Simon Gros

Contra el progreso, de Slavoj Žižek, no es tanto una monografía convencional como una superficie deliberadamente fracturada que se niega a cicatrizar: una recopilación de incursiones analíticas que convierten el objeto dado —el «progreso»— en un problema que no deja de reaparecer como síntoma, pantalla y compulsión. La apuesta es que solo una descripción que nunca llega a estabilizarse del todo puede hacer frente a una época en la que la estabilización misma es la artimaña ideológica. Žižek intensifica un doble movimiento: desmonta las narrativas a través de las cuales la modernidad se pacifica a sí misma con imágenes de avance, mientras mantiene obstinadamente abierta la exigencia de una transformación afirmativa que no se limite a invertir los tópicos reinantes. El resultado es un libro que lee el progreso en contra de sí mismo, no para abolir la categoría, sino para arrancarla de los mismos usos por los que ha sido trivializada —usos que van desde las teleologías de la Ilustración hasta el futuro de Silicon Valley, pasando por las seducciones de la «sostenibilidad» pospolítica. Esto equivale a una descripción del progreso como vigilancia: ni acumulación ni ascenso, ni horizonte tranquilizador ni cancelación nihilista, sino un trabajo inquieto y recursivo de volver a empezar, de pensar y actuar como si la emergencia fuera insuperable y, sin embargo, aún no fuera la última palabra.
Esta orientación se hace evidente desde la dramaturgia inicial del libro, donde Žižek adopta el truco de magia de El truco final [El prestigio], de Christopher Nolan, para nombrar el resto constitutivo de toda mejora histórica: bajo cada nueva presentación del futuro yacen los «pájaros muertos aplastados» que tuvieron que hacerse invisibles para que el truco impresionara. Dialécticamente, la cuestión no es una desmitificación cínica, sino la insistencia en que un concepto creíble de progreso debe incorporar sus víctimas en lugar de relegarlas a un segundo plano: un progreso que conoce su precio. Esta escena marca el tono para el recorrido de los ensayos por las descolonizaciones imperiales, los «endismos» liberales, las barbaries socialistas y los nuevos acuerdos autoritarios, cada uno de los cuales revela cómo nuestro respaldo a la siguiente etapa depende de un olvido que hay que producir y vigilar. El progreso aquí se desprende de la linealidad y vuelve al conflicto: un campo de temporalidades incompatibles, exclusiones y sacrificios negados.
Si hay un único punto de presión teórico en torno al cual se agrupan los ensayos, es el diagnóstico de nuestra incapacidad colectiva para creer lo que sabemos —lo que Žižek, siguiendo a Lacan, denomina la división fetichista. Operamos con los protocolos prácticos de ayer incluso mientras aceptamos los datos que anulan las premisas de ayer: seguimos desplazándonos, produciendo, haciendo dieta, reciclando, especulando y reproduciéndonos como si no se hubieran traspasado los umbrales ecológicos y como si la gramática política que organizó el largo siglo XX no hubiera agotado por sí misma su verosimilitud. El efecto no es solo hipocresía, es una incredulidad estructuralmente necesaria que sostiene lo cotidiano. Žižek se niega a reprender esta incredulidad desde fuera; la trata como el material mismo con el que tenemos que trabajar si el «progreso» ha de sobrevivir a sus propias condiciones de posibilidad. Describir ese trabajo es abandonar cualquier narrativa global, continua o pacificada del avance y tomarse en serio la fragmentación de los horizontes y el carácter retroactivo del significado, donde cada «después» reescribe el «antes» al que pretende responder.
