Elvia Wilk, junio de 2026

El ritmo circadiano humano viene determinado por la biología y depende, al mismo tiempo, del contexto. Gracias a una serie de conocidos estudios realizados en cuevas, en los que se sometió a los sujetos a condiciones experimentales de oscuridad total y aislamiento, sabemos que el cuerpo tiene un ritmo innato. Los biólogos han identificado su base genética en un gen denominado CLOCK (Circadian Locomotor Output Cycles Kaput). Pero sin acceso a señales ambientales como la luz solar o señales sociales como un despertador —señales denominadas Zeitgeber, o «marcadores de tiempo»—, el ritmo no se sincroniza con un día de veinticuatro horas. Nuestros relojes circadianos influyen en la mayoría de los procesos corporales, desde la digestión y el metabolismo hasta la desintoxicación, la presión arterial y las fluctuaciones hormonales. De entre todos los Zeitgeber, la luz solar es, con diferencia, la más crucial para ajustar el reloj. En términos sencillos, la salud humana requiere un patrón diario regular según la hora local.
Sin embargo, en todo el mundo, son pocos los que están expuestos a la luz solar intensa o a la oscuridad total. No vivimos en cuevas, sino en dormitorios iluminados por pantallas, oficinas con luz fluorescente, autopistas iluminadas como estadios, fábricas siempre iluminadas; en almacenes, centros comerciales, cines y salas de juegos. Más del 80 % de la población mundial está expuesta a algún grado de contaminación lumínica por la noche, y el 20 % trabaja en turno de noche, por lo que probablemente se pierda la luz solar matutina.[1] En este momento, una gran proporción de nosotros vive en un estado que podría denominarse «jet lag permanente». Cuando la lógica capitalista se impone tanto a las necesidades del cuerpo como a la rotación del sol, esencialmente arrastra al cuerpo a otra zona horaria.
La película de Alex Rivera de 2008, Sleep Dealer, una fábula cyberpunk en la que unos trabajadores de Tijuana venden sus horas de trabajo para manejar robots al otro lado de una frontera que no pueden cruzar, plasma esta sensación de cómo las condiciones laborales crean zonas horarias artificiales. Entre las muchas otras reflexiones de la película, que para mí resultan sorprendentemente y casi inquietantemente relevantes casi veinte años después de su estreno, se encuentra la revelación de que la destrucción del tiempo circadiano es el punto final lógico y el objetivo del capitalismo extractivo.
A estas alturas, Sleep Dealer es un clásico; si se trata de un clásico de culto, sus seguidores son numerosos. Me han hablado de ella aficionados a la ciencia ficción, historiadores del trabajo, artistas contemporáneos y un montón de insomnes. El tratamiento que Rivera da a la novedad tecnológica y sus elecciones estéticas la convierten en un referente natural; además, es un entretenimiento sólido con un guion ingenioso y una trama satisfactoria. Pero lo que más me llama la atención es la forma en que la película retrata las disyunciones en el tiempo. La forma en que se percibe el tiempo es, en mi opinión, una de las cosas más difíciles de expresar. Como cápsula de su contexto histórico, como obra de ficción de género y como parte de la obra en desarrollo de Rivera, Sleep Dealer muestra lo que ocurre cuando la economía 24/7 trata el reloj biológico como un inconveniente que hay que superar —y lo que podría significar, a su vez, superar la economía 24/7.
Apunta y haz clic
Entre 1942 y 1964, el Programa de Mano de Obra Agrícola Mexicana trajo a cuatro millones y medio de trabajadores migrantes de México a Estados Unidos con contratos de corta duración. El plan, conocido como el Programa Bracero, se estableció para hacer frente a la escasez de mano de obra en la agricultura durante la guerra, al tiempo que se negaba a la mano de obra la condición jurídica y las protecciones a largo plazo. En español, «bracero» significa, a grandes rasgos, «el que trabaja con los brazos», es decir, básicamente un trabajador manual.
En 1997, el director peruano Alex Rivera estrenó un cortometraje titulado ¿Por qué «cybraceros»? que proponía con ironía una reintroducción contemporánea del Programa Bracero , pero esta vez: «Solo la mano de obra de los mexicanos cruzará la frontera. Los trabajadores mexicanos ya no tendrán que hacerlo». En este escenario hipotético, los trabajadores a distancia en México controlan unos robots versátiles llamados «cybraceros», que realizan todo tipo de tareas —desde la cosecha de cultivos hasta la construcción de rascacielos— en territorio estadounidense.

La película incluye imágenes de anuncios publicitarios de la década de 1940 realizados por la Asociación de Agricultores de California, sobre las que una voz autoritaria explica: «“Cybracero” significa un trabajador que no supone ninguna amenaza de convertirse en ciudadano. Y eso se traduce en productos de calidad con bajos costes económicos y sociales para vosotros, los consumidores estadounidenses». En una escena, un hombre está sentado frente a una pantalla en la que se ve en directo un huerto de naranjos y maneja una palanca de plástico que controla un brazo robótico situado a miles de millas de distancia. «Para el trabajador», dice el narrador, «es tan sencillo como apuntar y hacer clic para recoger».
En su libro de 1964 sobre el bracero de mediados de siglo, el académico y sindicalista Ernesto Galarza se preguntaba: «¿Es este extranjero en régimen de servidumbre —un modelo casi perfecto del hombre económico, un “factor de producción” despojado de los atributos políticos y sociales que la democracia liberal suele atribuir idealmente a todos los seres humanos— es este bracero el prototipo del hombre de producción del futuro?».[2] Rivera retoma la pregunta de Galarza y responde afirmativamente. Ofrece un prototipo actualizado de este «hombre de producción del futuro», aún más despojado de esos atributos políticos y sociales de lo que lo estaba el bracero .
La transición del trabajador manual importado al trabajador virtual a distancia, en la que se basa el proyecto de Rivera, muestra hasta qué punto esos atributos dependen de una ciudadanía definida territorialmente. Y, como ocurre con cualquier contingencia territorial frágil, la zona fronteriza geográficamente delimitada es a la vez el límite y el campo de pruebas para la erosión de esos atributos en todas partes. Como dijo Rivera en una entrevista de 2016,
El futuro de lo que va a suceder, la realidad en la que todos vamos a vivir, la vigilancia bajo la que todos viviremos, la forma en que seremos tratados legalmente o los derechos que tendremos, todo eso se pone a prueba primero en la frontera. Las tecnologías de vigilancia, las nuevas formas de justificar legalmente el registro y la incautación, todo el concepto de los derechos se desmorona primero… en las zonas fronterizas.[3]
Décadas después, la versión actualizada del «factor de entrada» de Galarza describe fácilmente a millones de trabajadores remotos en todo el mundo, desde un chatbot que aparece en la parte inferior de un sitio web de venta minorista hasta un servicio de transcripción con «IA», controlados total o parcialmente por trabajadores humanos. Los Mechanical Turks de Amazon, cuyo nombre no es ninguna ironía, son el ejemplo más conocido de la mentira de una máquina automatizada con una persona dentro; solo que el trabajador de Amazon no está dentro de la máquina, como el autómata que jugaba al ajedrez en el siglo XVIII, sino en otro lugar. Subcontratado y desplazado.
A pesar de la supuesta división entre el trabajo manual y el teletrabajo, los teletrabajadores siempre han sido también trabajadores manuales . Cada tarea virtual la realiza una persona con un sistema nervioso, un umbral de dolor y agotamiento, un ritmo circadiano. No existe el trabajo incorpóreo, solo trabajo que resulta más difícil de ver. Desde otro punto de vista, cualquiera que utilice Internet podría considerarse un trabajador a distancia, un factor de producción sometido a tareas como precio básico de acceso: completar CAPTCHAs, subir fotos o generar datos a través de anuncios personalizados. La invisibilización de la persona que trabaja a distancia solo sirve para mantener la fantasía de que los «recursos» humanos no están siendo explotados (al igual que «la nube» no es en absoluto efímera ni desprovista de ubicación, sino un conglomerado de granjas de servidores que hoy en día consumen el equivalente energético de un país del tamaño de Japón).[4] Y, sin embargo, la narrativa cultural continúa: «Para el trabajador, es tan sencillo como apuntar y hacer clic para seleccionar».
