Contra la automatización I

Gavin Mueller,

Profesor titular de nuevos medios

y cultura digital en la Universidad de Ámsterdam.

Página web personal

Traducción del capítulo III, «Contra la automatización», de la obra de Gavin Mueller,

Breaking Things at Work.

Los luditas tienen razón sobre por qué odias tu trabajo,

Londres-Nueva York, Verso, febrero de 2021.

sniadecky.wordpress.com

Capítulo III – Romper la herramienta de trabajo

¿Qué es la automatización? Como hemos visto, las máquinas llevan siglos reproduciendo y mejorando los procesos de trabajo de los seres humanos, y así es como se suele entender el término «automatización» en la actualidad. Pero el término «automatización» [1] no se utilizó para describir este proceso hasta 1947, cuando Delmar Harder, vicepresidente de fabricación de Ford Motor Company, creó su departamento de automatización. Los ingenieros del departamento rediseñaron la producción automovilística para que los materiales se transportaran automáticamente de un proceso a otro de la cadena de montaje, eliminando así la necesidad de mano de obra para cargar y descargar las máquinas [2]. Además, el propio proceso estaba cada vez más controlado por máquinas, gracias a un sistema de temporizadores, interruptores y relés, que el historiador de la tecnología David Hounsell denomina el «cerebro electromecánico» [3].

La mayoría de las tecnologías utilizadas en la automatización se habían desarrollado e implementado en otras industrias mucho antes de su integración en el proceso de producción de Ford. Lo que hacía que la automatización fuera innovadora era su papel central en la estrategia de fabricación de Ford, en una época marcada por disturbios históricos entre los trabajadores del sector del automóvil, y en particular tras una costosa huelga de veinticuatro días en la inmensa fábrica de Ford en River Rouge en mayo de 1949. Las nuevas tecnologías no solo reducirían considerablemente una mano de obra indisciplinada, sino que también permitían a Ford descentralizar su producción lejos de los disturbios que agitaban Detroit; la empresa abrió nuevas fábricas automatizadas en Cleveland y Buffalo [4]. Los trabajadores comprendieron inmediatamente la amenaza, y la automatización fue, desde sus inicios, una cuestión profundamente politizada.

Hoy en día, los titulares proclaman a los cuatro vientos que la automatización podría sustituir a los trabajadores, a menudo en un lenguaje que recuerda a la retórica antiinmigrante: los robots amenazan con «quitar» o «robar» puestos de trabajo. Incluso puede visitar la página web Will Robots Take my Job? [¿Me quitarán los robots el trabajo?; enlace] y obtener estadísticas sobre la probabilidad de tal «robo» para profesiones específicas. Los escritores solo tienen un 3,8 % de probabilidades —«totalmente a salvo»—, mientras que los operarios de maquinaria se enfrentan a una tasa alarmante del 65 %. «Los robots te vigilan», advierte la página web. Estas cifras proceden de un informe muy citado de 2013, redactado por el economista Carl Benedikt Frey y el informático Michael A. Osborne, que concluía que el 47 % del empleo total en Estados Unidos estaría automatizado de aquí a 2034 [5].

Numerosos autores de la izquierda radical han aceptado esta concepción de la automatización, e incluso han ampliado y tergiversado sus implicaciones, convirtiendo la «automatización total» en un elemento central para superar la explotación capitalista. En Inventing the Future [Acelerar el futuro: postrabajo y poscapitalismo, trad. al francés por Les Presses du réel, marzo de 2017], Alex Williams y Nick Srnicek afirman:

«Sin una automatización completa, los futuros poscapitalistas tendrán que elegir necesariamente entre la abundancia a costa de la libertad (haciendo eco de la centralidad del trabajo en la Rusia soviética) o la libertad a costa de la abundancia, representada por las distopías primitivistas».[6]

En Four Futures, Peter Frase presenta una gama de poscapitalismos, utópicos y distópicos, y considera la «automatización perfecta» como «la constante en [la] ecuación» [7]. Y Fully Automated Luxury Communism [Comunismo de lujo. Un mundo de abundancia gracias a las nuevas tecnologías, trad. al fr. Diateino, 2021] de Aaron Bastani lleva esta idea al extremo, prometiendo un futuro de ocio ilimitado para todos, complementado con una profusión de bienes y servicios proporcionados sin explotación humana:

«Veremos más del mundo que nunca, comeremos alimentos de los que nunca hemos oído hablar y llevaremos una vida equivalente, si así lo deseamos, a la de los multimillonarios de hoy en día».[8]

Este panorama resulta a la vez sencillo y atractivo, sobre todo para aquellos de nosotros que estamos atrapados en empleos sin futuro y llevamos una existencia precaria; si los robots, en lugar de nosotros y nuestros compañeros, realizaran esas tareas, y si la productividad de la tecnología se distribuyera ampliamente, tal vez podríamos vivir como los ricos. Al igual que esos anuncios publicitarios cutres que invadían la web a finales de la década de 2000, bastaría con un «truco extravagante» para crear una sociedad igualitaria y plena. ¡A la burguesía le horrorizaría!

