Carolina Yamacán-Ochoa, Mar Toharia Terán, Luis Lloredo Alix, Manuel García Domínguez, 3 de junio de 2026
Resumen: Este estudio contribuye al creciente corpus de investigación internacional que analiza cómo los actores políticos se resisten estratégicamente a la acción climática o la frenan, a pesar del consenso científico. Combina una encuesta transversal de opinión pública con un análisis sistemático de los programas electorales de los partidos políticos. El estudio identifica claras diferencias ideológicas entre los partidos y sus seguidores en cuanto a cómo se enmarca y se aborda el cambio climático. Si bien la mayoría de los encuestados reconoce el cambio climático antropogénico y expresa su apoyo a una acción gubernamental más firme, hay segmentos significativos que se resisten a los cambios en el estilo de vida y consideran que la extracción de recursos es inevitable. Los votantes de izquierdas tienden a hacer hincapié en la responsabilidad colectiva y reclaman una mayor intervención pública. Por el contrario, los votantes conservadores y de extrema derecha son más propensos a restar importancia a la causa humana, dar prioridad al crecimiento económico y presentar la alteración climática como un fenómeno impulsado por fuerzas naturales. Los programas de los partidos de todo el espectro político reflejan, de hecho, estas tensiones al promover medidas graduales en lugar de transformadoras. Las narrativas nacionalistas de extrema derecha sobre la soberanía y la securitización contribuyen además a deslegitimar los esfuerzos de mitigación. Los partidos de la Vieja y la Nueva Derecha tratan de eludir las regulaciones y, por lo tanto, se oponen a una intervención gubernamental decisiva en materia medioambiental. Los resultados muestran que la polarización política desempeña un papel central en la configuración de las actitudes hacia la política climática en España, en consonancia con las tendencias europeas más amplias en las que los partidos de extrema derecha promueven narrativas de retraso climático. La investigación también identifica que el retraso climático es un fenómeno estructural, arraigado en la intersección de ideologías como el capitalismo, el nacionalismo y el patriarcado, más que un fenómeno puramente partidista.
Introducción: En los últimos años, un amplio y creciente conjunto de investigaciones interdisciplinarias (Ripple et al., 2024) ha seguido lanzando advertencias sobre los riesgos sin precedentes que plantean el calentamiento global y las crisis relacionadas con él. Esta investigación suele sintetizarse en informes periódicos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC 2021, 2023) y se describe con frecuencia como parte de una «policrisis» que se agrava rápidamente (Rakowski et al. 2025). Sin embargo, las respuestas políticas y sociales han sido a menudo fragmentadas, tardías u obstaculizadas deliberadamente. El discurso público sobre el cambio climático se ha polarizado, en parte debido a la aparición de un nuevo movimiento de derechas que cuestiona la urgencia del desafío ecológico y la validez de la ciencia climática, a pesar de la existencia de un consenso científico abrumador —cercano al 100 %— sobre el calentamiento global antropogénico (Powell, 2017). La brecha persistente entre el consenso científico sobre el cambio climático y la inacción política ha dado lugar a numerosas investigaciones sobre la influencia de los actores políticos, los sistemas mediáticos y los grupos de presión económicos en el discurso climático y los resultados de las políticas (Brulle et al. 2012; Ruiu 2021). Los primeros estudios se centraron principalmente en la negación del cambio climático, definida como el rechazo de las pruebas científicas relativas a la gravedad del cambio climático antropogénico (McCright y Dunlap, 2000; Dunlap, 2013). Los trabajos más recientes han ido más allá de esta oposición binaria para examinar una gama más amplia de prácticas discursivas e institucionales que sustentan la inacción climática (Almirón y Moreno, 2022). Desde esta perspectiva, la negación, el retraso y el obstruccionismo se consideran mecanismos distintos, aunque interconectados, que debilitan, retrasan o socavan los esfuerzos de mitigación climática. Aunque los discursos de retraso aceptan formalmente el consenso científico, pretenden posponer la mitigación al replantear el cambio climático como algo no urgente o incierto, o bien al trasladar la responsabilidad. Estas narrativas suelen implicar la minimización de la urgencia temporal, el traslado de la responsabilidad a tecnologías futuras u otros actores, o la invocación de la necesidad de futuras investigaciones. Esto les permite mantener las trayectorias de «seguir como hasta ahora» al tiempo que parecen compatibles con la evidencia científica (Boykoff, 2016). Según Jacques y Dunlap (2025), las narrativas de negación abarcan varias formas interrelacionadas, entre ellas la negación de la tendencia (rechazar las pruebas del calentamiento global), la negación de la atribución (cuestionar sus causas humanas), la negación del impacto (minimizar o descartar las consecuencias perjudiciales) y la negación de las políticas (afirmar que las medidas de mitigación son ineficaces o perjudiciales desde el punto de vista económico).