Sleep Dealer
Rivera amplió el concepto del «cybracero», pasando de un boceto a un largometraje de noventa minutos, en su película de 2008 Sleep Dealer. El protagonista de la película, Memo Cruz, vive con su familia de agricultores de subsistencia en una milpa —un campo en el que el maíz y las alubias crecen en simbiosis, dependiendo unos de otros— en el municipio oaxaqueño de Santa Ana del Río, en México. El río de la región, que antes fluía libremente, ha sido embalsado por la multinacional Del Río Water Inc., que ahora controla el suministro de agua, y la zona se encuentra en una sequía artificial perpetua. Los lugareños introducen billetes de dólar en una máquina similar a un cajero automático para obtener escasos cubos de agua.
El padre de Memo recuerda una época anterior a la presa y a sus patrullas armadas. En una de las primeras escenas, lanza una sola piedra contra la lente de una cámara de vigilancia situada en lo alto de la enorme presa, en un gesto reconocible de resistencia frente a un poder hiperbólicamente asimétrico. Sin embargo, Memo imagina una emocionante vida urbana de alta tecnología y anhela emigrar al norte.

Fiel al género, Memo es un hacker. Ha montado una emisora de radio pirata en una choza cerca de su casa, desde donde intercepta las transmisiones del mando del ejército estadounidense en San Diego. Pero el ejército detecta sus escuchas, localiza sus coordenadas y, alegando su proximidad a la presa en disputa, lo tilda de «terrorista del agua». En San Diego, a un piloto de drones novato llamado Rudy Ramírez le asignan su primera misión: atacar la casa de Memo en Santa Ana del Río. Desde una cabina que se asemeja a un juego de disparos de sala de recreativos, Rudy dirige un dron hacia la casa de Memo, donde este detona y mata al padre de Memo.
Acosado por la culpa y desesperado por mantener a su familia, Memo se marcha a Tijuana, «la ciudad del futuro». Allí planea encontrar trabajo en uno de los muchos centros de empleo conocidos como «traficantes del sueño»: almacenes para trabajadores que manejan de forma remota a los «cybraceros» al otro lado de la frontera. Pero primero necesita encontrar un «coyotek» que le implante en los brazos y el cuello unos «nodos» —que se asemejan a puertos para conectores de altavoces— con el fin de conectarse al sistema en línea, una especie de realidad virtual hiperinmersiva. La gente se implanta nodos por todo tipo de razones —deportes, sexo, fiestas, apuestas—, pero su función económica subyacente es facilitar el trabajo. La fantasía inicial de Memo sobre un patio de recreo urbano lleno de oportunidades esconde un nuevo nivel de explotación.
Por suerte, Memo conoce a una chica (Luz) en el autobús a Tijuana que tiene nodos y sabe cómo instalarlos. Ella lo lleva a un bar de un callejón con el equipo necesario y, mientras le inyecta un nodo en la piel, le explica: «Es una conexión bidireccional. A veces tú controlas la máquina. A veces ella te controla a ti». Lo dice literalmente, en el sentido de que existe un bucle de retroalimentación entre el usuario y la máquina, pero también está describiendo la trampa del trabajo en régimen de servidumbre en la que Memo está a punto de caer.
La lente de contacto
Con sus nuevas modificaciones corporales, Memo no tiene ningún problema para encontrar trabajo en un «Sleep Dealer». En un documental sobre el rodaje, Before the Making of Sleep Dealer, Rivera explica cómo el escenógrafo consiguió que el almacén pareciera infinito mediante un ingenioso uso de espejos (la película se rodó con un presupuesto de 2 millones de dólares).[5] A ambos lados del almacén hay filas infinitas de trabajadores ataviados con monos de trabajo, con los cuerpos conectados a cables azules luminosos, moviendo sus extremidades de forma inquietante como autómatas. Rivera afirma que quería que cada trabajador pareciera «una marioneta suspendida de esos cables».
Estas marionetas humanas controlan robots sustitutos en territorio estadounidense. Recogen fruta, trocean carne en mataderos, cuidan de niños pequeños. Tras el impacto inicial de ponerse el traje, Memo entra en su segundo cuerpo: un robot que coloca vigas para un rascacielos a cientos de pisos de altura. Desde abajo, un capataz (blanco, humano) le grita a Memo que se ponga a trabajar. «Por fin», dice Memo, «pude conectar mi sistema nervioso al otro sistema: la economía global». No hay límite en el número de horas que Memo puede trabajar. Si se queda dormido, el sistema le despierta de un golpe.
El término «traficante» sugiere un trabajo que se encuentra en una zona gris legal, al igual que otros tipos de trabajo ilícito, como, por ejemplo, la venta de drogas o de sexo. Desde la perspectiva de esa «economía global» de la que habla Memo, él es prescindible (y, en el mejor de los casos, invisible, dado que sigue estando catalogado como terrorista). Lo que comercializa no son exactamente bienes o servicios, sino las horas que debería dedicar al descanso. Cuando los ritmos del mercado hacen que los ritmos del cuerpo dejen de tener importancia, el tiempo de sueño se convierte en un recurso.
«Mi energía se estaba agotando, se la llevaban lejos», dice, equiparando la tierra y el cuerpo. «Lo que le pasaba al río me estaba pasando a mí». El almacén del traficante de sueño funciona sin descanso, indiferente a las exigencias del cuerpo, indiferente a si es de día o de noche en Oaxaca, en California o en cualquier otro lugar. Si el capital no duerme, tampoco lo hacen sus trabajadores.
Si vendes tus horas nocturnas, inevitablemente también vendes tus horas diurnas, para compensar el descanso perdido. Algunas de las investigaciones más sólidas sobre la alteración del ritmo circadiano provienen de estudios sobre trabajadores de turno de noche, cuyos horarios invierten esencialmente el día y la noche. El trabajo en turno de noche eleva los riesgos de diabetes tipo 2, depresión, enfermedades cardiovasculares, obesidad y cánceres sensibles a las hormonas, como el de mama, que están relacionados con la producción de melatonina. La Organización Mundial de la Salud clasifica actualmente el trabajo en turnos de noche como carcinógeno del Grupo 2A, junto con la exposición al plomo. Aunque el trabajo de Memo puede estar subcontratado, millones de trabajadores en EE. UU. también están sujetos al trabajo por turnos: en la sanidad, la seguridad y el transporte. El trabajo por turnos está distribuido de forma desigual, afectando de manera desproporcionada a los grupos demográficos con ingresos más bajos y a las personas de color.
La encarnación del «hombre económico total» de Galarza es la persona completamente despierta. Las exigencias del teletrabajo anulan la relevancia de los husos horarios en todo el mundo. A su vez, dentro de una misma zona geográfica, el «huso horario» del cuerpo —que depende de los ritmos de sueño-vigilia, al menos marginalmente vinculados al ciclo noche-día— queda igualmente aniquilado. Bajo el capitalismo 24/7, vender las propias horas de sueño es la norma. Lo que Galarza diagnosticó no es ahora solo la condición del bracero, sino también la del consumidor, la del trabajador temporal, la del piloto de drones que no duerme —y, de formas mucho menos brutales pero igualmente insidiosas, la del directivo que se pasa toda la noche vigilando el sistema subcontratado, la del empresario que viaja en jet y atraviesa zonas horarias a toda velocidad.[6]
En la película, el tráfico de sueño pasa una clara factura al cuerpo de Memo. Su vista se deteriora rápidamente. Un grupo de veteranos traficantes de sueño con los que Memo se encuentra alrededor de una hoguera en la ladera de una colina se han quedado completamente ciegos. Es como si sus ojos ni siquiera pudieran percibir la luz aunque tuvieran la oportunidad de hacerlo. Y es como si, al pasar su vida confinado a una visión remota, los ojos de Memo se volvieran incapaces de readaptarse a la «realidad» en la que vive —como si la disyuntiva fuera demasiado grande para que la mente pudiera soportarla, como si su cuerpo se convirtiera en una máquina desgastada más que necesita piezas de recambio—.