El problema con los defensores de la automatización total, sea cual sea su orientación política, es que sus predicciones se basan en una comprensión errónea de lo que realmente ocurre cuando se introducen máquinas en los procesos de producción. En otras palabras, la «automatización perfecta» no tiene mucho que ver con la automatización tal y como existe en realidad.

El economista David Autor corrige acertadamente este error en su artículo de 2015 titulado «¿Por qué sigue habiendo tantos puestos de trabajo? » [¿Por qué sigue habiendo tantos empleos?], cuyo título quejumbroso es una respuesta a las previsiones optimistas de John Maynard Keynes sobre un futuro con una semana laboral reducida. Como explica Autor, en lugar de limitarse a sustituir los empleos humanos por procesos mecánicos, la automatización afecta al trabajo de una manera compleja:

«Los cambios tecnológicos modifican los tipos de empleos disponibles y su remuneración. En las últimas décadas, un cambio notable ha sido la “polarización” del mercado laboral, en la que los aumentos salariales se han asignado de manera desproporcionada a quienes se encuentran en la parte superior e inferior de la distribución de ingresos y competencias, y no a quienes se encuentran en el medio.» [9]

La automatización reestructura así la mano de obra, aislando y reorganizando las tareas, modificando las descripciones de los puestos de trabajo y vaciando de contenido a las profesiones intermedias.

¿Por qué la automatización polariza los empleos en lugar de sustituirlos sin más? Por un lado, muchos empleos son difíciles de automatizar. Los ordenadores deben seguir las instrucciones dadas por los programadores. Para sustituir a un trabajador por un ordenador, es necesario, por tanto, comprender y articular las tareas de ese trabajador. Sin embargo, gran parte del proceso de trabajo se basa en un conocimiento tácito que los trabajadores son incapaces de formular:

«Hay tareas para las que ni los programadores informáticos ni nadie más puede enunciar las “reglas” o procedimientos explícitos».[10]

Incluso cuando las tareas son conocidas, su automatización es más fácil de decir que de hacer. Por un lado, los ordenadores no pueden reproducir los altos niveles de pensamiento abstracto que requieren los puestos directivos. Por otro lado, los empleos que exigen tanto trabajo manual como flexibilidad, como los del sector de servicios en la preparación y el mantenimiento de alimentos, son a la vez difíciles y demasiado costosos de automatizar.

Pongamos un ejemplo. En marzo de 2018, Flippy, un robot que da la vuelta a las hamburguesas, se estrenó en el restaurante de la cadena de comida rápida CaliBurger en Pasadena, bajo los focos y en las portadas de muchos periódicos. El mensaje era claro: ¿significaba esto el fin de los empleos en la comida rápida, símbolo de los trabajos poco cualificados para principiantes? No exactamente. Lo que vino después suscitó mucha menos atención mediática: Flippy fue retirado tras un solo día de trabajo. Los propietarios de CaliBurger optaron por la vía honorable al achacar la responsabilidad del fracaso de Flippy a sus empleados humanos: los trabajadores eran, sencillamente, demasiado lentos para realizar tareas como rellenar las hamburguesas, lo que provocó una acumulación de tareas que debía realizar Flippy. Sin embargo, algunos periodistas perspicaces ya habían notado los numerosos errores cometidos por Flippy en la ejecución de una tarea relativamente sencilla que dio nombre al robot. Así, otro sueño de automatización total se estrelló contra la caótica realidad [11].

Según Autor, la introducción de nuevos tipos de tecnologías de la información y el control, como las que actualmente se presentan como «inteligencia artificial», complementa el trabajo de gestión y aumenta así el poder y los salarios de los jefes. En el otro extremo, los trabajadores manuales (como los compañeros de Flippy) ven reducidas sus tareas y sus movimientos reorganizados y estrictamente controlados para dar paso a máquinas más rígidas. Los salarios y las condiciones de trabajo se deterioran. Pero incluso en este caso, la automatización no es «total»: como veremos, estos sistemas se basan en una capa de mano de obra humana que es prácticamente imposible de eliminar. Esto es válido tanto para Flippy como para la IA más potente.

Lo que tiende a ser sustituible no son los puestos de menor nivel, sino los que exigen un trabajo físico repetitivo, así como los puestos de mandos intermedios en las operaciones. Por ejemplo, en los almacenes de Amazon, los trabajadores se coordinan con robots y son dirigidos por un software que les indica la ubicación de las estanterías donde encontrar la mercancía que deben enviar. Los algoritmos sustituyen a los puestos de ingresos medios en la gestión del almacén, lo que conduce a una mano de obra polarizada entre unos directivos cada vez más ricos y poderosos y unos trabajadores cada vez más degradados que no son sustituibles por máquinas, sino por otros seres humanos; en otras palabras, son completamente intercambiables.

