Cómo acabar con nuestra adicción al crecimiento

Por Tim Jackson, 17 de mayo de 2017

resilience.org

Un crecimiento económico sin fin, que durante mucho tiempo ha sido el grito de guerra del paradigma convencional, está poniendo en peligro nuestro futuro. El economista ecológico Tim Jackson, autor de “Prosperidad sin crecimiento: Fundamentos para la Economía del Mañana”, explora la necesidad de una economía postcrecimiento junto con Allen White, investigador principal en el Instituto Tellus.

Tim Jackson (TJ).- Usted es un reconocido líder en el campo de la economía postcrecimiento, sin embargo, comenzó su carrera en el campo de las matemáticas y la filosofía. ¿Qué le llevó a este cambio de enfoque?

Allen White (AW).- La física en el Reino Unido a finales de los años 1980 era un lugar de difícil manejo y totalmente insatisfactorio. No encontré ninguna alegría en el ámbito académico, que no estaba interesado por aquellas ideas que a mí me atraían. En ese momento también sentía una profunda pasión por el teatro, y la BBC expuso parte de mi trabajo. Después de doctorarme, me mudé a Londres para ganarme la vida como autor teatral.

Me pareció una buena idea, al menos hasta que recibí mis primeros sueldos. Tuve que realizar extraños trabajos para poder complementar mis escasos ingresos, cuando en abril de 1986 el cuarto reactor de Chernobyl sufrió una fusión del núcleo. Este acontecimiento estimuló mi interés por la Economía, la tecnología y el medio ambiente, y me inspiró el hacer una visita a Greenpeace, donde expresé mi escepticismo por las tecnologías de la energía nuclear y mi deseo de desarrollar y promover alternativas. Empecé a trabajar como voluntario y luego como freelancer, analizando las economía de las tecnologías de las energías renovables. Antes de que me diera cuenta, sin ninguna intención, me convertí en un economista ecológico. El mundo me dijo lo que quería que hiciera. Y no he echado la vista atrás. Después de 30 años, todavía sigo escribiendo obras de teatro. Pero la visita a Greenpeace fue fundamental en mi trayectoria.

TJ.- ¿Tus obras teatrales han ejercido alguna influencia en tu ética ecológica y viceversa?

AW.- Sí, así es, y este intercambio resulta interesante. En 1999 escribí una serie de 30 episodios que la BBC emitió como un thriller ambiental. Reflejaba la tensión entre el desarrollo económico y la resiliencia ecológica. Utilicé los recursos dramáticos para dar voz a las dimensiones no expresadas de mi diálogo interno. En el mundo académico, las evidencias y la racionalidad son fundamentales para obtener conclusiones y avanzar nuevas tesis sobre el funcionamiento del mundo. Es un proceso lógico, pero exento de corazón, que no deja espacio para la emoción o el instinto. Los recursos teatrales me dieron la oportunidad de expresar eso.

En una de mis obras aparece un defensor del desarrollo a cualquier coste. Ha sido probablemente uno de mis personajes más vívidos, y actuó como mi alter ego en un drama ambiental documentado gracias a mi formación académica. Esta y otras obras me han permitido utilizar diferentes personajes para explotar ambos lados de los nexos entre economía y ecología, así como temas relacionados con la psicología social del consumo y la tensión entre altruismo y egoísmo. Mis obras y mis esfuerzos profesionales han sido mutuamente enriquecedores y terapéuticos, un matrimonio entre mente y corazón.

TJ.- En su célebre libro Prosperidad sin crecimiento desacredita la creencia generalizada de que la prosperidad y el crecimiento económico son inseparables. ¿Por qué este creencia tan común resulta errónea y está tan extendida?