De ahí el papel estratégico que desempeña en el libro la polémica que mantiene con el decrecimiento eco-marxista y las críticas afines a los dogmas del desarrollo sostenible. Žižek reconoce gran parte de la provocación de Kohei Saito, sobre todo la exigencia de que la izquierda renuncie a su complicidad residual con el progresismo de las fuerzas productivas y afronte la insostenibilidad ecológica de la modernización capitalista. Pero insiste en que incluso la desaceleración radical, si imagina un sujeto humano liberado del exceso constitutivo, malinterpreta la economía del deseo que el capitalismo ha organizado, explotado y, paradójicamente, nos ha enseñado a tomarnos en serio. No basta con rechazar el «crecimiento»; hay que rechazar la antropología de la satisfacción limitada y armoniosa con la que el decrecimiento corre el riesgo de armarse —una antropología que se desliza, casi inevitablemente, hacia un moralismo blando o un paternalismo tecnocrático, y que, en términos estructurales, subestima la agilidad del capitalismo para metabolizar la escasez, el sacrificio y la virtud como nuevos mercados e instrumentos de gobernanza. La contrapropuesta de Žižek no es una aceleración ingenua, sino una rehabilitación de la planificación y la coordinación adecuadas a la catástrofe: una planificación que, precisamente porque no siente nostalgia por una unidad orgánica con la naturaleza, está dispuesta a desnaturalizar la «naturaleza» misma y a tratar la situación planetaria como un problema técnico, político y libidinal cuya solución no puede localizarse únicamente en las cooperativas.
Aquí el argumento se ramifica en varias direcciones entrelazadas. En primer lugar, como subraya Žižek, el imaginario institucional de los Objetivos de Desarrollo Sostenible funciona como una teología pacificadora —un nuevo opio— en la medida en que presupone la compatibilidad de sus fines con la lógica que produce su imposibilidad. En segundo lugar, la transición prevista hacia regímenes de valor de uso, la reducción de la jornada laboral, la revalorización de los cuidados y las democratizaciones municipales sigue siendo descriptivamente convincente, pero estratégicamente insuficiente si no postula un nivel de coordinación centralizada, incluso coercitiva, proporcional a la magnitud de la emergencia. La paradoja —Žižek es explícito— es que «ralentizar» probablemente requerirá una movilización brutal que aún no sabemos cómo nombrar, una que suspenda el cortocircuito en el que lo «local» se convierte en sinónimo de políticamente inofensivo.
Es bajo esta luz más aguda donde vuelve a examinar la peculiar resiliencia del capitalismo contemporáneo —ya llamemos a su última mutación «soberanía de las plataformas», «renta de la vigilancia» o, con Yanis Varoufakis, «tecnofeudalismo»— y ensaya la idea de que solo el capitalismo ha logrado convertir el fracaso constitutivo del deseo en un motor, en lugar de un impedimento. La consecuencia no es que el capitalismo sea natural; es que cualquier proyecto para su abolición debe interiorizar la lección de que no hay vuelta atrás a un deseo purificado del exceso. Lo que hace que el decrecimiento resulte peligroso a ojos de Žižek no es su escala de renuncia, sino su psicología inestable, su confianza tácita en que se puede restar la turbulencia del goce excedente sin reinstalar las mismas autoridades —sacrales, corporativas, algorítmicas— encargadas de vigilar esa sustracción.
El giro ético más desconcertante del libro se concentra en el capítulo cuyo título suena como un eslogan irremediablemente sombrío: Somos biomasa. Contra los protocolos sentimentales que o bien estetizan la catástrofe desde la distancia o bien fetichizan identificaciones que nuestras ruinas actuales no pueden sostener, Žižek apuesta por otra solidaridad, fría e intransigente: una solidaridad de los desechados, de aquellos cuya condición es la indistinción entre lo orgánico y lo inorgánico, entre lo vivo y lo inerte, entre lo humano, lo animal y la máquina. Aquí se inspira en Michael Marder y Levi Bryant, así como en la fenomenología visceral de espacios como Agbogbloshie o las infraestructuras de residuos de Bombay, para argumentar que la única solidaridad que aún no ha sido cooptada por la biopolítica de la optimización es aquella construida desde el propio campo de escombros. No se trata de una ética de la pureza, sino del rechazo: los pájaros aplastados se organizan no trascendiendo el vertedero, sino insistiendo en que el vertedero es la forma del mundo que la planificación debe habitar, politizar y transformar. La provocación es doble: repudia un consolador «retorno a la naturaleza» y expone el sueño ecológico del reciclaje total como la fantasía del capital de no dejar finalmente ningún resto.