Otra forma de expresar esto es utilizar el lenguaje del operaismo [obrerismo] italiano que, hace medio siglo, siguió muy de cerca estos movimientos cuando las nuevas tecnologías hicieron su aparición en las vastas y turbulentas fábricas de automóviles de Turín. Una parte del fenómeno descrito por Autor como una «polarización» se formuló en el lenguaje obrero de la lucha de clases como una «descomposición de la clase obrera» [12]. La reorganización del proceso de trabajo era un medio poderoso para perturbar la forma en que los trabajadores se habían organizado contra sus patrones. Y allá donde se implementó la automatización, se topó con una resistencia encarnizada, respaldada por investigaciones militantes llevadas a cabo por los trabajadores, independientemente de los dirigentes sindicales oficiales.

En mayo de 1956, el Parlamento británico debatió un conflicto laboral en la Standard Motor Company de Coventry. Los trabajadores llevaban más de una semana en huelga, indignados por el anuncio de la empresa de que 3.000 empleados, que habían quedado en exceso debido a la adopción de nuevas tecnologías de automatización, serían despedidos. Algunos diputados plantearon preguntas incisivas al ministro conservador de Trabajo, Ian Macleod: ¿era «consciente de que la introducción de la automatización en la industria suscitaba serias inquietudes entre los trabajadores sindicados»? Macleod intentó calmar estas inquietudes con tópicos, invocando la contribución de la automatización a «la prosperidad y la felicidad de la nación» e ignorando alegremente su impacto inmediato sobre el empleo. «El Gobierno se alegra de ello», respondió, «y las opiniones responsables de ambos lados de la industria la consideran esencial para nuestra eficiencia futura y, por consiguiente, para el mantenimiento del pleno empleo» [13]. En respuesta, el diputado laborista William Owen adoptó un tono conciliador:

«¿Es consciente el ministro de que los trabajadores sindicados ya no se limitan hoy en día a la filosofía del movimiento ludita, sino que acogen favorablemente el desarrollo de nuevas técnicas en la industria moderna?

Sin embargo, les preocupan mucho las probables repercusiones económicas y sociales de las nuevas máquinas, a menos que exista, como ha indicado el ministro, una posibilidad real de consulta previa entre las dos partes de la industria, con la cooperación del Gobierno». [14]

Owen describía a los huelguistas de Coventry como personas potencialmente dispuestas a adoptar las nuevas tecnologías, siempre y cuando se mantuvieran sus puestos de trabajo, con la ayuda del Gobierno. Esta política no se aplicó. Menos de dos meses después de la difícil resolución de la huelga de la Standard Motor Company, la British Motor Company anunció el despido inmediato de 6 000 trabajadores. Quizá los trabajadores que se adherían a la «filosofía del movimiento ludita» tenían razón al fin y al cabo.

Al otro lado del Canal de la Mancha, en Francia, Cornelius Castoriadis, teórico y cofundador del grupo socialista libertario Socialisme ou Barbarie, observaba de cerca estos acontecimientos. Dos elementos de estas luchas le llamaron especialmente la atención. En primer lugar, la automatización representaba una nueva fase de la lucha de clases, «una ofensiva del capital contra el trabajo, considerado como la fuerza originaria de la producción», con el objetivo final de «la eliminación del hombre como hombre de la esfera de la producción », un objetivo que Castoriadis consideraba finalmente imposible, aunque ejerciera una influencia decisiva en el curso de la lucha de clases [15]. En segundo lugar, señaló que las huelgas eran obra de los trabajadores y de sus representantes elegidos, los delegados sindicales, en oposición a la dirección de los sindicatos.

Este último factor —la acción autónoma de los trabajadores contra la dirección y los dirigentes sindicales— marcaría las luchas contra la automatización en la posguerra. Mientras los sindicatos aconsejaban prudencia y paciencia, los trabajadores apenas les hacían caso, abandonando sus puestos de trabajo y destrozando las máquinas. Y a la vanguardia de la oposición a la automatización se encontraban quienes a menudo eran marginados por el movimiento obrero oficial —las mujeres y los afroamericanos—, quienes produjeron algunos de los análisis críticos más pertinentes sobre las nuevas tecnologías.

La automatización como medio de control

La lucha contra las máquinas que Castoriadis había observado en Coventry había comenzado más de una década antes, en el marco de la espectacular reestructuración de la economía industrial durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque el término no se generalizó hasta después del fin de la guerra, la gran victoria de la automatización comenzó con el desarrollo de las máquinas-herramienta de control numérico, que podían sustituir a los operarios cualificados necesarios para la fabricación pesada. Mientras que los defensores de la automatización, como Macleod, destacaban las ganancias de «eficiencia» aportadas por los nuevos métodos, las investigaciones históricas de David Noble sobre el proceso cuentan otra historia. La introducción de la automatización se produjo gracias a las prerrogativas de la economía de guerra, que Dwight D. Eisenhower calificaría más tarde de «complejo militar-industrial». Esto significa que fueron los valores militares, y no los comerciales, los que influyeron en las nuevas formas de producción:

«En primer lugar, se hizo hincapié en el rendimiento más que en el coste para satisfacer las exigencias de la misión militar… A continuación, se hizo hincapié en el mando, la precisión de las especificaciones, la comunicación y la ejecución de las órdenes, sin concesiones ni errores de intermediarios ni de juicio.