Por el contrario, las estrategias obstruccionistas implican esfuerzos intencionados por debilitar, bloquear o revertir las políticas climáticas, mediante medios políticos, económicos o comunicativos (Brulle et al., 2024). En lugar de limitarse a retrasar la acción, el obstruccionismo limita activamente la capacidad reguladora y erosiona el apoyo público. Esto suele lograrse mediante presiones coordinadas, litigios estratégicos y la amplificación de la incertidumbre en los debates políticos. Estas estrategias están arraigadas en relaciones de poder ideológicas, político-económicas y socioecológicas más profundas que estructuran las formas contemporáneas de obstruccionismo. Tal y como sostienen Medina (2017) y Latour (2017), el obstruccionismo climático no puede reducirse a déficits cognitivos o lagunas informativas; más bien, se trata de las transformaciones neoliberales producidas estructuralmente que dan prioridad a las racionalidades basadas en el mercado, la acumulación de capital y la gobernanza tecnocrática. Estas dinámicas se consolidan a través de lo que se ha conceptualizado como un «régimen de obstrucción» (Carroll 2021), en el que las empresas de combustibles fósiles actúan como actores clave al financiar redes transnacionales de think tanks de extrema derecha y responsables políticos en respuesta a las amenazas normativas (Franta 2022). A través de estas redes, los actores obstruccionistas configuran activamente los imaginarios climáticos dominantes, promueven soluciones compatibles con el mercado y de carácter tecnomanagerial, y limitan el alcance de las políticas de energías renovables de manera que se reproducen los desequilibrios de poder existentes (Plehwe et al. 2025) y se facilita la difusión coordinada de desinformación (Antonio y Brulle 2011; Dunlap y McCright 2016). En consecuencia, esta maquinaria de obstrucción climática desempeña un papel fundamental a la hora de fomentar la inacción respecto al cambio climático antropogénico entre el público en general (Dunlap y McCright, 2011) e influye significativamente en la opinión pública (Nisbet, 2014). Estudios recientes conceptualizan la obstrucción climática como la oposición a todas las medidas destinadas a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero o los impactos medioambientales en general, considerando estas medidas como una amenaza para las empresas y la economía nacional (McKie, 2021), y a menudo como parte de una supuesta conspiración globalista. La bibliografía existente ha documentado de forma sistemática la oposición fundamental de la extrema derecha a la mitigación del cambio climático. Esta bibliografía también ha destacado su uso de un discurso abiertamente antiecológico y, en algunos casos, explícitamente antiecologista para cuestionar la acción climática (Hoggan y Littlemore, 2009). Mientras que algunos actores promueven activamente la desinformación, otros emplean estrategias de aplazamiento más sutiles y políticamente eficaces. Con el fin de captar estas distinciones, los investigadores han desarrollado herramientas conceptuales destinadas a comprender las relaciones de poder y la agencia epistémica. Por ejemplo, Pongiglione (2022) identifica un espectro que va desde el escepticismo genuino hasta la ignorancia culpable, mientras que Mason (2020) introduce la noción de «ignorancia hermenéutica intencional» para describir la negativa deliberada a comprometerse con el conocimiento climático. Dicha ignorancia deliberada implica un alto grado de reflexividad, ya que supone sopesar las opciones de antemano y luego decidir conscientemente permanecer en la ignorancia. Amplios sectores de la extrema derecha cultivan activamente la ignorancia deliberada invocando un pasado nacional-industrial idealizado en el que se invisibilizan el daño medioambiental y las desigualdades de género. Esto legitima la combustión continuada de combustibles fósiles como supuesta expresión del progreso nacional y la preservación de los privilegios de los hombres blancos y de determinadas clases sociales (Vowles 2026).
Partiendo del concepto de «injusticia epistémica» de Fricker (2007), la obstrucción climática puede entenderse, por tanto, como un conjunto de estrategias políticas, económicas y cognitivas basadas en una tergiversación deliberada, más que en la incertidumbre epistémica. Desde esta perspectiva, estas prácticas funcionan como mecanismos de estabilización hegemónica, interviniendo activamente en la producción, circulación e interpretación del conocimiento climático para neutralizar las reivindicaciones contrahegemónicas y mantener las relaciones socioecológicas dominantes. Por lo tanto, las estrategias obstruccionistas no se limitan a reflejar lagunas de conocimiento, sino que constituyen formas de poder epistémico que socavan sistemáticamente la urgencia de la emergencia climática, al tiempo que preservan los patrones existentes de acumulación, intercambio desigual e injusticia medioambiental. Estos marcos conceptuales nos permiten evaluar con mayor precisión la responsabilidad epistémica en el discurso climático.
En este contexto, las narrativas tecno-optimistas actúan como un dispositivo ideológico que despolitiza el cambio climático al presentarlo como un problema técnico que puede resolverse mediante soluciones basadas en la innovación. Dichas narrativas promueven la innovación tecnológica, la adaptación al cambio climático y la mejora del nivel de vida, al tiempo que desplazan los debates sobre la suficiencia, la redistribución y los límites biofísicos del crecimiento (Alexander y Rutherford, 2019). Desde una perspectiva político-económica, las narrativas tecno-optimistas reproducen los sistemas capitalistas dependientes del crecimiento al despolitizar las cuestiones relacionadas con el consumo. Esto normaliza los estilos de vida occidentales de alto consumo y refuerza los regímenes neoliberales de transición energética. Además, estas narrativas tecnooptimistas, estrechamente alineadas con el capital fósil y los intereses corporativos, legitiman la expansión de las fronteras extractivistas en busca de los minerales críticos que son esenciales para la transición energética. Este proceso perpetúa las relaciones socioecológicas desiguales al externalizar la degradación medioambiental, la explotación laboral y el despojo territorial hacia el Sur Global (Montalván-Zambrano y Wences, 2024). Bringel et al. (2023) sostienen que estas dinámicas son un ejemplo de colonialismo verde, en el que la promesa de una transición verde enmascara la injusticia ecológica y perpetúa la ilusión de que el cambio climático puede abordarse a largo plazo sin romper con los imperativos estructurales del crecimiento económico.
A medida que las instituciones democráticas se debilitan, los sistemas de creencias alternativos están ganando cada vez más influencia y cuestionando el consenso científico. Incluso dentro de las comunidades que aceptan el consenso científico sobre el cambio climático antropogénico, persisten interpretaciones y narrativas plurales. El debate en torno al Antropoceno es un ejemplo claro de esta complejidad. Mientras que algunos estudiosos cuestionan la validez geológica del término (Witze 2024), otros lo utilizan para describir una época sociopolítica de crisis planetaria (Scott 2017; Ellis 2018; Adam 2024). Desde esta perspectiva, el término se defiende no solo por su capacidad descriptiva, sino también por su potencial performativo y epistemológico: sirve de catalizador para la investigación transdisciplinar y proporciona un marco heurístico para articular ontologías transnacionales en un mundo cada vez más fragmentado por nacionalismos antagónicos (Conversi 2025). Estos debates revelan formas de estrategias discursivas que pueden difuminar las interpretaciones de la responsabilidad, la causalidad y la temporalidad en el cambio climático, lo que podría reducir la percepción de la urgencia de los esfuerzos de mitigación.
