cultivos, la agrosilvicultura y el pastoreo rotativo planificado, con la intención de retener el exceso de carbono presente en la atmósfera.

Un número creciente de explotaciones agrícolas regenerativas de todo el mundo están demostrando cómo los agricultores y pastores pueden restaurar la salud del suelo, mejorar la nutrición alimentaria y aumentar los rendimientos, mientras que fortalecen los sistemas alimentarios locales y las prácticas tradicionales (tales como el ahorro de semillas y la cría de animales a pequeña escala), empoderan a las mujeres y los jóvenes, y restauran o mejoran la seguridad alimentaria de la comunidad.

Los participantes en la Cumbre de Migrantes en Guatemala discutieron cómo un programa de financiamiento transfronterizo de «tres por uno» a base de fondos comunes o de préstamos, apoyado por inmigrantes, repatriados, ciudadanos y autoridades locales podría potencialmente proveer los recursos para una transformación importante de las prácticas alimentarias, agrícolas y de uso de la tierra de la región.

Los líderes de la recién formada alianza, Regeneración Guatemala, explicaron que la restitución del carbono y la fertilidad del suelo, la conservación del agua, la captación de lluvias y la utilización de prácticas ecológicas y «más allá de la producción ecológica» de cereales, sistemas agroforestales y ganadería regenerativa (especialmente avícola) podrían hacer de Guatemala un líder agrícola en la región. Al regenerar el sistema agrícola guatemalteco, el país podría abastecer a sus 16 millones de habitantes con alimentos asequibles, de alta calidad y ricos en nutrientes, así como proporcionar empleo y un desarrollo económico muy necesario en el campo y en las zonas urbanas adyacentes, donde la pobreza y la delincuencia son los principales factores que impulsan la migración forzada.

Guatemala es una nación predominantemente rural, indígena y agrícola, similar a otras naciones de África, Asia y el Medio Oriente, donde la migración forzada se ha convertido en un tema crítico. Un 67 por ciento de los ciudadanos guatemaltecos, así como la mayoría de los más de dos millones de inmigrantes guatemaltecos en Estados Unidos (75% de los cuales están potencialmente sujetos a deportación por el gobierno de Trump) provienen de comunidades rurales donde la pobreza, la desnutrición y la degradación ambiental son la norma. Una situación similar en toda la región ha impulsado a millones de mexicanos, salvadoreños y hondureños durante las últimas décadas a exiliarse forzosamente en los Estados Unidos y Canadá.

Como los participantes en la Cumbre de Xela recalcaron una y otra vez, muchos de sus compatriotas enl exilio forzado en El Norte estarían felices de regresar con sus familias y comunidades de origen, si hubiera empleo y estabilidad social.

Los más de 1.500 delegados reunidos en Quetzaltenango aplaudieron con entusiasmo cuando los oradores señalaron que la llamada Revolución Verde de Guatemala, que incluye el uso intensivo de pesticidas tóxicos, fertilizantes químicos, monocultivos, transgénicos y el modelo agroexportador, ha tenido un efecto desastroso en sus comunidades y naciones de origen. La reacción fue la misma cuando los oradores hablaron sobre el modelo de comida chatarra, representado por Coca-Cola, McDonald’ s, KFC y Burger King, y los llamados Tratados de Libre Comercio, incluyendo el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y los Tratados de Libre Comercio de Centroamérica.

Los asistentes a la conferencia, representando a una amplia muestra representativa de comunidades indígenas, pequeños agricultores, cooperativas agrícolas, estudiantes, activistas religiosos, defensores de los derechos de los migrantes y retornados (inmigrantes que han regresado o han sido deportados de los Estados Unidos), apoyaron con entusiasmo la idea de utilizar prácticas agrícolas tradicionales y regenerativas para restaurar la seguridad alimentaria, la salud pública, la estabilidad climática y la prosperidad rural en las zonas empobrecidas de México y Centroamérica, donde la migración forzada se ha convertido en la norma.

Como lo expresó el guatemalteco Reginaldo Haslett-Marroquín del Proyecto Principal de Calles de Minnesota y Regeneración Internacional, que desarrollando sistemas de agricultura regenerativa, como el Proyecto Avícola Regenerativo, en todo los Estados Unidos y México «se puede provocar una revolución de ideas y un flujo de capital» en comunidades rurales empobrecidas por las prácticas agrícolas intensivas en el empleo de energía y productos químicos, la llamada Revolución Verde, algo que ha fracasado. (Diario La Hora del 21 de octubre de 2017).

Más allá de la discusión del muro de Trump, las deportaciones masivas y la discriminación racista a la que se enfrentan millones de latinos indocumentados en Estados Unidos, los asistentes a la Cumbre de Migrantes respondieron con entusiasmo a la idea de que las comunidades «de aquí y de allá» podrían unirse y «plantar la semilla» para un nuevo sistema de alimentación y agricultura saludables, amigables con el clima y económicamente viable.

Aprendí en la Cumbre que los migrantes guatemaltecos de los Estados Unidos ya envían cerca de 7 mil millones de dólares al año en transferencias de dinero a sus familias y comunidades de origen, dos veces la cantidad de dinero que los agroexportadores guatemaltecos reciben por todas sus exportaciones de productos como café y las bananas. Los migrantes salvadoreños envían una cantidad similar, mientras que los migrantes mexicanos envían más de 70 mil millones de dólares a sus comunidades de origen este año. Canalizar un porcentaje estratégico de estas remesas a proyectos agrícolas regenerativos basados en la comunidad, junto con la presión a los gobiernos locales y federales para que igualen estas remesas de migrantes, podrían no sólo restablecer la esperanza y la vitalidad de estas comunidades rurales, sino también reducir drásticamente el número de migrantes forzosos. Incluso los seguidores de las deportaciones de Donald Trump podrían tener problemas para rechazar este tipo de financiación transfronteriza para el desarrollo económico autosuficiente local.

Lo que ahora se llama agricultura regenerativa

o agricultura ecológica, ya fue practicada hace miles de años

por los mayas y otros pueblos indígenas

en toda América”.

Como les expliqué a los asistentes a la conferencia durante la sesión plenaria final, la agricultura regenerativa no es un nuevo invento de los agricultores de prácticas ecológicas del Norte. Es la adaptación de las antiguas prácticas agrícolas, como el sistema maya tradicional aplicado a los sistemas agroforestales, el cultivo de la milpa (maíz, frijoles, calabaza y otras hortalizas), el compost natural y el manejo holístico de aves de corral y ganado.

Una forma de lo que ahora se conoce como agricultura regenerativa, o agricultura ecológica regenerativa, ya fue practicada hace miles de años por los mayas y los pueblos indígenas de toda América. Los mayas sobrevivieron y prosperaron en armonía con la Tierra -sin pesticidas, fertilizantes químicos, transgénicos o confinamiento concentrado de animales. Se alimentaron a sí mismos manteniendo al mismo tiempo un ciclo de carbono adecuado (un equilibrio entre el CO2 en la atmósfera y el carbono en el suelo y los bosques) y un medio ambiente biológicamente sano y diverso.