Por último, se hizo hincapié en los métodos modernos, la alta tecnología y la intensidad de capital, con el fin de garantizar el rendimiento y los objetivos de mando y asegurar así el éxito de la misión: la seguridad nacional frente al comunismo».[16]

En otras palabras, la prioridad en materia de producción durante la guerra era la coherencia y el control, y no el ahorro de tiempo o el aumento de los beneficios, aunque la demanda en tiempos de guerra y el control de los salarios permitieran a las empresas llenar sus arcas. Otra forma de automatización, muy apreciada por los operadores de máquinas, denominada «grabación-lectura», nunca se consideró seriamente, aunque también era eficaz. A diferencia del control numérico, el método de grabación-lectura era analógico, almacenaba los movimientos precisos de un operador y, por lo tanto, siempre requería una mano experta. De hecho, en lugar de buscar la eficiencia, la dirección pretendía quitar el control de la producción a los operadores de máquinas [17].

Los planificadores militares y los industriales sentían la necesidad urgente de un control total durante la guerra. La mano de obra estadounidense alcanzó su punto álgido en materia de rebeldía en la década de 1940, superando el número de huelgas anuales el récord anterior alcanzado durante la Gran Depresión. De media, las fábricas de Ford sufrían una huelga cada dos días. Y estas huelgas constituían un doble acto de desafío: por un lado, contra las leyes de guerra que prohibían las huelgas y, por otro, contra el compromiso de los sindicatos de contener los disturbios. En otras palabras, la rebelión de los trabajadores contra la automatización solía traducirse en huelgas salvajes [18].

La necesidad de un control absoluto sobre las máquinas impregnaba las ciencias de la época, coordinadas por el ejército a través de la Oficina de Investigación Científica y Desarrollo [Office of Scientific Research and Development]. Una nueva rama de la investigación prometía resolver esta dificultad en diversas disciplinas científicas y técnicas al descubrir los mecanismos que dejaban entrever un futuro de máquinas autorreguladas: la cibernética. Derivada de la palabra griega que significa «dirigir», la cibernética buscaba desarrollar máquinas capaces de integrar la «retroalimentación» de manera reflexiva en su funcionamiento. En otras palabras, eliminaban la necesidad de control humano. Norbert Wiener, el matemático que acuñó el término «cibernética» y que fue el impulsor de numerosos avances en este campo, comenzó su trabajo investigando la creación de armas antiaéreas más eficaces para derribar a un piloto enemigo que intentara esquivar los disparos. Como señala Peter Galison, la cibernética como proyecto se centra aquí en un problema específico: cómo predecir el comportamiento de un adversario calculador pero opaco, o de un «diablo maniqueo» [19]. En el campo de batalla, esto podría referirse a un comandante de tanque o a un piloto de caza. En el contexto de la fábrica, esos demonios podrían ser los propios trabajadores.

Wiener, cuyas simpatías políticas se situaban más a la izquierda que las de muchos de sus colegas de mentalidad militar, tomó conciencia de las aterradoras implicaciones de su trabajo. Finalmente abandonó la investigación militar tras los ataques nucleares sobre Japón, orientándose hacia una reflexión social sobre las implicaciones de la cibernética a través de libros y ensayos destinados al gran público. Más allá del espectro de la aniquilación nuclear, Wiener se preocupaba por las aplicaciones civiles de la cibernética: la automatización industrial. Wiener pensaba que esto sería una catástrofe para los trabajadores, ya que la automatización

«proporciona a la especie humana una nueva y muy eficaz colección de esclavos mecánicos para realizar su trabajo… toda mano de obra, en cuanto se ve en competencia con un esclavo, ya sea humano o mecánico, debe aceptar las condiciones de trabajo del esclavo». [20]

Wiener no creía que la cibernética crearía una situación en la que una tecnología autónoma se enfrentara a seres humanos cada vez más superfluos. En lugar de una distopía al estilo Terminator que enfrentara a las máquinas con la humanidad, tan popular en las fantasías de ciencia ficción sobre la inteligencia artificial, consideraba la máquina automática como un arma potencial que personas poderosas podrían utilizar para controlar a los demás:

«Su verdadero peligro, sin embargo, es muy otro: estas máquinas, aunque impotentes en sí mismas, pueden ser utilizadas por un ser humano o un grupo de seres humanos para aumentar su control sobre el resto de la humanidad.» [21]

En otras palabras, la automatización sería un arma en la lucha de clases.