Obstrucción y retrasos en materia climática en España
En el contexto europeo, estudios recientes han analizado el impacto de los partidos de derechas y la polarización ideológica en las diversas estrategias que han retrasado y obstaculizado una acción climática significativa. Sin embargo, gran parte de esta investigación se ha centrado en el norte y el centro de Europa, mientras que los casos del sur de Europa, en particular los de España, siguen estando relativamente poco estudiados. No obstante, el contexto español reviste especial relevancia dados los recientes cambios ideológicos y las marcadas vulnerabilidades medioambientales. Debido a su ubicación geográfica y a su clima mediterráneo, España es uno de los países de la Unión Europea más vulnerables al cambio climático, ya que se enfrenta a elevados riesgos de olas de calor, sequías e inundaciones (Olcina, 2009). Además, el abandono de las actividades agrícolas y ganaderas tradicionales debido a la despoblación rural, entre otros factores, ha incrementado la incidencia de los incendios forestales. Estas vulnerabilidades se entrecruzan con el auge del populismo de extrema derecha, que está reconfigurando el panorama político del país. Sectores clave en España, como la agricultura, el transporte y la energía, han obstaculizado con frecuencia las políticas climáticas haciendo hincapié en los posibles costes económicos (Moreno y Almirón, 2024). Estas narrativas contrarias se ven amplificadas aún más por los medios de comunicación, que privilegian las perspectivas de los actores económicos dominantes al tiempo que marginan las voces que reclaman una acción climática más transformadora (Vesa et al., 2020). Si bien estudios recientes han identificado patrones emergentes de oposición de la extrema derecha a las políticas climáticas en España, esta línea de análisis sigue estando poco desarrollada y requiere una mayor exploración empírica y conceptual (Hanson, 2024; Torrico y Díez-Garrido, 2024). La literatura sobre el retraso y la obstrucción climáticos destaca que la identidad política se ha convertido en un factor cada vez más importante a la hora de determinar las actitudes ante el cambio climático. La afiliación partidista, las señales ideológicas y las narrativas mediáticas influyen fuertemente en la opinión pública (Campbell y Kay, 2014). Estas dinámicas también son evidentes en Europa, incluida España, donde los actores emergentes de la derecha han incorporado el obstruccionismo climático a narrativas populistas más amplias. En España, esto se refleja en una opinión pública polarizada. El auge de partidos de extrema derecha como Vox, que cuestionan abiertamente la relevancia de la política climática (Moreno y Thornton 2022), contrasta marcadamente con los esfuerzos de los partidos de centro e izquierda por promover agendas más ecológicas, en particular aquellas alineadas con el Pacto Verde Europeo.
Los resultados de diversas investigaciones realizadas en toda Europa demuestran una fuerte correlación entre el ultranacionalismo y el rechazo a la ciencia climatológica (Båtstrand, 2014; Forchtner y Kølvraa, 2015; Fisher et al., 2022; Küppers, 2024). El análisis de Forchtner (2019) sobre la comunicación climática de la extrema derecha revela que muchos partidos de extrema derecha y personas asociadas a ellos se muestran escépticos, especialmente respecto al cambio climático antropogénico. Este escepticismo suele verse reforzado al presentar las políticas climáticas como una amenaza para la soberanía nacional y la competitividad económica, sobre todo en el contexto de la descarbonización (Kulin et al. 2021). Además, las dificultades económicas, como el desempleo local, aumentan la probabilidad de que las personas rechacen o expresen escepticismo hacia el cambio climático provocado por el ser humano (Benegal, 2017). Dichas estrategias discursivas socavan el consenso científico e intensifican la polarización política, debilitando así las condiciones institucionales y sociales necesarias para una acción climática eficaz (Linde, 2020). En España, por ejemplo, la polarización política limita la formación de coaliciones, erosiona la confianza pública en la gobernanza climática y fomenta un entorno propicio para narrativas obstruccionistas que impiden la aplicación de políticas climáticas ambiciosas. Estas obstrucciones tienen consecuencias tangibles: al reducir la capacidad y la preparación institucionales, aumentan la exposición a los riesgos climáticos y agravan las pérdidas humanas, económicas y ecológicas. El desmantelamiento de la Agencia de Cambio Climático de Valencia, junto con la minimización sistemática de las advertencias emitidas por la Agencia Meteorológica Nacional, ilustra cómo la obstrucción climática opera a través de decisiones de gobernanza más que mediante la negación explícita. Estas acciones debilitaron gravemente la prevención de desastres antes de las inundaciones de la DANA de 2024, lo que provocó 223 muertes, el desplazamiento de unas 15 000 personas y consecuencias epidemiológicas a largo plazo (Martin-Moreno et al. 2025) . A pesar de las pruebas científicas existentes desde hace tiempo sobre la mayor vulnerabilidad de la región mediterránea ante fenómenos extremos (Faranda et al. 2024), los mecanismos políticos que vinculan la obstrucción climática, la degradación institucional y las consecuencias de los desastres siguen sin haberse examinado lo suficiente. Este artículo analiza la obstrucción climática y el retraso como modos interrelacionados de resistencia, ambos moldeados por la polarización política. La obstrucción climática se opone activamente a la mitigación al presentar la regulación como una amenaza para el crecimiento económico o la soberanía nacional, mientras que el retraso climático acepta formalmente la ciencia del clima, pero da prioridad a la adaptación y a las respuestas graduales frente al cambio estructural. Basándose en el análisis de una encuesta nacional y en un análisis cualitativo de los programas electorales de los cuatro principales partidos españoles, el estudio demuestra cómo los discursos polarizados de los partidos se alinean con las actitudes de los votantes, contribuyendo así a la inacción actual en materia climática en los contextos democráticos
Método y análisis […]
Muestra […]
Selección de variables […]
Variables independientes […]
Variable dependiente […]
Resultados
Selección del ámbito de estudio. Un análisis discursivo de los programas electorales.
La «Vieja Derecha» en España está representada por el Partido Popular (PP), un partido de derecha conservadora fundado en 1989 como sucesor de Alianza Popular, que, a su vez, fue fundada por Manuel Fraga Iribarne, un antiguo ministro durante el régimen de Franco. El Partido Popular, por lo tanto, aglutinó a la derecha que había heredado el franquismo, junto con nuevos grupos reformistas de derecha. La Nueva Derecha está representada por Vox, partido fundado en 2013 por votantes de derecha insatisfechos con el PP. Vox combina posiciones populistas de extrema derecha, escepticismo climático y rechazo a la autoridad científica con un modelo de centralización del Estado destinado a limitar el pluralismo territorial (Ferreira 2019) . La Vieja Izquierda está representada por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), un partido socialdemócrata que combina posiciones de centroizquierda con una gobernanza orientada al mercado. Por último, la Nueva Izquierda está representada por Sumar, una coalición formada en 2022 que se nutre de los ciclos de movilización desde 2011 —incluido el movimiento de los Indignados—, así como de actores feministas y ecologistas de base y del partido político Izquierda Unida. Los programas electorales se clasificaron en seis ámbitos políticos: adaptación, mitigación, transición energética, transporte, participación, y conocimiento y ciencia (Tabla 2). El PP enmarca el cambio climático principalmente junto con la inteligencia artificial —como un reto reformista que debe gestionarse mediante la innovación tecnológica y la gestión—, haciendo hincapié en la innovación, la eficiencia y la competitividad, al tiempo que evita los compromisos de mitigación (PP, 2023, p. 10). Esta configuración refleja un retraso no transformador (Categoría 2), combinado con una redirección de la responsabilidad mediante la minimización de la urgencia climática (Categoría 1), lo que contribuye a la inacción y la desinformación relacionadas con el clima (Baigorri y Caballero, 2018).