Nuestra misión hoy como «regeneradores» en América y el resto del mundo, es retomar, restablecer y ampliar estas prácticas tradicionales. Debemos modificarlas para que se ajusten a las condiciones ecológicas y de mercado específicas de nuestras zonas y regiones locales. De esta manera podemos regenerar el suelo, mejorar drásticamente los rendimientos y la calidad de los alimentos, restaurar la salud pública, eliminar las presiones que causan la migración forzosa y, por último, pero no menos importante, reducir y secuestrar suficiente exceso de carbono de la atmósfera a través de una fotosíntesis y reforestación mejorada de las plantas para revertir el calentamiento global y la alteración del clima.

Más allá del sueño todavía utópico de fronteras abiertas, los guatemaltecos y las comunidades indígenas han comenzado a discutir en términos prácticos lo que podemos hacer ahora mismo para mitigar y eventualmente poner fin a la migración forzosa. Les debemos a ellos y a nosotros mismos cambiar el debate sobre la «crisis de la inmigración» y la construcción de muros y la deportación hacia la solidaridad y la regeneración transfronterizas.

Ronnie Cummins es un veterano activista veterano, autor y organizador. Es el Director de la Asociación Internacional de Consumidores Orgánicos y su filial de México, Vía Organica.


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https://aliciaatravespantalla.blogspot.com.es/p/ecologia-soberania-alimentaria.html

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Hacia un colapso de la civilización

Por Jeremy Lent, 6 de junio de 2017

mahb.stanford.edu

 

En el último capítulo de mi libro “The Patterning Instinct: A Cultural History of Humanity’s Search for Meaning”, exploro las tres posibles trayectorias que podría seguir nuestra civilización. Estas son:

Si nuestra civilización sucumbiera bajo los efectos del cambio climático, no sería la primera vez que esto ocurriera. Los estudios han demostrado una correlación entre el declive de las civilizaciones más antiguas y los períodos de importantes cambios en el patrones del clima. Si a esto le unimos el deterioro general del ambiente, la correlación con el colapso de la civilizaciones se vuelve aún más llamativa. Las implicaciones que esto tiene con nuestra civilización son evidentes. Además del cambio climático, nos enfrentamos a numerosas presiones ambientales derivadas de un crecimiento exponencial del consumo.

El antropólogo Joseph Tainter ha expuesto una teoría del colapso que puede aplicarse a una sociedad tan compleja como la nuestra. Las sociedades pueden entenderse en términos de flujos de energía. Si una sociedad descubre una nueva fuente de energía, crecerá en tamaño y complejidad como resultado de la explotación de esa fuente de energía. La fuente de energía puede variar considerablemente. Puede surgir de una nueva tecnología, como los sistemas de riego de la antigua Mesopotamia, o puede ser la energía procedente del trabajo humano de las naciones conquistadas y sometidas a un poder militar, como ocurrió con el Imperio Romano.

A medida que una civilización se vuelve más compleja, necesita cada vez más energía para mantener su crecimiento, y generalmente seguirá haciendo lo que ha hecho en el pasado y dio buenos resultados. Tainter describe esto como una inversión en complejidad por parte de la sociedad. Sin embargo, después de las primeras cosechas que se obtienen con facilidad, los siguientes pasos en el crecimiento de la sociedad se hacen más difíciles y con mayores costes. En un determinado momento, el retorno a la sociedad de esa inversión en complejidad alcanza su punto álgido, y a partir de ahí consume cada vez más recursos con unos rendimientos cada vez más escasos. En efecto, a medida que la sociedad se vuelve más compleja, se le hace cada vez más difícil mantenerse en los mismos niveles de prosperidad. “De continuar con esta tendencia, el colapso se convierte en una cuestión de probabilidad matemática”, concluye Tainter.

Es difícil, al considerar este modelo, no establecer un paralelismo con nuestra civilización. Mientras que en la antigua Roma la fuente primaria de energía era la de las naciones conquistadas, la fuente primaria de nuestra civilización es la de los combustibles fósiles. Mientras que aquellos se enfrentaron a un aumento en el gasto para la administración del Imperio, nosotros nos enfrentamos a un impacto mundial por el aumento de las emisiones de carbono. Cuando aquellos intentaron la búsqueda de soluciones a corto plazo, surgieron problemas insalvables para la generaciones futuras, y nosotros estamos haciendo lo mismo al permitir que la emisiones sigan aumentando, incluso cuando sabemos que eso llevará hacia un futuro en el que los fenómenos climáticos sean más imprevisibles.

Los retos no pueden ser mayores para la humanidad. Si nuestra actual civilización colapsa, la raza humana continuará, pero lo más probable es que los descendientes vivan en unas condiciones en nada parecidas a las que hemos disfrutado, unas sociedad con numerosas limitaciones, y donde posiblemente unas pequeñas élites muy poderosas se sirvan de esclavos humanos como fuente de energía. ¿Qué podemos hacer para huir de este panorama?

Solución tecnológica: la escisión de la humanidad

La solución, para muchos, es simple: la tecnología. La tecnología, fruto del ingenio humano, nos salvará. ¿Qué pasa con el argumento de Tainter? Una frecuente refutación es que el ciclo de retroalimentación tecnológica ha creado una dinámica propia. Tal vez la ley de Moore, combinada con el potencial de las nuevas tecnologías convergentes, haya dado a nuestra civilización una nueva fuente de energía, potencialmente ilimitada, y por lo tanto no se ajustaría a la teoría de Tainter.

Sin embargo, las soluciones únicamente basadas en la tecnología tienden a olvidar problemas estructurales más profundos, creando en el futuro aún mayores problemas. En lugar de suponer una salvación para la humanidad, la actual búsqueda de soluciones tecnológicas es probable que conduzca a una brecha aún mayor entre las minorías opulentas del mundo y una mayoría que viva en la miseria.

El abismo entre ricos y pobres se ha hecho tan excesivo que a menudo es difícil de entender. Los países ricos de la OCDE, que representan menos del 20% de la población mundial, consumen el 86% de los bienes y servicios del mundo, mientras que el 20% más pobre sólo consume el 1,3%. Estas cifras se traducen en la vergonzosa realidad de que mil millones de personas pasan hambre y cerca de otros mil millones sufren una desnutrición crónica.

Mientras tanto, los avances de la Ingeniería Genética ofrecen la posibilidad de que en unas pocas décadas el abismo entre pobres y ricos se extienda más allá del ámbito económico y tecnológico para convertirse en una diferenciación biológica. Con el tiempo, los ricos y los desposeídos podrían ser dos especies separadas: una especie mejorada genética y tecnológicamente, que explora formas totalmente nuevas de seres humanos, y la otra especie dejada al margen en un mundo que se tambalea por la explotación de los recursos y la degradación ambiental. A esto me refiero con un escenario que denomino Tecnosplit, o de escisión tecnológica.

La Declaración de Derechos Humanos de la Naciones Unidas afirma que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos… Todos tienen derecho a un orden social e internacional en el que los derechos y las libertades establecidos en esta Declaración puedan ser plenamente realizados”. Aquel escenario supondría una traición fundamental de estos valores humanos fundamentales. Sería algo parecido a que la minoría rica se construyese un bote salvavidas de lujo y abandonase el barco que se hunde rápidamente y en el que estuviesen aquellos que no pueden pagar un billete para entrar en el bote salvavidas.

