
«¿La conquista del espacio aumentó o disminuyó la estatura del hombre?» [1]
Esta pregunta se dirige al lego, no al científico, y se inspira en la preocupación del humanista por el hombre, diferenciada de la preocupación del físico con respecto a la realidad del mundo físico. Para entender esta última parece necesario pedir no sólo la renuncia a una visión del mundo antropocéntrica o geocéntrica, sino también una eliminación radical de todos los elementos y principios antropomórficos, tal como surgen del mundo que perciben los cinco sentidos humanos o de las categorías inherentes a la mente humana. La pregunta da por sentado que el hombre es el ser más alto que conocemos, una idea que hemos heredado de los romanos, cuya humanitas era por completo ajena a la mentalidad de los griegos, que ni siquiera tenían una palabra para este concepto. (La causa de la ausencia de la palabra humanitas en el vocabulario y en el pensamiento griegos era que, a diferencia de Roma, Grecia nunca pensó que el hombre fuera el ser más elevado del mundo. Aristóteles considera atopos, «absurdo», este concepto.) [2] Esta visión es aún más ajena al científico, para quien el hombre no es más que un caso especial de la vida orgánica y para quien el hábitat humano —la tierra, junto a las leyes con ella relacionadas— no es más que un caso límite especial de leyes absolutas, universales, es decir, leyes que rigen la inmensidad del universo. Por cierto que el científico no puede permitirse la pregunta de cuáles serían las consecuencias de sus investigaciones para la estatura (o, en todo caso, para el futuro) del hombre. La ciencia moderna se precia de haber sido capaz de liberarse por entero de todas esas preocupaciones antropocéntricas, o sea, verdaderamente humanistas.
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