El manifiesto de Vox articula un discurso climático marcadamente obstruccionista, centrado en el desmantelamiento de la regulación y la soberanía nacional, llegando incluso a rechazar la legislación climática y el Acuerdo de París (Vox, 2023, 118-119). Relaciona continuamente cualquier forma de intervención y regulación estatal, incluidos los impuestos y la protección medioambiental, con las imposiciones de las élites globalistas y una nueva religión climática que amenaza a los sectores productivos y a la autonomía nacional. Además, su programa electoral incluye contenidos a favor de los combustibles fósiles. Este discurso constituye una estrategia para hacer hincapié en los costes económicos o sociales de las políticas climáticas (Categoría 3) y presenta el cambio climático como un fenómeno inmanejable (Categoría 4), lo que se corresponde con una obstrucción primaria, ya que cuestiona activamente la gobernanza climática y la autoridad científica.

El PSOE propone una agenda climática reformista alineada con el Pacto Verde Europeo, haciendo hincapié en la innovación tecnológica, la mitigación urbana, la modernización industrial y la digitalización. La descarbonización se presenta como una medida para potenciar la competitividad, el empleo y la seguridad energética, mientras que las estructuras económicas subyacentes, orientadas al crecimiento, permanecen en gran medida intactas (PSOE, 2023, p. 73). A pesar de proponer una agenda climática más coherente e institucionalizada que la de la «Vieja Derecha», especialmente en lo que respecta a la expansión de las energías renovables y el transporte ferroviario, el manifiesto sigue anclado en discursos dilatorios y no transformadores (Categoría 2), al dar prioridad a reformas incrementales y tecnocráticas frente al cambio estructural. Sumar presenta el marco de política climática más completo e integrado en torno al crecimiento verde, que integra la adaptación, la mitigación, la transición energética, el transporte, la participación y la educación dentro de una narrativa de transición justa. Sus propuestas combinan mecanismos de transición justa, gestión de riesgos climáticos, resiliencia sectorial, reindustrialización verde y ampliación de la movilidad pública, junto con ambiciones legales más sólidas y narrativas de justicia climática. Sin embargo, la dependencia de la estrategia respecto a instrumentos tecnocráticos y compatibles con el crecimiento —como las mejoras en la eficiencia y la fiscalidad de las emisiones de lujo (vehículos de lujo, jets privados, yates de gran tamaño)— reproduce una forma más refinada de retraso no transformador (Categoría 2) . Cabe destacar que la Nueva Izquierda evita las medidas disruptivas destinadas a reducir el consumo de energía y materiales, redistribuir la riqueza o impulsar alternativas poscrecimiento, a pesar de que la coalición tiene sus raíces en movimientos de base. En todo el espectro político español, las opciones políticas transformadoras —incluidas las estrategias orientadas a la suficiencia, el transporte público gratuito, la reducción de sectores de alto impacto (por ejemplo, la moda rápida o el turismo de masas) o las vías explícitas hacia el poscrecimiento— brillan por su ausencia. Mientras que la Nueva Derecha se resiste explícitamente a la regulación climática mediante narrativas basadas en la soberanía y centradas en los costes, tanto la Vieja Derecha como la Vieja Izquierda convergen en torno a enfoques tecno-optimistas y compatibles con el mercado. Las medidas voluntarias, como las inversiones en redes ferroviarias, la expansión de las energías renovables, la investigación o la educación, se presentan como suficientes, pero desvían la atención de las reformas estructurales necesarias para una rápida descarbonización. Como resultado, la acción climática española se ha ralentizado, lo que ha permitido a las empresas de combustibles fósiles y de electricidad mantener modelos intensivos en carbono y orientados a los beneficios. En conjunto, los programas electorales de los partidos españoles ejemplifican lo que Malm y el Colectivo Zetkin (2022) caracterizan como gobernanza climática capitalista: el reconocimiento formal del cambio climático combinado con estrategias discursivas y políticas que retrasan o neutralizan sistemáticamente las alternativas transformadoras.
Percepciones públicas sobre la gravedad del cambio climático. La tabla 3 resume las percepciones sobre la gravedad del cambio climático según la intención de voto, el género y la edad. En general, el 84,2 % de los encuestados identifica el cambio climático como «una emergencia grave y real», mientras que el 13,4 % «considera que es un problema cuya gravedad se ha exagerado». Se observan diferencias marcadas en función del voto: los simpatizantes de Sumar y del PSOE reconocen de forma casi unánime la gravedad del cambio climático (el 98,3 % y el 98,9 %, respectivamente). Entre los votantes del PP, la mayoría (el 76,0 %) también reconoce que el cambio climático es un problema grave. Por el contrario, los votantes de Vox muestran una preocupación sustancialmente menor: solo el 31,0 % reconoce el cambio climático como una emergencia y el 58,0 % lo considera exagerado. Las diferencias de género indican una mayor preocupación entre las mujeres (87,7 %) que entre los hombres (81,1 %). Los encuestados más jóvenes (18-34 y 35-49) muestran los niveles más altos de preocupación, con un ligero descenso entre los grupos de mayor edad.

