¿Solidaridad o competencia en tiempos de crisis?(II)

Por James Petras, 4 de julio de 2011

 No nos damos cuenta de lo difícil que es para los oprimidos unirse. Sólo la miseria les une (…) Pero, aparte de su miseria, todo lo demás les separa, porque se ven obligados a arrancar las miserables migajas de la boca de los otros.

Bertolt Brecht, volumen 9

    • (Pantheon Books New York 1972) p. 379

Continuación del artículo: ¿Solidaridad o competencia en tiempos de crisis?(I)

Explicaciones de la inmovilidad social durante la crisis económica

No es que falte un reconocimiento de que algo esté mal en los Estados Unidos, ni de que los expertos intenten explicar una y otra vez la paradoja de la crisis económica y la inmovilidad social.

Varias incursiones explicativas se dan por aquí y allá en los medios de comunicación y en Internet. Algunos autores recurren a explicaciones psicológicas para dar cuenta de la pasividad social generalizada, apuntando el miedo a represalias por parte de los empresarios, a la represión estatal; la sensación de inutilidad es la cara de la indiferencia, y por otra parte la hostilidad de los partidos políticos. Los argumentos psicológicos tienen algún mérito, ya que apuntan algunas de las causas inmediatas de la no participación, pero no explican cuál es la causa del miedo y la futilidad.

Muchos progresistas críticos señalan la ausencia o debilidad de las organizaciones sociales, en particular la pérdida de poder de las organizaciones sindicales, dejando al 93% del sector privado desestructurado, y el sector estatal, con una mayor sindicación, con una capacidad de negociación limitada. Si bien estos críticos tienen razón en hacer hincapié en la falta de voluntad de los dirigentes sindicales para abrir una nueva brecha política e iniciar nuevos esfuerzos de organización, es necesario explicar el por qué de esa falta de organización y por qué la clase obrera no ha puesto en marcha nuevas iniciativas. Los dirigentes sindicales tienen una larga historia a sus espaldas que se remonta a varias décadas, y sin embargo aquellos que se han visto directamente afectados y los que han perdido el puesto de trabajo no han organizado una red alternativa de solidaridad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los analistas políticos hacen hincapié en el carácter oligárquico y restrictivo del sistema electoral como una de las causas de la falta de nuevas iniciativas políticas. El hecho de que se precise de una gran cantidad de dinero para poder presentarse a un cargo, el dominio casi en régimen de monopolio de los medios de comunicación por los partidos mayoritarios y los obstáculos legales para asegurarse un lugar en las papeletas electorales, los votantes se han mostrado desencantados y esto ha impedido que se apoye a nuevas iniciativas de otros partidos políticos. Pero la cuestión más profunda es la razón de por qué no han surgido movimientos de masas, ajenos al marco de los partidos políticos, que hayan desafiado a la oligarquía política, al monopolio corporativo de los medios de comunicación y no se ha pedido un cambio en las limitaciones legales para entrar en la arena electoral. ¿ Por qué surgen movimientos de masas en otros países con regímenes represivos, enfrentándose a restricciones similares sobre el acceso legal y a las oligarquías atrincheradas?

Siendo similares las limitaciones externas, como las que se encuentran en los Estados Unidos, se plantea la cuestión de los comportamientos divergentes, y de si las diferencias entre las clases media y trabajadora puede ser el origen de la pasividad e inmovilidad.

Algunos periodistas, sobre todo de la izquierda, señalan el divorcio o la distancia entre los intelectuales y académicos y ambas clases. En los Estados Unidos hay unos cuantos intelectuales, periodistas y profesores comprometidos políticamente.

Lo que pasa es que este grupo se relaciona poco en su vida social y cotidiana con aquellas clases, independientemente de sus afinidades ideológicas. La mayoría de los académicos de la izquierda conciben su activismo como la lectura de los documentos de la izquierda, de los foros sociales, que difieren muy poco del formato y de las cosas de que se hablan en sus reuniones profesionales.