Los trabajadores de «Sleep-Dealer» utilizan, básicamente, equipos de realidad virtual (quizá futuristas en 2008, pero totalmente plausibles en 2026), pero en lugar de accesorios fácilmente reconocibles como las gafas, llevan la boca cubierta con máscaras respiratorias y los ojos ocultos tras unas lentillas de color azul lechoso. Rivera afirma que optó por equiparlos de esta manera para evitar la «trampa» de los clichés de la realidad virtual.[7] Las gafas de cualquier tipo tienden a no envejecer bien (y, en su inevitable anacronismo, parecen un vestigio de una época anterior de estética steampunk), pero las lentillas de Memo también sugieren que no se limita a ponerse un uniforme, sino que está alterando su cuerpo y su identidad. Las lentillas a veces parecen cataratas, lo que indica el deterioro de su visión; otras veces dan a sus ojos un tono azulado, como si por un momento se hiciera pasar por alguien de otra raza.
En un ensayo de 2009 sobre el trabajo en el cine de ciencia ficción, Joshua Clover escribe que Sleep Dealer tiene una especial «pertinencia para nuestro momento» porque muestra cómo «los intereses divergentes del nacionalismo y los mercados abiertos, las fronteras fijas y los ejércitos móviles de trabajadores, se resuelven perfectamente mediante la tecnología». Continúa diciendo: «Esta es la verdadera naturaleza de la distopía: el encubrimiento de las contradicciones, la intensificación infinita de la explotación».[8] Las tecnologías de la descorporización que muchos, a principios y mediados de los noventa, imaginaban como liberadoras han sido recuperadas para intensificar la explotación. Con la privatización y el acotamiento de la infraestructura digital (lo que antes se denominaba «bienes comunes digitales») con fines lucrativos, la descorporización se convirtió en una especie pervertida de recorporización en peores condiciones.
La pérdida progresiva de la vista de Memo simboliza su creciente distanciamiento de su cuerpo y de su contexto a través del trabajo virtual. A estas alturas, está bien documentado que las respuestas fisiológicas a las experiencias virtuales pueden ser indistinguibles de las «reales». Los pilotos de drones desarrollan estrés postraumático debido a la violencia que se les encarga cometer a distancia.[9] El trabajo virtual ni siquiera tiene por qué ser especialmente inmersivo para causar daño. Los denominados «moderadores de contenido» —personas encargadas de filtrar imágenes violentas que los algoritmos aún no están entrenados para detectar— informan de graves problemas de salud mental.[10]
Por supuesto, la verosimilitud de la realidad virtual es la razón por la que tanta gente se siente atraída por los sistemas de videojuegos inmersivos en primer lugar. Varios videojuegos recrean, con fines de entretenimiento, escenarios extrañamente familiares a los del lugar de trabajo de Memo. En Richie’s Plank Experience (desarrollado inicialmente para Vive en 2016), el usuario se pone unas gafas de realidad virtual y se le pide que dé un paso fuera de una tabla de madera simulada que sobresale de la octogésima planta de un rascacielos. A pesar de que el usuario sabe con certeza dónde se encuentra en el espacio físico, la mayoría de las personas experimentan subidas de adrenalina y sensación de vértigo, y les cuesta dar el paso fuera de la «tabla». Los investigadores en realidad virtual a veces denominan a esta extraña vacilación «dualidad de la presencia».[11] No se trata de presencia-ausencia, ni de real-virtual, sino de dos tipos de presencia a la vez.
Finalmente, Memo vislumbra a su cybracero en un espejo. Lo virtual y lo físico chocan, lo que le hace perder el equilibrio y casi hace que su robot caiga por el saliente del rascacielos. En este momento de «etapa del espejo», nosotros, los espectadores, vemos al robot reflejado en el cristal desde el punto de vista de Memo, y también sufrimos la conmoción del reconocimiento.
El otro lado del muro
Memo se enamora de Luz, que es escritora. Lo que significa «escritora» en el mundo de Sleep Dealer es que ella se conecta a su ordenador doméstico y, a continuación, sube sus recuerdos visuales y su narración de audio a una plataforma llamada TruNode. Los usuarios del «otro lado del muro» pueden pagar una cuota para acceder a sus historias de realidad virtual. Aunque se toma cierta licencia poética, el software envía una alerta cuando se aleja de los hechos verificables. Desde la perspectiva actual, es una creativa en régimen de trabajo flexible fácilmente reconocible, una protoinfluencer que intenta crear contenido con el que el público se identifique en un mercado saturado (Rivera cita a los primeros youtubers como fuente de inspiración).
Y sus historias deben ajustarse a una «verdad» aprobada por algoritmos.
Aunque el objetivo de Luz es compartir lo que ve para tender puentes y fomentar la empatía —para humanizar a personas como Memo—, con frecuencia su público está formado por turistas de la miseria o, según se descubre, por agentes de las fuerzas del orden en busca de pistas. Sus historias se convierten en datos para un aparato de vigilancia. En San Diego, al aprendiz de piloto de drones responsable de la muerte del padre de Memo se le encarga la misión de eliminar a los demás «terroristas del agua» oaxaqueños. Rudy, un mexicano-estadounidense de primera generación, encuentra una imagen de Memo en una de las publicaciones de Luz en TruNode y le encarga más material de vídeo. Ella sigue pasando tiempo con Memo para recabar su historia personal (y, naturalmente, se enamora de él —aquí entra en escena el sexo en realidad virtual—).
Se ha hablado mucho del supuesto potencial de la realidad virtual para funcionar como una «máquina de empatía», pero las investigaciones no respaldan del todo la esperanza de que «ponerse en la piel de otra persona» a través de la realidad virtual pueda cambiar de forma fiable los corazones y las mentes.[12] Su capacidad para provocar empatía parece, en muchos casos, superada por el riesgo de que convierta a las personas en consumidores totalmente pasivos o las traumatice.[13] Y cuando logra cambiar creencias y prejuicios, sigue planteándose la cuestión de quién tiene el poder de aprovechar el potencial manipulador de la RV y con qué fines. Las empresas con ánimo de lucro simplemente ven la compasión como una fuente de ingresos: una forma de influir en los corazones y las mentes para obtener donaciones. En 2016, David Darg, cofundador de la agencia de medios interactivos Ryot, expresó a la perfección esta actitud: «La RV puede crear empatía como nunca antes. Es la herramienta definitiva para recaudar fondos». Quizá por eso la RV sigue siendo, a pesar de lo avanzado de su desarrollo tecnológico, tan intensamente cursi. Es la encarnación del tipo de ciencia ficción menos emocionante: la moralizante. En comparación, las instalaciones de RV de Rivera en Sleep Dealer son extrañas y ambivalentes, tan cautivadoras como siniestras. Las máquinas «sleep-dealer» convierten a las personas tanto en narradores como en marionetas. Rivera, que también ha creado otras obras de arte utilizando la RV, es muy consciente de cómo esta tecnología está arraigada en las mismas estructuras de poder que podría servir para criticar.
La obra de Luz consigue, finalmente, sacar a la luz la verdad e infundir empatía. Cuando Rudy se siente cada vez más atraído por las historias de Luz y descubre a quién ha asesinado, su estructura ideológica se desmorona. Y lo más importante: se identifica con las condiciones laborales de Memo. Como piloto de drones, Rudy se da cuenta de que: «Yo también soy un trabajador de nodo». Es a través del reconocimiento de sus condiciones laborales compartidas como Rudy cambia el rumbo de la trama, lo que le impulsa a un acto radical de solidaridad.