La tabla 4 presenta las respuestas sobre el cambio climático antropogénico según la intención de voto, el género y la edad. En general, el 86,8 % de los encuestados está muy de acuerdo o algo de acuerdo, mientras que el 12,4 % se muestra en desacuerdo. El grado de acuerdo varía notablemente según la intención de voto, alcanzando el 92,6 % entre los simpatizantes de Sumar y el 96,0 % entre los del PSOE, frente al 81,4 % entre los votantes del PP y el 66,0 % entre los de Vox, que muestran los niveles más altos de desacuerdo. Las diferencias por género son mínimas, con un grado de acuerdo similar entre las mujeres (87,9 %) y los hombres (86,1 %). El grado de acuerdo también se mantiene estable en todos los grupos de edad, oscilando entre el 85,9 % y el 87,1 %. La tabla 5 recoge las respuestas a la afirmación «Cada vez que se utiliza carbón, petróleo o gas, se contribuye al calentamiento global» según la intención de voto, el género y la edad. En general, el 88,4 % de los encuestados está muy de acuerdo o algo de acuerdo, mientras que el 10,5 % se muestra en desacuerdo. El grado de acuerdo varía según la intención de voto, alcanzando el 97,8 % entre los simpatizantes de Sumar y el 95,5 % entre los del PSOE, frente al 83,7 % entre los votantes del PP y el 65,0 % entre los de Vox, que muestran los niveles más altos de desacuerdo. Las diferencias por género son mínimas, con un grado de acuerdo similar entre las mujeres (89,0 %) y los hombres (88,0 %). El grado de acuerdo disminuye ligeramente con la edad, pasando del 94,4 % entre los encuestados de 18 a 34 años al 85,9 % entre los mayores de 65 años. La tabla 6 presenta las respuestas según intención de voto, género y edad. En general, el 79,3 % de los encuestados está muy de acuerdo o algo de acuerdo, mientras que el 19,9 % se muestra en desacuerdo. El grado de acuerdo varía sustancialmente según la intención de voto, alcanzando el 95,2 % entre los simpatizantes de Sumar y el 90,0 % entre los del PSOE, frente al 73,5 % entre los votantes del PP y el 38,0 % entre los de Vox, que muestran los niveles más altos de desacuerdo. Las diferencias por género son modestas, con un grado de acuerdo similar entre las mujeres (80,3 %) y los hombres (78,6 %). Por edades, el desacuerdo es mayor entre los encuestados de entre 18 y 34 años (26,3 %), mientras que los grupos de mayor edad muestran niveles de acuerdo más elevados.


La tabla 10 presenta los niveles de preocupación personal por el cambio climático según la intención de voto, el género y la edad. En general, el 83,1 % de los encuestados afirma estar muy preocupado o bastante preocupado, mientras que el 16,5 % indica tener poca o ninguna preocupación. Esta preocupación varía sustancialmente según la intención de voto, alcanzando el 97,1 % entre los simpatizantes de Sumar y el 94,9 % entre los del PSOE, frente al 80,9 % entre los votantes del PP y el 47,8 % entre los de Vox, que muestran los niveles más altos de baja preocupación. Las diferencias por género indican una mayor preocupación entre las mujeres (88,0 %) que entre los hombres (79,7 %). Por edades, la preocupación es mayor entre los encuestados mayores de 65 años (87,3 %) y menor entre los de 18 a 34 años (81,1 %). La tabla 11 recoge las percepciones sobre la importancia que la sociedad española atribuye al cambio climático. En general, el 74,8 % de los encuestados considera que la preocupación social es insuficiente, el 17,8 % la considera adecuada y el 5,9 % excesiva. Las percepciones varían según la intención de voto. La percepción de insuficiencia es más pronunciada entre los simpatizantes de Sumar (88,2 %) y del PSOE (84,6 %), seguidos de los votantes del PP (69,9 %). Por el contrario, los simpatizantes de Vox muestran una distribución más dispersa, con un 38,0 % que indica insuficiencia y un 28,4 % que percibe la preocupación como excesiva. Las diferencias de género muestran una mayor percepción de insuficiencia entre las mujeres (81,3 %) que entre los hombres (70,3 %). La variación entre los grupos de edad es limitada. La tabla 12 presenta las percepciones sobre la importancia que el Gobierno español atribuye al cambio climático. En general, el 61,7 % de los encuestados considera que la actuación del Gobierno es insuficiente, el 23,6 % la considera adecuada y el 11,3 % la considera excesiva. Las percepciones varían según la intención de voto. La percepción de insuficiencia es más frecuente entre los simpatizantes de Sumar (70,8 %), del PP (64,2 %) y del PSOE (53,4 %), mientras que los votantes de Vox muestran un patrón contrastado, ya que el 57,1 % considera que la atención prestada por el Gobierno es excesiva. Las diferencias de género indican una mayor percepción de insuficiencia entre las mujeres (71,5 %) que entre los hombres (54,9 %). La variación entre los grupos de edad es moderada, y se registra una mayor percepción de insuficiencia entre los encuestados más jóvenes. La tabla 13 recoge las respuestas a la afirmación «El cambio climático no me preocupa especialmente porque la ciencia acabará encontrando formas de resolverlo» según la intención de voto, el género y la edad. En general, el 80,6 % de los encuestados se muestra bastante o totalmente en desacuerdo, mientras que el 18,5 % se muestra de acuerdo. El desacuerdo es mayor entre los simpatizantes de Sumar (96,6 %) y del PSOE (90,1 %), en comparación con el 72,6 % de los votantes del PP y el 62,1 % de los votantes de Vox, que muestran los niveles más altos de acuerdo. Las diferencias por género son limitadas, con un desacuerdo ligeramente mayor entre las mujeres (82,7 %) que entre los hombres (79,2 %). Por edades, el desacuerdo es más pronunciado entre los encuestados de entre 18 y 34 años (89,5 %).




En las figuras 1 y 2 se muestran los patrones de actitud según la intención de voto. El grado de acuerdo con las afirmaciones S1, S2, S3 y S5 es mayor entre los votantes de izquierdas, especialmente entre los de Sumar y el PSOE. Por el contrario, las afirmaciones S4, S6 y S7 cuentan con un mayor grado de acuerdo entre los votantes de derechas, especialmente entre los de Vox y, en menor medida, entre los del PP. Las distribuciones indican una clara segmentación partidista en las actitudes relacionadas con el clima.