Incluso los académicos de izquierda que asumen un papel político, tienen relación sobre todo con los dirigentes sindicales y los aparatos de partido. Como resultado, los académicos progresistas han terminado por representar muy poco para los trabajadores que no pertenecen a los sindicatos o a las facciones sindicales disidentes con los nexos corporativos o el Partido Demócrata.

Una explicación alternativa a la «paradoja»

Uno de los problemas clave para comprender la paradoja citada es el tratamiento del concepto clave de la crisis. Muchos periodistas conciben la crisis como algo holístico. Así, suponen que se trata de algo general o sistémico, y que tiene un efecto homogéneo en las clases media y trabajadora. De hecho, la gran mayoría, unas tres cuartas partes, no han sido seriamente afectados por la crisis. Suponiendo que los desempleados y subempleados representan cerca del 20% y contando los que han sufrido merma en sus condiciones de trabajo, todavía tenemos a un 70% cuya única preocupación es mantener su posición privilegiada y apartarse de aquellos que han caído de su órbita social.

En los Estados Unidos, más que en cualquier otro país, las marcadas diferencias entre los empleados, subempleados y desempleados, ha llevado a una competencia, no a un comportamiento solidario. En la mayoría de los países, los desempleados han sido respaldados y han obtenido el apoyo activo de los trabajadores sindicados. En los Estados Unidos cuando los empleados de la clase media y trabajadora pierden su empleo y no pueden pagar sus cuotas, entonces se les deja indefensos. Incluso a nivel de la vida social, familiar y de barrio, son vistos como una carga, una pérdida de recursos para los que están empleados. Los empleados ven con disgusto a los desempleados y ven mal el coste social que esto supone, y por lo tanto, un impuesto agregado en lugar de un aliado en la lucha contra las élites corporativas, el aumento de impuestos y su oposición a la guerra. Para los empleados que tienen cargos superiores impuestos más altos significa una fuga de capitales, y menor gasto militar supone menos empleos en la Industria de la Guerra.

La segmentación dentro de la clase media y trabajadora funciona a varios niveles. El más llamativo se encuentra en la escala salarial de los dirigentes sindicales, que ingresan más de 300.000 dólares, más beneficios, y la de los desempleados, con menos de 30.000 dólares. Estas diferencias económicas tienen un coste político y social. El aparato sindical compra seguridad laboral, contribuyendo con varios millones de dólares al Partido Demócrata, asegurando de este modo que los sindicatos mantiene una legalidad formal y unos derechos de negociación colectiva. En otras palabras, la fuerza laboral de los sindicatos representa en su conjunto el 12%, lo que supone una fuerza cautiva sujeta al Estado, lo que excluye plantear nuevas situaciones sociopolíticas, o que recojan las demandas y los intereses de los desempleados y otros trabajadores con bajos salarios, o trabajadores no sindicados.

Las clases media y trabajadora han sufrido un impacto desigual por la crisis: los que tienes puesto de trabajo y están vinculados con el Partido Demócrata mantienen sus lealtades partidistas por encima de cualquier noción de solidaridad de clase, no tienen en cuenta el estado de los desempleados, a los que ven como competidores que pueden reducir sus ingresos.

Si analizamos estos dos grupos en detalle, nos encontramos con que los mal pagados, subempleados

y desempleados, tienden a ser jóvenes menores de 30 años, negros, hispanos y familias monoparentales; los mejor pagados y empleados tienden a ser personas mayores, blancos, con educación superior, y de ascendencia anglo-judía. Estas divisiones raciales y generacionales juegan un papel mucho más importante en los Estados Unidos que en cualquier otra parte, debido a la destrucción de la identidad de clase, y se ha diluido cualquier noción de solidaridad de clase.

La segmentación de las clases media y trabajadora se profundiza en los Estados Unidos, porque los que tienen un empleo estable se benefician en muchos casos de las consecuencias adversas que afectan a una movilidad social descendente para los desempleados y trabajadores.