En un final notablemente pulcro y feliz, Rudy conduce hacia el sur cruzando la frontera y, juntos, los tres personajes piratean el sistema de los traficantes de sueño para secuestrar un dron estadounidense y bombardear la presa de Oaxaca. Por fin, el río vuelve a fluir libremente en Santa Ana del Río, y Memo puede regresar a su tierra natal y resucitar la granja familiar. Rudy, que nunca podrá volver a cruzar la frontera para regresar a casa, desaparece en México.
Clover escribe:
Si la película resulta decepcionante, es solo porque su victoria es nostálgica. Una vez destruida la presa, Memo y los demás plantan una simbólica milpa, una agricultura comunitaria que representa tanto un mundo mejor como «lo real». Esto es bastante habitual en la ciencia ficción, cuya fórmula completa suele ser con demasiada frecuencia imágenes del futuro, historia del presente, ideología del pasado.[14]
Es cierto que Sleep Dealer se inclina hacia la nostalgia; su atisbo utópico parece ser una inversión directa de la distopía que plantea. El uso que hace la película de la nostalgia cobra sentido cuando se yuxtapone con una película que, sin duda, conoce bien: Matrix, de 1999. En comparación con Neo, el nombre de Memo subraya la importancia del retorno a una historia ligada al lugar, más que a un reajuste venidero.
Mientras que el «despertar» de Neo consiste en la nueva conciencia de su dependencia biológica de la máquina —su «traje de carne» ha sido cultivado y encarcelado en una sustancia viscosa fetal, mientras que su mente habita un mundo construido virtualmente, que puede ser falso pero que, a todas luces, es una vida más agradable que la «real»—, Memo toma conciencia de su interdependencia biológica con la tierra. Ambos cometen actos revolucionarios de hacktivismo al volver a infiltrarse en el mundo virtual y atacar el superordenador, pero el objetivo de Memo es un retorno a algo que, para Neo, ya no existe. (Cabe preguntarse si Memo estará realmente dispuesto a renunciar a su hacktivismo, Luz a su escritura en los nodos, o cualquiera de los dos a su sexo en los nodos).
Neo no comienza la película despierto en sus tierras ancestrales del desierto oaxaqueño; comienza la película en estado comatoso, con su mente representando el papel de un oficinista en una ciudad estadounidense simulada. Es fácil imaginar que un «cybracero» controlado por Memo haya construido el rascacielos donde Neo está recluido frente a su terminal informática en un cubículo. No es que el capitalismo simulado de The Matrix sea menos explotador que la versión real; su familiaridad es precisamente la razón por la que resulta tan eficaz. La frontera crucial para Memo y sus compañeros no es la línea divisoria entre lo virtual y lo real, sino la frontera geográfica a través de la cual fluye el capital, pero no las personas.
Sleep Dealer es, sin lugar a dudas, una película de género; se deleita y se recrea en los tópicos cyberpunk más manidos, a veces exagerándolos hasta alcanzar un efecto casi cómico. Se estrenó una década después de Matrix, que a su vez fue la cúspide de décadas de desarrollo del género. Rivera la habría producido antes si hubiera podido reunir la financiación necesaria, y ese retraso en sí mismo es indicativo del tipo de narrativas que se consideran aceptables y que cuentan con el respaldo de los medios de entretenimiento. Cuando se estrenó la película, el propio cyberpunk ya había sido recuperado y asimilado por la estética y el discurso cultural dominantes. Su llegada relativamente tardía a la fiesta es tan reveladora como su nostalgia.

Una década después de Matrix, los temas y las imágenes relacionados con la conspiración corporativa, la guerra asimétrica y el uso de la tecnología con fines revolucionarios se habían presentado repetidamente de forma que resultaran fáciles de consumir, en contra de cualquier espíritu «punk» con el que pudieran haber comenzado. Como ha señalado William Gibson: «Esa etiqueta permitió a la ciencia ficción convencional asimilar sin riesgo nuestra influencia disidente, por escasa que fuera. Así, el cyberpunk pudo ser acogido, galardonado y halagado, y la ciencia ficción de género pudo continuar sin cambios».[15] La incorporación del cyberpunk a la corriente dominante mermó su potencial contracultural y lo relegó a ser un artefacto de una época ya histórica.
Pero a través del personaje-escritor de Luz —a quien la plataforma obliga a transmitir verdades ratificadas por las máquinas—, Rivera explora la disposición del público mayoritario a absorber ciertas narrativas, cuestionando las expectativas de espectadores como los de Luz, «al otro lado» del muro. Si Sleep Dealer ofrece una historia nostálgica y esperanzadora para el consumo, también se burla de la condescendencia inherente a esa expectativa. Por un lado, Rivera está «Matrixizando» el Sur Global, mostrando con qué claridad las narrativas de resistencia podrían trasladarse a los sistemas opresivos del mundo real; por otro, destaca los límites de cualquier película para trascender su género —porque el género es divertido—. No es que esta película deba quedar excluida de la fantasía de la victoria.
Al leer a Clover, pienso en el análisis de Fredric Jameson sobre la relación cambiante de la ciencia ficción con el futuro. En su ensayo de 1982 «Progreso frente a utopía», Jameson describe cómo la ciencia ficción de primera generación (de finales del siglo XIX) suponía que el imperio proyectara sus propias ideas expansionistas de progreso sobre el mundo. Según Jameson, a principios del siglo XX, la ciencia ficción producida en el Norte Global pasó de proponer utopías futuras a deleitarse en distopías, mostrando los límites de la mísera «imaginación de una clase moribunda —en este caso, el futuro cancelado de un destino colonial e imperial desaparecido—». Sostiene que los escritores y el público occidentales desean ver futuros miserables y vislumbrar su propia desaparición, en una cultura que «busca embriagarse con imágenes de muerte».[16] Si no pueden tener su futuro, no hay futuro que valga.
La evocación que hace Rivera de la milpa y del río que fluye libremente se inspira en algo más: vidas arraigadas e interdependencias simbióticas, el renacimiento de ecosistemas moribundos en lugar de imperios moribundos. Si Sleep Dealer es nostálgica, tal vez lo sea de forma estratégica. Utilizando la gramática de los futuros ficticios de la ciencia ficción, sugiere que lo que el capital tilda de obsoleto —la tierra comunal, el agua sin regular, la necesidad de descanso del cuerpo— no son reliquias, sino condiciones previas. Me inclino a pensar que en 2026 la nostalgia de la película se percibe de otra manera, quizá simplemente porque ahora mismo resulta tan difícil evocar un imaginario de futuro de izquierdas; esa escena en la que el padre de Memo lanza una piedra contra la presa de Del Rio Water Inc. se asemeja a tantas imágenes de las noticias. Sea o no la nostalgia un pecado, lo que sí quiero es reproducir una y otra vez el bombardeo de la presa.
La Realidad que Neo descubre al tomar la pastilla roja es un submundo miserable y sombrío. La Realidad que Memo descubre y co-crea es, aunque sea momentáneamente, un lugar agradable bajo el sol.
Cybracero Systems
En 1994, el mismo año en que entró en vigor el TLCAN, Rivera lanzó una página web en la que anunciaba una empresa llamada Cybracero Systems. La página web corporativa falsa (cybracero.com) fingía ofrecer exactamente el servicio que Rivera desarrollaría en los años siguientes con Why Cybraceros? y, finalmente, Sleep Dealer. La página web, a la que aún se puede acceder hoy en día, parodia el lenguaje estético corporativo de los noventa (una versión aún reconocible, aunque ligeramente anticuada, del estilo visual corporativo actual) y ofrece ofertas de empleo, una explicación sobre la tecnología de nodos y testimonios de clientes. Un blog ofrece novedades directamente del director ejecutivo «Roger Buck». La declaración de intenciones de la página explica:
«Cybracero Systems se creó con un único objetivo en mente: realizar todo el trabajo que nuestra sociedad necesita, al tiempo que se eliminan los trabajadores reales y todas las dificultades que estos implican: prestaciones sanitarias, vivienda, Hacienda, Inmigración, conflictos sindicales, diferencias culturales y lingüísticas».