Basándose en esta intuición, Wiener escribió a Walter Reuther, presidente del sindicato United Automobile Workers, para exponerle en detalle los planes de los industriales que habían intentado contratarlo como consultor para la automatización de sus fábricas. Aunque Wiener se negó, sabía que otros investigadores estarían encantados de aceptar tales puestos. Quería dar a Reuther la oportunidad de tomar la iniciativa ante el «desastroso» nivel de desempleo que se derivaría de ello. En su carta, Wiener proponía dos alternativas a Reuther. En primer lugar, podía luchar por «una organización que trabajara por la causa de los trabajadores y que sacara provecho [de las nuevas máquinas]»: un fondo de solidaridad alimentado por la automatización. Pero Wiener también planteaba la posibilidad de que la propia tecnología fuera demasiado peligrosa.

«Por el contrario, tal vez considere oportuno descartar por completo estas ideas. En cualquier caso, estoy dispuesto a apoyarle lealmente, sin exigir ni pedir a cambio ningún beneficio personal por mi implicación en lo que, en mi opinión, se convertirá en un problema social». [22]

Tras una correspondencia intermitente, Reuther invitó a Wiener a intervenir en una conferencia de la UAW en 1952, pero Wiener, que padecía una enfermedad relacionada con la depresión, declinó la invitación.

La JFT y los mineros

En lugar de hacer caso a las advertencias de Wiener, los dirigentes sindicales acabaron adoptando las nuevas máquinas, convencidos por una agresiva campaña lanzada por la élite empresarial. Los capitalistas se habían visto asustados por el activismo durante la guerra, que amenazaba con intensificarse con el regreso al mercado laboral de millones de soldados que volvían del extranjero. Se habían apresurado a actuar, impulsando la aprobación de medidas coercitivas como la ley Taft-Hartley de 1947, pero también habían propuesto algunos incentivos. Las empresas negociaron con los principales sindicatos, como la UAW y la United Mine Workers of America, para vincular los aumentos salariales al incremento de la productividad. Esto significaba que los trabajadores aceptarían todas las nuevas máquinas introducidas por las empresas, cediendo así el control del proceso de producción a la dirección. Los dirigentes sindicales se mostraron tan conciliadores que, en 1950, Fortune calificó al presidente de la UMWA, John L. Lewis, como «el mejor vendedor que la industria mecánica haya tenido jamás» [23]. Incluso las reservas más leves respecto a las nuevas tecnologías suscitaban el oprobio entre los comentaristas progresistas (y favorables a las empresas). Como lamentaba el economista laboral Ben Seligman, «cada vez que un líder sindical exasperado afirma que la automatización puede ser una maldición, el presidente de la Cámara de Comercio de Estados Unidos responde que es un ludita» [24].

Sin embargo, este aumento de la productividad procedía, en gran medida, de la aceleración del proceso de producción; las «ganancias de eficiencia» las pagaban con su cuerpo los trabajadores y con la miseria de quienes quedaban en el paro. El descontento iba en aumento. Cuando estalló la resistencia a la automatización desde la base, fue documentada y teorizada por grupos marxistas, como «Socialismo o barbarie», que se habían alejado de los grandes partidos políticos y de los sindicatos.

Estos grupos consideraban que su tarea consistía en analizar las luchas de clases realmente existentes en el lugar de producción. Un verdadero socialismo solo podía surgir de esa lucha, y no de las utopías de ocio y abundancia sin fin impuestas por las negociaciones entre los sindicatos burocráticos y los capitalistas.

En Estados Unidos, la Johnson-Forest Tendency (JFT), un grupo de trabajadores militantes que se había separado del movimiento trotskista estadounidense, se interesaba de cerca por las transformaciones de la posguerra en el lugar de producción y por los conflictos que de ellas se derivaban. Con numerosos miembros integrados en las fábricas, la JFT comprendió que el aumento de la productividad se conseguía a costa de los pequeños momentos de descanso, de esos momentos de respiro a los que los trabajadores se habían acostumbrado. Publicaron un folleto, The American Worker [El trabajador estadounidense], que describía esta transición en las fábricas de automóviles:

«Antes, los trabajadores podían fumar con más frecuencia. Ahora tienen que pasar todo el día vigilando, cambiando y limpiando las herramientas. Las pausas son más cortas. Al final de la jornada, los trabajadores están más agotados, tanto mental como físicamente».[25]

Mientras las condiciones se deterioraban y la burocracia sindical seguía mostrándose complaciente, los trabajadores iniciaron una huelga espontánea. Una serie de huelgas espontáneas en particular llamó la atención de «Forest», seudónimo de Raya Dunayevskaya, escritora y activista que había sido secretaria personal de Trotsky. Durante meses, en 1949 y 1950, los mineros abandonaron sus puestos de trabajo y cerraron las minas con piquetes itinerantes en respuesta a la introducción de la cortadora continua —o, en palabras de los mineros, la «asesina de hombres» [26]. Fue la primera huelga contra la automatización, y Dunayevskaya vio en ella el germen de un nuevo tipo de política radical.

