
INTRODUCCIÓN
(Tomo 7 de las «Obras Completas» de Bakunin)
Procedencia del texto: acracia.org, 6 de enero de 2026
[Finalmente la editorial Imperdible decidió no publicar esta introducción]
Laura Vicente
La publicación de las obras completas de Bakunin es un reto y debemos celebrar que la editorial Imperdible se haya lanzado a esta tarea. Dicho lo cual, Bakunin es una persona, como cualquier otra, condicionada por la época en la que vivió, las circunstancias que le afectaron y, como señala Miguel Benasayag1, la experiencia vital es metabolización y cuerpo autoafectado. No es lo mismo tener información que hacer la experiencia y Bakunin siempre dio más valor a la experiencia que a la información sin despreciar esta.
Leer a Bakunin desde el siglo XXI significa comprender que su figura tiene aspectos actuales, pero otros obsoletos. No pretendo hacer una revisión prolija de unos y otros sino centrarme en aquellos aspectos que más atraen mi interés (también yo condicionada por las circunstancias que me afectan) y que, de una forma u otra, el azar ha puesto en mi camino al prologar este séptimo tomo y no otro.
Entre mis intereses, desde hace muchos años, figura tener en cuenta la situación de la mitad de la humanidad tanto tiempo ignorada. En este sentido, el siglo de Bakunin, el XIX, tenía unas leyes en Europa que establecían el dominio masculino y la desigualdad femenina: las mujeres carecían de la ciudadanía (derechos políticos y civiles), tenían restricciones para acceder a la propiedad, la herencia, la educación, el trabajo, etc., y su presencia en los espacios públicos estaba limitada a la vez que se mantenía su dependencia del hombre (padre, marido, hijo). Las mujeres tenían la consideración jurídica de eternas menores de edad.
El Código Civil de Napoleón (1804) muy influyente en países como Italia, Países Bajos, Suiza, Bélgica, Alemania y España, decía, por ejemplo:
«(…) el marido debe a su esposa protección, y la esposa debe a su marido obediencia; (…) la esposa (…) no puede dar, facilitar o hipotecar o adquirir propiedad (…) sin que el marido se hiciera partícipe en la transacción o diera su consentimiento escrito».
A las leyes se unían otros mecanismos culturales de control social informal más difíciles de detectar y de cuestionar, por ejemplo, el modo en que se representaba la feminidad. Se construyeron imágenes de la mujer de inferioridad (tanto intelectual como física) y de subordinación. La feminidad quedaba definida por la ternura, la abnegación y la dedicación a los demás, frente al raciocinio, el interés propio y el individualismo, que eran el epicentro de la masculinidad. La identidad femenina no podía pensarse fuera del matrimonio y, por tanto, dentro del ámbito del hogar el discurso de la domesticidad le negaba su perfil de trabajadora. Las tareas domésticas no se valoraban como trabajo.
Bakunin, como filósofo, tenía otras preocupaciones, su interés era la libertad tanto en el orden social como personal. La libertad permitía actuar según los dictados de la propia voluntad, lo cual derivaba en la soberanía individual. Consideraba que el ser humano nunca era un medio, sino un fin en sí mismo, que tenía el derecho inalienable de buscar la verdad a través de la libertad. Para consolidar la idea de libertad individual era necesaria la muerte de lo absoluto, es decir, de cualquier principio trascendente superior, fuera Dios, el rey, el Estado, la nación, o cualquier otro.
La libertad individual, opuesta a la autoridad, era partidaria de la colaboración entre soberanos individuales llevada a cabo voluntariamente a través de la armonía natural, de origen ilustrado, y el racionalismo liberal. Era difícil dejar fuera de esa soberanía individual a las mujeres y Bakunin no lo hizo, apostando desde muy pronto por una postura emancipadora en relación a la situación de opresión del sexo femenino y desarrollando un pensamiento crítico con el orden privado que legitimaba el matrimonio monógamo y la familia burguesa.
En «La mujer, el matrimonio y la familia», Bakunin explicó de forma más académica la igualdad social de la mujer con el hombre que requería la abolición de la legislación que, como hemos dicho, consideraba a la mujer un ser inferior y dependiente. Este cuestionamiento de las leyes familiares y matrimoniales condujo a Bakunin a una clara defensa de las uniones libres basadas en el respeto humano y la libertad de dos personas que se aman2.