Una gran transformación en los valores

Un escenario en el que la humanidad sigue mostrándose mostrenca ante la situación actual de crisis requiere de algo más que unas soluciones económicas y tecnológicas. Es algo necesario para evitar el colapso, pero si incluso tales medidas fueran efectivas, no evitarían la escisión tecnológica. Se requiere un cambio más importante en nuestras consideraciones, junto con cambios estructurales en el sistema económico que provocan que las desigualdades escindan a la humanidad.

En un escenario en que compartiésemos nuestra humanidad, el sistema económico debería ser transformado, junto con sus valores subyacentes: la búsqueda de un constante crecimiento material y la glorificación de la conquista de la naturaleza. En su lugar, necesitamos otros valores, aquellos que enfatizan la calidad de vida más que la cantidad de cosas que poseemos, nuestra humanidad compartida y un compromiso con el medio natural.

¿Cómo sería el final de este siglo si nuestra civilización siguiese el camino de una gran transformación?

Es probable una reorganización de las Naciones Unidas, con unos poderos más amplios para una distribución más responsable de nuestros bienes comunes. La estructura legal de las Corporaciones tendría en cuenta los beneficios, pero también a las personas y el medio ambiente. Si bien seguiría existiendo una enorme desigualdad entre los ingresos de ricos y pobres, esa brecha se reduciría como resultado de unas estructuras económicas basadas en la equidad más que en las explotación sin trabas. Y la protección del mundo natural tendría prioridad por encima de otras decisiones. Incluso podría haber una declaración de los Derechos de la Naturaleza en la ONU, que pusiera al mundo natural en la misma posición legal que la humanidad.

Este futuro, impulsado por nuestra comprensión de la interconexión de los sistemas globales, abarcaría la innovación tecnológica continua que prime el consume responsable y el su acceso compartido por todas las personas del mundo.

Es una carrera de relevos contra el cronómetro, en la que cada uno de nosotros es parte del equipo. Es una carrera que la humanidad puede ganar, si las dos visiones de progreso, a nivel tecnológico y moral, pueden unirse en una visión que aproveche la tecnología para el beneficio humano colectivo.

Más información sobre The Patterning Instinct está disponible en www.jeremylent.com .

El Blog de MAHB es una iniciativa de la Alianza del Milenio para la Humanidad y la Biosfera. Las preguntas deben dirigirse a joan@mahbonline.org

Blog de MAHB: https://mahb.stanford.edu/blog/future-what-we-make/

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Artículos relacionados:

Carlos Taibo: “Sobre el colapso general del sistema”

https://www.youtube.com/watch?v=rAG3DOnPEL8

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Cómo acabar con nuestra adicción al crecimiento

Por Tim Jackson, 17 de mayo de 2017

resilience.org

Un crecimiento económico sin fin, que durante mucho tiempo ha sido el grito de guerra del paradigma convencional, está poniendo en peligro nuestro futuro. El economista ecológico Tim Jackson, autor de “Prosperidad sin crecimiento: Fundamentos para la Economía del Mañana”, explora la necesidad de una economía postcrecimiento junto con Allen White, investigador principal en el Instituto Tellus.

Tim Jackson (TJ).- Usted es un reconocido líder en el campo de la economía postcrecimiento, sin embargo, comenzó su carrera en el campo de las matemáticas y la filosofía. ¿Qué le llevó a este cambio de enfoque?

Allen White (AW).- La física en el Reino Unido a finales de los años 1980 era un lugar de difícil manejo y totalmente insatisfactorio. No encontré ninguna alegría en el ámbito académico, que no estaba interesado por aquellas ideas que a mí me atraían. En ese momento también sentía una profunda pasión por el teatro, y la BBC expuso parte de mi trabajo. Después de doctorarme, me mudé a Londres para ganarme la vida como autor teatral.

Me pareció una buena idea, al menos hasta que recibí mis primeros sueldos. Tuve que realizar extraños trabajos para poder complementar mis escasos ingresos, cuando en abril de 1986 el cuarto reactor de Chernobyl sufrió una fusión del núcleo. Este acontecimiento estimuló mi interés por la Economía, la tecnología y el medio ambiente, y me inspiró el hacer una visita a Greenpeace, donde expresé mi escepticismo por las tecnologías de la energía nuclear y mi deseo de desarrollar y promover alternativas. Empecé a trabajar como voluntario y luego como freelancer, analizando las economía de las tecnologías de las energías renovables. Antes de que me diera cuenta, sin ninguna intención, me convertí en un economista ecológico. El mundo me dijo lo que quería que hiciera. Y no he echado la vista atrás. Después de 30 años, todavía sigo escribiendo obras de teatro. Pero la visita a Greenpeace fue fundamental en mi trayectoria.

TJ.- ¿Tus obras teatrales han ejercido alguna influencia en tu ética ecológica y viceversa?

AW.- Sí, así es, y este intercambio resulta interesante. En 1999 escribí una serie de 30 episodios que la BBC emitió como un thriller ambiental. Reflejaba la tensión entre el desarrollo económico y la resiliencia ecológica. Utilicé los recursos dramáticos para dar voz a las dimensiones no expresadas de mi diálogo interno. En el mundo académico, las evidencias y la racionalidad son fundamentales para obtener conclusiones y avanzar nuevas tesis sobre el funcionamiento del mundo. Es un proceso lógico, pero exento de corazón, que no deja espacio para la emoción o el instinto. Los recursos teatrales me dieron la oportunidad de expresar eso.

En una de mis obras aparece un defensor del desarrollo a cualquier coste. Ha sido probablemente uno de mis personajes más vívidos, y actuó como mi alter ego en un drama ambiental documentado gracias a mi formación académica. Esta y otras obras me han permitido utilizar diferentes personajes para explotar ambos lados de los nexos entre economía y ecología, así como temas relacionados con la psicología social del consumo y la tensión entre altruismo y egoísmo. Mis obras y mis esfuerzos profesionales han sido mutuamente enriquecedores y terapéuticos, un matrimonio entre mente y corazón.

TJ.- En su célebre libro Prosperidad sin crecimiento desacredita la creencia generalizada de que la prosperidad y el crecimiento económico son inseparables. ¿Por qué este creencia tan común resulta errónea y está tan extendida?

AW.- Cuando la Comisión de Desarrollo Sostenible del Reino Unido, en la que estuve trabajando, inició una investigación sobre la relación entre prosperidad y crecimiento, la planteamos como una “redefinición de la prosperidad”. Hablamos sobre cómo el potencial conflicto en una economía basada en el crecimiento y un planeta con un recursos limitados era un tema oportuno, algo esencial que debieran plantearse los gobiernos. Sin embargo, este planteamiento no fue muy bien acogido. Un responsable del Ministerio de Hacienda respondió en una de las primeras reuniones: “Ahora comprendo lo que significa sostenibilidad. Significa volver a vivir en las cuevas. De eso es de lo que se trata, ¿no?”.

Allen White, investigador principal del Instituto Tellus.

Este debate, que se produjo al inicio de la investigación, puso de manifiesto el temor casi visceral que subyacía en los medios políticos a cualquier cuestionamiento del crecimiento, y tuve que aprender a aceptar la legitimidad de tales temores. La Economía, tal y como está actualmente organizada, depende del crecimiento para generar empleos y garantizar una estabilidad financiera. Al mismo tiempo, nuestro sistema financiero, junto con los presupuestos del Gobierno y el control del dinero, sirve como un lubricante que ayudar alcanzar estos objetivos.