El «Johnson» del JFT, nombre de guerra del gran activista y escritor trinitense C.L.R. James, no compartía el punto de vista de Dunayevskaya. En Facing Reality, coescrito con Grace Lee Boggs y Cornelius Castoriadis tras su ruptura con Dunayevskaya, James adoptó una postura inusualmente determinista en el plano tecnológico. La expulsión de los trabajadores del proceso de producción indicaba «un sistema en proceso de suicidio». Para James, la automatización significaba un nivel potencialmente más alto de organización y control de la producción por parte de los trabajadores:

«La producción en su conjunto solo puede ser controlada por el conjunto de los productores en sus organizaciones de taller. Así, mucho más que en cualquier otro país, la automatización de la industria en Estados Unidos crea las condiciones reales para un gobierno de consejos obreros».[27]

Dunayevskaya consideraba que la propia lucha, librada tanto contra los propietarios de las minas como contra la colaboracionista UMWA, había dado lugar a una nueva perspectiva sobre el trabajo en su conjunto entre los mineros:

«En lugar de reclamar salarios elevados, los mineros plantearon cuestiones totalmente nuevas sobre sus condiciones de trabajo y el trabajo en sí mismo. Preguntaron: “¿Qué tipo de trabajo debe realizar el hombre?” “¿Por qué existe tal brecha entre el pensamiento y la acción?”. » [28]

Para Dunayevskaya, la acogida que se le daba a la automatización estaba dividida según las clases sociales, en función de la relación de cada uno con la máquina. Mientras que los capitalistas, la dirección y los líderes sindicales alababan la automatización como una fuerza progresista, quienes la experimentaban directamente tenían un punto de vista completamente diferente:

«Si eres quien la pone en marcha, sientes sus efectos en cada hueso de tu cuerpo: sudas más, estás más cansado, más tenso y te sientes tan útil como una rueda de repuesto.»

Dunayevskaya criticaba sin piedad a la «burocracia sindical», a la que calificaba de «lobotomizada», ya que se ponía del lado de la dirección en contra de sus propios trabajadores, mientras que la automatización socavaba la base de su poder de negociación.

«John L. Lewis ignoró su huelga general y anunció en su lugar que el sindicato estaba a favor del “progreso”. La mano de obra en las minas se redujo literalmente a la mitad».

Cuando la automatización se impuso en la industria automovilística:

«Reuther dijo a los trabajadores del automóvil que pensaran en “el futuro”, que les traería una jornada de seis horas… Sin embargo, la jornada laboral no ha cambiado desde que los trabajadores, gracias a sus luchas durante décadas, consiguieron la jornada de ocho horas.» [29]

Era un error idealista clásico: «describir el futuro tal y como debería ser en lugar de hablar de lo que es». Mientras Reuther prometía mejores condiciones de vida y más tiempo libre en un futuro automatizado, los trabajadores daban testimonio de lo contrario. Como se quejaba un trabajador del sector del automóvil:

«Para nosotros, la automatización solo ha significado desempleo y exceso de trabajo. Ambas cosas a la vez». [30]

Como decía sin rodeos Dunayevskaya:

«Los trabajadores no se lanzan a discusiones abstractas sobre el ocio y la abundancia en una fecha futura indeterminada». [31]

En la época en que Dunayevskaya analizaba la resistencia de los trabajadores a la automatización, su colaboración con James llegaba a su fin. En busca de un nuevo interlocutor versado en Hegel y Marx, entabló correspondencia con Herbert Marcuse, el filósofo de la Escuela de Fráncfort que se había instalado entretanto en el ámbito académico estadounidense. Cuando Marcuse comenzó sus investigaciones para su análisis clásico del capitalismo avanzado, El hombre unidimensional, pidió a Dunayevskaya que le proporcionara documentos sobre la automatización. Esta le proporcionó de buen grado una bibliografía de obras contemporáneas, así como un ejemplar del boletín informativo de los trabajadores que ella editaba, News and Letters, que contenía una investigación en profundidad de Charles Denby sobre el impacto de la automatización desde el punto de vista de los trabajadores [32].

Denby, obrero del sector del automóvil en Detroit y redactor jefe de Notes and Letters, recopiló los testimonios de trabajadores que hablaban de las nuevas tecnologías de automatización, en particular los que trabajaban en las cadenas de montaje y en las minas, e incluso los oficinistas que se enfrentaban a las nuevas tecnologías informáticas. Se mostró tan implacable en su análisis como Dunayevskaya en sus escritos sobre la huelga de mineros, describiendo con detalle el ritmo brutal, las exigentes condiciones físicas y mentales y los conflictos relacionados con el desempleo tecnológico provocado por las nuevas máquinas.

Las investigaciones de Denby animaron a los trabajadores a expresar su visión de otras condiciones de trabajo, que reaparecen regularmente a lo largo del estudio. Denby se interesó especialmente por la forma en que la automatización hacía innecesaria cualquier inversión mental en el trabajo:

«Lo que aliena a un obrero de fábrica es que se le empuja a realizar un trabajo que está separado de su pensamiento… Antes de la automatización, cuando se producía un cambio importante y se introducía una nueva máquina, tenían que recurrir a los conocimientos y la experiencia de los trabajadores para hacerla funcionar correctamente… Durante unas semanas, nos sentimos como seres humanos que resolvían problemas juntos, organizaban las cosas y se aseguraban de que todo saliera bien».[33]

Los trabajadores contrastaban la anomia del entorno automatizado con los vínculos sociales y la camaradería que habían desarrollado anteriormente.