AW.- Cuando la Comisión de Desarrollo Sostenible del Reino Unido, en la que estuve trabajando, inició una investigación sobre la relación entre prosperidad y crecimiento, la planteamos como una “redefinición de la prosperidad”. Hablamos sobre cómo el potencial conflicto en una economía basada en el crecimiento y un planeta con un recursos limitados era un tema oportuno, algo esencial que debieran plantearse los gobiernos. Sin embargo, este planteamiento no fue muy bien acogido. Un responsable del Ministerio de Hacienda respondió en una de las primeras reuniones: “Ahora comprendo lo que significa sostenibilidad. Significa volver a vivir en las cuevas. De eso es de lo que se trata, ¿no?”.

Allen White, investigador principal del Instituto Tellus.

Este debate, que se produjo al inicio de la investigación, puso de manifiesto el temor casi visceral que subyacía en los medios políticos a cualquier cuestionamiento del crecimiento, y tuve que aprender a aceptar la legitimidad de tales temores. La Economía, tal y como está actualmente organizada, depende del crecimiento para generar empleos y garantizar una estabilidad financiera. Al mismo tiempo, nuestro sistema financiero, junto con los presupuestos del Gobierno y el control del dinero, sirve como un lubricante que ayudar alcanzar estos objetivos.

La hegemonía de este modelo basado en el crecimiento impide a menudo que la gente cuestione sus supuestos básicos. Dicho de una forma simplista: las creencias convencionales sostienen que todo lo que tenemos depende de este sistema basado en el crecimiento, así que ¿por qué querríamos balancear el bote y situarnos en un camino de regreso hacia las cavernas? Sin embargo, tal y como sostuve al principio de las investigaciones de la Comisión, debemos reconocer abiertamente el dilema en el que estamos atrapados: si el crecimiento sin fin es esencial para la prosperidad, y al mismo tiempo conduce a un desastre ecológico, ¿qué debemos hacer? Trabajar en esta Comisión me recordó en cierto modo al mundo del teatro, un drama en el que los protagonistas no cesaban de repetir: “No toquen el tema del crecimiento, es algo sacrosanto. ¡Quite sus sucias manos de encima!”.

La afinidad estructural, posiblemente psicológica, tal vez religiosa, hacia el crecimiento limita nuestra capacidad de pensar con claridad sobre nuestra actual situación. Durante toda la investigación traté de abrir un espacio, creativo, intelectual y político, para explorar este dilema, que el crecimiento que impulsa la prosperidad erosiona las mismas condiciones previas para su sostenibilidad. Expuse la contradicción entre expansión incesante de los ingresos y los rendimientos, por un lado, y la supervivencia ecológica, por el otro.

TJ.- ¿Usted atribuye el imperativo del crecimiento al sistema capitalista global?

AW.- Hasta cierto punto, sí. Tomemos el ejemplo de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, un trabajo de muchas personas y múltiples reuniones que concluyeron aprobando 17 metas y 169 objetivos específicos. En ellos se establece una relación entre “trabajo digno” y “crecimiento económico”, un reflejo de las creencias convencionales que dominan el discurso político. Por supuesto, esta lógica es comprensible, del mismo modo que los temores hacia una economía postcrecimiento. Sin crecimiento, el argumento sobre la creación de empleo vacila, que producirá un elevado desempleo e inestabilidad social, una receta que puede terminar con la carrera de cualquier político.

Sin embargo, la persistencia de este argumento es algo desconcertante. La compleja relación entre crecimiento y empleo está moderada por la productividad del trabajo y los avances tecnológicos. Sin embargo, los políticos están encerrados en una terna, crecimiento-empleo-prosperidad, una mentalidad que es a su vez rehén de la dinámica del Capitalismo moderno.

Para salir de esta ratonera, necesitamos cuestionarnos las suposiciones fundamentales que guían las modernas sociedades capitalistas. Para afrontar las desigualdades que produce el capitalismo, el argumento común implica más de lo mismo, lo que da lugar, en primer lugar, a más desigualdades. Que el crecimiento desenfrenado continúe para que todos los barcos sigan navegando. Sin él, los pobres no podrán salir de su pobreza, y los Gobiernos no tendrán dinero para sus presupuestos. El Capitalismo es algo sacrosanto, la mejor manera de continuar con el crecimiento. Esta lógica se ha instalado en el corazón de las revistas científicas, así como en las principales ideologías políticas como forma de evitar el estancamiento económico, según la vara de medir convencional. Se trata tanto de un fenómeno sociológico como económico.