Que Bakunin y el anarquismo mayoritario defendieran dichas posiciones igualitarias y respetuosas, no significa que fueran impenetrables al deseo hegemónico dominante y que las mujeres anarquistas fueran consideradas iguales por sus compañeros. Su situación de postergación e inferioridad despertó poco interés en los proyectos revolucionarios anarquistas. Como se recoge en este volumen la atención de los anarquistas se centraba en temas teóricos y organizativos que poco tenían que ver con la dominación de las mujeres, el racismo, las identidades sexuales, etc.
Serguéi Gennádievich Necháyev (1847-1882), asociado con los movimientos nihilista y anarquista, nunca declaró un credo ideológico ni filosófico, en momentos de su vida y obra se acercó a estos, pero en otros momentos lo que hace es una apología del simple terrorismo. Su preocupación, casi podríamos decir obsesión, fue la revolución y el tipo de organización que la haría posible.
Mijaíl Aleksándrovich Bakunin (1814-1876), fundó la Alianza Internacional de la Democracia Socialista (AIDS) en septiembre de 1868 en Ginebra, Suiza. Se la considera la primera organización anarquista de la historia. «La Alianza», buscaba crear y estimular organizaciones de masas como la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) que agrupaba sociedades obreras de resistencia con finalidad revolucionaria. Pero, por otro lado, «la Alianza» pretendía articular una organización política, un pequeño «partido», como dijo Bakunin, que tuviera como objetivo reforzar el carácter revolucionario de dichas sociedades obreras.
«La Alianza» se disolvió a los cinco meses de su creación porque su carácter internacional era incompatible con la AIT también internacionalista (se sospecha, no obstante, que pudo existir clandestinamente un tiempo indeterminado).
Necháyev y Bakunin se conocieron, su prioridad era la revolución y todo aquello que era necesario para conseguir su triunfo (organización, estrategia revolucionaria, proyecto de revolución, etc.). Ambos escribieron un catecismo, texto de instrucción elemental que pretende adoctrinar, escrito con frecuencia en forma de preguntas y respuestas. El de Necháyev se titula: «Catecismo del revolucionario», el de Bakunin: «Catecismo revolucionario», la diferencia entre ambos es notable puesto que el primero marca el perfil del revolucionario y el de Bakunin el de la revolución.
El catecismo de Necháyev es un texto breve que se estructura en cuatro apartados centrados en la actitud del revolucionario hacia sí mismo, hacia sus camaradas, hacia la sociedad y hacia el Pueblo. El pilar del texto es que «la única pasión del revolucionario es la revolución», todo queda supeditado a «la causa», por supuesto las personas también. Divide a estas en seis categorías y una de ellas son las mujeres que separa de las otras cinco que están dedicadas todas a los hombres. Las mujeres son divididas a su vez en tres grupos: el primero está formado por las «cabezas huecas», inconscientes y desalmadas (no hay hombres de esta especie puesto que los define por su posición social o sus posturas políticas). El segundo grupo son las mujeres «apasionadas, devotas y talentosas», la mayoría no son útiles para la revolución porque «no poseen aún una comprensión cabal, austera y revolucionaria». Por último, están las mujeres «nuestras» que han aceptado nuestro programa y están totalmente dedicadas a él, las únicas que son útiles para la revolución.
El catecismo de Bakunin es muy diferente puesto que se centra en señalar aquello que debe abolirse de la sociedad del siglo XIX y las bases de la revolución y de la sociedad resultante. La libertad, la igualdad, la justicia social son aspectos que marcan cómo debe ser la sociedad revolucionaria. En ella las mujeres aparecen mencionadas esporádicamente, pero con claridad: «La mujer, diferente al hombre, pero no inferior a él, inteligente, trabajadora y libre como él, es declarada igual al hombre en todos los derechos como en todas las funciones y deberes políticos y sociales». Pese al igualitarismo que se proclama, las mujeres aparecen asociadas (en artículos sucesivos a los de los derechos) a la familia, la reproducción y la educación de las criaturas.
Ni para Necháyev ni para Bakunin las mujeres ocupan un papel relevante en la revolución a la que se dedican con devoción. La revolución que persiguen es masculina, ellos la piensan (y la sueñan), ellos son el sujeto de la revolución, ellos la protagonizan y ellos la relatan e interpretan a posteriori.
