Jürgen Habermas (1929-2026): una apreciación crítica

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Jürgen Habermas, fallecido el 14 de marzo de 2026 a la edad de 96 años, fue el filósofo y teórico social alemán más destacado de la posguerra. Durante más de siete décadas, su obra abordó una única y persistente pregunta: ¿en qué condiciones pueden las sociedades modernas gobernarse democráticamente mediante el argumento razonado, en lugar de la violencia, la coacción o la tradición? Este obituario evalúa su trayectoria intelectual, sus principales contribuciones, sus intervenciones públicas y la recepción crítica que ha acompañado su obra a lo largo de su dilatada carrera.

Años de formación y contexto intelectual

Habermas nació en Düsseldorf el 18 de junio de 1929, en el seno de una familia protestante de clase media. Su padre, Ernst, empresario y economista, se afilió al Partido Nazi en 1933 y fue lo que los historiadores denominaron más tarde un «simpatizante pasivo» del régimen. El joven Habermas se unió a las Juventudes Hitlerianas, como era obligatorio, y hacia el final de la guerra evitó el reclutamiento en la Wehrmacht escondiéndose de la policía militar —un hecho del que rara vez hablaba, pero que marcó la ambigua relación de su generación con la complicidad y la resistencia.

Una fisura palatina congénita, corregida quirúrgicamente en la primera infancia y la niñez, le dejó un notable defecto en el habla. Esta experiencia personal de dificultad comunicativa pudo haber contribuido a su preocupación de toda la vida por las condiciones que permiten y dificultan la comprensión humana. Más tarde describió sentir una «distancia» respecto a los demás que le hacía prestar atención a la fragilidad de la comunicación.

La experiencia del nazismo y el Holocausto definió su proyecto intelectual. Al igual que muchos alemanes de su generación, se enfrentó a la pregunta que acechaba el pensamiento de la posguerra: ¿cómo pudo una nación civilizada producir Auschwitz? Su respuesta, desarrollada gradualmente a lo largo de décadas, fue que la democracia requiere no solo instituciones, sino una forma específica de comunicación pública —una que el nazismo había destruido sistemáticamente—. El silencio de la generación de sus padres sobre los crímenes cometidos en su nombre reforzó su convicción de que el discurso público crítico era esencial para evitar que se repitieran.

Estudió filosofía, historia y psicología en Gotinga, Zúrich y Bonn, y se doctoró en 1954 con una tesis sobre el filósofo idealista alemán Schelling. Su entorno intelectual se convirtió en el Instituto de Investigación Social de Fráncfort, donde, a partir de 1956, trabajó como asistente de investigación de Theodor Adorno. Esto lo situó dentro de la tradición de la «Escuela de Fráncfort» de la teoría crítica, desarrollada en las décadas de 1920 y 1930 por Max Horkheimer, Adorno, Herbert Marcuse y otros. La teoría crítica combinaba el análisis del capitalismo de Marx con la psicología de Freud y la sociología de Weber para diagnosticar las patologías de la sociedad moderna.

Sin embargo, la relación de Habermas con sus mentores nunca fue cómoda. Horkheimer y Adorno, en su obra Dialéctica de la Ilustración, publicada durante la guerra, sostenían que la razón misma se había convertido en una herramienta de dominación, transformando la promesa de libertad de la Ilustración en control tecnológico y manipulación administrativa. Su visión era profundamente pesimista. Habermas, si bien compartía su preocupación, no podía aceptar su conclusión. Veía en su obra lo que denominaba una «contradicción performativa»: utilizaban la razón para argumentar que la razón era irredimible, sin dejar lugar a la crítica ni a la esperanza. Toda su obra posterior puede entenderse como un intento de rescatar el potencial racional de la Ilustración de este veredicto pesimista.