La hegemonía de este modelo basado en el crecimiento impide a menudo que la gente cuestione sus supuestos básicos. Dicho de una forma simplista: las creencias convencionales sostienen que todo lo que tenemos depende de este sistema basado en el crecimiento, así que ¿por qué querríamos balancear el bote y situarnos en un camino de regreso hacia las cavernas? Sin embargo, tal y como sostuve al principio de las investigaciones de la Comisión, debemos reconocer abiertamente el dilema en el que estamos atrapados: si el crecimiento sin fin es esencial para la prosperidad, y al mismo tiempo conduce a un desastre ecológico, ¿qué debemos hacer? Trabajar en esta Comisión me recordó en cierto modo al mundo del teatro, un drama en el que los protagonistas no cesaban de repetir: “No toquen el tema del crecimiento, es algo sacrosanto. ¡Quite sus sucias manos de encima!”.

La afinidad estructural, posiblemente psicológica, tal vez religiosa, hacia el crecimiento limita nuestra capacidad de pensar con claridad sobre nuestra actual situación. Durante toda la investigación traté de abrir un espacio, creativo, intelectual y político, para explorar este dilema, que el crecimiento que impulsa la prosperidad erosiona las mismas condiciones previas para su sostenibilidad. Expuse la contradicción entre expansión incesante de los ingresos y los rendimientos, por un lado, y la supervivencia ecológica, por el otro.

TJ.- ¿Usted atribuye el imperativo del crecimiento al sistema capitalista global?

AW.- Hasta cierto punto, sí. Tomemos el ejemplo de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, un trabajo de muchas personas y múltiples reuniones que concluyeron aprobando 17 metas y 169 objetivos específicos. En ellos se establece una relación entre “trabajo digno” y “crecimiento económico”, un reflejo de las creencias convencionales que dominan el discurso político. Por supuesto, esta lógica es comprensible, del mismo modo que los temores hacia una economía postcrecimiento. Sin crecimiento, el argumento sobre la creación de empleo vacila, que producirá un elevado desempleo e inestabilidad social, una receta que puede terminar con la carrera de cualquier político.

Sin embargo, la persistencia de este argumento es algo desconcertante. La compleja relación entre crecimiento y empleo está moderada por la productividad del trabajo y los avances tecnológicos. Sin embargo, los políticos están encerrados en una terna, crecimiento-empleo-prosperidad, una mentalidad que es a su vez rehén de la dinámica del Capitalismo moderno.

Para salir de esta ratonera, necesitamos cuestionarnos las suposiciones fundamentales que guían las modernas sociedades capitalistas. Para afrontar las desigualdades que produce el capitalismo, el argumento común implica más de lo mismo, lo que da lugar, en primer lugar, a más desigualdades. Que el crecimiento desenfrenado continúe para que todos los barcos sigan navegando. Sin él, los pobres no podrán salir de su pobreza, y los Gobiernos no tendrán dinero para sus presupuestos. El Capitalismo es algo sacrosanto, la mejor manera de continuar con el crecimiento. Esta lógica se ha instalado en el corazón de las revistas científicas, así como en las principales ideologías políticas como forma de evitar el estancamiento económico, según la vara de medir convencional. Se trata tanto de un fenómeno sociológico como económico.

TJ.-Ha criticado a los optimistas tecnológicos, que creen que podemos lograr la sostenibilidad disminuyendo las emisiones y el uso de otros recursos, pero sin repensar la economía. ¿Por qué esas soluciones técnicas son insuficientes?

AW.- Estoy asombrado por el optimismo tecnológico, en parte porque hace 30 años yo mismo también era un optimista tecnológico. Pero observé la fisión nuclear y me pregunté: “Tenemos mejores opciones que ésta. Tenemos tecnologías para el desarrollo de las energías renovables, podemos hacer que sean más eficientes; disponemos de otras vías más productivas para el desarrollo tecnológico. ¿Por qué no avanzar en este sentido?

Para mis estudiantes, resulta una perspectiva muy tentadora. Un reciente curso de licenciatura lo ilustré con la respuesta de Ronald Reagan a los Límites del Crecimiento: “No hay límites al crecimiento, porque no hay límites al ingenio humano y la creatividad”. Los estudiantes encontraron esta idea de una creatividad humana sin límites muy atractiva. Les mostré un gráfico que ilustraba la relación entre las emisiones de carbono y el crecimiento económico y lo que se necesitaría para lograr importantes avances en la descarbonización. ¿Cuál fue su respuesta? “Seguramente tendremos las tecnologías para alcanzar nuestros objetivos dentro de unas cuantas décadas”. De hecho, esta fue la respuesta que di yo también hace varias décadas. Pero la dificultad, en la situación actual, es que una transición tan dramática, aunque económicamente y tecnológicamente plausible, no puede darse en una sociedad en las que las tan arraigadas fuerzas del capitalismo de libre mercado y la inercia de las instituciones dominantes comprometen u obstruyen ese cambio necesario.

Durante mi trabajo en la Comisión de Desarrollo Sostenible me di cuenta del apetito insaciable de los seres humanos por consumir, junto con un apetito implacable de los capitalistas por acumular, lo cual alimenta esta emergencia planetaria. A pesar del progreso tecnológico, la impía alianza entre la naturaleza humana y la estructura de las instituciones crea una peligrosa obstrucción que merma las perspectivas de un futuro habitable.

TJ.- En su libro identifica cuatro pilares para una economía postcrecimiento: la empresa como un servicio, el trabajo como participación, la inversión como compromiso y el dinero como un bien social. Explíquenos qué entiende por estos factores y cómo pueden ayudarnos a predecir una nueva economía.

AW.- Estos cuatro pilares surgen del llamado teorema de la imposibilidad, que postula que las estructuras del sistema que actualmente hay, junto con ciertos aspectos de la naturaleza humana, hacen que el mundo postcrecimiento no parezca plausible. Así que estamos obligados a preguntarnos: ¿dónde se encuentra ese espacio de solución?, ¿podemos imaginar una economía en la que la empresa proporcione productos que permitan que la gente prospere sin destruir los ecosistemas, donde el trabajo sea tratado con respeto, sea fuente de motivación y de satisfacción para todos, donde una inversión prudente asegure la prosperidad a largo plazo para toda la humanidad, y donde los sistemas de endeudamiento, préstamo y creación de dinero estén firmemente arraigados en la creación de un valor social a largo plazo, más que en el comercio y la especulación?