Es una revolución con planteamientos mesiánicos que provoca un desplome de la vieja sociedad, de ahí el mito de la «gran noche» en la que sucede todo. Una vez iniciada la revolución, se ve sujeta al modelo de sociedad que se aspira a construir (de ahí que la denominemos revolución modelizada) y que condiciona los pasos que se dan más que la realidad que se vive. El nuevo orden social se representa como pleno de armonía, de libertad, de igualdad y de justicia social para la humanidad.
En esta manera de entender la revolución, las ideas dirigen las acciones situadas. De ahí que para llevar a cabo la actividad revolucionaria sea preciso la elaboración de una estrategia que, la «minoría activa» organizada, se encargaría de introducir en las organizaciones de masas. La «minoría activa» es capaz de ver en su totalidad, mientras que quienes habitan en las realidades concretas, las «masas», solo ven las partes. Es el clásico paradigma de la izquierda de que se puede leer toda la situación y la orientación que se debe tomar. El único propósito de la acción política, por tanto, es producir algo que pueda ser previsto o planeado estratégicamente por anticipado.
Este planteamiento parte de una secuencia de causalidad que configura una idea lineal del tiempo bien conocida: pasado (en el que hubo opresión), presente (hay lucha por la liberación) y futuro (la liberación conducirá a un nuevo orden). El final está, de algún modo, contenido en el comienzo. Es una lectura historicista, que legitima o deslegitima los movimientos según su participación o no, en el «sentido de la historia». Cuántas huelgas, ocupaciones de fábricas, sublevaciones populares o insurrecciones locales fueron sacrificadas, abandonadas o incluso aplastadas en nombre de la razón superior de la «minoría» que sabía por donde pasaba la caprichosa trascendencia revolucionaria. No era bastante con que un combate fuera justo para que fuera válido para el «juicio de la historia».
Para desencadenar la revolución era importante dotarse de organizaciones que la hicieran posible, tanto Necháyev como Bakunin piensan en una organización revolucionaria de carácter político, formada por minorías y con carácter secreto o semisecreto.
Necháyev puso en marcha en 1869 la sociedad secreta Naródnaya Rasprava (Venganza del Pueblo), una organización de camaradas revolucionarios, tal como señala en su catecismo, que debía trabajar para unir a «elementos de la vida popular» que ya protestaban contra el Estado en «una sola fuerza invencible e indoblegable». Su función primordial era conducir al pueblo a una sublevación total, incluso alentando el desarrollo de las calamidades y males que sufría. La tarea de la organización, apoyada por el deseo de venganza del pueblo, era «la destrucción despiadada, terrible, completa y universal» para que otros construyeran la nueva sociedad.
Bakunin por su lado, como ya hemos dicho, participó en la fundación de la Alianza Internacional en 1868 ya que consideraba que la opresión no generaba de forma automática la conciencia revolucionaria. Para que hubiera acciones colectivas que llegaran a tener un contenido revolucionario era necesaria una minoría militante que educara, agitara y organizara a las masas. «La Alianza» pretendía participar en la creación de asociaciones obreras cuyo objetivo era la lucha económica y que tenían su origen en Owen y el cooperativismo inglés, pero también en Proudhon (1ª mitad/mediados del siglo XIX). Este pre-sindicalismo, con la creación de la AIT, empezó a definirse de forma más clara en la línea del sindicalismo radical que podía orientarse hacia planteamientos revolucionarios. «La Alianza» o el propio marxismo trataban de que así fuera.
El sindicalismo de la AIT se fue definiendo a través de la organización y federación de las sociedades obreras de resistencia al capital. Un asociacionismo que algunos sectores pretendían que fuera apolítico para hacer posible la unidad de la clase trabajadora en una misma organización de carácter económico, ya que los intereses materiales eran el lazo natural y permanente que cimentaba su unidad y aseguraba el descubrimiento del verdadero enemigo: el capital.
Sin embargo, las diferentes corrientes que convivían en la AIT pretendían influir y orientar a este sindicalismo hacia posiciones más definidas ideológicamente («la Alianza» de Bakunin por un lado, Marx y sus seguidores por otro) que provocaron finalmente enfrentamientos, división y su desaparición (1876).