La esfera pública y los fundamentos democráticos

La tesis de habilitación de Habermas, completada en Marburgo en 1961 y publicada como La transformación estructural de la esfera pública (1962), estableció su enfoque distintivo. El libro reconstruía el surgimiento histórico de una «esfera pública burguesa» en la Europa del siglo XVIII. En cafeterías, salones y sociedades literarias, los particulares se reunían para debatir asuntos de interés público, sometiendo a la autoridad estatal a una crítica racional. Esta esfera no era un lugar, sino una práctica: un debate razonado entre participantes que dejaban de lado el estatus social, orientado al consenso más que a la ventaja estratégica.

La esfera pública, argumentaba Habermas, mediaba entre la sociedad civil y el Estado. Transformaba a los sujetos en ciudadanos al crear un espacio donde la opinión pública pudiera formarse a través del debate racional-crítico. No se trataba de la democracia en su forma plenamente desarrollada —la esfera pública era burguesa, masculina y excluía a los trabajadores sin propiedades y a las mujeres—, pero contenía un ideal normativo que podía ampliarse y radicalizarse.

A continuación, el libro trazaba el declive de esta esfera en el siglo XX. Los medios de comunicación de masas, el poder corporativo y el Estado del bienestar intervencionista transformaron al público de participantes activos en consumidores pasivos. El debate público se convirtió en un espectáculo gestionado, en el que los intereses organizados presentaban posiciones prefabricadas en lugar de participar en una deliberación genuina. Habermas denominó a este proceso «refeudalización»: un retorno a la condición premoderna en la que la representación pública sustituye al debate público.

El libro tuvo un gran impacto en el esfuerzo de la Alemania de la posguerra por construir instituciones democráticas estables. Ofrecía tanto un relato histórico de los orígenes de la democracia como un diagnóstico de su crisis contemporánea. Los jóvenes alemanes que buscaban comprender cómo podía fracasar la democracia y cómo podría reconstruirse encontraron en Habermas un marco con base histórica y ambición normativa.

La construcción de la razón comunicativa

A lo largo de las décadas de 1960 y 1970, Habermas se embarcó en extensos debates con el positivismo, la teoría de sistemas y la hermenéutica. Defendió el carácter distintivo de la teoría crítica frente a quienes reducían la investigación social a la ciencia empírica o a la comprensión interpretativa. Este periodo dio lugar a una serie de obras metodológicas, entre ellas Sobre la lógica de las ciencias sociales (1967) y Conocimiento e intereses humanos (1968), en las que se argumentaba que el conocimiento siempre está guiado por intereses subyacentes: el control técnico, la comprensión práctica o la emancipación.

Su obra maestra, la Teoría de la acción comunicativa (1981), en dos volúmenes, sintetizó estas ideas en una teoría social integral. Habermas distinguió dos formas fundamentales de acción que corresponden a diferentes dimensiones de la vida social.

La acción instrumental se refiere a la manipulación del mundo objetivo para alcanzar objetivos. Sigue reglas técnicas y cálculos estratégicos. Esta es la lógica del trabajo, la tecnología y lo que Habermas denominó «sistemas» —sobre todo, la economía de mercado y la burocracia estatal—. Los sistemas coordinan la acción a través de medios impersonales: el dinero y el poder. Operan independientemente de las intenciones conscientes de los participantes, siguiendo su propia lógica.

La acción comunicativa consiste en alcanzar un entendimiento con los demás. Opera en el «mundo de la vida»: el trasfondo compartido de significados culturales, normas sociales e identidades personales que hace posible el entendimiento mutuo. Cuando nos involucramos en la acción comunicativa, planteamos reclamaciones implícitas de validez: que nuestras afirmaciones son verdaderas (correspondientes a los hechos), correctas (apropiadas a los contextos normativos) y sinceras (que expresan intenciones genuinas). El éxito de la comunicación depende de que estas afirmaciones sean aceptadas, al menos provisionalmente.

Las sociedades modernas, argumentaba Habermas, se caracterizan por una creciente racionalización en ambas esferas. El progreso científico, el desarrollo económico y la administración burocrática representan avances en la racionalidad instrumental. La modernización cultural y la ampliación de los derechos representan avances en la racionalidad comunicativa. El problema no es la racionalización en sí misma, sino el desequilibrio entre las esferas.