«Hace unos años, cuando los trabajadores tenían voz y voto sobre el ritmo al que trabajaban y sobre la ayuda que consideraban necesaria si la empresa quería aumentar la producción, las relaciones entre los trabajadores de la fábrica eran muy estrechas. Podían ayudarse mutuamente en su trabajo. Trabajaban de una manera que facilitaba la tarea de todos los miembros del grupo. Hoy en día, la automatización ya no permite que nadie ayude a otro trabajador». [34]

Al igual que Dunayevskaya, a Denby le intrigaba la forma en que los mineros opuestos a la automatización «respondían a sus propias preguntas imaginando formas de unir el pensamiento y la acción» [35]. La compañera de Denby en News and Letters, la obrera Andrea Terrano, lo expresó de manera acertada:

«¿Por qué la gente da por sentado que la automatización es la forma en que la gente querrá trabajar en una nueva sociedad? ¿Por qué piensan que lo único que importa es que los trabajadores tengan el control? ¿El hecho de “controlar” la máquina aligerará el trabajo o lo hará menos aburrido? ¿No será el trabajo completamente diferente? Si el trabajo es diferente, vinculado a la vida misma, no puede ser idéntico a la automatización que utiliza a los hombres como parte de sus operaciones». [36]

En lugar de basarse en los testimonios de los trabajadores, Marcuse se apoyó en expertos técnicos y filósofos de renombre. Aunque Marcuse señaló algunos problemas relacionados con la automatización y citó a Denby, El hombre unidimensional ofrecía una visión optimista de las nuevas tecnologías. Al igual que James, veía efectos beneficiosos en la forma en que la automatización organizaba a los trabajadores. «La misma organización tecnológica que crea una comunidad mecánica en el trabajo genera también una mayor interdependencia que integra al trabajador en la fábrica», escribía, imaginando la posibilidad de una relación más social y participativa en el trabajo en las fábricas [37]. Y en una cita extraída de los Grundrisse de Marx, Marcuse ofrece una de las primeras traducciones al inglés del «Fragmento sobre las máquinas»: El hombre unidimensional se publicó en 1964, casi una década antes de la traducción al inglés de los Grundrisse. La lectura que hace Marcuse de este fragmento como presagio de un momento de automatización total confiere a su interpretación un matiz decididamente «comunista de lujo»:

«La automatización completa en el ámbito de la necesidad abriría la dimensión del tiempo libre como aquella en la que se constituiría la existencia privada y social del hombre. Sería la trascendencia histórica hacia una nueva civilización.»[38]

En su reseña crítica de El hombre unidimensional, Dunayevskaya reprocha a Marcuse haber malinterpretado la obra de Denby y haberla integrado en su argumento de que los trabajadores habían sido incorporados a una sociedad totalmente administrada. Marcuse, escribe ella, «pasa por alto por completo el punto central del folleto, a saber, la división entre los trabajadores de base y los dirigentes sindicales en su actitud hacia la automatización» [39]. Basándose en análisis técnicos de la automatización, Marcuse llegó a creer que ya no existía una oposición significativa a nivel de la producción.

En cambio, Marcuse debería haber prestado atención a las palabras de los trabajadores que se encontraban precisamente en ese nivel. Dunayevskaya señala:

«Es una cuestión de las voces que se oyen, de las cosas que se ven, de los sentimientos que se experimentan según el lado de la cadena de producción en el que uno se encuentre».[40]

Después de todo, como dijo el propio Denby:

«Hay una expresión que utilizan los mineros y que es tan antigua como la mecanización de las minas. Es simplemente la siguiente: “Un hombre que no puede averiar una máquina cuando quiere no tiene nada que hacer en esa máquina».[41]

El diagnóstico del grupo News and Letters sobre la resistencia de los trabajadores a la automatización seguía siendo algo abstracto, sin una visión concreta de lo que podrían ser unas relaciones de producción utópicas, o simplemente más equitativas. Sin embargo, destacaron una serie de puntos importantes para una teoría marxista del cambio social y tecnológico. Ante todo, seguían firmemente convencidos de que la clave de la transformación socialista no residía en el desarrollo tecnológico, sino en la lucha de los trabajadores, incluso contra las nuevas tecnologías, a través de la cual los trabajadores descubrirían nuevas formas de organización y plantearían cuestiones políticas más profundas. Y gracias a sus contactos con otros trabajadores en lucha, sacaron a la luz un deseo de relaciones laborales autónomas, productivas y solidarias —y no solo, como deseaba Marcuse, más tiempo libre—.

Parte II

Notas:

[1] Se denomina automatización (en español) o automatisation (en francés) al uso de tecnologías y procesos para llevar a cabo actividades sin intervención humana directa. [N. del T.]