TJ.-Ha criticado a los optimistas tecnológicos, que creen que podemos lograr la sostenibilidad disminuyendo las emisiones y el uso de otros recursos, pero sin repensar la economía. ¿Por qué esas soluciones técnicas son insuficientes?

AW.- Estoy asombrado por el optimismo tecnológico, en parte porque hace 30 años yo mismo también era un optimista tecnológico. Pero observé la fisión nuclear y me pregunté: “Tenemos mejores opciones que ésta. Tenemos tecnologías para el desarrollo de las energías renovables, podemos hacer que sean más eficientes; disponemos de otras vías más productivas para el desarrollo tecnológico. ¿Por qué no avanzar en este sentido?

Para mis estudiantes, resulta una perspectiva muy tentadora. Un reciente curso de licenciatura lo ilustré con la respuesta de Ronald Reagan a los Límites del Crecimiento: “No hay límites al crecimiento, porque no hay límites al ingenio humano y la creatividad”. Los estudiantes encontraron esta idea de una creatividad humana sin límites muy atractiva. Les mostré un gráfico que ilustraba la relación entre las emisiones de carbono y el crecimiento económico y lo que se necesitaría para lograr importantes avances en la descarbonización. ¿Cuál fue su respuesta? “Seguramente tendremos las tecnologías para alcanzar nuestros objetivos dentro de unas cuantas décadas”. De hecho, esta fue la respuesta que di yo también hace varias décadas. Pero la dificultad, en la situación actual, es que una transición tan dramática, aunque económicamente y tecnológicamente plausible, no puede darse en una sociedad en las que las tan arraigadas fuerzas del capitalismo de libre mercado y la inercia de las instituciones dominantes comprometen u obstruyen ese cambio necesario.

Durante mi trabajo en la Comisión de Desarrollo Sostenible me di cuenta del apetito insaciable de los seres humanos por consumir, junto con un apetito implacable de los capitalistas por acumular, lo cual alimenta esta emergencia planetaria. A pesar del progreso tecnológico, la impía alianza entre la naturaleza humana y la estructura de las instituciones crea una peligrosa obstrucción que merma las perspectivas de un futuro habitable.

TJ.- En su libro identifica cuatro pilares para una economía postcrecimiento: la empresa como un servicio, el trabajo como participación, la inversión como compromiso y el dinero como un bien social. Explíquenos qué entiende por estos factores y cómo pueden ayudarnos a predecir una nueva economía.

AW.- Estos cuatro pilares surgen del llamado teorema de la imposibilidad, que postula que las estructuras del sistema que actualmente hay, junto con ciertos aspectos de la naturaleza humana, hacen que el mundo postcrecimiento no parezca plausible. Así que estamos obligados a preguntarnos: ¿dónde se encuentra ese espacio de solución?, ¿podemos imaginar una economía en la que la empresa proporcione productos que permitan que la gente prospere sin destruir los ecosistemas, donde el trabajo sea tratado con respeto, sea fuente de motivación y de satisfacción para todos, donde una inversión prudente asegure la prosperidad a largo plazo para toda la humanidad, y donde los sistemas de endeudamiento, préstamo y creación de dinero estén firmemente arraigados en la creación de un valor social a largo plazo, más que en el comercio y la especulación?