Dos de esos pilares han estado presentes en las respuestas a la crisis ambiental, durante más de dos décadas, a saber: la empresa como servicio y el concepto de inversión verde o limpia. En el primer caso, la “servicización” es la idea de que el valor de los materiales, sean químicos, energéticos o forestales, no es algo intrínseco a los materiales mismos, sino que proviene de los servicios que ofrecen, por ejemplo, limpieza, calefacción, iluminación, abrigo, envasado. La nueva reformulación del valor abre una amplia gama de vías hacia la desmaterialización. Percibí este concepto hace ya tiempo a través del concepto de servicios energéticos cuando trabajaba para el Stockholm Environment Institute y Amigos de la Tierra. Es algo que siempre he encontrado transformador, y cuanto más ahondo en este concepto, más me doy cuenta de que se puede aplicar a todo tipo de cosas, incluyendo la nutrición, la salud y la vivienda. He visto aparecer esta idea en la legislación sobre responsabilidad de los productos, incluyendo la readquisición y el arrendamiento de productos. Utilizo el término “servicización” para ilustrar cómo un bloqueo del que aparentemente no se puede salir (crecimiento ilimitado en los rendimientos para satisfacer las demandas de consumo) puede ser superado imaginando suposiciones fundamentales sobre la economía y el comportamiento humano.

En el primer caso, la “servicización”

es la idea de que el valor de los materiales,

sean químicos, energéticos o forestales,

no es algo intrínseco a los materiales mismos,

sino que proviene de los servicios que ofrecen,

por ejemplo, limpieza, calefacción,

iluminación, abrigo, envasado.

En el caso de las inversiones, las tecnologías limpias es un ejemplo obvio y urgente. El concepto básico es que el capital financiero debe servir para un propósito más elevado que el de maximizar las ganancias de la inversión. Durante la crisis financiera, cuando estaba escribiendo el informe de la Comisión de Desarrollo Sostenible, surgió el concepto de Green New Deal. El primer ministro del Reino Unido, que en ese momento era Gordon Brown, llevó esta idea a Davos, constituyendo el núcleo central de su propuesta la de favorecer una inversión masiva en una transición a energías con menores emisiones de carbono.

En el caso de las inversiones, las tecnologías limpias

es un ejemplo obvio y urgente.

El concepto básico es que el capital financiero

debe servir para un propósito más elevado

que el de maximizar las ganancias de la inversión.

Estos dos ejemplos demuestran diferentes maneras de afrontar los problemas ambientales, que ahora nos parecen intratables en una Economía impulsada por el crecimiento. Abriendo nuevas posibilidades para desarrollar formas alternativas de empresa, basadas en nuevas estructuras de propiedad y prácticas de trabajo, desmantelando la idea de que el dinero es un fin en sí mismo en lugar de un medio de intercambio para construir sociedades prósperas. Y desde ahí, las nuevas formas de actividad económica pueden conceptualizarse de tal manera que las actividades humanas cambien su forma de actuar, manteniendo una armonía con la naturaleza en lugar de ser un conflicto.

Los bloques para construir una nueva economía están a nuestro alcance. Si bien las tendencias actuales pueden desesperarnos, la historia está repleta de cambios estructurales que redefinen las relaciones económicas, para bien o para mal. Mi objetivo en la Comisión, y mi trabajo desde entonces, ha sido el de poner en evidencia estas nuevas ideas, esclarecer las posibilidades de desvincular crecimiento y prosperidad. Este nueva forma de repensar puede apuntar a un todo coherente, abriendo así las puestas a cambio estructurales.

TJ.- Usted ha recalcado la alineación del concepto andino de “Buen Vivir” con los principios de la economía postcrecimiento. ¿Qué es el “Buen Vivir, y qué podemos aprender de él?

AW.- Enraizado en las creencias indígenas, el concepto del “Buen Vivir” promueve una forma de vida basada en una coexistencia respetuosa e interdependiente entre los seres humanos y la naturaleza. Habla de una cuestión fundamental, de cómo definimos el bienestar, una cuestión que exploré como parte de mi trabajo en la Comisión bajo el amparo del Grupo de Trabajo Whitehall Well-Being. La premisa de ese grupo era que si tuviéramos un objetivo diferente, tales como el bienestar en lugar de un crecimiento per se, veríamos la prosperidad y las políticas para lograrla bajo un prima diferente. Este concepto surgió en el Reino Unido al mismo tiempo que el “Buen Vivir” se convirtió en un proyecto político nacional en Ecuador, aunque no estuve al tanto de tal concurrencia.

Los años de investigación sobre el bienestar me han proporcionado importantes conocimientos sobre la red de relaciones entre ingresos y factores como el bienestar, la educación y la esperanza de vida. Este conjunto de trabajos ha identificado una especie de “punto óptimo” que está casi exclusivamente ocupado por las naciones latinoamericanas, donde los países han alcanzado altos niveles de bienestar a pesar de unos niveles de ingresos relativamente bajos. Una cierta mezcla de condiciones culturales, sociales y políticas ha permitido a estos países, muchos de ellos de pequeña y mediana renta, desvincular la prosperidad del crecimiento. Chile, Costa Rica y Cuba en particular vienen a mi mente. En este punto, veo estos ejemplos como un experimento fascinante, pero no necesariamente replicable en países más grandes y otras regiones.

TJ.- Usted ha escrito que “en el momento en el que no se permite cuestionar los supuestos fundamentales de un sistema económico, que es de manera patente disfuncional, termina la libertad política y comienza la represión cultural”. ¿Ve signos de tal represión en el clima político de hoy en día?

AW.- Sí, así es. Lo que está sucediendo hoy en día se puede atribuir en gran medida al fracaso del capitalismo basado en el crecimiento. Es algo perverso pensar que podemos salvarlo volviendo a una versión sobrealimentada del mismo sistema, algo de misoginia, algo de racismo, xenofobia y populismo, todo ello añadido a la mezcla. Veo esto como intentar articular el fracaso del sistema, el mismo fracaso que intenté articular hace casi una década.

Hubo manifestaciones de izquierda, tales como el movimiento Ocuppy que fue una respuesta a las recompensas que recibieron los arquitectos de la crisis financiera en forma de paquetes de rescate, mientras que vimos cómo se reducían las inversiones sociales que beneficiaban a las clases más pobres. Las medidas de austeridad estaban despojando de las infraestructuras para el bienestar básico de los pobres y la clase media, que habían quedado económica y socialmente abandonados. Desgraciadamente, algunas de esas personas se han reconvertido en manifestantes que apoyan a una derecha populista. En los Estados Unidos, esas personas desilusionadas dieron su apoyo a un multimillonario, falso y elitista. Resulta algo paradójico, pero el problema radica en no abordar las deficiencias estructurales del sistema. Todavía tenemos dificultades para abrir debates sobre la naturaleza del sistema, para cuestionar las influencias políticas que buscan perturbar un capitalismo fallido que sigue generando una creciente desigualdad. Eso es para mí represión cultural, y debemos luchar contra ella. De alguna manera, supone un regreso a mi propósito inicial de fomentar un diálogo postcrecimiento: crear el espacio político para este debate que creo es uno de los más importantes de nuestro tiempo.

TJ.- ¿Cómo ve el vínculo entre la economía postcrecimiento y lo que llamamos la Gran Transición, una transformación social basada en el bienestar, la solidaridad y la resiliencia ecológica?