Esta ética aclara por qué a Žižek no le seduce el discurso de moda sobre el «cuidado» cuando funciona como una remediación despolitizada: un trabajo infinito de suavización que proporciona al capitalismo su exoesqueleto moral. La solidaridad de la biomasa no cura; colectiviza la herida para que la organización pueda pensarse a partir de lo peor y no negándolo. En este sentido, su lectura de los escombros de Gaza no es una alegoría, sino un rechazo de la alegoría: la cuestión no es que cada lugar de devastación represente al mundo, sino que el mundo ya habla desde dentro de esos lugares. Solo se puede calificar de reaccionaria la nostalgia que anhela limpiar lo político de tales lugares, o la fantasía gerencial que invisibilizaría su resto mediante una «economía circular» cuya metafísica subyacente es la culminación del circuito metabólico del capital.
La gramática teórica que permite que estos movimientos cobren coherencia no se extrae exclusivamente de fuentes marxistas y lacanianas. Un capítulo central es explícitamente experimental, y plantea la tesis «holográfica» como metáfora y como método. La afirmación es doble: primero, que la historia debe leerse de arriba abajo, como ya hizo Marx cuando abordó las formaciones precapitalistas de forma retrospectiva desde la perspectiva del surgimiento del capitalismo; segundo, que esta retroactividad no es una licencia para la teleología, sino un reconocimiento de que el presente hace visibles las posibilidades superpuestas del pasado que actualiza y oculta. Žižek lleva la analogía con la mecánica cuántica hasta donde puede sin caer en el cientificismo: el presente es el patrón de interferencia de caminos no realizados, y cualquier política que se precie debe emprender la tarea benjaminiana de reactivar los potenciales traicionados como reivindicaciones sobre el ahora —interrupciones más que culminaciones. Es esta lógica holográfica la que justifica su rechazo tanto al evolucionismo desesperanzado como al aceleracionismo escatológico: una vez que renunciamos a la fantasía de que la historia nos lleva a algún sitio, podemos por fin asumir la responsabilidad de las síntesis retroactivas que llevamos a cabo.
La polémica con el aceleracionismo es, en este sentido, menos una reprimenda normativa que una disección conceptual. «Ilustración Oscura» designa, para Žižek, no una alternativa a la modernidad, sino su verdad obscena: la fantasía de completar la obra de la desterritorialización mediante la abolición total del resto humano, ya sea en el éxtasis tecnognóstico de una Singularidad o en la guerra catastrófica que purifica la política de la contingencia. Frente a este apetito escatológico, Žižek recupera la pulsión de muerte freudiana no como un telos de aniquilación, sino como un aplazamiento obstinado: la insistencia de una compulsión no muerta que rechaza la finalidad. Si el aceleracionismo sueña con el fin del conflicto en una fusión pospolítica —ya sea la omnisciencia algorítmica o la «eternidad histórica» imperial—, el materialismo antiescatológico de Žižek le da la vuelta a la moneda: no hay fin de la política porque no hay fin del antagonismo mientras exista lo social. Esto no es una resignación, sino una directiva para organizarnos en condiciones de pre-guerra permanente, como Donald Tusk denomina sin rodeos el ambiente de nuestra época: debemos planificar para las emergencias «como si» fueran seguras, a fin de inclinar las probabilidades en contra de su materialización.
Las secciones éticamente más densas del libro son aquellas en las que Žižek se niega a tratar la «autoridad» como un residuo arcaico simplemente suplantado por la pericia, el populismo o el cinismo clerical. La apuesta, a través de Kierkegaard, es que la autoridad que apela a un fundamento objetivo y eterno debe ser desacreditada en favor de una lógica de «movimiento repetitivo»: la transformación se desata tanto de la teleología gradualista como del milagro puntual. El resultado es una imagen paradójica de la acción progresista: ni incrementalismo ni ruptura, sino una disciplina del comienzo que es estructuralmente alérgica al cierre y que conoce el fracaso como su elemento. Esa repetición no es un ciclo, sino un entrenamiento; es lo que permite que la insistencia final del libro —hay esperanza, pero no para nosotros— se lea no como desesperación, sino como crítica de ese «nosotros» cuyas fantasías de estabilidad son el hilo por el que la catástrofe nos conduce.