Según se informa, Rivera recibió consultas de varias empresas estadounidenses interesadas en adquirir la tecnología.[17] El periódico de Los Ángeles La Opinión publicó un artículo en el que se incluían citas del propio Roger Buck —a través de su «portavoz», Alex Rivera—. El reportaje, aparentemente serio, detallaba la posible viabilidad del programa y comparaba la tecnología con la utilizada en la guerra de Estados Unidos en Irak.
«Entendemos que no todo el mundo comprenderá este concepto por completo, ya que nos adelantamos una década a nuestro tiempo», declaró Roger Buck al periodista. Sin embargo, argumentó, esto acabaría sucediendo inevitablemente, porque el TLCAN «no logró su objetivo, ya que muchos trabajadores de América Latina siguen viéndose obligados a emigrar». Sostuvo que Cybracero Systems ofrecía no solo una solución rentable, sino también humana, a este contratiempo: de esta forma, los trabajadores podrían permanecer con sus familias. El periodista también entrevistó a un representante de United Farmworkers, quien expresó sus dudas —no porque la iniciativa fuera errónea, sino porque anteriores empresas privadas con ambiciones similares habían fracasado debido a su incapacidad tecnológica—.
La página web se actualizaba periódicamente y, tras el estreno en 2008 de Sleep Dealer, incluyó un aviso legal en el que se calificaba la película de publicidad encubierta: «NOTA: Cybracero advierte al público de que la película Sleep Dealer, que se estrena este fin de semana, ofrece una imagen inexacta e injustamente crítica de nuestro modelo de negocio pionero y no es representativa de nuestra actividad».

Cybracero Systems se inscribe en una tradición de proyectos de parodia, que comienza con el estilo de «culture jamming» de los Yes Men de los años noventa, se extiende a través de gran parte de la obra artística basada en la red y posterior a Internet, y llega hasta nuestros días.[18] Se podría decir que el éxito de muchos de estos proyectos depende de que parezcan reales: de dar un golpe de efecto al público. La trampa siempre ha tenido efectos limitados, porque a los objetos de la crítica rara vez les preocupa que les tomen el pelo. Es decir, a la empresa privada no le preocupa si un prototipo pretende ser una parodia crítica; a la empresa le preocupan las propuestas de patentes. Los emprendedores simplemente pasan por alto la ironía distópica si se topan con una idea que pueda generar beneficios.[19] Rivera recoge otros casos a lo largo de los años en los que «crear ciencia ficción crítica… se convierte en la inspiración para este tipo de modelos de negocio».[20] El propietario de una empresa que fabrica robots teledirigidos para ayudar a las personas mayores le dijo a Rivera, con gratitud, que la idea se había inspirado directamente en Sleep Dealer.
En 2025, un proyecto paródico anónimo promovió con ironía un futuro al estilo «cybracero» sin mano de obra humana alguna. A través de una página web, redes sociales y vallas publicitarias, Replacement AI anunció una campaña para «dejar de contratar a humanos». De la página web replacement.ai: «Los humanos ya no son necesarios. Estúpidos. Apestosos. Blandos. Es hora de una solución mecánica». Una valla publicitaria reza: «La IA hace los deberes de tu hija. Le lee cuentos antes de dormir. Le hace el amor. Crea deepfakes de ella. No te preocupes. Es totalmente legal».
Replacement AI, que podría considerarse un descendiente de Cybracero Systems, apunta hacia lo que está por venir. Los trabajadores a distancia se enfrentan al riesgo de la automatización total: el trabajador perfecto, que nunca duerme, es aquel que carece por completo de cuerpo. Pero nos encontramos en un momento delicado, en el que, por el momento, gran parte del trabajo subcontratado sigue dependiendo de una base de trabajo humano o de supervisión humana; hay una razón por la que a la IA se la ha llamado «inteligencia africana» o «indio artificial».[21] Para muchas empresas, sigue siendo mucho más barato contratar a personas subcontratadas que implementar la IA para que realice el trabajo de forma integral.[22]
Rivera se ha referido al tipo de trabajo a distancia que realiza Memo como «trabajo no muerto». Es un trabajo tan alejado del cuerpo físicamente encarnado, de una naturaleza tan mecánica, que está prácticamente zombificado. El zombi, por supuesto, da miedo no porque esté dormido, sino porque no necesita dormir. El zombi nunca descansa y tampoco alcanza nunca la plena conciencia. Su inhumanidad reside en su falta de necesidades físicas, en sus ojos abiertos pero ciegos.
La organización del tiempo
Durante un siglo, diversas iniciativas militares y comerciales han dedicado recursos incalculables a experimentos destinados a mantener al cuerpo despierto sin que deje de funcionar. «Funcionar» significa ser capaz de trabajar. Y, sin embargo, por lo que se sabe públicamente, el organismo humano vivo sigue sin poder sobrevivir sin dormir. En su emblemático libro 24/7: El capitalismo y el fin del sueño, de 2013, Jonathan Crary explica que
el sueño plantea la idea de una necesidad humana y un intervalo de tiempo que no puede ser colonizado ni aprovechado para alimentar un enorme motor de rentabilidad… A pesar de toda la investigación científica en este ámbito, el sueño frustra y desconcierta cualquier estrategia destinada a explotarlo o remodelarlo. La realidad asombrosa e inconcebible es que no se puede extraer nada de valor de él.[23]
El sueño sigue representando el límite de la extracción —tanto del trabajo físico como de la vida interior—. Bajo un régimen de tiempo no circadiano, el sueño en sí mismo —crucial, ingobernable, universal— representa un límite a la extracción. El capitalismo puede reducir, vigilar y perturbar el sueño, pero este no puede (todavía) eliminarse, por la sencilla razón de que las personas necesitan dormir para trabajar.
Por supuesto, siempre estamos buscando el límite. Cuanto más se ocultan las contradicciones y más se intensifica la explotación (según Clover), más deseamos identificar un aspecto de la vida encarnada al que el capitalismo no pueda llegar: esa parte de la existencia que es irreduciblemente humana. Lo que no se puede monetizar. Lo que no se puede convertir en irrelevante. Lo que no se puede externalizar. Lo que no pueden replicar las máquinas. A menudo buscamos este núcleo humano en la cognición, en la creatividad, en la corporeidad. Yo me encuentro buscándolo en el sueño. Hay muchos límites posibles, todos ellos susceptibles de debate. El límite en sí mismo cambia; aquello que identificamos como el último bastión dice tanto sobre dónde se detiene la extracción como sobre lo que tememos perder —y lo que deberíamos exigir no perder—.
Puede que el sueño en sí mismo no sea explotado, pero se extrae valor de todas las formas posibles de la necesidad de dormir y del cuerpo mientras duerme. Estar dormido sitúa a todo el mundo, aunque sea temporalmente, en un grupo similar a lo que los defensores de la justicia sanitaria denominan «poblaciones excedentes». Los escritores Beatrice Adler Bolton y Artie Vierkant han reutilizado este término para describir cómo las personas consideradas incapaces de trabajar —y, por tanto, improductivas y prescindibles— son criminalizadas, exprimidas con fines lucrativos y empujadas a la deuda.[24] Aunque las poblaciones excedentarias, como los enfermos, las personas con discapacidad y los desempleados, se presentan constantemente como una carga para el sistema, su gestión resulta esencial para la producción de valor a través de sistemas como las instalaciones privatizadas y la sanidad con ánimo de lucro. Las «poblaciones excedentarias», en el contexto de la justicia sanitaria, proporcionan un marco para comprender las formas en que el capitalismo recupera valor de aquellos a quienes tacha de inútiles. En ciudades de todo Estados Unidos, dormir se criminaliza: descansar en la vía pública es un delito punible con detención. Se paga a la policía, se imponen multas, se retira a las personas del lugar.