La patología surge cuando la lógica del sistema «coloniza» el mundo de la vida —cuando el dinero y el poder sustituyen a la comprensión como medio de integración social—. Una familia regida por el cálculo de mercado deja de ser una familia. Un ciudadano tratado como consumidor de servicios estatales deja de ser un ciudadano. Los movimientos sociales, desde el feminismo hasta el ecologismo y los movimientos de autonomía regional, pueden entenderse como resistencia a esta colonización: intentos de defender formas de vida frente a los imperativos burocráticos y de mercado.

Este marco proporcionó a Habermas una forma de diagnosticar los conflictos sociales contemporáneos sin reducirlos a la lucha de clases o a una reacción irracional. También preservó el impulso crítico del marxismo al tiempo que abandonaba su determinismo económico y su teleología revolucionaria.

Ética del discurso y teoría democrática

A partir de la acción comunicativa, Habermas derivó una teoría moral distintiva. La «ética del discurso» sostiene que las normas morales solo son válidas si logran obtener el asentimiento de todas las partes afectadas en un discurso práctico. No se trata de un principio moral sustantivo, sino de uno procedimental: especifica cómo deben decidirse las cuestiones morales, no cuáles deben ser las decisiones.

Según Habermas, cualquier intento de llegar a un entendimiento a través del debate presupone implícitamente una «situación ideal del discurso». Los participantes deben estar libres de coacción, tener las mismas oportunidades de intervenir y estar orientados únicamente hacia el mejor argumento. Esto no es una descripción de la comunicación real —el discurso real siempre implica poder, engaño y distorsión—. Pero es un criterio crítico implícito en la propia práctica de la argumentación. Cuando argumentamos, asumimos que, en condiciones ideales, se podría alcanzar un consenso.

Esto se traduce en una teoría de la democracia. La ley legítima no es lo que la mayoría quiera en un momento dado, sino aquello en lo que ciudadanos libres e iguales podrían ponerse de acuerdo en condiciones justas de deliberación. Los procedimientos democráticos son formas institucionalizadas de acción comunicativa. Transforman las opiniones informales formadas en la sociedad civil en decisiones formalmente vinculantes.

Su obra de 1992, Entre hechos y normas, desarrolló esto en una teoría jurídica y política integral. Las sociedades modernas complejas no pueden ser gobernadas por una asamblea democrática directa. Pero pueden ser gobernadas por una ley que surja de una deliberación pública debidamente estructurada. Habermas propuso un modelo de «doble vía»: la formación informal de opiniones en la sociedad civil y la esfera pública, y la formación formal de la voluntad en las instituciones parlamentarias. Las dos vías están vinculadas a través de las elecciones y el debate público, de modo que la sociedad civil transmite sus preocupaciones al sistema político y este permanece receptivo al discurso público.

Este modelo rechazaba tanto el minimalismo liberal (la democracia como mera agregación de preferencias) como el comunitarismo republicano (la democracia como expresión de una voluntad popular unificada). Pretendía preservar la ambición normativa de la democracia al tiempo que reconocía las realidades de las sociedades complejas y pluralistas.

Intervenciones intelectuales públicas

Habermas nunca fue un mero filósofo académico. A lo largo de su carrera, intervino en los debates políticos alemanes y europeos con una frecuencia y un rigor intelectual inusuales. Estas intervenciones no fueron comentarios ocasionales, sino compromisos sostenidos que dieron forma al discurso público.

Su intervención más famosa tuvo lugar durante el Historikerstreit (disputa de los historiadores) de 1986. Los historiadores conservadores, entre los que destacaba Ernst Nolte, trataron de relativizar el Holocausto. Nolte argumentó que el Holocausto no era único, sino comparable a otras atrocidades del siglo XX, en particular a los crímenes de Stalin, y que podía entenderse como una reacción defensiva ante la amenaza bolchevique. Se trataba de un intento de normalizar la identidad nacional alemana situando los crímenes nazis en un contexto más amplio de violencia europea.