Ese mismo hilo kierkegaardiano refuerza la constante desconfianza del libro hacia la política terapéutica: no porque la terapia sea errónea, sino porque el paciente que presupone la compasión gerencial es el sujeto equivocado para una época que exige partidismo. La denuncia recurrente de Žižek de la «autocrítica falsa» tiene menos que ver con la hipocresía moral que con una operación estructural mediante la cual los órdenes liberales metabolizan la disidencia en una diferencia tolerable. Aquí se amplía el antiguo diagnóstico de una «culturalización de la política», no para negar la materialidad de la cultura, sino para insistir en que la «tolerancia» funciona como una subcontratación del conflicto a la esfera donde no puede producirse la transformación. El remedio no es un culto antinomiano a lo político, sino una politización de la cultura que devuelva la gestión de lo posible a la decisión colectiva en lugar de a la clasificación de preferencias. Que esto requiera inevitablemente planificación —centralización, coordinación, aplicación— no es ni una recaída autoritaria ni una fantasía romántica, sino un corolario de la magnitud de lo que se nos viene encima. El riesgo, admite Žižek, es grande; la alternativa es el fascismo blando de gestión que ya se vislumbra.
Ningún resumen puede hacer justicia a la densidad con la que Žižek entrelaza estas líneas a través de coyunturas concretas: la economía de los opiáceos como mercancía capitalista en su más pura utilidad destructiva; los BRICS como ejemplo práctico de cómo la retórica anticolonial puede enmascarar el apaciguamiento de los antagonismos emancipadores; el resurgimiento del obsceno «hombre fuerte» como síntoma de una población que ha perdido incluso la fantasía de un futuro creíble. Tampoco puede una reseña reproducir la velocidad yuxtapositiva característica del texto, sus saltos desde la física de partículas hasta el web sosoeol surcoreano, su argumentación a través de ejemplos, bromas y desvíos. Lo que sí se puede decir es que el estilo no es adorno, sino método: los ensayos «preocupan» al objeto desde ángulos incompatibles, porque solo la preocupación puede hacer frente a objetos cuya coherencia es en sí misma un producto del poder. El lector se siente alternativamente eufórico y agotado; ambos estados son necesarios.
¿Qué queda, entonces, del «progreso» después de que este libro haya acabado con él? No la redención como estado final; no el crecimiento como soteriología secular; no la sostenibilidad como pacificación burocrática; no una restauración pastoral del ser humano en la naturaleza; no una alegre aceptación de una Singularidad aniquiladora. Lo que queda es una ética de adecuación a lo real que se niega a sentimentalizar los horrores de lo real; una política de planificación que parte del vertedero en lugar del jardín; una filosofía que trata la retroactividad no como enemiga de la verdad, sino como el mecanismo mismo por el que las verdades se vuelven vinculantes; un psicoanálisis del deseo que deja de soñar con un sujeto liberado del exceso y, en su lugar, aprende a organizar el exceso en condiciones de contracción planetaria. Este resto no es un consuelo, sino un programa: planificamos sin teleología, nos movilizamos sin escatología, repetimos sin nostalgia. En ese sentido preciso —y solo en ese sentido— el libro de Žižek es optimista. Afirma la posibilidad de actuar como si sin las garantías que hacían que actuar fuera fácil; insiste en que la única esperanza creíble es la esperanza que parte de lo peor y, por lo tanto, no requiere mentir sobre el lugar donde vivimos.
Llamar a Against Progress un «llamamiento a la acción» sería domesticarlo en un género que desmonta sistemáticamente. Es un llamamiento a la descripción en un tono que no deja descansar al lector. La postura no es ni profética ni gerencial; es dialéctica y clínica a la vez. Dialéctica, en su rechazo a las transiciones suaves; clínica, en su rechazo a los consuelos que son diagnósticos disfrazados. Es difícil mantener esa postura; de ahí la necesidad de la repetición como práctica.
El libro enseña que la medida de cualquier uso futuro de la palabra progreso será su aceptación explícita de sus pájaros aplastados, su abandono explícito de la resolución, su reconocimiento explícito de que la emergencia no es una desviación, sino nuestro material. Žižek, cuya ironía suele servir para pinchar la seriedad prematura, se muestra en estas páginas mortalmente serio. Tendrá progreso, pero solo si este puede soportar el conocimiento de que su propio nombre ha sido escenario de lo peor. Y como solo lo tendrá bajo estas condiciones, uno deja el libro con algo parecido a una determinación, que no es del todo esperanza ni del todo desesperación. Es la voluntad de empezar de nuevo, con una planificación que pueda morder, con instituciones que puedan dirigir y ser dirigidas, con una solidaridad que no purifique sino que recoja lo que queda y lo llame nosotros. Que esta determinación sea tan paradójica como suena no es un defecto; es la forma de pensamiento adecuada para una época en la que todo optimismo no paradójico es complicidad y todo pesimismo no paradójico, una coartada.