Y de formas menos evidentes, el agotamiento se explota al vendérselo de nuevo a los consumidores en forma de productos de bienestar y medicamentos, para que puedan dormir lo suficiente como para ser productivos, y seguir siendo lo suficientemente productivos como para permitirse dormir. Quienes se encuentran «al norte de la frontera» se autovigilan voluntariamente en aras de las ideologías de la productividad, sometiéndose a aplicaciones que miden la respiración, los latidos del corazón y los ciclos REM, datos que se almacenan, de forma insegura, en esa nube incorpórea. Cuando el descanso no puede reducirse, puede ser rastreado y explotado para obtener datos biológicos.
Las poblaciones marginadas, como las de las zonas fronterizas, son los sujetos de experimentación para técnicas de vigilancia, extracción y productividad que se reproducen y, con el tiempo, se naturalizan de forma más generalizada. Para controlar al trabajador insomne, el soldado, como Rudy, también debe verse privado de sueño.
No es casualidad que la mayoría de los avances en tecnología y farmacología para mantenerse despierto se hayan inventado en el contexto militar (donde también se llevan a cabo experimentos de privación del sueño como método de tortura). Como afirma Crary: «El soldado insomne sería el precursor del trabajador o consumidor insomne. Los productos para no dormir, cuando son promocionados agresivamente por las empresas farmacéuticas, se convertirían primero en una opción de estilo de vida y, con el tiempo, para muchos, en una necesidad».[25]
Crary sostiene que la persona permanentemente agotada, pero a la vez sobreestimulada, carece de la paciencia o la capacidad mental para imaginar futuros alternativos —futuros en los que quizá no tengas que agotarte trabajando tan duro para sobrevivir—. Escribe que una vida «24/7» «ha provocado una atrofia de la paciencia y la deferencia individuales, que son esenciales para cualquier forma de democracia directa».[26] Las implicaciones del «24/7» van más allá de la llamada calidad de vida, la capacidad de atención y la explotación física, hasta convertirse en la condición previa de los regímenes opresivos.
El imperativo económico de la producción ininterrumpida, impuesto por una vigilancia constante, depende de una cultura generalizada de trabajo incesante autoimpuesto (o lo que se glorifica como «la rutina») y, a su vez, la forja. En una cultura del ajetreo, el descanso es la contrapartida de la productividad, su gemelo malvado. Debe optimizarse y debe gestionarse. El sueño, en su forma cada vez más reducida, solo tiene valor en la medida en que permite maximizar el tiempo de trabajo. Como afirma el historiador Lee Scrivner, el sueño se convierte en una «recompensa nocturna» comparable a la «compensación económica por el trabajo duro».[27] Lo que antes era una necesidad biológica ahora hay que ganárselo.
La breve aparición de campañas como «el descanso es revolución» intentó replantear la improductividad como una táctica de resistencia a las exigencias capitalistas. Pero el capital se apropió del movimiento casi de inmediato, convirtiendo el propio cuidado personal en una categoría de producto. El bienestar es un paradigma de éxito espectacular para recuperar beneficios. Alexandra Zatarain, directora ejecutiva de la empresa Eightsleep —que se promociona como «la primera empresa de fitness del sueño» y fabrica «colchones inteligentes»—, afirma en una entrevista de 2022: «La gente no quiere dormir bien por el simple hecho de hacerlo. Se quiere dormir bien por cómo uno se siente por la mañana, por lo que eso te impulsa a hacer durante el día: la energía, la productividad, la mente, la claridad y el estado de ánimo».[28]La regulación del descanso se convierte en otra tarea más de la lista de cosas por hacer, otro proceso que gestionar, como si el cuerpo fuera un empleado menospreciado. ¿Y qué es la siesta de dos horas de un individuo en una población colectiva de trabajadores profundamente privados de sueño?
Donación de sueño
Al igual que es imposible prescindir por completo del sueño, resulta difícil controlar el momento en que este se produce. A los trabajadores del turno de noche les cuesta tanto conciliar el sueño durante el día como mantenerse despiertos por la noche. El sueño se resiste al control, por muchos medicamentos o artilugios que una persona compre para someterlo. En su libro de 2014 Becoming Insomniac: How Sleeplessness Alarmed Modernity, Scrivner describe la búsqueda desesperada del sueño en un mundo que funciona las 24 horas del día, los 7 días de la semana, como una «paradoja volitiva», en la que cuanto más se intenta forzarlo o controlarlo, más se escapa de nuestras manos.
Scrivner sitúa en su contexto histórico la relación entre la paradoja volitiva del sueño y las nuevas tecnologías que, desde la modernidad, han generado un lazo de dependencia y explotación. Sostiene que el insomnio (tanto como experiencia vivida como patología inventada) fue producto de la modernidad tecnológica de principios de siglo y parte constitutiva de ella. Muestra cómo las tecnologías de la «conectividad», desde el telégrafo hasta el ferrocarril y la red eléctrica, se convirtieron en tecnologías de alienación que naturalizaron la pérdida de sueño como una consecuencia del progreso. Una vez que se creó y se denominó la enfermedad del insomnio, pudo ser objeto de toda una industria de remedios para controlarla. «El insomnio no es», escribe Scrivner,
una mera falta de sueño, sino más bien una paradoja fundamental del ser y el querer, en la que, al querer dormir, expresamos una voluntad de estar sin voluntad. Esta desconexión fundamental entre el empoderamiento percibido de querer y la impotencia de no poder obligarse a uno mismo a dejar de querer refleja la tan citada «doble lógica» de la tecnología, según la cual las tecnologías mejoran nuestras vidas y facilitan nuestra voluntad, pero también nos someten en secreto a nuevos regímenes de servidumbre.[29]
Así es como funciona el sistema de nodos de la película de Rivera: un mundo de realidad virtual inmersivo y adictivo que ofrece formas de entretenimiento aparentemente ilimitadas, liberadoras e incluso que inducen a la empatía, pero que, de forma abierta, aunque gradual, somete a los trabajadores a nuevos regímenes de servidumbre. Como dice Luz: «A veces tú controlas la máquina, a veces es ella la que te controla».
En su novela especulativa de 2014 Sleep Donation, la autora Karen Russell retrata los retorcidos modelos de extracción y sumisión que surgen para compensar el déficit de sueño bajo tales regímenes. El libro es una parábola de humor negro sobre la lógica coercitiva de la filantropía, en la que se muestra que la distinción entre «comercializar» y «donar» es inestable y poco clara. En la historia, una impactante epidemia de insomnio ha arrasado Estados Unidos y decenas de miles de personas han muerto por falta de sueño. La causa biológica de esta narcolepsia inversa es una deficiencia de orexina, una hormona (real) que favorece la sedación. Sin embargo, las razones de esta repentina deficiencia, ya sea por predisposición genética o por factores ambientales, siguen sin determinarse.
Al principio, la gente resta importancia a la enfermedad porque el agotamiento no parece en absoluto una novedad ni una amenaza. Cuando se identifica por primera vez, «muchas personas descartaron el trastorno como una exageración de una condición universalmente estadounidense. ¿Quién dormía lo suficiente? ¡Nadie! La “crisis” parecía más bien otra hipérbole televisiva diseñada para mantenernos pegados a nuestras pantallas, viendo anuncios de colchones».[30] Sin embargo, a medida que la crisis se agudiza, se inventa una tecnología médica compensatoria para transferir el exceso de sueño. Los voluntarios pueden donar sus horas de sueño y, al poco tiempo, los centros del sueño funcionan como bancos de sangre. Una campaña publicitaria apela a una especie de altruismo eficaz: «18 insomnes soñarán esta noche, gracias a tu donación. Menos del 1 % de los donantes experimenta algún tipo de reacción adversa». A pesar del material promocional, se desconoce en gran medida cuáles podrían ser las consecuencias para la salud a largo plazo.