Debates
El presente estudio demuestra que la polarización política desempeña un papel decisivo en la configuración de las actitudes y las orientaciones políticas en materia climática en España, influyendo tanto en el discurso de los partidos como en la opinión pública. El análisis combinado de los programas electorales —para comprender las preferencias de los partidos políticos en materia de política climática— y de los datos de las encuestas muestra que la alineación ideológica determina no solo los niveles de preocupación por el cambio climático, sino también los marcos interpretativos a través de los cuales se entienden la responsabilidad, la urgencia y la viabilidad de las políticas. Estos resultados sitúan a España firmemente dentro de las tendencias europeas más amplias de polarización en la política climática. El análisis de los programas electorales de las elecciones generales de 2023 revela una clara división ideológica en cuanto a la importancia que se atribuye a las políticas climáticas. Los partidos de derecha (PP y Vox) expresan niveles de preocupación por el cambio climático antropogénico sustancialmente más bajos que los partidos de izquierda (PSOE y Sumar), un patrón coherente con numerosas investigaciones europeas (Kulin et al. 2021; Clements 2012; McCright et al. 2015; Huber, 2020). En estas narrativas, el ultranacionalismo converge con el negacionismo climático y la defensa de las infraestructuras de combustibles fósiles, a través de discursos de securitización y marcos nacionalistas, que presentan la mitigación como una restricción impuesta desde el exterior que debilita al Estado-nación. Este encuadre sirve para deslegitimar la política climática, al tiempo que refuerza los proyectos políticos excluyentes asociados al auge de los partidos autoritarios, antidemocráticos y xenófobos en toda Europa. La Nueva Derecha (Vox) promueve narrativas obstruccionistas especialmente explícitas, presentándolas a menudo como imposiciones ideológicas que amenazan el crecimiento económico y el orden social tradicional, en un intento de justificar la inacción política (Almirón y Moreno, 2022; Planelles, 2023). Comprender el apego nostálgico de la extrema derecha a la modernidad nacional-industrial ayuda a explicar el creciente apoyo a la obstrucción climática, ya que las visiones idealizadas del pasado proporcionan seguridad ontológica en tiempos de incertidumbre, al tiempo que vinculan la inacción climática a proyectos más amplios de racismo y antifeminismo (Vowles 2026). Los partidos de extrema derecha presentan las regulaciones climáticas y las medidas de mitigación como actos de fe ciega o fanatismo ideológico, supuestamente impuestos a la sociedad por la izquierda política y las élites científicas mundiales. Esto socava la legitimidad de la ciencia y las políticas climáticas.
El nacionalismo y el ultranacionalismo constituyen obstáculos importantes para una acción climática eficaz, ya que anteponen los intereses nacionales a corto plazo y las reivindicaciones de soberanía a la cooperación multilateral necesaria para abordar los problemas transfronterizos y globales (Conversi, 2020). Según Daniele Conversi (2024), el término «ecofascismo» resulta analíticamente inadecuado para describir a los partidos ultranacionalistas y de la Nueva Derecha dentro del marco de obstruccionismo climático desarrollado en este artículo. Los proyectos políticos de estos partidos están estructuralmente arraigados en el racismo, el imperialismo y el colonialismo —históricamente entrelazados con el extractivismo y la explotación de recursos—, lo que hace que cualquier calificativo «eco-» resulte contradictorio. En cambio, el concepto de «fascismo fósil», propuesto por Malm y el Colectivo Zetkin (2022), capta con mayor precisión la configuración principal de la obstrucción climática, en la que el ultranacionalismo palingenético moviliza la negación del cambio climático, defiende la extracción de combustibles fósiles y minerales, y normaliza el consumo masivo. Sin embargo, la contribución central de este estudio radica en demostrar que los discursos de retraso climático que promueven soluciones no transformadoras o incrementales, en lugar de la negación rotunda, constituyen el modo dominante de respuesta política en la mayor parte del sistema de partidos español (derecha y vieja izquierda). Incluso cuando los partidos reconocen el cambio climático, a menudo justifican la acción insuficiente dando prioridad a la adaptación frente a la mitigación, a las medidas voluntarias o a futuras soluciones tecnológicas frente a reformas estructurales inmediatas. Este patrón respalda los estudios recientes que muestran que el retraso climático contemporáneo opera menos a través del rechazo rotundo que a través del aplazamiento y de una manera más sutil dentro de la gobernanza del capitalismo climático. En todo el espectro político, los partidos pueden evitar medidas climáticas restrictivas en gran medida debido a los costes electorales previstos y a la oposición de poderosos actores económicos, especialmente las empresas de combustibles fósiles y energéticas, reforzando así la dependencia continuada de los combustibles fósiles. Esto respalda el argumento de que la negación por sí sola es un concepto inadecuado para captar las estrategias de un contramovimiento frente al cambio climático —que incluye a empresas, partidos políticos y think tanks de extrema derecha— que obstaculizan estratégicamente la adopción de políticas climáticas y siembran dudas sobre la ciencia del clima bajo el pretexto de la sostenibilidad ecológica, sin que ello llame apenas la atención (Jacques y Dunlap 2025). En este contexto, el optimismo tecnológico debe considerarse una estrategia conceptual clave para la inacción frente al cambio climático. De hecho, el optimismo tecnológico se perfila como un mecanismo transversal clave del retraso no transformador en España. Más allá de las ideologías políticas, los programas electorales se basan en la expectativa de que la innovación desvinculará el crecimiento económico continuo de los impactos medioambientales, aplazando así el cambio transformador. Estas dinámicas se ven reforzadas aún más por el planteamiento de soluciones ecológicas basadas en el mercado, como la movilidad eléctrica, el comercio de derechos de emisión y las tecnologías del hidrógeno. Aunque se presentan como soluciones climáticas, estas estrategias suelen reproducir las asimetrías de poder existentes y generar nuevas formas de injusticia medioambiental, reforzando las dinámicas del colonialismo verde a través de la extracción a gran escala de minerales estratégicos en el Sur Global. La ausencia casi total de un análisis crítico de las dimensiones coloniales de la transición energética en los programas electorales de la derecha (PP y Vox) y de la vieja izquierda (PSOE) pone de relieve cómo la política climática sigue estando limitada por narrativas neoliberales y nacionalistas. La investigación empírica indica que las mejoras en la eficiencia rara vez han conducido a una reducción del impacto medioambiental, ya que los beneficios se ven constantemente contrarrestados por el crecimiento económico y demográfico a través de los efectos rebote. Por lo tanto, la eficiencia tecnológica por sí sola es insuficiente para abordar la degradación medioambiental dentro de un marco económico basado en el crecimiento. Aunque las mejoras en la eficiencia son una parte necesaria de las transiciones hacia la sostenibilidad, solo son efectivas cuando la economía se reorienta hacia la suficiencia (von Weizsäcker et al., 2009). En los modelos de suficiencia, las mejoras de productividad se utilizan para reducir el uso de recursos y energía, en lugar de aumentar el consumo de materiales. Por otra parte, la Nueva Izquierda (Sumar) propone un marco de política climática de crecimiento verde, que integra la mitigación, la adaptación, la transición energética, el transporte público, la participación y la educación dentro de una narrativa de transición justa. Y, sin embargo, a pesar de sus orígenes en los movimientos de base y sociales, Sumar enmarca la acción climática dentro de una agenda del «New Deal Verde» posibilista que da prioridad a soluciones incrementales, tecnocráticas y compatibles con el crecimiento para minimizar el riesgo electoral. Las intervenciones estructurales, como la reducción del consumo de energía y materiales, o la adopción de vías de decrecimiento o poscrecimiento, siguen siendo marginales. Esta orientación se ve reforzada por la creciente criminalización y deslegitimación de los movimientos climáticos radicales, lo que reduce el espacio político para las reivindicaciones disruptivas y desalienta la intervención decisiva en momentos críticos (Lederer et al. 2024), lo que conduce al reconocimiento generalizado de la hostilidad persistente hacia la acción climática que desde hace tiempo caracteriza tanto a los discursos como a las agendas políticas de la Vieja y la Nueva Derecha (Conversi 2024). En consecuencia, incluso las agendas climáticas más progresistas corren el riesgo de reproducir las condiciones de retraso que formalmente pretenden superar.