AW.- Veo ambas estrechamente conectadas y mutuamente enriquecedoras. La iniciativa de la Gran Transición surgió para proporcionar un espacio seguro para explorar otro futuro, un ejercicio cada vez más importante que necesita protección durante un período en el que la esperanza y la imaginación son valores escasos. Como he visto la evolución de la Gran Transición, lo que se ha escrito sobre ella y los debates que ha habido, siento admiración por el espacio de seguridad que se ha creado. Sin embargo, debemos reconocer que si bien este enclave de pensamiento puede ser muy reconfortante y esencial para nosotros como comunidad, debemos evitar la excesiva comodidad. Debemos explorar espacios inseguros, así como reunirnos dentro de los seguros. Debemos llevar nuestros debates más allá de los límites de nuestra zona de confort, un desafío que requiere de mucho trabajo y un amplio compromiso. Pero sin tal expansividad no daremos al mundo lo que más necesita: un poderoso sentido de que es posible el cambio, persuasivo y plausible.

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Amor, nihilismo y optimismo revolucionario

Por Andre Vltchek, 5 de abril de 2017

Dissident Voice

¡Qué deprimente se ha convertido la vida en casi todas las ciudades occidentales! Algo feo y triste.

No es que no haya riqueza, que la tienen. Sin embargo, las cosas se están deteriorando: las infraestructuras se desmoronan, aumentan las desigualdades sociales, incluso la miseria, que se puede encontrar en cada esquina. Aunque si la comparamos con la de otras partes del mundo, la riqueza de las ciudades occidentales resulta chocante, casi grotesca.

Pero tal afluencia de mercancías no supone felicidad u optimismo. Pase un día entero paseando por Londres o París, y preste atención a las gentes. Verá que muchas veces reaccionan con un comportamiento agresivo, con frustración, con miradas desesperadas y abatidas, con una tristeza que les abruma.

En todas las grandes ciudades del Imperio lo que falta es vida. La euforia, la calidez, la poesía y el amor andan sumamente escasos.

Por dondequiera que usted vaya, encontrará edificios monumentales, boutiques que rebosan de elegantes mercancías; por la noche, las luces brillan. Sin embargo, las caras de las gentes son grises. Incluso en las parejas, o en los grupos, las personas parecen atomizadas, como las esculturas de Giacometti.

Hable con la gente, y lo más probable es que vea confusión, depresiones e incertidumbres. Lo de refinados se convierte a veces en una falsa cortesía urbana, una especie de finos vendajes que tratan de ocultar las ansiedades y la soledad insoportable de estas almas humanas extraviadas.

La falta de un propósito se entrelaza con la pasividad. En Occidente, cada vez es más difícil encontrar a alguien que esté realmente comprometido, sea políticamente, intelectualmente o emocionalmente. Los sentimientos elevados ya no tienen cabida. Hombres y mujeres los rechazan. Los grandes gestos se miran con desprecio, o incluso son ridiculizados. Los sueños se hacen minúsculos, tímidos y se esconden, a veces muy ocultos. Incluso los sueños son vistos como irracionales y algo anticuado.

*****

Para alguien que viene de lejos es un mundo triste, antinatural, brutalmente cercenado, y en gran medida, miserable.

Millones de hombres y mujeres, bien educados, “no saben qué hacer con sus vidas”. Así que se dedican a realizar cursos, regresan a la escuela para llenar su vacío, y así descubrir lo que quieren hacer con sus vidas. Se trata de egoísmo, ya que no parece haber mayores aspiraciones. La mayoría de los esfuerzos comienzas y terminan en el mismo individuo.

Nadie se sacrifica por los demás, por la sociedad, por la humanidad, por una causa o incluso por los otros. De hecho, el concepto de los otros parece estar desapareciendo. Las relaciones son cada vez más distantes, con cada persona buscando su espacio, exigiendo su independencia. No hay dos mitades, sino individuos, coexistiendo en una relativa proximidad, pero ajenos a los demás.

En las ciudades occidentales, el egocentrismo, incluso la obsesión por las necesidades personales de cada uno llega a unos extremos surrealistas.

Desde el punto de vista psicológico, sólo puede describirse como un mundo patológico e insano.

Rodeados de una falsa realidad, muchos individuos sanos se sienten como enfermos mentales. Entonces se embarcan en la búsqueda de una ayuda profesional para volver a estar del lado de los normales, completamente sometidos. En la mayoría de los casos, en vez de rebelarse, en lugar de emprender una guerra contra el estado de las cosas, estos individuos que todavía son en cierta medida diferentes, se asuntan al sentirse en minoría y renuncian voluntariamente y se identifican como “anormales”.

Los breves momentos de libertad que experimentan aquellos que todavía son capaces de tener alguna chispa de imaginación, de soñar con un mundo muy distinto, se evaporan rápidamente, todo se pierde en un instante, de manera irreversible. Parece algo salido de una película de terror, aunque no sea tal. Es la triste realidad de la vida en Occidente.

No he podido estar más de unos pocos días en este ambiente. Como mucho puedo estar un par de semanas en Londres o París, pero sólo como una “medida de emergencia”, incapaz de escribir, de crear y sentirse uno pleno para hacer algo. No puede imaginarme que alguien se enamore de lugares como estos. No me puedo imaginar escribiendo un ensayo revolucionario en un lugar así. No me puedo imaginar riendo, en voz alta, feliz y libremente.

Mientras trabajo brevemente en Londres, París o Nueva York, la frialdad, la falta de propósito y la falta de pasión y de todas las emociones humanas básicas, me producen un efecto devastador, de modo que llevan al traste mi creatividad y me ahogo en dilemas existenciales, patéticos e inútiles.

Después de una semana, me siento influenciado por este terrible ambiente, estoy empezando a pensar demasiado en mí mismo, escuchando sólo mis sentimientos, en vez de considerar los sentimientos de los demás. Mi deberes hacia los demás empiezo a descuidarlos. Dejo a un lado todo lo que considero esencial. Mi lado revolucionado se agota y se vuelve romo. Mi optimismo desparece. Mi determinación de luchar por un mundo mejor se debilita.

Así que sé que ha llegado la hora de correr, de huir, ¡rápido, muy rápido! Es hora de salir de este pantano emocional, de cerrar la puerta de este burdel intelectual y escapar de esta aterradora vida carente de sentido, de vidas heridas, perdidas.

No puedo luchar por esas personas desde dentro, sólo desde fuera. Nuestra forma de pensar y de sentir no coincide. Cuando les muestro “mi universo” sólo encuentro prejuicios: no ven ni escuchan, se aferran a la doctrina en la que fueron educados durante años, décadas.

Para mí no hay muchas cosas significativas que pueda hacer en las ciudades occidentales. Venga periódicamente a firmar uno o dos contratos de libros, a presentar alguno de mis documentales o a hablar brevemente en alguna Universidad, pero no voy mucho más allá. En Occidente, es difícil encontrar una resistencia, la mayoría de ellas no son internacionalistas, sino por el contrario, egoístas, orientadas hacia sí mismos. Casi no hay valor, ni habilidad para amar, ni pasión, ni rebelión. En un examen más detallado, no hay vida, ninguna vida como solíamos considerarla antes, y como se entiende en otras partes del mundo.

*****

Gobierna el nihilismo. ¿Es un estado mental esta enfermedad colectiva, algo a lo que nos ha sometido a propósito el Régimen? No lo sé. Todavía no puedo responder a esta pregunta, pero resulta importante hacerse esa pregunta y tratar de responderla.

Sólo sé que sea lo que sea es algo de suma eficacia, negativamente eficaz, pero eficaz al fin y al cabo.