Habermas respondió con un mordaz artículo periodístico en el que argumentaba que tales intentos tenían como objetivo restaurar una identidad nacional convencional libre de culpa. En su lugar, propuso el «patriotismo constitucional» (Verfassungspatriotismus): lealtad no a una nación étnica, sino a los principios democráticos universalistas consagrados en la Ley Fundamental. La identidad alemana de la posguerra, insistió, debía basarse en un compromiso consciente con la democracia, no en una memoria reprimida. La disputa estableció la distintiva «cultura del recuerdo» (Erinnerungskultur) de Alemania y marcó el debate público sobre la identidad nacional durante décadas.

Se convirtió en uno de los principales defensores de la integración europea, argumentando que solo una Europa federal podría domar el capitalismo globalizado y preservar la solidaridad social más allá del Estado-nación. En una serie de ensayos y entrevistas, defendió el proyecto europeo frente tanto a la oposición nacionalista como a la reducción tecnocrática. La integración europea, argumentaba, era la «lección» de la guerra y el totalitarismo: una forma de superar el nacionalismo que había provocado la catástrofe.

Apoyó a Emmanuel Macron en 2017 como el único candidato con una visión europea genuina. Criticó la guerra de Irak de 2003 por considerarla una violación del derecho internacional. Se comprometió con el movimiento estudiantil de 1968, apoyando sus aspiraciones democráticas al tiempo que criticaba sus franjas antidemocráticas.

Sus intervenciones continuaron hasta bien entrados los noventa. En 2022, criticó la respuesta de Alemania a la invasión rusa de Ucrania, instando a la cautela y a la negociación. El embajador ucraniano lo calificó de «una vergüenza para la filosofía alemana», un comentario que a su vez generó un debate sobre los límites del pacifismo y las responsabilidades de los intelectuales en tiempos de guerra. En 2023, defendió el derecho de Israel a responder militarmente a los ataques de Hamás del 7 de octubre, calificando la violencia de «brutalidad extrema» y provocando críticas de quienes consideraban que esto era incompatible con su compromiso con la resolución negociada de los conflictos.

Su último libro, Una nueva transformación estructural de la esfera pública (2025), retomaba sus preocupaciones iniciales. Según él, la comunicación digital ha fragmentado el discurso público en «cámaras de eco», socavando el espacio comunicativo compartido que requiere la democracia. Las plataformas de redes sociales no crean una esfera pública, sino que la destruyen, sustituyendo el debate razonado por la polarización afectiva y la manipulación algorítmica. El diagnóstico era pesimista, pero reflejaba su convicción inquebrantable de que la esfera pública sigue siendo la condición esencial para la vida democrática.

Perspectivas críticas

Cualquier evaluación seria debe reconocer las críticas sustanciales a la obra de Habermas que se han acumulado a lo largo de décadas.

Desde la teoría crítica, algunos sostienen que su «giro lingüístico» abandonó el enfoque anterior de la Escuela de Fráncfort sobre la dominación material y la estructura económica. Al privilegiar el consenso y el entendimiento mutuo, puede subestimar antagonismos sociales irreconciliables. El conflicto de clases, la jerarquía racial y la opresión de género no se resuelven solo con mejores argumentos: están integrados en la estructura de la sociedad y requieren una transformación estructural, no solo una mejor comunicación.

Desde la teoría feminista, Nancy Fraser y otras sostienen que el modelo de esfera pública de Habermas excluyó históricamente a las mujeres y, teóricamente, oscurece el poder dentro de la esfera privada. Su distinción entre sistema y mundo de la vida puede invisibilizar las relaciones de poder familiares, al tratar a la familia como una esfera de acción comunicativa e ignorar las desigualdades de género estructuradas en ella. La esfera pública que él celebra se constituyó mediante la exclusión de las mujeres y su relegación al ámbito privado.

