Militarismo, masculinidad y virilidad

De la guerra contra el terrorismo a Trump y Hegseth

explaininghistory.org, 12 de junio de 2026

  1. El colapso del ejército de voluntarios
  2. La fabricación de la masculinidad
  3. El coste humano de una guerra sin fin
  4. La erosión del control democrático
  5. Trump, Hegseth y el teatro de la masculinidad

Al escribir un libro como Dios perdona, los hermanos no durante el largo crepúsculo de las guerras de Irak y Afganistán, el periodista Jasper Craven descubrió que el canal que conducía a los jóvenes a las fuerzas armadas estadounidenses no era solo una respuesta a la guerra, sino un sistema cuidadosamente diseñado. Lo que encontró fue una extensa red de academias militares, programas ROTC [programas universitarios que forman a estudiantes como futuros oficiales de las fuerzas armadas] y una pedagogía cultural que llevaba siglos convenciendo a los chicos estadounidenses de que el camino hacia la madurez pasaba directamente por los cuarteles. El resultado es una investigación mordaz sobre cómo el ejército estadounidense se ha convertido en el principal motor de la masculinidad del país y cómo ese motor está ahora girando sin control.

El colapso del ejército de voluntarios

El punto de partida para comprender esta crisis es el ejército de voluntarios (AVF), creado en 1973 tras la guerra de Vietnam. Durante décadas, el AVF logró completar sus filas, pero la era posterior al 11 de septiembre ha puesto de manifiesto su fragilidad fundamental. Entre 2022 y 2023, el Ejército no alcanzó sus objetivos de reclutamiento en un 25 % y un 23 % respectivamente, la peor caída desde que se puso fin al servicio militar obligatorio. En respuesta, el Pentágono se ha visto obligado a ampliar desesperadamente los requisitos de elegibilidad: elevando la edad de alistamiento de 35 a 42 años, flexibilizando las restricciones sobre la posesión de marihuana y rebajando los estándares físicos y académicos. Los críticos advierten de que el nivel educativo de los nuevos reclutas sigue bajando, y más de uno de cada tres militares no completa su alistamiento inicial. Como señala un análisis, el ejército no es representativo del pueblo estadounidense «en casi ningún aspecto», ya que se nutre de manera desproporcionada de los pueblos de clase trabajadora y los condados rurales, en lugar de los barrios residenciales acomodados o las comunidades universitarias de élite. En una economía en la que los indicadores tradicionales de la seguridad de la clase media —una vivienda, un título universitario, un empleo estable— se han vuelto cada vez más difíciles de alcanzar, las fuerzas armadas destacan como una de las pocas instituciones que ofrecen unos ingresos garantizados y importantes beneficios educativos. Para los jóvenes de comunidades con dificultades económicas, el alistamiento es menos una vocación que una decisión calculada.

La fabricación de la masculinidad

En el corazón de este aparato de reclutamiento se encuentra una promesa tan antigua como la propia república: «Envíennos a su hijo y se lo devolveremos convertido en un hombre». La investigación de Craven traza el recorrido de esta promesa desde la Revolución Americana hasta la actualidad, mostrando cómo la educación militar ha cultivado sistemáticamente un ideal hipermasculino basado en la jerarquía, la obediencia y la práctica de la violencia. A partir de su investigación sobre la disfuncional escuela militar de Valley Forge, revela una «corriente agria de masculinidad que era cruda, violenta, ferozmente jerárquica y que mutaba rápidamente hasta salirse de control».

La arquitectura de esta masculinidad es elaborada. Comienza con brutales ritos de iniciación que, como señala un estudio, utilizan «las relaciones románticas y sexuales entre los chicos para facilitar el cultivo de la hipermasculinidad». Se sustenta a través de «la masculinidad tóxica, el racismo, la misoginia o la homofobia», todos ellos entretejidos en el tejido de la socialización militar. Y se perpetúa mediante una pedagogía que enseña a los cadetes que la violencia y la dominación no solo son aceptables, sino esenciales para ser un hombre. El resultado es un ideal contradictorio: un «individualismo rudo» canalizado hacia los objetivos estatales de conquista y expansión; un hombre que es a la vez un seguidor disciplinado y un guerrero autosuficiente; un soldado que aprende a deshumanizar a «el otro» mientras se vuelve autodestructivo.

El coste humano de una guerra sin fin

Las consecuencias de este sistema son devastadoras. Las guerras de Irak y Afganistán movilizaron entre 2 y 3 millones de militares estadounidenses. Miles murieron en combate. Pero el coste humano se extiende mucho más allá del campo de batalla. Una investigación del Departamento de Asuntos de Veteranos muestra que una de cada siete personas desplegadas en la Guerra contra el Terrorismo sufre trastorno de estrés postraumático (TEPT); entre los marines, la proporción es de uno de cada cinco. El Proyecto «Los Costes de la Guerra» de la Universidad de Brown estima que 30 177 veteranos de la Guerra Global contra el Terrorismo se han suicidado, frente a los apenas 7057 que murieron en combate. Han perecido más militares por su propia mano que en combate. La tasa de suicidios entre los veteranos de la Guerra contra el Terrorismo es significativamente más alta que la de conflictos anteriores y la de los no veteranos, impulsada por factores que incluyen el TEPT, la depresión, el abuso de sustancias y la profunda desconexión entre la experiencia militar y la sociedad civil.

