Psicópatas políticos

Cómo piensan los neoconservadores

JULIAN MACFARLANE, 18 DE AGOSTO DE 2026

julianmacfarlane.substack.com

Los neoconservadores y la psicopatía

La literatura académica occidental relaciona el neoconservadurismo, junto con las orientaciones políticas agresivas, con las características psicopáticas agrupadas bajo el término «Tríada Oscura».

Fíjate en que he dicho «literatura académica occidental», refiriéndome a conceptos conductuales ligados culturalmente y desarrollados en universidades de Europa y la anglosfera —y que no son en absoluto científicos, a pesar de que se pretenda lo contrario—, a menudo ambiguos y fácilmente mal aplicados, lo que genera una plétora de interpretaciones con un consenso en constante cambio.

Todo el mundo tiene una opinión sobre Trump, por supuesto, a quien a menudo se presenta como ejemplo de una personalidad de la «Tríada Oscura», salvo en el caso de los psiquiatras ucranianos, a quienes les gusta caracterizar a Putin como alguien que exhibe todos los peores aspectos de la «Tríada Oscura», peor que Trump y, obviamente, poseído por el diablo.

A pesar de todo ello, se pueden encontrar perlas de sabiduría en las arenas movedizas de las tonterías académicas.

Básicamente, la «Tríada Oscura» es, en su totalidad, psicopatía.

Los neoconservadores, como grupo, muestran ciertas características difíciles de negar: su actitud belicista suele ir acompañada de una evidente insensibilidad, falta de empatía y supremacismo, entre muchas otras cosas, como se puede ver en el gráfico anterior. Algunos de los mejores ejemplos son mujeres: Madeline Albright, Victoria Nuland y Hillary Clinton. No les importan los niños volados en pedazos. Ni la tortura. Ni ningún tipo de atrocidad que no puedan aprovechar para su propia propaganda. Y tienen amigos.

Los informes académicos son áridos, pero algunos de ellos apuntan en direcciones interesantes.

En 2013, M. Arvan escribió un artículo en Neuroethics titulado «Muchas más malas noticias para los conservadores y una pequeña buena noticia para los liberales», en el que se analizaban juicios morales y se encontraba una fuerte correlación entre la denominada «tríada oscura» y las posturas agresivas y neoconservadoras sobre el Estado de derecho, la justicia punitiva y el intervencionismo militar —como psicopatía subclínica—. Parece existir un consenso generalizado entre los académicos del sector —que suelen identificarse como «liberales»— en que la psicopatía y lo que llamamos «neoconservadurismo» van de la mano.

Esto no es nada nuevo, tal y como he escrito en artículos especiales para lectores de «coffeebuyers» sobre la «ponerología», el estudio de las patologías políticas.

¿Qué es la psicopatía neoconservadora?

Frialdad

Ambigüedad moral

Insensibilidad política

En general, las personas con estos rasgos carecen de sensibilidad emocional y no empatizan con el sufrimiento ajeno, dando prioridad a la lealtad al grupo y a la autoridad o el respeto —una especie de actitud de «nosotros contra ellos» o, como dijo George Bush, «o estás con nosotros o contra nosotros». El poder importa más que el amor.

Si aceptamos el concepto bastante polémico de que el neoconservadurismo está impulsado por alguna forma de psicopatía, debemos distinguir entre la psicopatía primaria —que tiene un origen genético, es fría y audaz— y la psicopatía secundaria —que tiene un origen ambiental, es emocionalmente volátil y reactiva—. Sí, ambas suelen ir de la mano.

Debemos tener presente, como ya he dicho, que la psicopatía no es algo único, sino que constituye un espectro. Intervienen cientos, si no miles, de genes, junto con unos pocos cientos de operadores de NCmiRNA.

Genética (el plano biológico)

No, no es TODO culpa tuya, mamá, que el pequeño Donnie sea un asesino en serie.

¡O quizá lo sea!

Los estudios con gemelos y trillizos muestran de forma sistemática que los rasgos psicopáticos y de «insensibilidad emocional» (CU) tienen una tasa de heredabilidad del 40 % al 60 %.

Solo alrededor del 1,2 % de la población son verdaderos psicópatas, según los «expertos»; aunque matizan que hasta un 30 % de la población presenta niveles «bajos», «medios» y «altos» de psicopatía. ¿Qué es un «verdadero» psicópata?

Hollywood lo sabe.

Las diferencias estructurales en la amígdala dan lugar a una predisposición genética a no experimentar miedo, ansiedad o estrés, lo que significa que el cerebro es insensible a las señales de castigo, y las críticas normales, las reprimendas o las amenazas de consecuencias no surten efecto. Un gen de la monoaminooxidasa A (MAO-A) de bajo nivel funcional puede dar lugar a comportamientos agresivos y antisociales, desencadenados y agravados por un entorno hostil.

La genética es una especie de punto de partida; eso es la naturaleza.

Pero también está la crianza.