 Las ejecuciones hipotecarías afectarán a más de 10 millones de familias estadounidenses que no pueden cumplir con los plazos establecidos. Los bancos, dispuestos a recuperar parte de los prestamos realizados, ofrecen en venta vivienda a un precio muy reducido. Los empleados y la clase media que dispone de trabajo están encantados de comprar casas, mientras que otros son expulsados a la calle o tienen que vivir en remolques. No hay ningún movimiento que trate de impedir el desalojo de las familias de sus casas, de los compañeros de trabajo o familiares, y en lugar discreto se pregunta sobre la fecha de la próxima subasta.

Los trabajadores mejor pagados se abastecen de bienes de consumo en los supermercados, que emplean a trabajadores que reciben salarios mínimos. Los intereses de los trabajadores se definen por los intereses inmediatos de los consumidores, no en la mejora de los intereses estratégicos derivados de la energía potencial, tanto social como político, de una clase organizada.

Los empleados de la clase media y los propietarios de vivienda de la clase trabajadora se ven como aliados de los magnates de las corporaciones e inmobiliarias en su lucha contra la reducción de impuestos, que reduciría el bienestar y los servicios sociales de la clase baja peor remunerada y de los desempleados. Así que la guerra contra los impuestos de la clase obrera contra el Estado de bienestar es, en efecto, una guerra de un segmento de la clase obrera contra otro. Es evidente que una parte trata de apoderarse de las migajas que tiene en la boca la otra.

Incluso entre la clase obrera organizada no se lucha contra esta segmentación. Los bolsillos mejor pagados, los trabajadores sindicados del sector público se han asegurado aumentos salariales y planes de pensiones y seguros médicos a través de la lucha colectiva, haciendo caso omiso de los intereses, demandas y necesidades de los trabajadores no sindicados, que están en un proceso de movilidad descendente, mientras que deben pagar más impuestos. Por lo tanto, las diferencias socio-económicas son explotadas por la derecha y por los sectores público y privado de las clases media y trabajadora, compitiendo por las migajas de un presupuesto en disminución.

Como se han reducido los servicios públicos y de educación, la clase media y trabajadora está dividida entre los que prefieren los hospitales y escuelas privadas y los que siguen dependiendo de los servicios públicos, en base a la financiación estatal. Los sectores vinculados a lo privado rechazan los impuestos que financian lo público, debilitando la solidaridad de clase y mejora de la calidad de la salud y la educación públicas.

Conclusión

Está claro que la crisis del capitalismo ha provocado respuestas contradictorias entre los diferentes segmentos de las clases media y trabajadora en función de su diferente impacto. Sin la existencia de una identidad de clase, la división económica entre dirigentes y seguidores, divisiones generacionales y los leales a los partidos, han socavado la solidaridad de clase y ha dado lugar a insignificantes quejas y a una hostilidad difusa.

La competencia, no la solidaridad, dentro de ambas clases es la razón de la profunda inmovilidad de los estadounidenses frente a una crisis económica prolongada y profunda.

Así es ahora y así ha sido en el pasado. ¿Existen perspectivas de un futuro diferente? ¿Hay alguna posibilidad de unir a todos estos sectores en una lucha sostenida? ¿Existen vías alternativas a la solidaridad de clase y a las movilizaciones populares?

Lo más prometedor es comenzar a nivel local y regional, con la participación de las organizaciones de la comunidad local y los sindicatos disidentes de base y los profesionales progresistas ( abogados, médicos, etc) en las luchas, que actúen de forma conjunta con los grupos más afectados que se enfrentan al desempleo, a las ejecuciones hipotecarias, a la inexistencia de planes de salud, etc.

Todas las encuestan muestran una profunda divergencia entre la mayoría de los estadounidenses y la élites políticas de ambos partidos en el asunto del rescate de los bancos, de las exenciones de impuestos para los ricos, en las reformas y privatizaciones, sobre Medicare, Medicaid y la Seguridad Social. Existen divergencias sobre la pérdida de vidas y los gastos que acarrean las múltiples guerras, sobre todo la más larga de los Estados Unidos, la de Afganistán.