Carl Gustav Jung, un reconocido psicólogo y psiquiatra suizo, diagnóstico la cultura occidental como patológica, después de la Segunda Guerra Mundial, Pero en lugar de intentar comprender esta situación que la coloca en el abismo, en vez de intentar mejorar, la cultura occidental por el contrario se adentra más en el abismo y se extiende, colonizando otras partes del mundo, contaminando peligrosamente sociedades y naciones más sanas.

Hay que detenerla. Lo digo porque amo la vida, la que hay fuera del reino de Occidente. Estoy obsesionado con esto. Así que trato de vivir al máximo, con deleite, disfrutando de cada momento.

Conozco el mundo, desde el Cono Sur de Sudamérica, hasta Oceanía, Oriente Medio, hasta los rincones más desamparado de África y Asia. Es un mundo verdaderamente imponente, lleno de belleza, de diversidad y de esperanza.

Cuanto más veo y más conozco, más me doy cuenta de que no podemos vivir sin luchar, sin una buena lucha, sin grandes pasiones y sin amor, sin propósitos. Es decir, básicamente todo aquello que Occidente ha reducido a la nada, convirtiéndolo en irrelevante, obsoleto y esclerotizado.

Todo mi ser se revela contra el terrible nihilismo y el oscuro pesimismo que está inyectado en toda la cultura occidental. Soy alérgico a ello. Me niego a aceptarlo. Me niego a sucumbir.

Veo gente, buena gente, personas con talento, personas maravillosas, que se contaminan, con sus vidas arruinadas. Las veo abandonando las batallas, abandonando sus amores, las veo eligiendo el egoísmo y defendiendo su espacio y sus sentimientos personales por encima de los afectos y el desapego, optando por una vía sin sentido por encima de las batallas épicas de la humanidad y por un mundo mejor.

Vidas arruinadas una por una, y así millones, a cada momento, cada día. Vidas que pudieron estar llenas de belleza y alegría, de amor, la vida como una aventura, creatividad y singularidad, con un sentido y un propósito, pero que se reducen a la vacuidad, a la nada, en un instante, todo falto de sentido. Las personas que viven estas vidas realizan tareas y trabajos por pura inercia, sin cuestionar los patrones de comportamiento ordenados por el Régimen, obedeciendo las innumerables leyes y normas absurdas.

Ya no pueden caminar con sus propios pies, se han vuelto sumisos, se acabó todo para ellos.

La lucha para las gentes de Occidente ha desaparecido. Son gentes obedientes, sumisas al Imperio destructivo y moralmente difuntas. Han perdido la capacidad de pensar por sí mismas. Han perdido el coraje de sentir.

Como resultado, debido a que Occidente tiene una enorme influencia en el resto del mundo, toda la humanidad está en grave peligro, perdiendo su naturaleza.

*****

En tal sociedad, una persona que desborde pasión, una persona comprometida y fiel a su causa no es considerada en serio. En una sociedad como ésta, sólo el nihilismo y el cinismo son aceptados y respetados.

En tal sociedad, una revolución o una rebelión difícilmente podría ir mucho más allá de una riña en el sofá del salón de estar.

Una persona que todavía es capaz de amar en un ambiente tan estreñido y tortuoso emocionalmente, es visto como un bufón, incluso como un elemento sospechoso y siniestro. Es bastante común que sean ridiculizados y rechazados.

Las masas obedientes y cobardes odian a los que son diferentes. Desconfían de las personas que se ponen de pie y todavía son capaces de pelear, personas que saben perfectamente cuáles son sus objetivos, las que hacen y no solamente hablan, las que dedican toda su vida, sin la más mínima vacilación, a una persona amada o una causa por la que merece la pena luchar.

Tales gentes aterrorizan e irritan a las muchedumbres amansadas y sumisas de las ciudades occidentales. Como castigo, son marginados, socialmente exiliados y demonizados. Algunos son atacados, incluso desintegrados.

El resultado: no hay cultura, en ninguna parte de la Tierra, tan banal y tan obediente como la que reina en Occidente. Nada significativo está sucediendo últimamente en Europa y Norteamérica, ya que prácticamente no hay otras formas de pensar y otras percepciones heterodoxas.

Los diálogos y los debates fluyen a través de canales amaestrados y bien regulados, y no hace falta decir que fluctúan sólo de manera marginal a través de las frecuencias ya constituidas.

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¿Que hay al otro lado de las barricadas?

No quiero glorificar a nuestros países y movimientos revolucionarios.

Ni siquiera quiero decir que somos justamente lo opuesto de toda esta pesadilla que ha instalado en Occidente. No lo somos, y estamos lejos de ser perfectos.

Pero estamos vivos. Estamos de pie, tratando de avanzar en este maravilloso proyecto que es la humanidad, tratando de salvar la tierra del imperialismo occidental, de su melancolía nihilista, de su absoluto desastre ambiental.

Estamos viendo las formas de avanzar. No hemos rechazado ni el socialismo ni el comunismo, y estamos estudiando las formas moderadas y controladas de Capitalismo. Se discuten las ventajas e inconvenientes de la denominada economía mixta.

Luchamos, pero debido a que actuamos sin la brutalidad de Occidente, sin ser tan ortodoxos y dogmáticos, a menudo perdemos, como perdimos recientemente (aunque esperamos que sólo temporalmente) en Brasil y Argentina. También ganamos, una y otra vez. Cuando este artículo esté ya impreso, estaremos celebrando las victorias de Ecuador y El Salvador.

A diferencia de Occidente, en lugares como China, Rusia y América Latina, nuestros debates sobre el futuro político y económico están llenos de viveza, a veces incluso tormentosos. Nuestro arte está comprometido, ayudando a buscar los mejores conceptos humanistas. Nuestros pensadores están alerta, compasivos e innovadores, nuestras canciones y poemas están llenos de fuego y pasión, rebosantes de amor y anhelos.

Nuestros países no roban, no deponen gobiernos al otro lado del mundo, y no emprenden invasiones militares. Lo que tenemos es nuestro, lo que hemos creado, producido y sembrado con nuestras propias manos. No siempre es lo suficiente, pero estamos orgullosos de ello, porque nadie ha muerto por ello y nadie ha sido esclavizado.

Nuestro corazón es más puro, no absolutamente puro, pero más puro que el corazón de Occidente. No abandonamos a los que amamos, aunque tropiecen y no puedan caminar más. Nuestras mujeres no abandonan a sus hombres, especialmente a los que se encuentran luchando por un mundo mejor. Nuestros hombres no abandonan a sus mujeres, aunque estén sometidos a un profundo dolor y desesperación. Sabemos a quiénes y qué amamos, y sabemos a quiénes y qué odiamos: en esto rara vez nos confundimos.

Somos mucho más simples que los que viven en Occidente. Pero también, más profundos. Respetamos el trabajo duro, especialmente el trabajo que ayuda a mejorar las vidas de millones de personas, no sólo nuestras propias vidas o las vidas de nuestros familiares.

Tratamos de cumplir nuestras promesas. No siempre conseguimos mantenerlas, ya que sólo somos humanos, pero lo tratamos, y la mayoría de las veces lo conseguimos.