La erosión del control democrático

Esta catástrofe humana se ha producido en paralelo a una silenciosa erosión de la rendición de cuentas democrática. La relación profundamente arraigada del Pentágono con la educación civil —a través de miles de programas JROTC en institutos [programa de las escuelas secundarias y preparatorias diseñado para desarrollar liderazgo, ciudadanía y disciplina en jóvenes] y unidades ROTC en universidades— permite a las fuerzas armadas ejercer un «poder desmesurado sobre la educación», moldeando las mentes de los jóvenes mucho antes de que tengan derecho a voto. Mientras tanto, la era posterior al 11-S fue testigo de una relajación escandalosa de los criterios de reclutamiento, lo que permitió que neonazis, miembros de bandas y delincuentes convictos inundaran las filas. Tal y como documenta el periodista de investigación Matt Kennard, el Pentágono empoderó a sabiendas a ideólogos violentos en su desesperación por dotar de personal a las guerras, una decisión que ha vuelto para atormentar a la nación. Una vez de vuelta en suelo estadounidense, muchos de estos veteranos han continuado su misión a través de la organización de la extrema derecha, fantasías de guerra racial e incluso el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021. El análisis estadístico confirma una «sobrerrepresentación estadísticamente significativa de los veteranos en los grupos de extrema derecha» en relación con su proporción en la población estadounidense.

Trump, Hegseth y el teatro de la masculinidad

En este panorama tan inestable han entrado en escena Donald Trump y su secretario de Defensa, Pete Hegseth, ambos formados en el ámbito militar (Trump asistió a la Academia Militar de Nueva York; Hegseth se graduó en el programa ROTC de Princeton). Hegseth, en particular, se ha convertido en la encarnación de un tipo concreto de masculinidad militarizada. Sus cuentas en las redes sociales publican regularmente vídeos en los que aparece realizando ejercicios de entrenamiento con «guerreros», hablando en un lenguaje belicoso y prometiendo que el presidente les «dará rienda suelta» y les «desatará» las manos. Este espectáculo ha sido acertadamente descrito como «teatro de la masculinidad»: una «demostración hiperperformativa de “masculinidad militante”» diseñada para ganarse la aprobación de otros hombres más que de las mujeres.

Este teatro, sin embargo, enmascara una profunda fragilidad. Las propias memorias de Hegseth revelan a un hombre avergonzado de su padre «blando», preocupado porque su familia no lo educara adecuadamente y desesperado por demostrar su dureza a través del servicio militar. Cuando la opinión pública se volvió en contra de las guerras de Irak y Afganistán, su esperanza de ser elevado a la «condición de modelo a seguir» se desvaneció. El resultado fue una rebelión alimentada por el abuso del alcohol, la islamofobia y la misoginia.

Si el libro de Craven ofrece un diagnóstico aleccionador, también apunta a las conclusiones políticas que se derivan de él. El Partido Demócrata, aún castrado desde los primeros años de las guerras del 11-S, ha sido incapaz o no ha querido desafiar el control ideológico del ejército. Los breves intentos de reforma bajo la administración Biden se deshicieron rápidamente. Ahora, con Hegseth instalado en el Pentágono, ha purgado al ejército de líderes negros y mujeres y ha adoptado una mentalidad abiertamente violenta y reaccionaria.

La tragedia, sin embargo, no es meramente política. Es cultural. El monopolio del ejército en la definición de la masculinidad estadounidense ha creado una sociedad que adora de forma refleja el uniforme, al tiempo que se niega a afrontar la realidad de lo que ese uniforme hace. Los veteranos sienten el vacío de esta adoración: la falta de voluntad para enfrentarse a la oscuridad de la guerra, la sustitución de la gratitud abstracta por el cuidado genuino. Como señala Craven, una de las ironías perdurables del proyecto de masculinidad militar es que produce hombres que no se sienten seguros de su masculinidad, sino desesperados por demostrarla. Están atrapados en una actuación que nunca puede terminar, porque la validación que buscan siempre está fuera de su alcance.

Estados Unidos ha construido una máquina para fabricar hombres, y esa máquina está ahora consumiendo a la nación desde dentro. La pregunta es si podemos imaginar otra forma de ser hombre, una que no se forje en la violencia, la jerarquía y la incesante demostración de poder. El coste de no hacerlo se mide en suicidios, en violencia extremista y en una democracia que se estrangula lentamente a sí misma con su propio militarismo.

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