La narradora de la novela corta es una joven llamada Trish que trabaja como activista, recorriendo el país para implorar a quienes duermen bien que «retiren» sus horas de descanso. Su vocación tiene un motivo personal: su hermana falleció a causa del insomnio. Trish tiene una extraña capacidad para sacar a relucir su dolor cuando solicita donaciones —un poder manipulador con cuya ética se debate—. Sabe que está convirtiendo el recuerdo de su hermana en una herramienta funcional, el dolor en persuasión. «Así es como se convierte un regalo en extorsión», afirma. El trabajo de Trish representa el envoltorio coercitivo de una narrativa aparentemente humana o empática destinada al consumo. Sin embargo, al igual que las historias que Luz sube a TruNode con la esperanza de despertar compasión —o, para establecer una conexión más amplia, al igual que las parodias como Cybracero Systems que se convierten en fuente de inspiración para el emprendimiento—, aquí la narración puede utilizarse para la explotación en lugar de para fomentar la solidaridad.
Al igual que la sangre, el sueño tiene distintos tipos y debe ser compatible con su receptor. La ética de Trish se pone a prueba al descubrir a una «donante universal»: un bebé de seis meses. Robarle el sueño a un bebé es difícil de digerir, y cuando los padres del niño, como es natural, se resisten a la petición, la narradora recurre a tácticas cada vez más astutas. «Nunca le sacaremos más de lo necesario a su hija», dice, y sin embargo piensa para sí misma: «Hago esta promesa en un momento en el que la gente está hundiendo sus pajitas en cualquier centímetro disponible de pizarra y agua, en cada pozo de petróleo crudo, uranio y minerales de la Tierra, con un apetito indiscriminado y sin fronteras». Al igual que Rivera, Russell compara la extracción de los recursos terrestres con el desgaste del cuerpo humano.
La implicación es que las energías de los estadounidenses han sido explotadas hasta el punto de que sus cuerpos se rebelan. Un modelo que intenta compensar una escasez pidiendo a los individuos que den incluso más de sí mismos, haciendo que cada persona sea responsable de lo que es claramente un problema de todo el sistema, solo puede funcionar durante un tiempo limitado. Cada vez que los adultos acuerdan recurrir al «acuífero carnoso» del bebé, intuyen un desequilibrio inminente, un trato a largo plazo que conducirá a la perdición. «Malas noticias para todos», afirma Trish con sarcasmo. «El reloj se detiene para la humanidad. El tiempo en sí mismo pronto se convertirá en un anacronismo. El tiempo, tal y como lo ha vivido nuestra especie en este planeta, dejará de existir. Se acabará la dicotomía entre oscuridad y luz… El sueño se extinguirá. Y, con el tiempo, a menos que encontremos alguna forma de sintetizarlo, nosotros también lo haremos».
A diferencia del acto estigmatizado de «traficar», la donación suele considerarse voluntaria y altruista. Pero Russell muestra que la venta y la donación se sitúan en un mismo continuo y, de hecho, son mutuamente dependientes: una es abiertamente extorsionista, la otra coercitiva. En Sleep Donation, la organización sin ánimo de lucro que recoge y distribuye las donaciones de sueño resulta, como era de esperar, estar desviando beneficios mediante la venta privada de sueño. Y también está importando sueño del extranjero para cubrir el déficit. Al igual que en Sleep Dealer, se recurre al trabajador a distancia para mantener una economía que produce precisamente el déficit que pretende subsanar.
En algún momento, el cuerpo se rinde. No se puede vender el sueño para siempre y seguir con vida. El sueño no puede eliminarse ni simularse por completo. Y tal vez esto signifique que el tiempo circadiano es un ámbito en el que las luchas laborales pueden plantar sus banderas. El sueño nos recuerda qué tipo de trabajo solo pueden realizar las personas y, a la inversa, qué tipo de trabajo las personas nunca deberían tener que realizar.
Revoluciones solares
La resolución narrativa de Sleep Dealer se enmarca en una fantasía esperanzadora de «vuelta a la tierra», una vida agraria en la que, aparentemente, el día está dedicado al trabajo no alienado y la noche, al descanso sin perturbaciones. Quizá la idea no sea que la emancipación resida en un alejamiento de la tecnología o en una restauración del pasado, sino que las condiciones en las que se vive cualquier futuro se articulan, se ponen a prueba y se normalizan primero en la frontera. Lo que parece nostalgia es también un reenraizamiento: un recordatorio de que las abstracciones de la economía global siempre están ancladas en algún lugar, en la tierra y en los cuerpos. La zona fronteriza no es periférica, sino central: un laboratorio donde se define y se perfecciona el «factor de insumo» del trabajador del futuro.
En una escena a mitad de la película, Memo y Luz viajan a la costa, donde se enfrentan al notorio y extraño «muro» que delimita México y Estados Unidos mediante una serie de postes muy próximos entre sí que se adentran en el agua y se convierten en tocones. Es una imagen clásica de la farsa de la territorialidad —¿cómo se divide un océano?— y reitera la metáfora del agua como espacio y medio ingobernables, que comienza con la construcción de la presa en el río oaxaqueño.
Los límites territoriales se imponen de forma violenta y son, al mismo tiempo, fundamentalmente inestables; requieren un mantenimiento constante, aun cuando no logran contener los flujos que pretenden regular. El «cybracero» de Rivera es una respuesta al TLCAN, que marcó una era decisiva en la que los bienes y el capital podían circular con cada vez mayor facilidad, mientras que las personas quedaban inmovilizadas, vigiladas u obligadas a desplazarse solo en condiciones de extrema vulnerabilidad. Deja abierta la cuestión de si una mayor infraestructura tecnológica —por muy radicalmente que se le dé un nuevo uso— puede albergar este potencial fugitivo.
El dron pirateado, la presa destruida, el río restaurado: son cierres narrativos que apuntan hacia la reparación, pero que no pueden contener el sistema que perturban momentáneamente. El sueño, asimismo, emerge como un resto obstinado —algo que no puede ser completamente abstraído, externalizado u optimizado sin consecuencias—. Marca un umbral en el que la lógica de la producción continua vacila, incluso cuando esa lógica busca capturarlo e instrumentalizarlo. El trabajador insomne representa un ideal para el capital precisamente porque es imposible: un cuerpo sin límites, sin necesidades, sin rechazo.
Controlar la vigilia es necesario y constitutivo de los mecanismos de producción capitalistas, ya que crea sujetos más fácilmente gobernables. Como escribe Crary, la falta de descanso degrada no solo el trabajo, sino también las condiciones de atención, provocando la «atrofia de la paciencia individual» y llevando a las poblaciones a un punto de distracción que impide a los individuos ser actores políticos significativos.[31] Al fin y al cabo, aunque se trate de una experiencia universal, nada podría parecer más individual que la lucha por mantenerse despierto —o la lucha por dormir—. ¿Podría colectivizarse?