Dos de esos pilares han estado presentes en las respuestas a la crisis ambiental, durante más de dos décadas, a saber: la empresa como servicio y el concepto de inversión verde o limpia. En el primer caso, la “servicización” es la idea de que el valor de los materiales, sean químicos, energéticos o forestales, no es algo intrínseco a los materiales mismos, sino que proviene de los servicios que ofrecen, por ejemplo, limpieza, calefacción, iluminación, abrigo, envasado. La nueva reformulación del valor abre una amplia gama de vías hacia la desmaterialización. Percibí este concepto hace ya tiempo a través del concepto de servicios energéticos cuando trabajaba para el Stockholm Environment Institute y Amigos de la Tierra. Es algo que siempre he encontrado transformador, y cuanto más ahondo en este concepto, más me doy cuenta de que se puede aplicar a todo tipo de cosas, incluyendo la nutrición, la salud y la vivienda. He visto aparecer esta idea en la legislación sobre responsabilidad de los productos, incluyendo la readquisición y el arrendamiento de productos. Utilizo el término “servicización” para ilustrar cómo un bloqueo del que aparentemente no se puede salir (crecimiento ilimitado en los rendimientos para satisfacer las demandas de consumo) puede ser superado imaginando suposiciones fundamentales sobre la economía y el comportamiento humano.

En el primer caso, la “servicización”

es la idea de que el valor de los materiales,

sean químicos, energéticos o forestales,

no es algo intrínseco a los materiales mismos,

sino que proviene de los servicios que ofrecen,

por ejemplo, limpieza, calefacción,

iluminación, abrigo, envasado.

En el caso de las inversiones, las tecnologías limpias es un ejemplo obvio y urgente. El concepto básico es que el capital financiero debe servir para un propósito más elevado que el de maximizar las ganancias de la inversión. Durante la crisis financiera, cuando estaba escribiendo el informe de la Comisión de Desarrollo Sostenible, surgió el concepto de Green New Deal. El primer ministro del Reino Unido, que en ese momento era Gordon Brown, llevó esta idea a Davos, constituyendo el núcleo central de su propuesta la de favorecer una inversión masiva en una transición a energías con menores emisiones de carbono.

En el caso de las inversiones, las tecnologías limpias

es un ejemplo obvio y urgente.

El concepto básico es que el capital financiero

debe servir para un propósito más elevado

que el de maximizar las ganancias de la inversión.

Estos dos ejemplos demuestran diferentes maneras de afrontar los problemas ambientales, que ahora nos parecen intratables en una Economía impulsada por el crecimiento. Abriendo nuevas posibilidades para desarrollar formas alternativas de empresa, basadas en nuevas estructuras de propiedad y prácticas de trabajo, desmantelando la idea de que el dinero es un fin en sí mismo en lugar de un medio de intercambio para construir sociedades prósperas. Y desde ahí, las nuevas formas de actividad económica pueden conceptualizarse de tal manera que las actividades humanas cambien su forma de actuar, manteniendo una armonía con la naturaleza en lugar de ser un conflicto.

Los bloques para construir una nueva economía están a nuestro alcance. Si bien las tendencias actuales pueden desesperarnos, la historia está repleta de cambios estructurales que redefinen las relaciones económicas, para bien o para mal. Mi objetivo en la Comisión, y mi trabajo desde entonces, ha sido el de poner en evidencia estas nuevas ideas, esclarecer las posibilidades de desvincular crecimiento y prosperidad. Este nueva forma de repensar puede apuntar a un todo coherente, abriendo así las puestas a cambio estructurales.

TJ.- Usted ha recalcado la alineación del concepto andino de “Buen Vivir” con los principios de la economía postcrecimiento. ¿Qué es el “Buen Vivir, y qué podemos aprender de él?

AW.- Enraizado en las creencias indígenas, el concepto del “Buen Vivir” promueve una forma de vida basada en una coexistencia respetuosa e interdependiente entre los seres humanos y la naturaleza. Habla de una cuestión fundamental, de cómo definimos el bienestar, una cuestión que exploré como parte de mi trabajo en la Comisión bajo el amparo del Grupo de Trabajo Whitehall Well-Being. La premisa de ese grupo era que si tuviéramos un objetivo diferente, tales como el bienestar en lugar de un crecimiento per se, veríamos la prosperidad y las políticas para lograrla bajo un prima diferente. Este concepto surgió en el Reino Unido al mismo tiempo que el “Buen Vivir” se convirtió en un proyecto político nacional en Ecuador, aunque no estuve al tanto de tal concurrencia.

