Cuerpo y enfermedad

Transcripción de una charla  de Agustín García Calvo

 Algunos de vosotros acabarán estudiando Medicina o viniendo a colocarse, como enfermero, como farmacéutico, como investigador de laboratorio, como empleado de la Seguridad Social, en alguno de la miríada de puestos que la enorme industria de la Enfermedad establece y sostiene por el mundo. O, bueno, si no, por lo menos, caeréis en la trampa de la enfermar de algo o de creer que tenéis tal dolencia o tal otra de las que la Industria y su Ciencia tienen mejor o peor clasificadas, siempre dejando el camino abierto a la reclasificación y a la invención de nuevos males.

Así que no parece haber nada más invasor y general, nada que más nos toque a todos; hasta el punto de que bien puede decirse que «La Enfermedad es el Hombre. O, si no, no se sabe qué es el Hombre».

Pues bueno, en cualquier situación o condición que ello os toque, lo que me importaba es que tratarais de tener presente esto: que nadie le eche la culpa al cuerpo. Porque eso es lo que os querrán

hacer creer por todos los medios y los trucos: querrán haceros que sepáis que es ‘el cuerpo’ (eso que tiene su gloria y su gracia en que no se sabe, y es siempre mucho más allá de lo que se sabe), para de esa manera poder achacar a sus fallos, debilidades o deformaciones las enfermedades que a uno le ataquen o lo maten; de la misma manera que se procura saber el carácter u catadura moral del sospechoso, para que entonces pueda la Justicia declararlo reo, autor y culpable de cualquier asesinato, desgracia o miseria que haya caído entre la gente.

El otro día, por ejemplo, comentando y condoliéndose un amigo de un fallo de salud que yo mismo había cometido, me decía «Ah, ya ves: así que el cuerpo existía». Verdad y mentira según como se entienda: mentira, si ahí se implica que el fallo o pecado contra la salud que se había cometido procedía del cuerpo, y que era con esa faena con lo que manifestaba su presencia. Verdad, si ahí ‘existir’ quiere decir la maldición que he mencionado; que se sepa que eso da ‘el cuerpo’, que haya venido a ser una de las cosas existentes o reales; esa existencia es justamente su enfermedad, o sea, como se decía antes, si Alma, o se el Yo, constitutivamente enfermo. Lo que no se sabe, no puede hacer daño; lo que se sabe, sí.

Hay dos técnicas contra la enfermedad; una es la reina, que consiste en estudiar los mecanismos del cuerpo y comprobar, por experimento en poblaciones amplias, los efectos que sobre ellos producen unos cuantos factores externos, por ingestión de alimento, por formas de trabajo u otros ejercicios; de todas las cuales observaciones, dejando aparte y como base las condiciones genéticas que puedan igualmente ser determinantes, se deducen unas conclusiones estadísticas, con cálculo cada vez más fino o complejo, que se toman como saber, y a su vez, al llegar al diagnóstico, pronóstico y terapia, se aplican al caso del enfermo particular que haya caído, y sirven para establecer las causas, qué es lo que ha estropeado esos mecanismos, y los cuáles han de ser los remedios correspondientes que, en virtud asimismo de observaciones estadísticas, pueden lo más probablemente conseguir, en ese caso, anular o contrarrestar los factores nocivos que se han declarado causantes y culpables. Es la técnica dominante bajo el Régimen, y parece tener éxitos frecuentes, también estadísticamente computables.

La otra consiste en confiar en el cuerpo (en eso que llamamos cuerpo, creyendo saber qué es) y en sus recursos desconocidos y siempre misteriosos, y dejarle así que haga lo que pueda, que se defienda como él sepa de las tentaciones de la enfermedad; en fin, confiar, o sea no desconfiar, no intervenir tanto, no creer en que uno y la Ciencia saben más de ello que ello mismo; no creer, ya que creer es lo contrario de confiar.

Esas dos técnicas no son compatibles: cada vez que me da por preocuparme y cuidarme de los órganos y funciones de esto que llaman mi cuerpo, y que lo que está deseando es no ser mío, estoy con ello estorbando la despreocupación que sería lo saludable; cada vez que me dice alguno (y nunca lo he oído decir tanto) con la mejor intención y como muestra de interés y aun de cariño «Cuídate. Cuídate mucho», me dan ganas de responderles que me ponen triste, que lo que debían más bien hacer es ayudarme a descuidarme o a desearme al menos algo más de descuido, de olvido de mí mismo.

Era ya un poco sospechoso que los romanos, para despedida, en vez de usar un Optativo o frase de deseo, como la de «¡Salud!» que usamos muchos de nosotros, usaran el Imperativo «¡Vale!», como si a uno se le pudiera ordenar estar sano o tener salud; y eso es lo que viene a hacer más descaradamente el «¡Cuídate!», que, al entregar el pobre cuerpo a mi voluntad, es casi como si lo entregase a Dios (como en la despedida consagrada «¡Adiós!») o, vamos, a la Ciencia, que es lo mismo, en vez de animarme al descuido, al olvido y la confianza en lo que no sé; a lo cual siempre os falta animarlo a uno, que miedo ya tiene uno de por sí bastante.

Descuido, olvido, es la salud, ya que «enfermedad» no es otra cosa que conciencia del propio cuerpo. Ya otro día discutiremos, si vivimos y lo deseáis, de cómo lo dicho vale para los varios tipos de enfermedad, contagiosas o heredadas. Entre tanto, no olvidéis que la expulsión del paraíso y arranque de la historia desgraciada, la pérdida del olvido y la confianza, ha sido y es cada día la toma de conciencia y de posesión del cuerpo, que, en verdad, por debajo de la historia, ni siquiera sabe que se llame cuerpo ni que sea mío.

Ediciones del Cagadero del Diablo
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