Desde el posestructuralismo, Michel Foucault y Jean-François Lyotard rechazaron el universalismo de Habermas. La búsqueda del consenso racional, argumentaban, impone un marco homogeneizador a la diferencia radical. Lo que cuenta como un «mejor argumento» siempre se determina dentro de relaciones de poder específicas. El consenso puede ser en sí mismo una forma de dominación, silenciando a aquellos cuya experiencia no puede expresarse dentro de los marcos dominantes.

Desde la teoría política, Raymond Plant argumentó en 1982 que la solución de Habermas a la crisis de legitimación —el consenso racional sobre los valores— es inviable. Si bien el debate racional sobre los valores es posible y necesario, exigir un acuerdo definitivo excede lo que el argumento moral puede ofrecer. Las sociedades modernas se caracterizan por un pluralismo razonable: las personas pueden discrepar sobre valores fundamentales sin dejar de comprometerse con los procedimientos democráticos. La exigencia de consenso de Habermas puede ser demasiado exigente.

Desde la práctica, los críticos señalan la brecha entre los ideales deliberativos de Habermas y el funcionamiento político real. Su modelo puede describir mejor cómo discuten los académicos en seminarios que cómo operan las democracias de masas, donde el interés, la emoción y el cálculo estratégico son ineludibles. La política democrática real implica negociación, compromiso y agregación de intereses, no solo consenso razonado.

Algunos críticos también señalan la paradoja del papel público de Habermas. Defendió la esfera pública al tiempo que intervenía en ella con una autoridad inusual, hablando como la voz de la razón contra la irracionalidad. Sus intervenciones solían llevar implícita la afirmación de que él, a diferencia de sus oponentes, ocupaba la posición de una comunicación sin distorsiones. Esto creó una tensión entre la humildad procedimental de su teoría y la ambición sustantiva de su práctica.

Evaluación y legado

Estas críticas tienen peso. Sin embargo, el logro de Habermas sigue siendo extraordinario. Construyó la teoría social sistemática más ambiciosa desde mediados del siglo XX, integrando la filosofía, la sociología, el derecho y la teoría política en un marco coherente que aborda los problemas centrales de la modernidad.

Sus conceptos se han convertido en herramientas analíticas indispensables en las humanidades y las ciencias sociales. El término «esfera pública» aparece ahora en miles de estudios de diversas disciplinas. La «acción comunicativa» inspira la investigación en sociología, estudios de la comunicación y teoría de la organización. El «patriotismo constitucional» marca los debates sobre ciudadanía e identidad. La «democracia deliberativa» ha dado lugar a todo un programa de investigación en teoría política y ciencias políticas empíricas.

Y lo que es más importante, planteó las preguntas adecuadas. ¿Pueden las complejas sociedades modernas gobernarse democráticamente sin una religión o tradición compartidas? ¿Puede la razón sustituir a la violencia como base del orden social? Estas preguntas eran urgentes en la Alemania de la posguerra, que se enfrentaba a las secuelas del nazismo. Siguen siendo urgentes en las sociedades contemporáneas que se enfrentan a la polarización, la fragmentación digital y el resurgimiento del autoritarismo.

Su respuesta fue fundamentalmente esperanzadora: sí, pero solo en condiciones que debemos crear y defender deliberadamente. La democracia requiere un diseño institucional y una práctica cultural: espacios donde los ciudadanos se encuentren en pie de igualdad, debatan sobre asuntos comunes y tomen decisiones responsables ante la razón pública. Estas condiciones son frágiles, están constantemente amenazadas y vale la pena defenderlas.

Sus últimos años trajeron consigo el pesimismo. Vio cómo su legado intelectual y político se veía amenazado por el resurgimiento del nacionalismo, el militarismo y la extrema derecha de Alternative für Deutschland. Creía que la fragmentación digital estaba socavando la infraestructura comunicativa que requiere la democracia. El proyecto europeo que defendió parecía estancado. El patriotismo constitucional que propugnaba se enfrentaba al desafío del renacido nacionalismo étnico.

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