Los resultados de la encuesta reflejan y acentúan las marcadas divisiones ideológicas en las actitudes respecto al cambio climático entre el electorado español. Si bien el reconocimiento público del cambio climático antropogénico en España es elevado (el 86,8 % de los encuestados está «totalmente de acuerdo» o «bastante de acuerdo»), lo que concuerda con conclusiones anteriores (Arroyo-Barrigüete et al., 2023), las actitudes respecto a la responsabilidad y la acción están marcadamente polarizadas en función de las ideologías políticas. Los votantes de orientación de izquierdas (PSOE y Sumar) muestran un alto grado de acuerdo con las afirmaciones que reconocen la gravedad del cambio climático, sus orígenes antropogénicos y el papel central de los combustibles fósiles, y también muestran un mayor apoyo a dar prioridad a la protección del medio ambiente frente al crecimiento económico. Por el contrario, los votantes de la Nueva Derecha (Vox) muestran sistemáticamente niveles más bajos de acuerdo en todas estas dimensiones. También muestran una mayor aceptación de la extracción de recursos como un hecho inevitable de la vida, una mayor confianza en las soluciones tecnológicas, un mayor escepticismo hacia la gobernanza climática y una percepción más marcada de una atención gubernamental excesiva. Estos patrones son coherentes con lógicas obstruccionistas y dilatorias. Los votantes de la Vieja Derecha (PP) ocupan una posición intermedia. Aunque reconocen en líneas generales el cambio climático, se muestran más reticentes a respaldar medidas transformadoras y se inclinan por seguir actuando como hasta ahora y por las narrativas basadas en el mercado. Las personas con opiniones de derechas pueden mostrarse más escépticas respecto al cambio climático antropogénico, ya que las estrategias para mitigarlo suelen implicar una mayor intervención estatal y restricciones al consumo, lo que entra en conflicto con las visiones del mundo individualistas y los estilos de vida dominantes de alto consumo. Este patrón se corresponde con lo que la literatura conceptualiza como una «obstrucción primaria» (Ekberg et al. 2022). Estos resultados son similares a los de Poortinga et al. (2011), quienes observaron que el escepticismo climático era especialmente frecuente entre las personas políticamente conservadoras con valores tradicionales, y menos común entre las personas con valores medioambientales. En consonancia con la investigación académica más amplia, la identificación con un partido y la orientación ideológica son los predictores más sólidos de las creencias sobre el clima y las preferencias políticas (Tranter y Booth, 2015; Hornsey et al., 2016; Arroyo-Barrigüete et al., 2023). Los indicadores demográficos muestran diferencias que son secundarias respecto a las divisiones partidistas, ya que los encuestados más jóvenes tienden a expresar una mayor preocupación y a atribuir el cambio climático a causas humanas. A pesar del reconocimiento abrumador por parte de los encuestados más jóvenes de que el cambio climático es real y de que tiene una causa antropogénica, impulsada por el uso de combustibles fósiles, también son los más propensos a rechazar que se dé prioridad a la protección del medio ambiente frente al crecimiento económico y a considerar que la extracción continuada de recursos es inevitable para el progreso humano. Esto pone de relieve una combinación paradójica de elevada concienciación climática, desconfianza institucional y reticencia hacia el cambio estructural. Existen diferencias de género: las mujeres son más propensas que los hombres a percibir el cambio climático como urgente (el 88 % frente al 81 %). Estas disparidades vienen determinadas por los roles sociales y los valores cívicos, ya que las mujeres suelen dar prioridad a la comunidad, la responsabilidad intergeneracional y la salud medioambiental (Arora-Jonsson 2011), mientras que los hombres de los países más ricos se ven más influidos por el optimismo tecnológico y muestran menores niveles de preocupación por el cambio climático (Bush y Clayton 2023). Estudios similares muestran que los datos demográficos desempeñan un papel significativo. Los hombres blancos conservadores son mucho más propensos a mostrarse escépticos ante el cambio climático, y esta asociación es más fuerte entre quienes tienen opiniones contrarias a la inmigración (Krange et al., 2019). Es importante señalar que estas dinámicas de polarización van más allá del escepticismo explícito. Aunque la mayor parte del electorado reconoce la gravedad del cambio climático, muchos encuestados, especialmente entre la derecha, expresan dudas sobre la eficacia de la acción individual o colectiva. Esto refleja una lógica de «parásito» que retrasa la asunción de responsabilidad hasta que otros actúen primero, reforzando así la inacción a pesar del reconocimiento generalizado de la crisis climática. Incluso entre los votantes de izquierdas persiste la ambivalencia respecto al cambio de estilo de vida y al uso de los recursos, lo que indica que esta tendencia no se limita a la extrema derecha, sino que está arraigada en las normas sociales dominantes. La reticencia de España a adoptar los cambios de estilo de vida necesarios para evitar una catástrofe climática debe entenderse en el contexto del afianzamiento de una «cultura del usar y tirar» desde la década de 1960, lo que ha llevado a que el consumo excesivo y el carácter desechable se conviertan en la norma en las sociedades capitalistas avanzadas (Clark y Alford, 2019). Esto pone de relieve una cuestión clave en la política climática: aunque se reconoce ampliamente la urgencia de la crisis climática, sigue existiendo un escepticismo significativo sobre si la sociedad es capaz de realizar —o está dispuesta a realizar— los cambios de comportamiento necesarios para abordarla. Estas respuestas sugieren que la inacción y la obstrucción en materia climática deben entenderse no solo como una