En el libro transgénero del escritor egipcio Haytham El Wardany, The Book of Sleep (2020), escrito a raíz de la Primavera Árabe, se entremezclan breves meditaciones sobre la naturaleza del sueño y el insomnio con reflexiones indirectas sobre los levantamientos de 2011.[32] Varias escenas se revelan como secuencias oníricas —a menudo con personajes que ya no se encuentran entre los vivos—. Los levantamientos y las ocupaciones, sugiere, requieren una vacilación constante entre la acción enérgica y la negativa activa, entre estar despierto ante la represión y dormido ante su poder sobre la vida. El libro se consolida en una propuesta para el acto de ocupar el espacio público y negarse a marcharse cuando se pone el sol: dormir en público.[33]
El acto vulnerable de cuerpos indefensos reunidos es valiente y transformador. «La línea divisoria entre el sueño y la vigilia es la frontera interior del Estado», escribe El Wardany. «Allí, el poder se ve interrumpido y las leyes se disuelven. En el sueño, ya no somos ciudadanos respetuosos con la ley, sino miembros de una sociedad clandestina, un grupo que mantiene una apariencia exterior de ciudadanía mientras que, en su interior, huye a la clandestinidad».[34] Los durmientes se convierten en figuras insólitas de la negativa colectiva. No son una solución, sino un resto: la prueba de que aún no se ha alcanzado el cuerpo económico total, de que algo en el organismo sigue sin plegarse.
Para El Wardany, el sueño no es productivo. Es políticamente esencial porque es una forma de negación, ni pasiva ni activa, sino que se resiste por completo a esa distinción. Lo que ocurre durante el sueño es otro tipo de verbo: soñar. Y los sueños son irreducibles. No son mensajes coherentes que puedan transcribirse para producir un significado determinado. «Un sueño», escribe, «no es una historia de un libro ni una escena de una película, sino una energía transformadora perpetuamente evasiva».[35] Sin embargo, creo que algunas ficciones son capaces de inducir una especie de ensueño. No un programa ni un plan, sino una posibilidad. Las propias utopías son sueños, y tienden a convertirse en distopías cuando se intenta hacerlas realidad. Necesitamos su energía transformadora. He tenido sueños sobre Sleep Dealer. No diré cuáles son.
Notas
- Jacob R. Bumgarner y Randy J. Nelson, «La luz nocturna y la alteración de los ritmos circadianos modifican la fisiología y el comportamiento», Integrative and Comparative Biology 61, n.º 3 (marzo de 2021) →.
- Ernesto Galarza, Merchants of Labor: The Mexican Bracero Story (McNally & Loftin, 1964).
- Javier Ramírez, «La inmigración y la frontera entre EE. UU. y México en clave de ciencia ficción: Entrevista con el cineasta Alex Rivera», Chiricú Journal: Literaturas, artes y culturas latinas 1, n.º 1 (otoño de 2016).
- Jon Reed, «La IA y los centros de datos podrían consumir tanta energía como Japón en 2030», CNET, 11 de abril de 2025 →.
- «Antes del rodaje de Sleep Dealer», publicado el 22 de octubre de 2012 por Alex Rivera, YouTube →.
- Durante una década, la empresa farmacéutica Vanda ha estado presionando para que la FDA apruebe su medicamento Hetlioz, un agonista del receptor de melatonina que promete facilitar los viajes internacionales a través de diferentes husos horarios al reajustar inmediatamente el ritmo circadiano y reducir el tiempo necesario para adaptarse. Vanda espera comercializar Hetlioz como el primer medicamento de consumo para el jet lag. Aunque las personas que sufren jet lag pueden ser el mercado principal, es fácil imaginar su objetivo subyacente: permitir a los trabajadores cambiar los «huso horarios» internos (ritmos circadianos) de sus cuerpos y adaptarse mecánicamente a cualquier turno que se requiera.
- «Antes de la realización de Sleep Dealer».
- Joshua Clover, «The Future in Labor», Film Quarterly 63, n.º 1 (otoño de 2009) →.
- Wayne Chappelle et al., «Factores de riesgo operativos y de combate para los criterios de síntomas del trastorno por estrés postraumático entre los combatientes de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que pilotan aeronaves no tripuladas (“drones”)». Psychiatry Research, n.º 273 (2019).
- Ruth Spence et al., «Salud mental de los moderadores de contenidos y asociaciones con los estilos de afrontamiento: replicación y ampliación de estudios previos», Behavioral Sciences 15, n.º 4 (2025): 487.
- Kent Bye, presentador, Voices of VR, podcast, episodio 298, «Nonny de la Pena sobre la empatía en la realidad virtual», 12 de febrero de 2016 →.
- Elvia Wilk, «Trauma Machine», Popula, 9 de julio de 2018 →.
- Quizá el poder de la RV quede mejor demostrado por su uso a posteriori para tratar con éxito los recuerdos traumáticos.
- Clover, «The Future in Labor», énfasis en el original.
- William Gibson, «The Art of Fiction n.º 211», entrevistado por David Wallace-Wells, The Paris Review, n.º 197 (verano de 2011).
- Fredric Jameson, «Progress Versus Utopia; or, Can We Imagine the Future?», Science Fiction Studies 9, n.º 2 (julio de 1982), 152.
- Luis Martín-Cabrera, «The Potentiality of the Commons: A Materialist Critique of Cognitive Capitalism from the Cyberbracer@s to the Ley Sinde», Hispanic Review 80, n.º 4 (2012).
- Para proyectos corporativos paródicos, véase Elvia Wilk, «El arte de la descolonización», Broadcast, 13 de febrero de 2024 →.
- Por esta razón, muchos han argumentado que la ciencia ficción tiene la «responsabilidad» de imaginar futuros mejores, debido en parte al hecho de que la empresa capitalista carece de sentido de la ironía y se limita a absorber sus críticas. Véase Elvia Wilk, «Future Looks», en Death by Landscape (Soft Skull Press, 2022).
- Un modelo hipersticional del bucle de retroalimentación entre la ficción y la realidad no consideraría esto como unidireccional ni como una relación uno a uno.
- Jason Koebler, «“AI Is African Intelligence”: The Workers Who Train AI Are Fighting Back», 404, 12 de marzo de 2026 →.
- Cory Doctorow, escritor de ciencia ficción, ha proporcionado un modelo para reflexionar sobre la forma en que los humanos y la IA podrían relacionarse de manera realista en lo que respecta al trabajo. Según su «teoría del centauro inverso», aunque la esperanza utópica pudiera haber sido que los humanos fueran la «cabeza» sobre un «cuerpo» mecánico que realizara el trabajo doloroso y deshumanizado, la realidad es que los humanos probablemente seguirán siendo los cuerpos que llevan a cabo el trabajo que parece hacer la IA —y del que, en última instancia, el humano asume la responsabilidad—.
- Jonathan Crary, 24/7: Late Capitalism and the Ends of Sleep (Verso, 2013).
- Beatrice Adler-Bolton y Artie Vierkant, Health Communism (Verso, 2022).
- Crary, 24/7, p. 3.
- Crary, 24/7, p. 124.
- Lee Scrivner, Becoming Insomniac: How Sleeplessness Alarmed Modernity (Palgrave Macmillan, 2014).
- Joe Vennare, presentador, Fitt/Insider, podcast, episodio 138, «Alexandra Zatarain, cofundadora y vicepresidenta de marca y marketing de Eight Sleep», 7 de junio de 2022 →.
- Scrivner, Becoming Insomniac, 11.
- Karen Russell, Sleep Donation (Atavist Books, 2014), EPUB.
- Crary, 24/7, 124.
- Haytham El Wardany. The Book of Sleep, trad. Robin Moger (Seagull Books, 2020). Publicado originalmente en árabe en 2017.
- En la primavera de 1971, cientos de veteranos de Vietnam llegaron al Washington Mall y solicitaron al Tribunal Supremo que les permitiera dormir allí, al aire libre, como forma de protesta contra la guerra. El tribunal se negó; aun así, durmieron al aire libre.
- El Wardany,Book of Sleep, 94.
- El Wardany, Book of Sleep, 119.
Agradecemos al Instituto Remarque de la NYU por su apoyo a esta investigación y a los becarios Remarque de la primavera de 2026 por sus valiosos comentarios.
Elvia Wilk es una escritora afincada en Nueva York y editora colaboradora de e-flux journal. Su primera novela, Oval, fue publicada en junio de 2019 por Soft Skull Press. Su obra puede consultarse en www.elviapw.com.
———————–