La mayoría de la gente pensaría inmediatamente en el maltrato físico grave y las agresiones como las «causas» principales de los «comportamientos de la tríada oscura». Sin embargo, el hecho de que los cuidadores no brinden apoyo emocional impide que se forjen vínculos humanos sanos y, con el tiempo, el niño puede desconectarse por completo de la reciprocidad emocional como mecanismo de supervivencia.

Además, un entorno familiar caótico, peligroso o impredecible puede reforzar la sensación del niño de que el mundo es un lugar hostil donde los recursos son escasos, las personas son egoístas y lo mejor es una «estrategia de vida rápida»: explotar a los demás, centrarse en el interés propio a corto plazo y abandonar la empatía para sobrevivir.

En los niños con tendencias psicopáticas, los métodos disciplinarios tradicionales de crianza resultan contraproducentes de forma dramática:

Cuando los padres recurren a castigos severos, autoritarios o crueles con un niño que es biológicamente insensible al miedo, se crea un círculo vicioso tóxico.

El niño no aprende a distinguir el bien del mal; en cambio, aprende que el poder puro, el dominio y la agresión son las herramientas que se utilizan para conseguir lo que se quiere. La fuerza hace la razón. Los psicópatas carecen de conciencia.

PERO

Sin embargo, el cariño, el refuerzo positivo y el establecimiento colaborativo de límites fomentan el desarrollo de la conciencia, lo que, en cierta medida, frena considerablemente la manifestación de rasgos psicopáticos en la edad adulta.

El peor de los casos se da cuando un niño con una predisposición genética que le hace ser intrépido y buscar recompensas es educado para ver el mundo como un entorno inseguro en el que impera la ley del más fuerte. De adultos, se ven dominados por la orientación hacia la dominancia social (SDO).

Es un término académico muy bonito, pero ya te haces una idea: la necesidad de hegemonía personal y un «que te jodan» muy grande.

Si se trata de políticos, los seguidores del SDO ven las relaciones internacionales, la gobernanza y la política exterior e interior a través de un prisma de jerarquía absoluta, empatía nula y la necesidad de un dominio preventivo y agresivo sobre todos los «otros» que no se sometan. Para ellos, el sufrimiento realmente le queda muy bien a los demás.

Este tipo de personas están especialmente preparadas para prosperar en el mundo competitivo e individualista de la política, sobre todo en las democracias electorales. La fracción que buscará el poder absoluto es pequeña, pero una minoría de patócratas con ideas afines puede superar fácilmente a grupos más numerosos de personas empáticas para hacerse con el control de las instituciones estatales y establecer una hegemonía organizativa o sistémica. [N. del T: Un patócrata es, en el marco de la ponerología de Andrzej Łobaczewski, una persona con rasgos psicopáticos o profundamente antisociales que alcanza una posición de poder y utiliza las instituciones para beneficio propio y para controlar a los demás.]

Los psicólogos señalan que las personas exitosas y de alto rendimiento de esta categoría no están «locas», sino que son hiperracionales en un sentido instrumental, muy calculadoras, totalmente libres de vacilaciones emocionales o de remordimientos de conciencia, y excepcionalmente hábiles a la hora de decir a los demás lo que quieren oír, es decir, de mentir.

Véase: la política estadounidense.

Destacan en la creación de poderosas redes institucionales, en el uso de grupos de expertos y de argumentos persuasivos —aunque sofísticos—, en la falsificación de pruebas para alcanzar el dominio militar o económico, y en un sinfín de trucos sucios.

Son totalmente egoístas y muestran una incapacidad absoluta para asumir la responsabilidad del fracaso. En este sentido, son calculadores: no evitan el fracaso, sino que externalizan sus consecuencias. Cuando una política fracasa, un líder «instrumentalmente» racional culpará inmediatamente a la «mala ejecución» de sus subordinados, a la falta de determinación de los votantes o a la traición de los aliados. Hay un sinfín de excusas y chivos expiatorios.

Tomemos como ejemplo a los artífices de la guerra de Irak de 2003: un fracaso de política neoconservadora de manual. La mayor parte de la culpa recayó sobre el «presidencial imbécil». ¿Y el resto? Pisaron la mierda, tiraron los zapatos y se compraron unos nuevos. No perdieron sus hogares, su riqueza ni sus vidas; evitaron personalmente las consecuencias de sus pecados, incluso aunque sus políticas costaran billones de dólares y cientos de miles de vidas.

Pero personas como estas tienen un punto ciego enorme

El punto ciego

El déficit de empatía como error de cálculo

Dan por sentado que todos los demás actúan movidos exclusivamente por el interés propio transaccional, el poder o el miedo. No tienen en cuenta en absoluto hasta qué punto otras culturas valoran conceptos humanos abstractos como el orgullo nacional, las convicciones religiosas o el resentimiento ante la ocupación extranjera.