Hay otra insistencia que merece la pena destacar. Žižek recupera, de entre las ruinas de la Ilustración y los fracasos de los proyectos emancipadores, el criterio negativo por el que se manifiestan las rupturas históricas: lo que antes era discutiblemente normal se vuelve impensable, y cualquier intento de reintroducirlo parece ahora una farsa o una monstruosidad. Que este criterio pueda invertirse —de modo que la tortura, el racismo abierto o la imposición teocrática vuelvan a ser temas de «debate»— es el indicador más seguro de regresión. Señalar tales reversiones no es caer en el moralismo; es establecer las condiciones límite mínimas para cualquier uso significativo de la palabra progreso. El corolario es que, incluso cuando no podamos defender un avance lineal, podemos registrar la activación de un signo —el término de Kant sigue siendo útil— cuando los actos colectivos hacen visible una posibilidad, no como inevitabilidad, sino como derecho. La alineación de Žižek con tales actos no es sentimental. Los recluta para romper el hechizo de la necesidad, no prometiendo que lo mejor está por venir, sino mostrando que la coherencia del presente no es obligatoria. En ese sentido, el libro es redentorista solo en el sentido específico de Benjamin: el pasado no se justifica, sino que se exige —sus potenciales traicionados nos reclaman.
Si esta descripción suena compleja, es porque Žižek quiere romper el equilibrio retórico en el que un concepto como el «progreso» nos es devuelto con seguridad como sentido común ilustrado. El logro del libro es hacer que el sentido común parezca la política que menos nos podemos permitir: la política de esperar mejores noticias, de dejar que los mercados nos digan dónde es posible la coordinación, de exportar el resto a las zonas que no tenemos que ver. Contra el progreso nos obliga a habitar los axiomas opuestos: que no habrá ningún «fuera» al que se pueda enviar lo que sobra; que la planificación sin soberanía es una frase vacía; que la diferencia entre organización y dominación no viene dada, sino que debe ser impuesta mediante la invención institucional y la crítica recursiva; que el ser humano es el animal que desea demasiado y que este es precisamente el material con el que debe trabajar cualquier igualitarismo creíble. Bajo esos axiomas, el progreso deja de ser una pendiente y se convierte en una disciplina. Los ensayos son un entrenamiento en esa disciplina: no dan una respuesta; inducen una postura. Y si una postura puede ser una política, es porque puede ser un programa para instituciones que rechazan tanto la exención sacra de la autoridad como el acogedor gerencialismo de la pericia. No es casualidad que Kierkegaard presida, ni que Hegel esté implicado en todas partes: la repetición y la retroactividad son las técnicas de un futuro que sabe por qué no puede prometerse a sí mismo.
Leer a Žižek aquí es difícil, y así debe ser. El texto exige una lentitud incompatible con el ritmo cultural que el «progreso» define hoy en día en la práctica. Pero esa lentitud no es quietismo; es un trabajo de diferenciación frente a la velocidad homogeneizadora que convierte cada propuesta en un modelo de negocio y cada rechazo en un estilo de vida. Cierras el libro con una alergia agudizada hacia la charla alegre sobre innovación, inclusión, resiliencia y sostenibilidad —palabras que, sin planificación ni conflicto, son el vocabulario de la entropía. También cierras el libro con una intolerancia agudizada hacia la desesperación que hace alarde de su propia sofisticación mientras justifica la inacción. Entre estas falsedades se encuentra el estrecho camino que impone Žižek: planificar como si hubiera tiempo y actuar como si no lo hubiera; desear sin prometer satisfacción; repetir sin pensar que has vuelto al mismo lugar. Si esto es lo que significa «contra el progreso», no va en contra de él en absoluto. Es la única forma en que el nombre podría volver a merecer ser pronunciado.
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