[2] David Hounsell, «Ford Automates: Technology and Organization in Theory and Practice», Business and Economic History, vol. 24, n.º 1, ponencias presentadas en la 41.ª reunión anual de la Business History Conference (otoño de 1995), p. 69.

[3] David Hounsell, «Planning and Executing ‘Automation’ at Ford Motor Company, 1945-1965: The Cleveland Engine Plant and its Consequences», en Fordism Transformed: The Development of Production Methods in the Automobile Industry, ed. Haruhito Shiomi y Kazuo Wada (Oxford University Press, 1996), p. 70.

[4] Nelson Lichtenstein, El hombre más peligroso de Detroit: Walter Reuther y el destino del movimiento sindical estadounidense (Nueva York: Basic Books, 1995), p. 290.

[5] Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne, «El futuro del empleo: ¿hasta qué punto son susceptibles los puestos de trabajo a la informatización?», Documento de trabajo de la Oxford Martin School, septiembre de 2013.

[6] Nick Srnicek y Alex Williams, Inventing the Future: Post-capitalism and a World without Work (Londres y Nueva York: Verso, 2015), 253.

[7] Peter Frase, Four Futures: Life after Capitalism (Londres y Nueva York: Verso, 2016), p. 42.

[8] Aaron Bastani, Fully Automated Luxury Communism (Londres y Nueva York: Verso, 2019), p. 189.

[9] David H. Autor, «Why Are There Still So Many Jobs? The History and Future of Workplace Automation», Journal of Economic Perspectives, 29:3 (2015), pp. 3-30.

[10] Ibidem, p. 11.

[11] Jefferson Graham, «Flippy, el robot que da la vuelta a las hamburguesas, ya se ha tomado un descanso», USAToday, 9 de marzo de 2018.

[12] Véase Harry Cleaver, Reading Capital Politically (San Francisco: AK Press, 2000), pp. 115-117.

[13] «Automation», Respuestas orales a preguntas, Debate en la Cámara de los Comunes, 8 de mayo de 1959, disponible en <api.parliament.uk>.

[14] Ibidem.

[15] Cornelius Castoriadis, Escritos políticos y sociales, vol. 2, trad. y ed. David Ames (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1988), p. 35. «Les Grèves de l’automation en Angleterre», Socialisme ou Barbarie n.º 19, julio de 1956. L’Expérience du mouvement ouvrier, 2: Prolétariat et organisation (10/18, 1974).

[16] David F. Noble, Forces of Production: A Social History of Industrial Production (Nueva York: Oxford University Press, 1986), p. 5.

[17] Ibidem, p. 83-84.

[18] Ibidem, p. 22-23.

[19] Peter Galison, «The Ontology of the Enemy: Norbert Wiener and the Cybernetic Vision», Critical Inquiry 21:1 (otoño de 1994), p. 233.

[20] Norbert Wiener, Cibernética; o, Control y comunicación en el animal y la máquina (Cambridge, MA: MIT Press, 1965), p. 37.

[21] Norbert Wiener, El uso humano de los seres humanos: Cibernética y sociedad (Boston: Houghton Mifflin, 1950), p. 181.

[22] Norbert Wiener, Carta al presidente de la UAW, Walter Reuther, 13 de agosto de 1949, versión original disponible en <libcom.org>.

[23] Citado por Peter Hudis, «Workers as Reason: The Development of a New Relation of Worker and Intellectual in American Marxist Humanism», Historical Materialism 11:4 (enero de 2003), p. 270.

[24] Citado por Noble, Forces of Production, p. 249.

[25] Paul Romano y Ria Stone, The American Worker (Detroit: Bewick, [1947] 1972), versión original disponible en <libcom.org>.

[26] Hudis, «Workers as Reason», p. 273.

[27] C.L.R. James y Grace C. Lee, Facing Reality (Correspondence Publishing, 1958), pp. 26-27.

[28] Raya Dunayevskaya, Marxism and Freedom: From 1776 until Today (Londres: Pluto, 1975), p. 3.

[29] Ibidem, pp. 264-265.

[30] Ibidem, p. 269.

[31] Ibidem, p. 270.

[32] Véase Kevin B. Anderson, «Introducción» en The Dunayevskaya-Marcuse-Fromm Correspondence 1954-1978, editado por Kevin B. Anderson y Russell Rockwell (Lanham: Lexington Books, 2012).

[33] Charles Denby, «Workers Battle Automation», News and Letters, noviembre de 1960, p. 29.

[34] Ibidem, p. 13.

[35] Ibidem, p. 46.

[36] Ibidem, p. 47.

[37] Herbert Marcuse, El hombre unidimensional: Estudios sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada (Boston: Beacon, 1964), p. 33.

[38] Ibídem, p. 40.

[39] Anderson y Rockwell, Correspondencia Dunayevskaya-Marcuse-Fromm, p. 227.

[40] Ibidem, p. 228.

[41] Denby, «Workers Battle Automation», p. 44.

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