Las cosas no siempre son como queremos que sean, pero otras veces sí. Y cuando “las cosas son así”, eso significa que por lo menos hay alguna esperanza y optimismo, y a menudo una gran alegría.

El optimismo es esencial para obtener cualquier progreso. Ninguna revolución podría triunfar sin un gran entusiasmo, como ningún amor tampoco lo podría hacer. Ninguna revolución, ni ningún amor, pueden construirse desde la tristeza y el derrotismo.

Incluso en medio de las cenizas, a las que el Imperialismo ha reducido nuestro mundo, un verdadero revolucionario y un verdadero poeta siempre puede encontrar una esperanza. No será fácil, nada fácil, pero no imposible. Nada está perdido en esta vida mientras nuestro corazón lata.

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El estado en que se encuentra actualmente nuestro mundo es terrible. Es algo que sentimos como que nos movemos en una dirección equivocada, un falso giro, y que todo finalmente se derrumbará, irreversiblemente. Es muy fácil mandar todo a hacer puñetas y tumbarse en el sofá cómodamente: “no hay nada que se pueda hacer”, y después decir que vivimos una vida sin sentido.

El nihilismo occidental ha causado estragos: se ha aposentado en millones de seres pensantes, abocados al derrotismo. Se ha extendido el pesimismo y la tristeza, y es creencia general que nada se podrá mejorar. La gente se niega a aceptar etiquetas, rechazando las ideologías progresistas, con una desconfianza patológica en cualquier poder. “Todos los políticos son iguales” , lo que se traduce claramente en: “Todos sabemos que nuestros gobernantes occidentales son unos malhechores, pero no esperen nada tampoco de otros rincones del mundo; todos son iguales”; “Occidente ha saqueado y asesinado a cientos de millones de personas, pero no esperen que los asiáticos lo hagan mejor, los latinoamericanos o los africanos”.

Este negativismo irracional y cínico ya ha sometido a prácticamente todos los países occidentales, y ha sido exportado con éxito a las colonias, incluso a lugares como Afganistán, donde la gente ha estado sufriendo los crímenes cometidos por Occidente.

Su objetivo es evidente: evitar que la gente actúe y convencerlos de que toda rebelión es inútil. Tales actitudes están asfixiando toda esperanza.

Mientras tanto aumentan los daños colaterales. La metástasis de pasividad y el cáncer del nihilismo que están siendo difundidos por Occidente ya está atacando incluso la capacidad humana de amar, de comprometerse con una persona o una causa, y de cumplir con sus promesas y obligaciones.

En Occidente y sus colonias, el coraje ha perdido su brillo. El Imperio ha logrado perturbar la escala de valores humanos, firmemente establecidos en todos los continentes y en todas las culturas, durante siglos y milenios. De repente, la sumisión y la obediencia se ha puesto de moda.

Si tal tendencia no se invierte pronto, la gente acabará viviendo como ratones: asustada, neurótica, nada fiable, deprimida, pasiva, incapaz de identificar la grandeza y poco dispuesta a unirse a los que siguen tirando de nuestro mundo y la humanidad hacia delante.

Millones de vidas se desperdiciarán. Millones de vidas ya están desperdiciando.

Algunos escribimos sobre invasiones, golpes y dictaduras impuestas por el Imperio. Sin embargo, casi nada se escribe sobre este gigantesco y silencioso genocidio que está quebrando el espíritu humano y el optimismo, arrojando a naciones enteras a una oscura depresión y tristeza. Eso está ocurriendo, incluso cuando escribo estas líneas. Sucede en todas partes, en Londres, París y Nueva York, o especialmente allí.

En esos desafortunados lugares, el miedo ha arraigado. La originalidad, el coraje y la determinación se han trastocado en miedo. El amor, los grandes gestos y sueños poco ortodoxos, ahora son pánico y desconfianza.

No hay progreso, ninguna evolución es posible sin formas de pensamiento no convencionales, sin un espíritu revolucionario, sin grandes sacrificios y disciplina, sin compromiso y sin ese conjunto de emociones poderosas y audaces que es el amor.

Los demagogos y propagandistas del Imperio quieren que creamos que todo terminó: quieren que aceptemos la derrota. ¿Por qué deberíamos aceptarla? No vemos ninguna derrota en el horizonte.

Sólo hay dos realidades separadas, dos universos: el nihilismo occidental y el optimismo revolucionario.

Ya hemos hablado del nihilismo, pero ¿ no imaginamos como un sueño un mundo mejor y diferente? ¿No podemos imaginar a la gentes arremetiendo contra los lujosos palacios y la bolsa de valores? ¿No podemos oír canciones revolucionarias que salen de los altavoces?

En realidad no. Lo que viene a mi mente es algo esencialmente tranquilo, humano y cálido.

Hay un parque cerca de la antigua estación de tren en la ciudad de Granada, Nicaragua. Estuve allí hace tiempo. Varios árboles viejos dan una fantástica sombra, una sombra que acoge. En unas columnas de metal se han grabado bellos poemas, jamás escritos en este país, junto a los bancos del parque, simples pero sólidos. Me senté en uno de ellos. No lejos de mí, un par de envejecidos amantes iban de la mano, leyendo mejilla contra mejilla de un libro abierto. Estaban tan cerca que parecían formar un universo simple y totalmente autosuficiente. Sobre ellos los brillantes versos de Ernesto Cardenal, uno de mis poetas latinoamericanos favorito.

También recuerdo a dos médicos cubanos, sentados en un banco muy diferente, a miles de kilómetros de distancia, charlando y riendo junto a dos enfermeras corpulentas de buen corazón, después de realizar una compleja cirugía en Kiribati, una isla perdida en el Pacífico.

Recuerdo muchas cosas, pero no son grandes cosas, sino solamente cosas humanas. Porque eso es realmente la revolución: un par de envejecidos campesinos en un hermoso parque público, enamorados, unidos de la mano, leyendo poemas el uno al otro. O dos médicos que viajan hasta el fin del mundo sólo con la finalidad de salvar vidas, lejos de los focos y de la fama.

Y siempre recuerdo a mi querido amigo Eduardo Galeano, uno de los mayores revolucionarios de América Latina, cuando me dijo en Montevideo que sentía amor por esa maravillosa dama llamada “Realidad”.

Entonces me digo: no podemos perder. No vamos a perder. El enemigo es poderoso y hay mucha gente débil y asustadiza, pero no permitiremos que el mundo se convierta en un asilo mental. Lucharemos por cada persona afectada y se encuentra ahogada en la oscuridad.

Vamos a dar cuenta de la anormalidad y perversidad del nihilismo occidental. Lo combatiremos con nuestro entusiasmo y optimismo revolucionarios, y usaremos las mejores armas: la poesía y el amor.

Andre Vltchek es novelista, cineasta y periodista investigador. Ha cubierto varias guerras y conflictos en varios países. Su Point of No Return se ha reeditado recientemente. Oceanía es un libro sobre el Imperialismo Occidental en el Pacífico Sur. También ha escrito un polémico libro sobre la era post-Suharto y el fundamentalismo de mercado: Indonesia: The Archipelago of Fear. También ha rodado documentales sobre Ruanda y el Congo. Ha vivido varios años en América Latina y en Oceanía; Vltchek reside actualmente en Asia Oriental y en África. Puede visitar su sitio web

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