Los años de investigación sobre el bienestar me han proporcionado importantes conocimientos sobre la red de relaciones entre ingresos y factores como el bienestar, la educación y la esperanza de vida. Este conjunto de trabajos ha identificado una especie de “punto óptimo” que está casi exclusivamente ocupado por las naciones latinoamericanas, donde los países han alcanzado altos niveles de bienestar a pesar de unos niveles de ingresos relativamente bajos. Una cierta mezcla de condiciones culturales, sociales y políticas ha permitido a estos países, muchos de ellos de pequeña y mediana renta, desvincular la prosperidad del crecimiento. Chile, Costa Rica y Cuba en particular vienen a mi mente. En este punto, veo estos ejemplos como un experimento fascinante, pero no necesariamente replicable en países más grandes y otras regiones.

TJ.- Usted ha escrito que “en el momento en el que no se permite cuestionar los supuestos fundamentales de un sistema económico, que es de manera patente disfuncional, termina la libertad política y comienza la represión cultural”. ¿Ve signos de tal represión en el clima político de hoy en día?

AW.- Sí, así es. Lo que está sucediendo hoy en día se puede atribuir en gran medida al fracaso del capitalismo basado en el crecimiento. Es algo perverso pensar que podemos salvarlo volviendo a una versión sobrealimentada del mismo sistema, algo de misoginia, algo de racismo, xenofobia y populismo, todo ello añadido a la mezcla. Veo esto como intentar articular el fracaso del sistema, el mismo fracaso que intenté articular hace casi una década.

Hubo manifestaciones de izquierda, tales como el movimiento Ocuppy que fue una respuesta a las recompensas que recibieron los arquitectos de la crisis financiera en forma de paquetes de rescate, mientras que vimos cómo se reducían las inversiones sociales que beneficiaban a las clases más pobres. Las medidas de austeridad estaban despojando de las infraestructuras para el bienestar básico de los pobres y la clase media, que habían quedado económica y socialmente abandonados. Desgraciadamente, algunas de esas personas se han reconvertido en manifestantes que apoyan a una derecha populista. En los Estados Unidos, esas personas desilusionadas dieron su apoyo a un multimillonario, falso y elitista. Resulta algo paradójico, pero el problema radica en no abordar las deficiencias estructurales del sistema. Todavía tenemos dificultades para abrir debates sobre la naturaleza del sistema, para cuestionar las influencias políticas que buscan perturbar un capitalismo fallido que sigue generando una creciente desigualdad. Eso es para mí represión cultural, y debemos luchar contra ella. De alguna manera, supone un regreso a mi propósito inicial de fomentar un diálogo postcrecimiento: crear el espacio político para este debate que creo es uno de los más importantes de nuestro tiempo.

TJ.- ¿Cómo ve el vínculo entre la economía postcrecimiento y lo que llamamos la Gran Transición, una transformación social basada en el bienestar, la solidaridad y la resiliencia ecológica?

AW.- Veo ambas estrechamente conectadas y mutuamente enriquecedoras. La iniciativa de la Gran Transición surgió para proporcionar un espacio seguro para explorar otro futuro, un ejercicio cada vez más importante que necesita protección durante un período en el que la esperanza y la imaginación son valores escasos. Como he visto la evolución de la Gran Transición, lo que se ha escrito sobre ella y los debates que ha habido, siento admiración por el espacio de seguridad que se ha creado. Sin embargo, debemos reconocer que si bien este enclave de pensamiento puede ser muy reconfortante y esencial para nosotros como comunidad, debemos evitar la excesiva comodidad. Debemos explorar espacios inseguros, así como reunirnos dentro de los seguros. Debemos llevar nuestros debates más allá de los límites de nuestra zona de confort, un desafío que requiere de mucho trabajo y un amplio compromiso. Pero sin tal expansividad no daremos al mundo lo que más necesita: un poderoso sentido de que es posible el cambio, persuasivo y plausible.

———————————————