Las mujeres tuvieron una escasa participación en la elaboración teórica de la revolución y en las organizaciones creadas para potenciarla, no obstante, hubo un cierto grado de integración femenina tanto en el pre-sindicalismo como en la AIT. De hecho, tomar la palabra en público era en sí mismo algo fuera de lugar para las mujeres, una heterodoxia en sí misma. Pese a ello, núcleos de obreras impulsaron iniciativas que fructificaron en dictámenes como el aprobado por la Federación de la Región Española (FRE), en el Congreso de Zaragoza (1872), titulado «De la mujer». En este texto había una clara oposición a la reclusión de la mujer en el espacio doméstico. El trabajo asalariado era, decía el dictamen, «poner a la mujer en condiciones de libertad» para evitar la dependencia respecto al hombre. Este dictamen afirmaba:
«La mujer es un ser libre e inteligente, y, como tal, responsable de sus actos, lo mismo que el hombre (…) lo necesario es ponerla en condiciones de libertad para que se desenvuelva según sus facultades».
Aun cuando el anarquismo, presente en el internacionalismo, contribuyó a abordar la subordinación femenina y la necesidad de la emancipación de las mujeres, por sus planteamientos de crítica al autoritarismo y la necesidad de construir una sociedad basada en la igualdad y la libertad, en la práctica el papel de las mujeres fue insignificante.
Pese a su presencia minoritaria y su casi nula presencia en las juntas directivas de las sociedades obreras, encontramos mujeres en todos los conflictos sociales, revueltas y procesos revolucionarios que se produjeron en el siglo XIX, brillando con luz propia la Comuna de París y Louise Michel. Las mujeres se preocuparon por el tema social, pero lo ampliaron reflexionando y practicando una sexualidad libre, una maternidad consciente, el control de la natalidad y todo el amplio campo de los «cuidados» entendidos como gestión de la vida que abarca mucho más que los cuidados familiares y domésticos.
Su concepción de la revolución, presente en tiempos de Necháyev y Bakunin, fue ignorada por sus compañeros anarquistas pese a que afloró aquí y allí sin ser un planteamiento hegemónico dentro del movimiento anarquista. Esta concepción de la revolución está presente en sus acciones y en sus saberes, «saberes menospreciados», «saberes miserables», como señalaba posteriormente Foucault. Todo ello fue configurando el feminismo obrerista y anarquista representado por mujeres como Lucy Parsons, Voltairine de Cleyre, Emma Goldman, Teresa Claramunt y otras.
Varios rasgos definen esta manera de entender la revolución, destacaremos tres:
- Son las acciones las que definen la teoría, siempre va primero la acción, y siempre bajo condición de una acción que despliega una nueva potencia cuando una situación anteriormente tolerada se vuelve insoportable. Se considera intrascendente la información, la discusión política e ideológica, la configuración de una estrategia para hacer emerger una situación capaz de despertar la acción del pueblo o de cualquier otro sujeto. Su manera de entender la revolución se basa en que ninguna teoría ha transformado nunca la realidad.
- Cuestionan la secuencia de causalidad que configura una idea lineal del tiempo, que conduce casi inevitablemente a la revolución, momento culminante en que todo se desploma. En esta segunda manera de entender la revolución, los acontecimientos (huelgas, ocupaciones, protestas populares o insurrecciones locales) tienen importancia en sí mismos y no porque ocupen un lugar en un modelo de revolución o proceso de lucha estratégico.
- La revolución es transformar la vida aquí y ahora siendo consecuentes con una ética transformadora. Aceptar la pluralidad, la diversidad, el carácter nómada, efímero y precario de las luchas, no es algo negativo sino todo lo contrario. La lucha está centrada en construir prácticas de las que pueda surgir un imaginario capaz de invertir las tendencias hegemónicas dentro de las vidas situadas y territorializadas. Las luchas se producen siempre en lugares concretos y es ahí donde interrumpen el funcionamiento de la dominación.
Estas dos concepciones de la revolución están presentes en el movimiento anarquista, se mezclan, se separan, se enfrentan, evolucionan al compás del tiempo y de los territorios, pero resultan hoy, en pleno siglo XXI, de gran actualidad.
- Miguel Benasayag/Ariel Pennisi (2024-4ª edición): La inteligencia artificial no piensa (El cerebro tampoco). Buenos Aires, Prometeo, p. 27. ↩︎
- Laura Vicente (2014): «Mijaíl Bakunin: mujer, libertad y amor». Diagonal, nº 223. ↩︎
- La negrita es mía. ↩︎
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