Proponer referendos (1) para poner fin al impago de impuestos se la Seguridad Social para los ricos pondría fin a la llamada crisis de la Seguridad Social (2); el crear un impuesto de venta sobre las transacciones financieras reduciría el déficit de Medicare. La falta de inversiones públicas está deteriorando las infraestructuras debido a la transferencia de fondos para la guerra ( 790000 millones dólares), restando inversión para la creación de empleo, para aumentar la demanda, la productividad y la competitividad a nivel nacional. El apoyo a la salud pública es un tema que une a la mayoría de los segmentos de la clase media y trabajadora, los trabajadores sindicados de la salud y las organizaciones comunitarias, con una potencial confrontación con la Industria Farmacéutica y las empresas privadas de seguros médicos.

Un salario mínimo más alto, a partir de 12 dólares la hora, podría movilizar a sectores de la clase media y a los trabajadores, e iniciativas a nivel local se podrían llevar a cabo entre los inmigrantes y los trabajadores que tienen bajos sueldos.

Los datos de las entrevistas demuestran que la mayoría de los estadounidenses, aparentemente, tienen actitud contradictorias: apoyo a políticas progresistas y a otras regresivas. Por ejemplo, se apoya a Medicare y a la salud privada, la creación de empleo y la reducción de déficit, los aranceles de importación y la importación de productos baratos de consumo. Es necesario un amplio programa educativo que demuestre que las reformas sociales progresistas son factibles y se pueden financiar, en base a una lucha sostenida contra el capital corporativo y financiero, a través de las organizaciones y la acción directa. Hay una realidad objetiva que demuestra que la crisis sostenida del capitalismo no es así y no puede pisotear las demandas más elementales; trabajo, vivienda, seguridad, paz y crecimiento. Ésta es una gran ventaja sobre los defensores del sistema que abogan por medidas prolongadas y regresivas, ahondando más en ellas en un futuro previsible.

En segundo lugar, se tiene la ventaja de saber que el país tiene una fuente potencial de riqueza, conocimientos y recursos para superar la crisis. En tercer lugar, podemos argumentar que existen programas muy populares que han tenido éxito y gran apoyo: seguridad social, Medicare, Medicaid, como ejemplos para ampliar y profundizar la cobertura social.

Para la mayoría de los estadounidenses, la lucha de hoy, en la medida en que existe, es estar a la defensiva, realizando esfuerzos para preservar los últimos vestigios de una organización independiente, para defender la seguridad social, los programas de salud, una educación pública accesible, las pensiones. La ofensiva empresarial consiste en homogeneizar a la mitad de la clase obrera organizada y con los segmentos peor pagados sin ningún tipo de organización. Hay menos trabajadores privilegiados, aún cuando esto suponga una negación de sí mismos.

La casi extinción del sindicalismo en el sector privado y el liderazgo moribundo de los líderes sindicales, ofrece la oportunidad de empezar de nuevo con una organización horizontal, una comunidad que integre a los ecologistas, organizaciones de inmigrantes, los consumidores. Lo que está absolutamente claro es que esta crisis por sí sola no provocará ningún levantamiento de las masas, ni tampoco iluminará a los académicos progresistas encerrados en su micromundo.

El camino hacia adelante se debe iniciar con los líderes locales que emergen de las coaliciones locales, la creación de organizaciones independientes a nivel político y social que estén unidos a sus vecinos, compañeros de trabajo y todos aquellos norteamericanos golpeados por el sistema. No es una solución fácil o rápida de la paradoja, pero veo las condiciones objetivas para construcción de un movimiento. Oigo a una multitud de voces airadas y discordantes. Por encima de todo esto, espero que los oprimidos dejarán de quitarse las migajas los unos a los otros”.

 

James Petras, ex profesor de Sociología de la Universidad de Binghamton, Nueva York, lleva 50 años en el asunto de la lucha de clases; es asesor de los Campesinos sin Tierra y sin trabajo en Brasil y Argentina, y coautor de Globalización desenmascarada (Zed Books), siendo su libro más reciente Sionismo, Militarismo y la Decadencia del Poder estadounidense (Clarity Press, 2008). Se le puede escribir a la siguiente dirección: jpetras@binghamton.edu

 

http://dissidentvoice.org/2011/07/us-working-and-middle-class-solidarity-or-competition-in-the-face-of-crisis-2/#more-34484

 

 

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