consecuencia de la creciente influencia del movimiento contrario al cambio climático, sino también como una característica sistémica de las sociedades capitalistas que dan prioridad al beneficio individual y al crecimiento. La opinión pública refleja contradicciones similares: aunque la mayoría reconoce el cambio climático antropogénico y exige una acción gubernamental más firme, segmentos significativos de la población siguen resistiéndose a los cambios en el estilo de vida y consideran inevitable la explotación de los recursos. La dificultad de España para adoptar los cambios de estilo de vida necesarios para evitar una catástrofe climática debe entenderse teniendo en cuenta la consolidación de una cultura del usar y tirar desde la década de 1960, que ha normalizado estructuralmente el consumo excesivo y el carácter desechable en las sociedades capitalistas avanzadas (Clark y Alford, 2019). En conjunto, estos hallazgos ponen de relieve la naturaleza estructural de la minimización de las políticas climáticas estructurales. Esto tiene su origen en la intersección de ideologías como el capitalismo, el patriarcado y el ultranacionalismo, que, en conjunto, sustentan la resistencia al cambio transformador.
Conclusiones
Los resultados muestran que los partidos y votantes de derecha recurren sistemáticamente al optimismo tecnológico y a la soberanía nacional para justificar el retraso y la obstrucción en materia climática, presentando la innovación tecnológica y el nacionalismo como alternativas a la adopción de compromisos de mitigación. Al mismo tiempo, tanto la Vieja como la Nueva Izquierda reproducen en gran medida paradigmas orientados al crecimiento, al evitar las narrativas de decrecimiento o poscrecimiento más allá de las fachadas retóricas «más verdes». Esta convergencia refleja el carácter bifronte del nacionalismo, que permite simultáneamente agendas desarrollistas y formas de nacionalismo verde que se apropian selectivamente de los objetivos medioambientales, al tiempo que preservan los modelos extractivistas y basados en el crecimiento (Conversi 2020).En el caso español, marcado por una fuerte política territorial y tensiones entre lo regional y lo nacional (Enguer 2025), esta dinámica facilita el lavado verde en todo el espectro ideológico, donde la ambición climática se afirma simbólicamente pero se ve limitada estructuralmente, lo que refuerza el retraso en lugar de propiciar un cambio transformador. Este artículo muestra que, aunque la mayoría de los ciudadanos en España acepta el consenso científico sobre el cambio climático antropogénico (86,8 %), sigue existiendo una resistencia significativa a los cambios de estilo de vida y estructurales necesarios para abordarlo (70,5 %). Estas contradicciones se reflejan en los programas electorales, donde el reconocimiento del cambio climático coexiste con la evitación sistemática de medidas transformadoras. Al vincular el discurso de los partidos con las actitudes de los votantes, se pone de manifiesto que la orientación ideológica es fundamental: la polarización determina las creencias, las percepciones de responsabilidad, las preferencias políticas y la apertura al cambio estructural. La Nueva Derecha y sus votantes promueven una narrativa obstruccionista, movilizando imaginarios patriarcales y la exaltación de los discursos patrióticos. Tanto la Vieja como la Nueva Derecha tratan de eludir las regulaciones y, por lo tanto, se oponen a una intervención gubernamental decisiva en materia medioambiental. Este artículo cuestiona varios conceptos erróneos arraigados en la literatura, especialmente en las corrientes de la geografía política orientadas al negacionismo, al demostrar que la noción de un ecofascismo de extrema derecha emergente es analíticamente inconsistente. Esto se debe a que los movimientos de extrema derecha están fundamentalmente arraigados en el extractivismo, la dependencia de los combustibles fósiles y la obstrucción climática, más que en cualquier ideología ecológica coherente. El retraso climático, por lo tanto, se perfila como una característica estructural de las democracias capitalistas contemporáneas, más que como un fenómeno puramente partidista de la derecha. Está arraigado en paradigmas orientados al crecimiento y en enfoques tecno-optimistas en todo el espectro político. En consecuencia, las medidas transformadoras, como la reducción de sectores económicos innecesarios y la disminución del consumo de energía y materiales, siguen siendo marginales a pesar de las diferencias ideológicas entre los partidos. La polarización política complica aún más el proceso de creación de consenso en España, lo que pone de relieve la necesidad de procesos inclusivos y deliberativos capaces de abordar las barreras sociales y culturales que se interponen en la acción climática. En general, estos resultados sugieren que los cambios de comportamiento voluntarios por sí solos resultan insuficientes para hacer frente a la crisis climática cuando se enfrentan a una poderosa maquinaria obstruccionista. Un progreso significativo requiere, por lo tanto, una transformación estructural hacia vías ecosocialistas alternativas que desafíen la lógica del extractivismo y la acumulación de capital, demostrando que existen alternativas no basadas en combustibles fósiles y no extractivistas para desarrollar una buena vida y sociedades prósperas. Las futuras investigaciones deberían examinar cómo el creciente apoyo a la derecha, especialmente entre los votantes más jóvenes, moldea las percepciones sobre la urgencia climática y alimenta la resistencia a transformar los estilos de vida de alto consumo, así como la forma en que el creciente apoyo a los partidos ultranacionalistas condicionará la agenda política climática para reducir las industrias ecológicamente perjudiciales que contribuyen poco al bienestar humano.
Referencias: En el artículo original en inglés
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