Arrogancia

La audacia —ya sea genética o adquirida— se traduce directamente en una sobrevaloración irreal de la capacidad personal (como, por ejemplo, pensar que una guerra será «rápida y fácil»). Ignoran los datos históricos y las advertencias de los expertos debido a su predisposición a largo plazo a hacer caso omiso de las advertencias y a su renuencia a aceptar que alguien sepa más que ellos.

Paul Babiak y Robert Hare describen a estos individuos como «destructores organizativos». Escalan con éxito la escalera corporativa o política aparentando ser brillantes, seguros de sí mismos y racionales. Sin embargo, dado que sus motivos subyacentes son totalmente egoístas, no dudarán en arrasar la institución, el país o la empresa para asegurarse de ser ellos quienes se alcen sobre las cenizas.

Fundamentalmente, estas personas son parásitos. Destruyen a sus huéspedes.

Cuando un huésped muere, buscan otro.

Tienen mucho éxito a la hora de protegerse a sí mismos, pero sus decisiones son fundamentalmente irracionales para el bien común.

Racionalidad instrumental

La acrasia es la incapacidad de actuar según lo que uno considera mejor, aunque sepa qué debería hacer. En otras palabras, es actuar en contra del propio juicio.apacidad de actuar según lo que uno considera mejor, aunque sepa qué debería hacer. En otras palabras, es actuar en contra del propio juicio.

Como ya se ha señalado, estos actores son extremadamente calculadores, no emocionalmente desquiciados. Tratan la geopolítica como una transacción fría. Para ellos, todo es una transacción. Solo negocios.

  • Si un Estado no nuclear está bien defendido y es capaz de lanzar una represalia local devastadora que dañe a las fuerzas estadounidenses, a las bases regionales o al territorio nacional, el «coste» de la transacción se dispara al instante.
  • Dado que son sumamente racionales a la hora de evitar su propio fracaso personal, no lanzarán un primer ataque nuclear simplemente por rencor o por orgullo herido si las previsibles represalias desmantelan el mismo sistema que les otorga el poder.

Anhelan la hegemonía, no la destrucción mutua

El núcleo de la ideología neoconservadora es la hegemonía: mantener un dominio indiscutible.

  • Una detonación nuclear de primer golpe contra un Estado no nuclear destrozaría para siempre las alianzas globales, desencadenaría un malestar interno masivo, provocaría un colapso económico y traería consigo la ruina militar localizada.
  • Destruir la posición global de Estados Unidos y provocar un devastador ataque de represalia acaba con su hegemonía. No pueden gobernar sobre un sistema colapsado. Por lo tanto, su obsesión por el poder actúa como un freno natural frente a cualquier comportamiento autodestructivo.

La «guerra asimétrica» neoconservadora

Históricamente, los neoconservadores no se involucran en conflictos en los que el enemigo pueda contraatacar con una fuerza igual o devastadora. Toda su estrategia se basa en la asimetría absoluta.

Abogan agresivamente por intervenciones contra Estados debilitados, aislados o incapaces de tomar represalias directas contra EE. UU. (por ejemplo, Granada, Irak, Libia).

Cuando se enfrentan a Estados bien defendidos que pueden tomar represalias contundentes (como Rusia), su comportamiento cambia drásticamente.

En lugar de opciones militares directas, recurren a la contención racional, los conflictos por intermediarios, las sanciones económicas devastadoras y las operaciones encubiertas. Evitan intencionadamente la trampa cinética directa porque saben que las repercusiones serían políticamente, si no existencialmente, fatales para ellos.

Lo que hacen

Si un Estado de este tipo hiriera su «orgullo» o desafiara su autoridad, un patócrata instrumentalmente racional no lanzaría un ataque nuclear imprudente. En su lugar, intentaría sortear la amenaza de forma segura:

  • Lanzaría una campaña informativa masiva para presentar al adversario como una amenaza global inminente, cambiando la percepción pública para justificar una guerra asimétrica en la zona gris.
  • Financiaría, armaría y entrenaría a Estados vecinos o a insurgencias internas para que lucharan contra el Estado bien defendido, dejando que otros absorbieran la devastadora represalia local mientras Estados Unidos permanece al margen.
  • Aprovecharía los sistemas bancarios internacionales y la guerra cibernética para paralizar la infraestructura de defensa del Estado objetivo desde una distancia segura, minimizando cualquier riesgo de daño directo para sí mismo.

¿Te suena familiar?

Aunque un líder patocrático carece por completo de empatía hacia los millones de vidas que destruiría un arma nuclear, posee una conciencia hipersensible de su propia seguridad. Sacrificará sin reparos a poblaciones extranjeras o a soldados de las clases más bajas en guerras convencionales asimétricas, pero no cruzará el umbral nuclear contra un Estado bien defendido solo por orgullo, porque hacerlo supone arriesgarse a arrasar el mismo imperio que pretende gobernar.

¿Qué podemos hacer?

Mientras exista la democracia electoral, no hay mucho que podamos hacer. Por eso los griegos recurrían al sorteo.

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